Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

Espero que os sirva de ayuda y comenteis si os parece bien...


Gracias


Maria Beatriz.



SI AL CRUCIFIJO Tu quita un Crucifijo y nosotros pondremos mil

En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

26 de septiembre de 2014

VIERNES DE LA XXV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO. 28 de Septiembre del 2012. 1º semana del Salterio. (Ciclo B) TIEMPO ORDINARIO. SAN WENCESLAO, mr. Memoria libre, SAN LORENZO RUIZ y co, mr. Memoria libre. MES DEDICADO A LOS DOLORES DE NUESTRA SEÑORA. SS. Santoral Latinoamericano. SS. Wenceslao y Lorenzo Ruiz.

En público, Jesús recibe un reconocimiento de ‘profeta’; en privado, es proclamado como ‘Mesías’. La condición de profeta no necesita ninguna aclaración adicional, ya que el pueblo lo coloca en la misma línea de los grandes profetas de Israel: Elías, el profeta clásico que, junto con Moisés, configuran los grandes modelos; Juan Bautista, el gran profeta contemporáneo que muere a causa de su testimonio en contra de la corrupción generalizada de los líderes de Israel. El título de ‘Mesías’, en cambio, sí merece una aclaración. No es el Mesías triunfante, bien sea un guerrero invencible o un poderoso gobernante, sino el ungido misericordioso, capaz de acoger a los pecadores, sanar a los enfermos y orientar a la multitud. El mesianismo de Jesús no pasa por los palacios regios ni por el gran Templo; sí pasa por los campos, caminos y aldeas donde la esperanza de una justicia posible aún no se ha perdido. El pueblo pobre no sueña con paraísos imposibles, sino con una vida digna en la que las necesidades vitales estén al alcance del trabajo diario, y los recursos no estén sujetos a los caprichos de los gobernantes. – ¿Qué significado podría tener el mesianismo de Jesús para nuestros días?

LITURGIA DE LA PALABRA

Eclesiastés 3, 1-11 Todas las tareas bajo el sol tienen su sazón
Salmo responsorial: 143 Bendito el Señor, mi Roca.
Lucas 9, 18-22 . Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho

PRIMERA LECTURA.
Eclesiastés 3, 1-11
Todas las tareas bajo el sol tienen su sazón

Todo tiene su tiempo y sazón, todas las tareas bajo el sol: tiempo de nacer, tiempo de morir; tiempo de plantar, tiempo de arrancar; tiempo de matar, tiempo de sanar; tiempo de derruir, tiempo de construir; tiempo de llorar, tiempo de reír; tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar; tiempo de arrojar piedras, tiempo de recoger piedras; tiempo de abrazar, tiempo de desprenderse; tiempo de buscar, tiempo de perder; tiempo de guardar, tiempo de desechar; tiempo de rasgar, tiempo de coser; tiempo de callar, tiempo de hablar; tiempo de amar, tiempo de odiar; tiempo de guerra, tiempo de paz. ¿Qué saca el obrero de sus fatigas? Observé todas las tareas que Dios encomendó a los hombres para afligirlos: todo lo hizo hermoso en su sazón y dio al hombre el mundo para que pensara; pero el hombre no abarca las obras que hizo Dios desde el principio hasta el fin.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 143
R/. Bendito el Señor, mi Roca.

Bendito el Señor, mi Roca, mi bienhechor, mi alcázar, baluarte donde me pongo a salvo, mi escudo y mi refugio. R.

Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?; ¿qué los hijos de Adán para que pienses en ellos? El hombre es igual que un soplo; sus días, una sombra que pasa. R.

SANTO EVANGELIO.
Lucas 9, 18-22
Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: "¿Quién dice la gente que soy yo?" Ellos contestaron: "Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas". El les preguntó: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Pedro tomó la palabra y dijo: "El Mesías de Dios". El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: "El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar el tercer día".

Palabra del Señor

Reflexión de la Primera Lectura: Eclesiastés 3, 1-11. Todas las tareas bajo el sol tienen su sazón

La Iglesia, en este «Leccionario Semanal», sólo nos propone tres cortos extractos del Libro del Eclesiastés, pero vale la pena de tomar la Biblia completa y leer todo el libro: se trata de un libro a la vez breve y fascinante.

-Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado, un tiempo para matar y un tiempo para sanar, un tiempo para destruir y un tiempo para edificar, un tiempo para llorar y un tiempo para reír, un tiempo para gemir y un tiempo para bailar, un tiempo para abrazarse y un tiempo para abstenerse, un tiempo para rasgar y un tiempo para coser, un tiempo para amar y un tiempo para odiar, un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz...

