Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

Espero que os sirva de ayuda y comenteis si os parece bien...


Gracias


Maria Beatriz.



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En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

1 de octubre de 2014

LECTURAS DEL DÍA 01-10-2014


MIÉRCOLES, SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS virgen y doctora. Memoria obligatoria. 1 de Octubre del 2014 . 2º semana del Salterio. (Ciclo A) TIEMPO ORDINARIO. AÑO DE LA FE..SS. Teresa del Niño Jesús vg dc, Verísimo, Máxima, y Julia mrs, Román di mr. Santoral Latinoamericano. SS. Teresa del Niño Jesús, Julia, Remigio 

LITURGIA DE LA PALABRA 

Job 9, 1-12. 14-16. El hombre no es justo frente a Dios. 
Salmo 87. Llegue hasta ti mi súplica Señor. 
Lc 9,57-62. Te seguiré a donde vayas. 

PRIMERA LECTURA
Job 9, 1-12. 14-16. 
El hombre no es justo frente a Dios. 

El hombre no es justo frente a Dios 
Respondió Job a sus amigos: "Sé muy bien que es así: que el hombre no es justo frente a Dios. 
Si Dios se digna pleitear con él, él no podrá rebatirle de mil razones una. 
¿Quién, fuerte o sabio, le resiste y queda ileso? 

Él desplaza las montañas sin que se advierta y las vuelca con su cólera; estremece la tierra en sus cimientos, y sus columnas retiemblan; manda al sol que no brille y guarda bajo sello las estrellas; él solo despliega los cielos y camina sobre la espalda del mar; creó la Osa y Orión, las Pléyades y las Cámaras del Sur; hace prodigios insondables, maravillas sin cuento. 

Si cruza junto a mí, no puedo verlo, pasa rozándome, y no lo siento; si coge una presa, ¿quién se la quitará?; ¿quién le reclamará: "Qué estás haciendo"? 

Cuánto menos podré yo replicarle o escoger argumentos contra él. Aunque tuviera razón, no recibiría respuesta, tendría que suplicar a mi adversario; aunque lo citara y me respondiera, no creo que me hiciera caso. 

Palabra de Dios 

Salmo responsorial: 87 
Llegue hasta ti mi súplica, Señor. 

Todo el día te estoy invocando, tendiendo las manos hacia ti. ¿Harás tú maravillas por los muertos? ¿Se alzarán las sombras para darte gracias? R. 

¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia, o tu fidelidad en el reino de la muerte? ¿Se conocen tus maravillas en la tiniebla, o tu justicia en el país del olvido? R. 

Pero yo te pido auxilio, por la mañana irá a tu encuentro mi súplica. ¿Por qué, Señor, me rechazas y me escondes tu rostro? R. 

SANTO EVANGELIO 
Lucas 9, 57-62 
Te seguiré adonde vayas 

En aquel tiempo, mientras iban de camino Jesús y sus discípulos, le dijo uno: "Te seguiré adonde vayas." Jesús le respondió: "Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza." 

A otro le dijo: "Sígueme." Él respondió: "Déjame primero ir a enterrar a mi padre." Le contestó: "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios." 

Otro le dijo: "Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia." Jesús le contestó: "El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios." 

Cuánto menos podré yo replicarle o escoger argumentos contra él. Aunque tuviera razón, no recibiría respuesta, tendría que suplicar a mi adversario; aunque lo citara y me respondiera, no creo que me hiciera caso. 

Palabra del Señor

Reflexión de la Primera Lectura: Job 9,1-12.14-16 El hombre no es justo frente a Dios. 
¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué el sufrimiento del justo y del inocente? ¿El Todopoderoso no puede impedir el desamparo de los niños, las torturas que se infligen a los inocentes?

Dos amigos de Job fueron a "sermonearle". Esta es también una experiencia humana corriente: unos «buenos amigos» se acercan a vuestro lecho de dolor y tratan de "decirnos alguna buena palabra". ¡Qué fácil es hablar del sufrimiento cuando no se sufre! ¡Cuán irrisorias son esas palabras, corrientemente, incluso cuando parten de un buen sentimiento!

Pero el mismo Job vuelve cada vez a tomar la palabra.

-Bien sé yo en verdad que es así; ¿cómo podría un hombre tener razón ante Dios?

Job, no lo olvidemos, no tiene las luces de Cristo -redención, resurrección, vida eterna-. Sus búsquedas son humanas; en su imperfección, sus respuestas son admirables. La primera impresión de Job, es que a Dios, no se le piden cuentas. Esta verdad es esencial.

No es una respuesta total dado que no sabemos «por qué ha dejado Dios una creación con "arrugas"», una «obra inacabada», imperfecta.

Pero hay en ella un algo real: «es así»... el mal existe. ¡Es inútil huir! ¡Es inútil no querer verlo! ¡Es inútil refugiarse en la droga o no seguir preguntándose! Primero hay que mirar el mal de frente, es el primer paso.

-Quien pretenda litigar con Dios, no hallará respuesta ni una vez entre mil... ¿Quién le hará frente y saldrá bien librado?

Es la confesión de nuestra impotencia radical a comprenderlo todo. El hombre moderno, más que el antiguo, se siente perturbado por el mal, precisamente porque ha creído «haber llegado a ser dueño de todo». Creyéndolo todo explicado no admite ciertos dominios irracionales, unos puntos oscuros, unas enfermedades que se le resisten, o unas avalanchas destructoras. Job reconoce humildemente que la pretensión de saberlo y conocerlo todo es ridícula. ¿Es incomprensible el sufrimiento? Pero, ¡el universo tiene también otras incógnitas! Es el hombre tan pequeño. De "mil" problemas planteados, el hombre ha resuelto «algunos», pero subsiste el misterio, lo desconocido...

-Dios traslada los montes... Impera sobre el sol... Hizo las estrellas... Es autor de obras grandiosas, insondables, de maravillas sin número.

La Potencia divina es una de las reflexiones favoritas de Job. En efecto, si es verdad que hay «arrugas» en la creación... ¡también abundan y superabundan las maravillas! ¿Por qué oír sólo lo que chirría al rodar... y no ver todo lo que funciona a la perfección?

-¿Quién le dirá: «¿Qué es lo que haces?» ¡Cuánto menos podré yo defenderme!

Job se aferra, tenazmente, a su certeza: Dios es «sabio», Dios es «inteligente», Dios es «bueno», Dios es «poderoso»... y de ello ha dado muchas pruebas en su creación maravillosa.

Es verdad que tampoco comprendo «por qué» hay tanto mal en este mundo... pero quiero confiar en Dios. El sabe «por qué».

Reflexión del Salmo 87
 Llegue hasta ti mi súplica, Señor. 

El salterio nos ofrece hoy un salmo en el que la angustia de su autor alcanza la más despiadada de las aflicciones: «Mi alma está llena de desgracias, y mi vida está al borde de la tumba. Me ven como a los que bajan a la fosa, me he quedado como un hombre in fuerzas, tengo mi cama entre los muertos, como las víctimas que yacen en el sepulcro, de las que ya no te acuerdas, porque fueron arrancadas de tu mano».

Al salmista le fluye el dolor de lo más profundo de sus entrañas. Parece que no hay nada ni nadie, ni siquiera Dios, que abra una puerta de esperanza a su hundimiento. Nos recuerda la figura de Job, un hombre sobre quien se abate el mal en toda su crudeza a pesar de que, según él, ha caminado siempre en la inocencia y rectitud. Escuchémosle:
“Asco tiene mi alma de mi vida: derramaré mis quejas sobre mí, hablaré en la amargura de mi alma. Diré a Dios: ¡no
me condenes!, hazme saber por qué me enjuicias... aunque sabes muy bien que no soy culpable” (Job 10,1-6).

Hay un aspecto que nos sobrecoge: Ni Job ni el salmista tienen respuesta de parte de Dios que pueda iluminarles acerca del mal que se ceba en ellos. Su situación no puede ser más aplastante. Su tragedia consiste en que el mal ha sobrevenido sobre ellos como si fuera un buitre voraz que les arranca y descuartiza el alma.

Oímos al salmista invocar a Dios casi como advirtiéndole de que, en lugar de la muerte y tinieblas, donde cree que está a punto de yacer, no podrá alabarle ni cantar su misericordia y su lealtad: «Yo te invoco todo el día, extiendo mis manos hacia ti: ¿Harás maravillas por los muertos? ¿Se levantarán las sombras para alabarte? ¿Hablarán de tu amor en la sepultura, y de tu fidelidad en el reino de la muerte?».

Más expresiva, si cabe, es la lamentación de Job. Su esperanza en Dios ha sido barrida de su alma hasta el punto de pensar que ya no es él su Padre, sino la misma muerte: «Mi casa es el abismo, en las tinieblas extendí mi lecho. Y grito a la fosa: ¡Tú, mi padre! Y a los gusanos: ¡mi madre y mis hermanos! ¿Dónde está, pues, mi esperanza...? ¿Van a bajar conmigo hasta el abismo? ¿Nos hundiremos juntos en el polvo?» (Job 17,13-16).

Todo, absolutamente todo se ha cerrado para nuestros dos personajes. Nos ponemos en su piel y les podemos oír musitar en su interior: ¡Quién sabe si Dios no es más que una quimera, un simple deseo del hombre que le impulsa a proyectar un Ser supremo capaz de hacerle sobrevivir a la muerte!

Sabemos cómo Dios acompañó a Job en su terrible prueba, cómo le fue enseñando en su corazón a fin de limpiar la imagen deformada que tenía de Él. Es así como pudo plasmar en su espíritu su verdadero rostro, muy lejos, o mejor dicho, totalmente otro, del que había formado con su limitada mente. De un modo u otro, todos partimos de una imagen deformada de Dios que, tarde o temprano, se convierte en un simple espejismo. Por eso nos es muy importante ver la evolución de Job. Efectivamente, al final del libro que lleva su nombre, vemos cómo distingue entre el Dios en el que creía antes y el que conoce una vez pasado por el crisol de la prueba. Oigamos su confesión: «Sí, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan y que ignoro... Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos» (Job 42,3-5).