¿Qué provecho obtiene el que trabaja por toda su fatiga?

El autor cita de ese modo, en un hechizo poético y monótono, veintiocho acciones humanas, opuestas y contradictorias, que siguen el ritmo de la vida del hombre: ¡hacer y deshacer! En efecto, si reflexionamos de veras, vemos que el hombre tiene amenaza constante de contradecirse... de empezar siempre de nuevo. Esta alternancia es decepcionante, porque hace más difícil la continuidad en el esfuerzo. ¿Por qué construir una pared para derribarla luego? ¿Por qué lavar los platos para volver a usarlos y a lavarlos y así indefinidamente?

Pero el hombre es el único ser de la creación que siente el dolor de su fragilidad: ¿no nos prueba esto que su fin es otro?, que es la posesión eterna e inmutable de sí mismo.

-Considero la tarea que «Dios» ha asignado a «los hombres». Ha hecho todo lo apropiado a su tiempo...

"El" ha puesto también el deseo de infinito en su corazón...

El autor del Eclesiastés no es un ateo, aun cuando repita a menudo el análisis lúcido de ciertos ateos modernos.

Para él, en medio del flujo y reflujo del «tiempo», está lo «infinito» que se va construyendo. La fluctuación monótona y deprimente del tiempo que pasa es el terreno misterioso de una eternidad naciente en el seno mismo de la descomposición del tiempo.

¡El tiempo, finalmente, tiene pues un sentido! pero no en sí mismo, sino en Dios, en la eternidad de Dios. Y sin embargo no se trata de buscar el sentido del tiempo solamente en el más allá y el después, como si fuera necesario refugiarse en el cielo y huir de lo temporal para descubrir el sentido de lo eterno.

Recordemos el texto ¡fue «en su corazón» donde puso Dios la infinitud del tiempo! La eternidad ya ha comenzado, es concomitante con el tiempo. «No has comprendido nada, mientras no hayas comprendido que hoy es el día del Juicio»... HOY se desarrolla la eternidad, estás inmerso en ella, y todo lo que haces, minuto tras minuto, toma una densidad eterna en Dios. En efecto algo de lo «permanente» se construye en el núcleo mismo de lo que fluye y pasa. «Incluso si en mí el hombre exterior se va arruinando, el hombre interior se construye día a día», decía san Pablo, que próximo a la muerte, era consciente de ir hacia la vida, una vida que ya había comenzado.

DIOS-SORPRENDENTE:

La reflexión permanente del Eclesiastés le permite distanciarse de todas las concepciones fosilizadas. Para descubrir el sentido de la vida es preciso descartar las falsas ilusiones que suplantan a Dios y lo hacen innecesario o lo domestican, convirtiéndolo en un ídolo del que puede disponer el hombre: apego a ideas, sentimientos, sistemas religiosos que ofrecen un camino «seguro» para llegar a Dios y adueñarse de él en vez de permitir la irrupción de su iniciativa salvadora. Eso es lo que parece decirnos el Pseudo-Salomón con estas reflexiones sobre las diversas actividades humanas (1-8), sobre el triunfo de la iniquidad (16-17) y sobre la semejanza entre el hombre y la bestia (18-22).

La visión que el autor tiene del tiempo y del cosmos parece participar tanto del "panta rei" («todo fluye») de Heráclito como del eterno retorno de los estoicos: «Todo tiene su tiempo y sazón» (v 1). Pero estos tiempos sucesivos son contradictorios en su contenido y se anulan recíprocamente en sus efectos: nacer-morir, plantar-arrancar, matar-curar, demoler-construir, llorar-reír, arrojar piedras-guardarlas, desgarrar-coser... Se trata de alternancias fundamentales entre las que se halla prisionero el hombre. Pero nuestro autor no comparte el fatalismo cósmico e histórico de la filosofía griega. Todo fatalismo y determinismo queda superado por su fe religiosa en un Dios que es Señor de la historia, aunque trascendente en el secreto de su acción en el tiempo: «observé todas las tareas que Dios encomendó a los hombres... Todo lo hizo hermoso en su sazón..., pero el hombre no abarca las obras que hizo Dios desde el principio hasta el fin» (10s).

La injusticia y la iniquidad ocupan gran espacio en el desarrollo de los acontecimientos humanos, sobre todo la injusticia y la iniquidad de las clases dirigentes y de los poderosos. Pero tampoco esta situación escandalosa escapa al control de Dios, que juzga tanto al justo como al injusto (17).