En cuanto a nuestro salmista, no hay en él un final feliz como en Job. Sin embargo, sabemos que este hombre orante, como los de todos los salmos, es imagen de Jesucristo. Si todo queda cerrado y opaco para el hombre orante, no es así para el Hijo de Dios. Es cierto que en su muerte se dieron cita todas las tinieblas de la tierra: «Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona» —es decir, desde las doce hasta las tres de la tarde, hora de su muerte— (Lc 23,44).

Si es cierto que sobre el crucificado se cernieron todas las tinieblas de las que hemos oído hablar al salmista, más cierto aún es que, en su muerte, su Padre abrió los cielos para recogerle resucitándole. El Señor Jesús vivió las mismas angustias del salmista, pero su fe de que volvía al Padre, como así lo proclamó a lo largo de su vida, actuó como una espada que, al mismo tiempo que abría los cielos, golpeó mortalmente a las tinieblas.

Que el Hijo de Dios penetró los cielos dejándolos abiertos para siempre y para nosotros, nos lo cuenta san Marcos presentando unos testigos de primera mano, los mismos apóstoles: «Estando a la mesa con los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda la creación... Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16,14-19).

Reflexión primera del Santo Evangelio: Lucas 9,57-62 Te seguiré adonde vayas 

Vimos ayer en el evangelio que con Lc 9,51 da comienzo una nueva parte del tercer evangelio. Se produce un cambio de ruta de Jesús: de la misión en Galilea a la marcha hacia Jerusalén (9,51-56). Este nuevo camino, tal como decíamos, no es nuevo sólo en un sentido topográfico, sino también en sentido teológico y místico. Es un camino que culmina en la muerte y resurrección de Jesús. Esta perspectiva se vuelve paradigmática también para los discípulos. No hay vida cristiana sin compromiso con Cristo en la muerte. No basta, en efecto, con que el discípulo concentre la mirada en la gloria de Cristo; es preciso también que fije su mirada en el rostro de aquel que, tras haber muerto en la cruz, fue hecho perfecto y ha llegado a la gloria (cf: Heb 5,8ss).

Los tres diálogos referidos en el evangelio nos hacen ver que, además de los Doce, había también otros que querían seguir a Jesús, aunque no siempre sabían con claridad lo que significaba en el fondo «seguirle». Las exigencias del seguimiento de Cristo sólo se vuelven claras después de la pascua. Lucas no dice quiénes son estos tres interlocutores. Por Mateo, no obstante, sabemos que uno de ellos era un escriba o maestro de la Ley y el otro era un discípulo (8.19.21). En Lucas vemos que los que se echan atrás intimidados por la «desnudez» que requiere Jesús para seguirle. El primero se había presentado a Jesús por propia iniciativa, pero Jesús le muestra el vacío que significa seguirle: «El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (v. 58). El segundo es un discípulo del Señor, corno dice Mateo. Recibe la orden de seguirle que le da Jesús, pero le pide permiso para ir antes a sepultar a su padre. Jesús le responde: «Deja que los muertos entierren a sus muertos» (v. 60). Para el Señor está muerto todo lo que no es el Dios vivo (cf Jn 14,6). El tercero ha preparado un programa y se lo muestra a Jesús: «Te seguiré, Señor, pero déjame despedirme primero de mi familia» (v. 61). Sin embargo, le responde el Señor de este modo: «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios» (v. 62).

No sabemos cómo acabaron estos tres. El evangelio sólo nos dice lo que ofrece Jesús a quienes le acompañan, o sea, el camino de la cruz. Pero aquí se requiere valor.

Job nos ha recordado el temor de Dios. De él hemos aprendido que hace falta proceder con mucho respeto para tratar con Dios. Nadie puede resistir ante Dios dirigiéndole palabras de crítica. Job lo dice muy bien: «Sé muy bien que es así: que nadie es irreprochable ante Dios», « ¿Quién le dirá: “Qué es lo que haces’?». Con todo, debemos confiarnos por completo a Dios, aceptándolo humildemente en su grandeza infinita. Pero este Dios fuerte, tal como lo describe el Antiguo Testamento, se ha hecho hombre, ha tomado nuestra condición mortal y se ha revelado en el rostro pequeño, débil y vulnerable de Jesús.

Veíamos, en efecto, en el evangelio de hoy que Jesús obra con toda la autoridad de Dios, con una profunda humildad que nos impresiona. Mientras dice: «Sígueme... deja... ve», nos pide al mismo tiempo que escojamos con valor una vida pobre y de sufrimiento semejante a la suya: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (v. 58) Dicho con otras palabras, Jesús vive su autoridad en medio de la máxima expoliación, como alguien que no tiene nada. ¿Quién se atrevería a hablar de autoridad y humillación juntas? Estamos verdaderamente en el corazón de la fe plena y pura que se pide al discípulo. Con san Pablo podríamos decir: «Cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Cor 12, Y esto nos hace sobreabundar de alegría. Toda profundización del espíritu parte de una renovada adhesión a la vida de Jesús.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Lucas 9,57-62
La existencia de Jesús se tipifica en forma de camino (9, 51). Consiguientemente, la de sus discípulos tendrá que aparecer como seguimiento. Sabemos por la perícopa anterior (9, 51-55) que seguir a Jesús no ofrece ningún tipo de ventaja o poder sobre los otros. Las tres pequeñas unidades que forman nuestro texto resumen ese tema y muestran el riesgo y le valor del seguimiento de Jesús

Frente al hombre confiado que supone que seguirle es como andar hacia una fiesta, Jesús puntualiza: El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (9, 57-58). Cada uno de los elementos de este mundo ha recibido un puesto dentro del conjunto. Tiene su 1ugar 1a roca, madriguera el zorro, nido los pájaros del campo... Un general que se aventura en la batalla ofrece siempre recompensa a los soldados. El maestro garantiza un éxito que viene a recibir sus clases. Sólo Jesús, que tiene e1 atrevimiento de llamar a todos, no ha ofrecido a nadie recompensa de este mundo. No promete hogar sobre la tierra, su camino desemboca en el Calvario.

Recordemos que la palabra con que se alude a Jesús es «Hijo del hombre». Precisamente allí donde ha desaparecido todo poder y toda fuerza es donde viene a revelarse el poder definitivo de Dios sobre la tierra (simbolizado en el Hijo del hombre).

Las dos unidades siguientes (9, 59-60 y 61-62) ofrecen, una misma estructura literaria y transmiten un mensaje semejante. El discípulo supone que es posible conciliar el seguimiento de Jesús con las obligaciones antiguas de este mundo: cuidarse del padre, estar a bien con la familia. La respuesta es tajante: el seguimiento presupone un sí absoluto, total, sin condiciones. La verdad del reino y la verdad del mundo pertenecen a dos campos totalmente distintos y no pueden conciliarse en forma de elementos de una misma verdad universal más amplia.

Recordemos que en cada uno de estos casos el sentimiento alude simplemente a la vocación cristiana. Jesús ha convocado y convoca a todos los hombres, invitándoles a recibir el don del reino y asumir su destino de fidelidad y sufrimiento A quien se atreva a acompañarlo le ha ofrecido lo que tiene, el camino de la cruz, la propia soledad, el sufrimiento.

En esta perspectiva, el “deja que los muertos entierren a sus muertos” nos transmite una verdad consoladora. El reino es más que la familia; el amor de Dios desborda todos los estratos del amor de unos hermanos o unos padres. Por eso, ante la exigencia de Jesús es necesario superar todos los planes de la vida del hombre sobre e1 mundo. Sólo cuando se haya descubierto este misterio, cuando el amor (y el sufrimiento) del reino aparezca en su hondura transformante y salvadora se comprenderá el valor del padre y de la madre; no se les ofrecerá simplemente el cariño biológico o cerrado de una familia de este mundo, sino todo aquel misterio del amor fecundo y desprendido que Jesús quiso transmitirnos.

Algo semejante puede afirmarse del que toma el arado... y mira hacia atrás para despedirse de la familia. Tomar el arado presupone decidirse de una forma total, definitiva El reino de Jesús no es una mezcla entre el sí y el no; por eso Lo recibe el que se arriesga. Pues bien, desde ese riesgo del evangelio se debe reconquistar la autentica familia, para amarla con todo el amor (y el sacrificio) que el camino de Jesús nos ha ofrecido.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Lucas 9,57-62.Seguir a Jesús no ofrece ningún tipo de ventaja o poder sobre los otros.
Aunque con el marco narrativo de que Jesús va de camino, con la frugalidad de vida que esto supone, este pasaje parece más bien ir en la línea de la teología narrativa de Mc 1,16-20, por lo que toca al seguimiento: nadie que quiera seguir a Jesús puede permanecer con todo lo que tenía antes. Las tres breves escenas de llamamiento acontecen en algún lugar del camino. Lucas no da ninguna indicación precisa del lugar

“Te seguiré adondequiera que vayas” señala una alta disposición al seguimiento, que no se deja intimidar por premoniciones negativas. Jesús contesta con palabras que implican una imagen: los zorros y pájaros son confrontados con el Hijo del Hombre. ¿Dónde se halla el punto de comparación entre ambas partes de la imagen? En el nivel lingüístico, la palabra “tener” es común en ambas imágenes. Los zorros y pájaros tienen una cueva, un nido, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza. Los zorros y los pájaros no tienen mucho, pero sí aquello que les da apoyo y protección en la vida; el Hijo del Hombre, sin embargo, no tiene nada, ni siquiera un cojín sobre el que reclinar la cabeza. Básicamente, se trata de una hipérbole acerca de la sobria manera de vivir de Jesús. Quien le siga deberá someterse a una vida sobria.