En el cuadro de la impenetrabilidad de los misterios de la vida hay una última meditación sobre la realidad, evidente y misteriosa, de una extraña semejanza entre el hombre y la bestia. El hombre debe habituarse a aceptar lo que es inevitable y a vivir con lo que no puede cambiar; no tiene más opción que aceptar el mundo en que ha nacido. Dios no ha admitido al hombre a compartir los secretos de la creación y de la providencia. Pero esto no debe llevarlo a una postura trágica. La ironía del Pseudo-Salomón es una invitación a tomar la vida con toda su ambigüedad. La soberanía de Dios y la finitud del hombre abren la puerta a un temor lúcido y sano que nos permite gozar de una vida que, al fin y al cabo, no es totalmente nuestra. En este sentido el Eclesiastés es un auténtico maestro de sabiduría.

Reflexión del salmo 143. Bendito el Señor, mi roca.


La asamblea de Israel entona, agradecida, este himno de acción de gracias a Yavé Él es Rey, y despliega su poder regio sobre su pueblo con la característica de un doble sello identificador: amor y fidelidad. Por eso Israel canta a Yavé, su Rey; se siente amado, protegido y, sobre todo, acompañado en su historia y su caminar. Es consciente de que su experiencia es única; no hay pueblo de la tierra que pueda ensalzar a sus dioses con la fuerza de su propia historia, Israel sí. «Yo te ensalzo, Dios mío, mi Rey, y bendigo tu nombre por siempre jamás. Todos los días te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás... Hablarán del poder de tus terrores, y yo cantaré tu grandeza. Difundirán la memoria de tu inmensa bondad, y aclamarán tu justicia».

La belleza del salmo se asemeja al estruendo solemne provocado por un río que desciende impetuoso por entre las rocas de las montañas. Da la impresión de que Israel clama amorosamente con los mismos gritos con que la naturaleza alaba al Creador. Todo el salmo es una exultación ante las obras de Dios. De hecho, la narración de las maravillosas obras de Yavé se repiten en el himno como si fuese un estribillo: «Una generación pregona tus obras a la otra, proclamando tus hazañas... Que todas tus obras te den gracias, Señor, y que te bendigan tus fieles... El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus obras».

En pleno delirio poético, cuando la aclamación de las obras de Yavé parece que ha alcanzado su culmen, de pronto nos parece ver al salmista como recogido sobre sí mismo y, balbuciendo algo así como un susurro, nos comunica atónito la obra cumbre de Dios: su relación de amor con el hombre-mujer, salidos de sus manos. Si Yavé es bondadoso en y con todas sus obras, su amor se convierte en presencia y cercanía con todo hombre que le invoca, que se acoge a El en el dolor. Yavé es rey, es creador, y —de ahí viene e asombro del salmista— es también oído abierto que escucha el clamor del hombre: «El Señor es justo en todos sus caminos, y fiel en todas sus obras. El está cerca de todos los que lo invocan, de todos los que lo invocan sinceramente».

¿Por qué el salmista puede escribir algo tan bello y profundo? Más aún, ¿cómo es que el pueblo se apropia de la oración poética del autor y hace resonar sus voces llenando el templo de música, fiesta y bendición? Israel puede hacerlo porque, junto a la inspiración del salmista, es testigo de una historia de salvación, de cuidados por parte de Dios; lleva en su seno unas promesas que, más allá del tiempo y del espacio, nunca han dejado de estar en el corazón de Dios. Por ello siempre las ha cumplido, aunque haya tenido que cerrar los ojos ante los pecados de su pueblo.

Lo impresionante de Dios es que no sólo cierra sus ojos ante la infidelidad de Israel, sino que anuncia su salvación y liberación. Sus ojos se recrean, se deleitan hasta el punto de llegar a exclamar: mi pueblo es precioso para mí. «Dado que eres precioso a mis ojos, eres estimado y yo te amo» (Is 43,4).

Preciosos a los ojos de Dios somos todos los hombres; a fin de cuentas, todos somos obra de sus manos. Preciosos hasta el punto de enviar a su Hijo al mundo, quien se hizo uno como nosotros.

Recordemos aquel día en que los ojos de Jesús se posaron sobre la muchedumbre que había acudido a escucharle. Sintió un doble movimiento en su alma. Por una parte vio que, como ya habían anunciado los profetas, todos los hombres y mujeres eran preciosos a sus ojos; por otra, la tristeza profunda al verlos abatidos y quebrantados como ovejas que no tienen pastor: «Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36).