La segunda escena se abre con el típico llamamiento al seguimiento: Sígueme (Lc 5,27.28, así como los paralelos Mt 9,9; Mc 2,14; igualmente, Lc 18,22 y los paralelos Mt 19,21; Mc 10,21; Jn 1,43; 21,19). La disposición para ello está presente en la persona a la que Jesús llama, que sólo pide poder terminar un asunto urgente. En el judaísmo, el cuidado de los padres hasta su muerte y su digno entierro es una obligación religiosa. Lo que aquí Jesús exige parece una ofensa a los sentimientos judíos y, por ende, una ofensa a una obligación religiosa. El entierro de un pariente de sangre era un mandato obligatorio y el entierro de otro fallecido significaba una obra de bien; para ello, se prometía una recompensa en el cielo. La participación en un cortejo fúnebre podía, incluso, suspender el estudio de la Torá. En los textos proféticos, rehusar el ir a un entierro equivalía a ser juzgado (Jer 12,19). En la contestación de Jesús no sólo se da más importancia a la urgencia del anuncio del Reino de Dios que a la mencionada obligación religiosa del entierro o a la también mencionada buena acción, sino que a ese anuncio se le distingue como lo único decisivo. Esto estaría manifestando el dominio supremo de Jesús sobre una situación familiar que pudiera retener al discípulo.

Podemos supone además, que el aludido tenía más hermanos (“los muertos”). En la filosofía estoica se llamaba “muertos” a los vivos que no llevaban bien su vida. Por eso existe la posibilidad de que “enterrar a mi padre” signifique cuidar de él hasta su muerte. Entonces es más fácil entender la exigencia de dejar esa tarea, ya que tiene otros hermanos (muertos) que pueden enterrar a sus muertos (el padre). Abandonar la casa paterna para predicar el Evangelio es una vocación especial de Jesús, que implica ruptura y dolor.

En la tercera escena, el deseo de seguimiento proviene otra vez de una tercera persona. Según Lucas, la forma de nombrar a Jesús como “Señor” (Kyrios) es una confesión cristológica (Lc 5,8). También este hombre pide un breve aplazamiento: quiere despedirse de su Familia. Aquí, también la contestación de Jesús deja claro que la entrega por el Reino de Dios no sólo no tolera ningún aplazamiento, sino que es lo único decisivo para el éxito de la existencia humana.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Lucas 9,57-62."EI que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios".
-Jesús subía hacia Jerusalén. Por el camino uno le dijo: "Te seguiré por doquiera que vayas".

Meditaremos tres casos de "vocaciones".

En el primero es el hombre mismo que se presenta y toma la iniciativa. Viene para proponer a Jesús: ¿me quieres contigo? Pero lo hace con cierta pretensión presuntuosa.

¡Está muy seguro de sé mismo! "Te seguiré por doquiera que vayas". Se cree fuerte, sólido, generoso.

-Jesús le respondió: "Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza".

Es, evidentemente, una especie de puesta en guardia. Jesús advierte a ese hombre que para seguirle, no basta el entusiasmo. Es curioso ver como Jesús pone por delante la "dificultad" de seguirlo, en el mismo momento en que la aldea no ha querido recibirlo, en el mismo momento en que un hombre generoso se ofrece para seguirle, incondicionalmente.

Jesús pone en primer lugar la falta de confort, la pobreza de su situación. Seguir a Jesús es ser partícipe de su destino.

Esto subraya que Jesús es consciente de ir hacia su destino trágico en Jerusalén: ser discípulo de Jesús es estar preparado a ser rechazado como El lo estuvo, es no tener seguridad...

Señor, yo también quisiera siempre seguirte a donde Tú vayas... Pero ahora ya sé y la historia nos ha enseñado "dónde" ibas. Y el Gó1gota me espanta, te lo confieso.

Ciertamente que no podré seguirte si no me das la fuerza; pero tampoco me atrevo demasiado a pedírtela.

-A otro le dijo: "Sígueme".

En este segundo caso, es Jesús el que llama.

El hombre respondió: "Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre". Jesús le replicó: "Deja que los muertos entierren a sus muertos".

Esa réplica inverosímil suena como una provocación.

En Israel, dar sepultura era una obligación sagrada... y ¡es un acto sumamente natural en todas las civilizaciones! Esas palabras del evangelio, esas exigencias exorbitantes, nos sitúan ciertamente ante un dilema:

-o bien Jesús es un loco que no sabe lo que dice...

-o bien Jesús es de otro orden distinto al terrestre, más allá del humano...

Tratemos de entender esa dura palabra. El término "los muertos" tiene dos sentidos diferentes en la misma frase:

en uno de los casos tiene el sentido habitual, se trata de los "difuntos"... pero en el otro caso se refiere a los que todavía no han encontrado a Jesús, y Jesús se atreve a decir de ellos que están "muertos". ¡Ser discípulo, seguir a Jesús es haber pasado de la muerte a la vida! Es haber entrado en otro mundo, ¡que no tiene nada en común con el mundo habitual!

-Tú ve a anunciar el reino de Dios.

El discípulo sólo tiene una cosa a hacer, ante la cual desaparece todo lo restante: "anunciar el reino de Dios". Es radical, absoluto. Esto no admite retraso alguno.

-Otro le dijo: "Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia". Jesús le contestó: "EI que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios".

¿Quién es pues Jesús para pedir tales rompimientos? Y sin embargo Jesús nos ha pedido también que amemos a nuestros padres, y ha dado testimonio de un afecto delicado a su madre al confiarla a san Juan en el momento de su muerte .

Pero Dios, nos pide que renunciemos por El a todas las dulzuras familiares. Esto lo había ya exigido Elías a su discípulo. (1 Reyes 19, 19-21).

El servicio del Reino de Dios, ¿tendrá aún en adelante, hombres de ese temple?

Elevación Espiritual para el día
LA CAIDA DEL ESTADO DE JUSTICIA POR EL PECADO

"Sin embargo, el hombre constituido por Dios en estado de inocencia, ya en el comienzo de la historia abusó de su libertad, inducido por el Maligno, alzándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su fin fuera de Dios (. . .). Lo que nos enseña la Revelación divina coincide con la misma experiencia. Pues el hombre al observar su corazón hecha de ver que también está inclinado hacia el mal y sumergido en una multitud de maldades que no pueden venir de su Creador, que es bueno". Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et Spes, num. 13; cfr. Conc. de Trento, Decreto sobre el pecado original, Dz. 782-792. (Vid. Puebla, nn. 281, 328 y 330).

El precepto y la desobediencia

Dios colocó a nuestros primeros padres en un delicioso jardín, llamado el paraíso terrenal, donde gozaban de tranquila felicidad (cfr. Gen. 1, 26). Los elevó, además, a un orden sobrenatural con el cual eran capaces de lograr el fin sobrenatural de la visión beatifica. Sin embargo, por ser infinitamente justo, dispuso que ese fin lo obtuvieran por méritos propios, de acuerdo a la naturaleza libre de su ser.

Para ello, les impuso un precepto, a saber, el no comer de una fruta que se encontraba en medio del paraíso, amenazándolos de muerte si desobedecían (cfr. Gen. 2, 17).

Adán y Eva no obedecieron al Señor. Eva se dejó seducir por el demonio, quien le dijo que si comían serían como dioses, sabedores del bien y del mal. Comió, pues, del fruto, y luego se lo presentó a Adán, quien por complacerla también comió (cfr. Gen. 3).

El pecado

El pecado de nuestros primeros padres no fue un simple pecado de gula, sino un gravísimo pecado de soberbia, al pretender ser iguales al Altísimo.

En virtud del don de integridad, el pecado no podía ser de pasión -rebelándose éstas al dictado de la razón-, pues le estaban perfectamente sujetas. Tenía que venir la ruptura por la rebeldía de la razón, no sujetándose ésta al designio divino.
Además, hizo más grave su pecado la circunstancia de que el mandato era fácil de guardar, y de que ellos no tenían ni ignorancia que cegara su mente, ni concupiscencia que los arrastrara al mal.

El castigo
Nuestros primeros padres, no solamente fueron arrojados del paraíso en castigo de su pecado, sino que:

Fueron privados de los dones sobrenaturales, a saber: de la gracia y del derecho a la gloria; y quedaron esclavos del demonio y condenados a eterna perdición, si Dios no los perdonaba.

Fueron privados de los dones preternaturales, y así:

En vez de la ciencia se vieron sometidos a la ignorancia.

En vez de la integridad, sintieron el desorden en su naturaleza; a saber, la concupiscencia, o rebelión de la carne contra el espíritu, y la inclinación al mal por parte de la voluntad.

En vez de la inmunidad se vieron sometidos a toda clase de privaciones y sufrimientos.

Y en vez de la inmortalidad, se vieron castigados con la muerte.

Reflexión Espiritual para este día 

No se objete que, en todos estos casos, no se trata de la fe, sino de misiones extraordinarias. Estas grandes misiones son necesariamente ejemplares, pues las «columnas de la Iglesia» determinan el estilo de todo el edificio, dan canónicamente la norma y regla para todos (el canon): son un término medio, aclaratorio, entre la soledad de Jesucristo y la fundamentación de la fe de todo cristiano. Las misiones, menores y mayores, y todo cristiano tiene la suya, proceden todas del mismo punto. Y, en efecto, misiones y carismas no se dan en medio de la comunidad, sino que se «reparten a cada uno por Dios según la medida de la fe, desde un cara a cara con Dios al cuerpo eclesiológico de muchos miembros» (Rom 12,3-4).