Ante esta dramática escena, se dijo a sí mismo: yo seré su Pastor, yo los rescataré de su abatimiento, del sin sentido de sus vidas. Sí, yo daré mi vida por ellos; han nacido de las manos de mi Padre para tener vida eterna y no lo saben. Daré mi sangre para que la posean en propiedad, ya que todos ellos son preciosos a mis ojos y a los ojos de mi Padre. «El ladrón no viene más que a robar matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas» (Jn 10,10-1 1).

Jesucristo es la piedra angular anunciada por los profetas. Piedra sistemáticamente rechazada por el mundo pero sumamente preciosa a los ojos de Dios, su Padre. Inestimable como es a los ojos de su Padre, hace de sus discípulos piedras, también rechazadas por el mal del mundo pero sumamente apreciables a los ojos de Dios. Así lo anuncia gozosamente el apóstol Pablo a los cristianos: «Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo» (1Pe 2,4-5).

Reflexión primera del Santo Evangelio: Lucas 9,18-22. Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho

Lucas vuelve al tema del evangelio de ayer. La pregunta es la misma. Sin embargo, ahora es el propio Jesús quien la dirige a sus discípulos. ¿Quién es Jesús? La respuesta de la gente es múltiple: en ellas se manifiesta la conciencia de un cierto «misterio», pero no van más allá de los esquemas religiosos comunes. Tampoco la respuesta de los discípulos es completa: por lo menos, puede ser entendida mal, y por eso Jesús «les prohibió terminantemente que se lo dijeran a nadie» (v. 21). No basta, en efecto, con reconocer que Jesús es el Mesías. ¿Qué Mesías? Es la cruz lo que suprime todos los malos entendidos. Estamos aquí en el centro de la fe: creer en un Mesías que será crucificado. El «es necesario» del texto es muy significativo: la cruz no es un incidente; es algo querido, forma parte del plan de Dios. Esta es la novedad inesperada, escandalosa para muchos. La presencia de Dios se manifiesta en el camino de la cruz, es decir, en la entrega de sí mismo, en el rechazo de toda imposición, en el amor que acepta ser contradicho y aparentemente derrotado. A buen seguro, si el don de sí mismo siguiera siendo inútil y quedara derrotado, no podría ser en modo alguno el signo de Dios; lo es, no obstante, porque el camino de la cruz conduce a la resurrección. Es precisamente en la entrega de sí mismo, que no se echa atrás ni siquiera frente a la muerte, donde está encerrada la victoria de Dios.

Qohélet prosigue su reflexión sobre la vanidad de las cosas aplicándola a la vanidad del hacer. Con la suerte de los hombres pasa como con los columpios: unas veces está arriba y otras abajo, un día se encuentra en la prosperidad y al siguiente en la desventura. Un día, exaltado; al otro, olvidado. Las pantallas de la televisión son el gran escenario de este tipo de vanidad: personajes aplaudidos y envidiados se ven echados al fango de un momento a otro. Los rostros aparecen y desaparecen. Los nuevos rostros hacen olvidar, y olvidan de buena gana, a los rostros viejos, que, probablemente, les han preparado el camino. De vez en cuando se oye que ha muerto algún personaje importante: uno o dos minutos de «conmovida» conmemoración y, a continuación, prosigue el espectáculo. El que asiste se pregunta si valía la pena aparecer tanto para desaparecer después con tanta rapidez. El circo de los medios de comunicación necesita mitos para exaltar y para olvidar: personajes siempre nuevos e interesantes, que respondan a los gustos del momento, y necesita cambiarlos cuando los gustos cambien. La movilidad del sentir marca asimismo la movilidad de la fortuna del que acaricia este sentir. Al volver a ver fragmentos evocadores del pasado, caemos en la cuenta de la falta de sentido del ridículo de muchos ídolos que habíamos admirado. Así ocurre con los otros, así ocurre conmigo, con mis actitudes y con mis poses del pasado. Sólo espero que, el día del juicio, no se me condene a volver a ver la película de mi vida, con mis vanidades y mi autocomplacencia.

Efectivamente, es bueno reflexionar sobre la fragilidad y fugacidad de las vicisitudes humanas, para aproximarnos un poco a la sabiduría del corazón.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Lucas 9,18-22. Tú eres el Mesías el Hijo de Dios.

¿Quién es Jesús? Inquieto por el revuelo suscitado en su provincia por aquel hombre, Herodes plantea la cuestión. Es verdad que no es un miembro de la Iglesia, pero su pregunta encuentra eco en el corazón de los discípulos. También ellos se interrogan: ¿quién es ese Jesús en quien han puesto su fe? Pedro responde: "El Mesías de Dios".

Pero con ello no todo queda resuelto, ya que la fe no se limita a una adhesión intelectual, sino que suscita un compromiso personal. ¿Quién es ese Jesús por el que yo me comprometo? El evangelio responde con el anuncio de la pasión. Jesús es el hombre nuevo, totalmente entregado a la voluntad del Padre: tiene que llegar hasta el fondo el compromiso tomado en la sinagoga de Nazaret. Para Jesús, obedecer es ser hijo, sin condiciones.

"¿Quién soy yo para ti?". Para ti, no para la gente. Para ti, personalmente, por encima de las respuestas hecha. Una pregunta delicada. Nos gustaría hacérsela a otros, pero vacilamos. ¿No vas a encerrarme en una definición demasiado rápida, a darme un nombre que apenas comprendes o malentiendes, a reducir el misterio de mi riqueza, del que quizá ni siquiera yo conozco toda su profundidad? Me responderás:"Tú eres mi hijo..., mi amigo..., mi dueño..., mi amor...". Y lo soy. Pero soy también algo más, otra cosa distinta.... Sí, es difícil conocer al otro sin herirle.

"¿Quién soy yo para vosotros?" Jesús se arriesga a interrogarnos.

Las respuestas abundan. Se han escrito libros enteros para darlas. ¿Jesús? Un profeta asesinado, el Sagrado Corazón, verdadero Dios y verdadero hombre, super-star... Jesús impone silencio... Es difícil conocer a Dios sin herirle.

Jesús estaba en oración cuando planteó esta cuestión. En la verdad de su ser y de su existencia, El puede decir que conoce a Dios. "¡Padre, Abbá!". Puede decir ese nombre sin herir a Dios, porque El se deja herir por ese nombre: "¡Padre, hágase tu voluntad!". En el Calvario Jesús mostrará hasta dónde le ha llevado su respuesta. En la hora de su pasión será cuando pueda decir de verdad: "Padre, les he dado a conocer tu nombre".

Conocer a Dios es una pasión; un amor inmenso y un profundo sufrimiento a la vez. Conocer a Dios es una vocación, una llamada: "El que quiera venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo". Hacerse discípulo es una cuestión de opción y de obediencia.

Es un opción. Será discípulo el hombre que se haya visto tocado en su corazón por una palabra que lo desborda. La vocación es una prueba, ya que la llamada quema como una urgencia, es radical como un juicio. Ser discípulo es abrirse a una pregunta, dejarse cuestionar. Sin más seguridad que la gracia para salir vencedor de la prueba.

Y es una obediencia. Será discípulo aquel que se entusiasme con el don recibido. A todos los que tienen sed de Dios, del Dios de vida, Jesús les da su Espíritu: por el bautismo nos hemos revestido de Cristo; nosotros le pertenecemos. Nuestra vocación es una iniciación.

Conocer a Dios será siempre un nuevo nacimiento. Pedro no podrá decir de verdad el nombre de Jesús más que después de su negación y de la Pascua: "Tú lo sabes todo; tú sabes que te amo". Aquel día, en vez de imponerle silencio, Jesús le alentará en su vocación de afianzar a sus hermanos.

"¿Quién soy yo..?". ¿Quién nos dirá, pues, el nombre de Dios, sino la herida que El mismo ha abierto en nuestro corazón con el deseo de conocerle?

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Lucas 9,18-22. Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre que tiene que padecer mucho.

¿Quién es Jesús? Los contemporáneos de Jesús tienen una visión equivocada o deficiente de su persona. Están, por una parte, los escribas y fariseos, que lo consideran un embustero: un endemoniado, que actúa influido por el príncipe de los demonios. Están, en segundo término, los que creen que es simplemente un profeta. Como existía la creencia de que antes del Mesías vendría un profeta, Elías, Jeremías o algún otro, piensan que es uno de ellos. Por otra parte, están los discípulos, que consideran que es el Mesías, pero un Mesías temporal, revanchista, victorioso, que aniquilará a los enemigos de Israel y hará de su pueblo una nación hegemónica.

La pregunta de Jesús: “¡¿Quién decís que soy yo?!” sigue pidiendo respuesta a cada generación creyente. Naturalmente, no basta con afirmar verbalmente unos dogmas, cuyo contenido e implicaciones se ignoran, ni con estar dispuestos a creer lo que la Iglesia enseña. Es esencial que cada uno se pregunte quién es, de hecho, Jesús para él.

También hoy muchos “cristianos” tienen una imagen desfigurada de Jesús. Para unos es el Jesús sentimental de las cuitas, de los consuelos en las horas bajas; para otros es el Jesús del gran poder de las situaciones extremas; para otros es el Jesús legislador y promulgador de una moral... ¿En qué Jesús creemos? La respuesta es vital porque nuestra fe en él ha de ser determinante para nuestra vida.