Sólo como individuo puede ser llamado el cristiano para la Iglesia, y en la Iglesia, para el mundo; como solitario que, en el momento de la llamada, no puede ser apoyado, visiblemente, por nadie. Nadie le quita la responsabilidad de su asentimiento, nadie le quita la mitad de la carga que Dios le echa encima. Si es cierto que Dios puede juntar misiones, también lo es que cada enviado ha tenido que estar antes solo ante Dios. Y nadie puede ser enviado si antes no lo ha puesto todo, sin reservas, en manos de Dios, libremente, como un moribundo tiene que hacerlo forzosamente. Una misión cristiana sólo puede surgir en absoluto cuando fundamentalmente se ha ofrecido y entregado todo; cuando Dios, sin reserva alguna de parte del creyente, puede elegir en él lo que le place. Sólo de este punto del encuentro con el Dios muriente puede salir de una existencia de fe algún fruto cristiano. Este fruto lo es siempre de amoir, pero fundado en la entrega de sí mismo

Gianna Beretta Molla fue una madre de la diócesis de Milán que, para dar la vida a su hija, sacrificó la suya con meditada inmolación. Gianna era médico, casada y con tres hijos. Estaba esperando otra. Pero su alegría se mezcló pronto con las más graves preocupaciones. Junto al útero iba creciendo un grueso fibroma y se hacía necesaria y urgente la intervención quirúrgica. Gianna comprendió de inmediato lo que le salía al encuentro. La ciencia de entonces ofrecía dos soluciones consideradas seguras para la vida de la madre: una laparatomía total, con extirpación tanto del fibroma como del útero, o la extirpación del fibroma, con la interrupción del embarazo. Una tercera solución consistía en extirpar sólo el fibroma, sin tocar al niño, pero ponía en grave peligro la vida de la madre.

La doctora Beretta, antes de ir al hospital, fue a visitar al sacerdote con el que se confesaba habitualmente. Este le exhortó a esperar y tener valor. «Sí, don Luigi —le respondió la mujer—; he rezado mucho durante estos días. Me he confiado con fe y esperanza al Señor, incluso contra las terribles palabras de la ciencia médica, que me decían: o la vida de la madre o la vida de su criatura. Confío en Dios, sí, pero ahora me corresponde a mí cumplir can el deber de madre. Renuevo al Señor la ofrenda de mi vida. Estoy dispuesta a todo, con tal de salvar la vida de mi criatura.”
Ella misma nos contó su primer encuentro con el cirujano:

“El doctor me dijo antes de la operación: “¿Qué hacemos? ¿La salvamos a usted o salvamos al niño?”. Enseguida le contesté: “No se preocupe por mí”. Y, después de la operación, me dijo:
“Hemos salvado al niño”».

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y el magisterio de la santa madre la Iglesia:



-David: la ambigüedad de la existencia humana. Comencemos con una síntesis de Samuel (cap. 11 y 12), en donde se describe el pecado de David con Betsabé. Literariamente es una de las páginas más bellas del antiguo Testamento. Estos capítulos, llamados también los "Anales de David", son históricamente muy antiguos, escritos desde el punto de vista estilístico con una maestría incomparable: hay una finura, un conocimiento sicológico, un humorismo sutil que está detrás de las palabras, verdaderamente encantador, si no existiera la dramaticidad de la narración que nos arrastra.

David ha mandado su ejército a la guerra contra los Ammonitas, pero él se queda en Jerusalén; una tarde se pone a pasear en la terraza de su palacio.

"Desde la terraza vio una mujer que estaba bañándose. Esta mujer era muy bella. David hizo que se informasen de aquella mujer,y le dijeron: "Es Betsabé, hija de Eliam, mujer de Urías el Jeteo".

Entonces David mandó mensajeros a buscarla. Vino ella a su casa y él se acostó con ella; ella acababa de urificarse de su impureza menstrual. Después se volvió a su casa. La mujer concibió y mandó
a decir a David: "Estoy encinta".

Entonces comenzaron las dificultades de David: manda llamar a Urías, el marido, que viene. Lo invita a ir a su casa, pero él duerme ante la puerta del palacio real. David lo vuelve a llamar, trata de embriagarlo y de hacerlo ir a su casa, pero el marido se detiene a la puerta de su casa. Finalmente David escribe una carta, para que cuando Urías regrese al campamento se lo ponga en el punto más peligroso de la batalla y se lo deje solo, de tal manera que el
enemigo lo mate. Brevemente esta es la historia que todos conocemos.

Tratemos de analizarla un poco. ¿Quién es este hombre David, que se metió en semejante problema? ¿Quién es David en este momento de su carrera? Es un hombre maduro, tan es así que ni siquiera se la siente de ir a la guerra; él, que era un gran guerrero, manda a los otros. Está en la cumbre de su carrera, aun moral: es un hombre undamental piadoso, que ama mucho a Yavé, ha escrito también muchos salmos que se le atribuyen a él.

Uno de los más bellos es el salmo 18, en donde él habla de tú a tú con Dios que lo ha liberado: "Oh Yavé, tú mi Roca y mi fortaleza, mi refugio, mi Dios; tú mi Roca, a quien me acojo; mi escudo y cuerno de mi salvación, mi asilo y mi refugio". Un hombre, pues de una religiosidad profundísima, uno de los hombres más religiosos de la historia del Antiguo Testamento, que escribió palabras tan bellas que todavía nosotros usamos; un hombre piadoso en el
verdadero sentido de la palabra.