Pedro y sus compañeros creían en un Jesús triunfalista, revestido de poder temporal, que dominara por la fuerza y a golpe de milagro. Por eso es lógico que Pedro lo agarrara y regañara para que no siguiera por el camino del martirio (Mt 16,21-22), ya que de este modo se truncarían todos sus planes...

Creer en Jesús. Jesús invita a poner el centro de atención en su persona: “¿Quién dice la gente y quién decís vosotros que soy yo?”. Porque él proclama: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). La fe de muchos cristianos no se funda, por desgracia, en el encuentro con la persona de Jesús, sino en unas “creencias” que se han aceptado desde la infancia con mayor o menor convicción. De esta manera, la fe cristiana pierde toda su originalidad y se convierte en simple afirmación de un credo religioso. En vez de creer a Jesús y descubrir desde su persona el sentido último de la vida, se adhieren más o menos conscientemente a una “doctrina” que existe sobre Jesús, a unos ciertos ritos “mandados” por la Iglesia y a unas cuantas normas morales “que los cristianos hemos de guardar”.

Muchos ni siquiera sospechan que lo más original del cristianismo consiste en creer a Jesucristo. Son bastantes los cristianos que entienden y viven su religión de tal manera que probablemente nunca podrán tener una experiencia un poco viva de lo que es encontrarse personalmente con Jesús. Ya en la niñez y en la adolescencia se han hecho una idea deficiente de él, cuando todavía no se habían planteado las cuestiones a las que Jesucristo puede responder. Después no se han preocupado de profundizar en su vivencia cristiana, y de este modo su fe en él resulta vaga y superficial; se reduce a un conjunto de afirmaciones sin ninguna relación e incidencia en sus preocupaciones, problemas o intereses; por tanto, al margen de la vida.

Sin embargo, creer en Jesús es, ante todo, encontrarse con él y descubrir poco a poco que es el único capaz de dar una respuesta definitiva a nuestros anhelos, necesidades y esperanzas. Creer en Jesucristo es aprender a vivir desde él, descubrir desde él cuál es la manera más humana de enfrentarse a la vida y a la muerte, descubrir desde él qué es ser hombre y atrevemos a serlo hasta el final.

Cristianismo de seguimiento. J. B. Metz nos habla de un desafío grave en Europa: Decidirnos entre una religión burguesa o un cristianismo de seguimiento. El seguimiento consiste en hacer de Jesús el eje único de nuestro vivir diario y ponernos decididamente al servicio del Reino de Dios. Este seguimiento implicará con frecuencia ir “contra corriente”, en actitud de rebeldía y ruptura frente a costumbres, modas y opiniones que no concuerdan con el estilo de vida de Jesús. Además, exige no dejarse domesticar por una sociedad superficial y consumista, y oponerse a los amigos y familiares cuando quieren llevarnos por caminos contrarios al Evangelio. En consecuencia, seguir al Jesús en quien creemos implica estar dispuestos a la conflictividad, a la cruz, a compartir su suerte aceptando libremente el riesgo de una vida crucificada como la suya, aunque sabiendo que nos espera la resurrección: “Si morimos con él, viviremos con él” (2 Tm 2,11).

Frente a la fe en un Cristo “Señor”, que ha resucitado, pero cuya muerte ignominiosa se silencia, porque es “un escándalo para unos y una locura para otros”, Pablo anuncia a un Jesús, que para los “llamados” es el Mesías, portento de Dios (1 Co 1,23-24). Y afirma taxativamente: “No conozco sino a Cristo, y a éste crucificado” (1 Co 2,2). Frente a los que buscan la forma de rehuir la ignominia de la cruz, testifica: “Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gá 6,14).

A la pregunta de Jesús: “¿Quién decís que soy yo?”, hemos de responder como Casaldáliga: “Es el hombre que ama, sufre y muere, perseguido y condenado por el poder de los hombres, y resucitado por el poder de Dios”. Éste es el Jesús del Evangelio.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Lucas 9,18-22 ¿quién es ese Jesús en quien han puesto su fe? Pedro responde: "El Mesías de Dios".

¿Quién es Jesús? Inquieto por el revuelo suscitado en su provincia por aquel hombre, Herodes plantea la cuestión. Es verdad que no es un miembro de la Iglesia, pero su pregunta encuentra eco en el corazón de los discípulos. También ellos se interrogan: ¿quién es ese Jesús en quien han puesto su fe? Pedro responde: "El Mesías de Dios".

Pero con ello no todo queda resuelto, ya que la fe no se limita a una adhesión intelectual, sino que suscita un compromiso personal. ¿Quién es ese Jesús por el que yo me comprometo? El evangelio responde con el anuncio de la pasión. Jesús es el hombre nuevo, totalmente entregado a la voluntad del Padre: tiene que llegar hasta el fondo el compromiso tomado en la sinagoga de Nazaret. Para Jesús, obedecer es ser hijo, sin condiciones.

"¿Quién soy yo para ti?". Para ti, no para la gente. Para ti, personalmente, por encima de las respuestas hecha. Una pregunta delicada. Nos gustaría hacérsela a otros, pero vacilamos. ¿No vas a encerrarme en una definición demasiado rápida, a darme un nombre que apenas comprendes o malentiendes, a reducir el misterio de mi riqueza, del que quizá ni siquiera yo conozco toda su profundidad? Me responderás:"Tú eres mi hijo..., mi amigo..., mi dueño..., mi amor...". Y lo soy. Pero soy también algo más, otra cosa distinta.... Sí, es difícil conocer al otro sin herirle.

"¿Quién soy yo para vosotros?" Jesús se arriesga a interrogarnos.

Las respuestas abundan. Se han escrito libros enteros para darlas. ¿Jesús? Un profeta asesinado, el Sagrado Corazón, verdadero Dios y verdadero hombre, super-star... Jesús impone silencio... Es difícil conocer a Dios sin herirle.

Jesús estaba en oración cuando planteó esta cuestión. En la verdad de su ser y de su existencia, El puede decir que conoce a Dios. "¡Padre, Abbá!". Puede decir ese nombre sin herir a Dios, porque El se deja herir por ese nombre: "¡Padre, hágase tu voluntad!". En el Calvario Jesús mostrará hasta dónde le ha llevado su respuesta. En la hora de su pasión será cuando pueda decir de verdad: "Padre, les he dado a conocer tu nombre".

Conocer a Dios es una pasión; un amor inmenso y un profundo sufrimiento a la vez. Conocer a Dios es una vocación, una llamada: "El que quiera venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo". Hacerse discípulo es una cuestión de opción y de obediencia.

Es un opción. Será discípulo el hombre que se haya visto tocado en su corazón por una palabra que lo desborda. La vocación es una prueba, ya que la llamada quema como una urgencia, es radical como un juicio. Ser discípulo es abrirse a una pregunta, dejarse cuestionar. Sin más seguridad que la gracia para salir vencedor de la prueba.

Y es una obediencia. Será discípulo aquel que se entusiasme con el don recibido. A todos los que tienen sed de Dios, del Dios de vida, Jesús les da su Espíritu: por el bautismo nos hemos revestido de Cristo; nosotros le pertenecemos. Nuestra vocación es una iniciación.

Conocer a Dios será siempre un nuevo nacimiento. Pedro no podrá decir de verdad el nombre de Jesús más que después de su negación y de la Pascua: "Tú lo sabes todo; tú sabes que te amo". Aquel día, en vez de imponerle silencio, Jesús le alentará en su vocación de afianzar a sus hermanos.

"¿Quién soy yo..?". ¿Quién nos dirá, pues, el nombre de Dios, sino la herida que El mismo ha abierto en nuestro corazón con el deseo de conocerle?

-Un día, mientras Jesús estaba orando en un lugar solitario, estaban con El los discípulos...

Jesús se pone en oración siempre que va a suceder algo importante, cada vez que un viraje decisivo asoma en su vida humana.

Estamos siempre tentados de no tomarnos en serio esa oración, porque más o menos decimos: "pero, vamos a ver, era el Hijo de Dios ¿qué necesidad tenía de orar?..." O bien minimizamos la densidad de esa oración, reduciéndola a ser sólo un modelo para nosotros: "Jesús oró para enseñar a sus discípulos a hacerlo..." En fin nos aventuramos a refugiarnos en la "visión beatifica" y decimos: "siendo Hijo de Dios vivía continua y fácilmente en la contemplación íntima de su Padre, estaba en constante oración.....

Ahora bien, los momentos en los que Lucas afirma que Jesús oró, son, evidentemente, todos ellos momentos de gran tensión humana: la oración de Jesús era, humanamente, una oración real... pedía efectivamente la ayuda de su Padre a fin de tener la fuerza humana necesaria para poder realizar su misión... no representaba una farsa, realmente buscaba luz y valor.

-Les preguntó: "¿Quién dice la gente que soy Yo?" Contestaron ellos: "Juan Bautista.

Otros, en cambio, que Elías, y otros un profeta de los antiguos, que ha resucitado." Encontramos de nuevo los mismos fenómenos de opinión pública.