También es un hombre profundamente bueno, que no es capaz de hacerles mal a los enemigos: pocos capítulos antes (cap. 9, 7 y siguiente) se cuenta cómo hace buscar por todas partes a los descendientes de Saúl y de Jonatán, lisiado de ambos pies, y lo hace llamar. Este va lleno de miedo, cree que David lo va a matar, en cambio le dice: "No temas, porque quiero tratarte con bondad por amor de Jonatán, tu padre, y te restituyo todos los campos de Saúl, tu abuelo, y siempre comerás a mi mesa". Un hombre incapaz de odio, capaz de amar hasta el más miserable de sus enemigos.

Un hombre también profundamente leal. Entre las narraciones más bellas de la vida de David está la de 1 S. 24, 6 y siguientes en donde se dice cómo David, cuando huía de Saúl, tenía que vivir en las montañas, en cuevas. Una noche logra entrar al lugar en donde Saúl está durmiendo. "Y la gente de David le dijo: hoy es el día del que te dijo Yavé: Yo pongo a tu enemigo en tu mano; trátalo como bien te parezca. David se levantó y cortó calladamente la orla del
manto de Saúl. Después le latía fuertemente el corazón por haber cortado la orla del manto de Saúl. Y dijo a sus hombres: Yavé me libre de hacer tal cosa a mi señor, el ungido de Yavé, de poner mi mano sobre él, porque él es el ungido de Yavé... Después se levantó David, salió de la gruta y gritó a Saúl: ¡Oh rey, mi señor!...

¿Contra quién ha salido a campaña el rey de Israel? ¿A quién persigues? ¡A un perro muerto, a una pulga! Que sea Yavé el árbitro entre tú y yo. Que él examine y defienda mi causa y me haga justicia librándome de tu mano". Por tanto, David es un hombre de una integridad y de una lealtad que se vuelven proverbiales en la historia de Israel.
Es también un hombre maduro, no carente de experiencias afectivas a este punto de su vida, ha tenido lo que ha querido, sabe qué es la vida, se conoce a sí mismo, sus limitaciones, la debilidad humana.

Pero he aquí que un hombre así, en pocas horas, pasa de un instante de curiosidad a un momento de debilidad, tal vez como consecuencia de un gesto de casi orgullo: ¿acaso no soy el rey, no puedo hacer lo que quiero, no son todos súbditos míos? Y entonces, tan lleno de sí, ahí lo tenemos en poco tiempo metido en una situación que rápidamente se vuelve insostenible.

Probablemente, antes del anuncio de Betsabé, David tenía todavía esperanzas: todo quedará oculto, nadie sabrá nada. Pero
cuando Betsabé le dice: he concebido, se siente perdido y piensa: ¿qué hice? No sólo perjudiqué a una mujer, sino que perjudiqué a su marido penetrando en su matrimonio; además queda expuesto a la vergüenza pública: el gran rey, el piadoso, el que no hace mal ni siquiera a sus enemigos... La gente comienza a maliciar: él es también como todos nosotros. Entonces siente miedo y vergüenza.

Reflexionemos un poco sobre la situación del hombre David: en el fondo es un hombre bueno, que ama a Betsabé y no quiere hacer nada contra ella, ama al niño que va a nacer, por tanto no quiere hacer nada contra él; también ama a Urías, que es uno de sus soldados más fieles, y tampoco quiere hacer nada en contra de él; pero también se ama a sí mismo, su nombre y su fama de rey: pero estas cuatro cosas no van todas juntas. Así se encuentra en una situación dramática porque, muy a pesar suyo, no logra evitar cometer el mal, no logra salir de este problema en el que se ha metido, primero por diversión, luego por algo de orgullo. No sabe qué hacer.

Esta es, pues, la situación descriptiva de la fragilidad del hombre, que puede pasar rápidamente de la tranquilidad, de la posesión, del dominio de sí, a una situación en la que cualquier decisión es dramática desde cualquier punto que se la tome.

Pero David es también un hombre astuto, es un hombre que ha combatido en muchas guerras, que conoce todos los vericuetos políticos para llegar a donde él quiere. Es inteligente y piensa: ya sé lo que voy a hacer: llamaré a Urías, a escondidas lo haré regresar a casa y todo quedará arreglado, oculto. En su astucia trata de salvarse por sí mismo, de hallar el camino honorable para todos, pero la solución no le resulta. Podemos imaginar la rabia cuando, después de la primera noche, el siervo que mandó a vigilar todos los movimientos de Urías le informa: durmió aquí a la puerta de tu palacio real, junto con sus soldados.

Se llena de ira al verse burlado en su astucia; tal vez Urías se dio cuenta, es más astuto que él, tal vez se siente como una pulga ante el poder del rey, pero piensa: tampoco yo voy a ceder. Entonces el rey refuerza su astucia, pasa a la falsedad, abraza a Urías: lo llama, lo hace beber, lo embriaga. Vean cómo aquí un hombre leal comienza a llenarse de astucia, de maldad, de doblez, obligado por la situación, pero no logra salir borracho, es llevado casi a la fuerza a su casa, pero luego reacciona y se acuesta en la puerta con sus soldados, y el rey nuevamente queda burlado. +

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