-Jesús les preguntó; "Y vosotros, ¿quién decís que soy?"

Jesús les pide una respuesta personal. ¡Hay que tomar posición! Pues no basta ir repitiendo las opiniones oídas, si uno no se compromete personalmente.

Jesús oró en primer lugar por esto: se encontraba ante la incertidumbre respecto de sus amigos. ¿Lo seguirían verdaderamente? ¿Vacilarían solamente, no dirían "ni sí ni no", como tantos contemporáneos?

-Pedro contestó: "El Mesías de Dios."

Se podría traducir por: "el Ungido de Dios", "el Cristo de Dios". Esto era lo que Jesús había ya afirmado al principio de su ministerio, cuando leyó, en la sinagoga de Nazaret, el pasaje de Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha conferido la unción para llevar la buena nueva a los pobres" (Lucas 4, 18). Ahora Pedro, después de estar un año viviendo con Jesús, lo reconoce en nombre de los Doce. Sobre Jesús, sobre su persona, sobre su identidad profunda, sólo podemos atenernos a lo que El nos ha revelado de sí mismo.

Señor, dinos "quién eres". Y concédenos tener plena confianza en ti.

-Pero Jesús les prohibió terminantemente decírselo a nadie.

Lo hemos visto en San Marcos, los sueños populares sobre el Mesías eran demasiado políticos y revanchistas. Jesús no quería representar el papel de Mesías potente y victorioso.

Pide que no se diga que El es el Mesías... antes de la Pasión y Resurrección. Y nosotros, ¿qué papel pedimos a Jesús? ¿Estamos dispuestos a seguirlo desinteresadamente?

-Y añadió: "Es preciso que el Hijo del hombre padezca mucho, sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los letrados, sea ejecutado y resucite al tercer día."

Jesús ha rezado también por todo esto: siendo consciente de que iba a desempeñar ese papel de "mesías sufriente" veía perfilarse su muerte sobre el horizonte de su juventud.

Si habló de ello este día, inmediatamente después de la profesión de Fe de Pedro fue porque lo había estado pensando más en la oración que precedió al diálogo. En fin, probablemente Jesús oró también para que sus apóstoles no se quedaran demasiado vacilantes ante ese anuncio dramático. Señor, que esté seguro de que continúas orando por nosotros, para que nuestra Fe no vacile. Gracias.

Elevación Espiritual para este día.

Tradicionalmente, la Iglesia Católica ofrecía la única explicación global del mundo y del hombre aceptada en nuestra cultura, dando un sentido último a la vida humana. Al menos desde el s. XVIII, diversas instancias fueron disputando a la Iglesia ese monopolio. En ocasiones se hacía desde un pensamiento razonado, en otras desde el enfrentamiento y la burla. Ya en el s. XIX el cientifismo y el marxismo intentaron deslegitimizar a la Iglesia y a la Religión, ofreciendo explicaciones no religiosas del mundo y del hombre. Incluso prometían sus propios «paraísos» sobre la tierra (el progreso y la sociedad comunista, respectivamente). Para eliminar la competencia de la Iglesia se produjo una persecución mediática (presentando al Cristianismo como enemigo de la razón y de la libertad) e incluso armada (con miles de encarcelados y asesinados por los regímenes marxistas). En la URSS se llegó a crear un importante museo del ateísmo, donde se recogían ejemplos de los extremos y fanatismos religiosos, descontextualizándolos y ridiculizándolos. Se afirmaba que la desaparición de la Religión sólo era cuestión de tiempo. Los datos parecían confirmar este proceso: la Acción Católica, la Legión de María, la Adoración Nocturna y otras asociaciones de fieles de gran importancia en la vida eclesial de hace algunos decenios, se han convertido en algo meramente testimonial, se han cerrado monasterios, numerosos templos se han convertido en museos o se han adaptado a nuevos usos por falta de fieles, el universo simbólico cristiano se ha vuelto incomprensible para muchos de nuestros contemporáneos, el desencuentro entre la jerarquía católica y los fieles se hace cada día más pronunciado, continúa disminuyendo la participación en el culto, los Medios de comunicación son cada día más intransigentes con los errores cometidos por los líderes religiosos y hasta la ética ha perdido toda referencia a la religión. Esto llevó en el pasado s. XX a la publicación de numerosos estudios que anunciaban la inmediata desaparición de las religiones.


Aquellas previsiones no se han cumplido. De hecho, no es menos cierto que las numerosas hospederías de monasterios y casas de espiritualidad están siempre llenas. También ha crecido la participación en las manifestaciones religioso-culturales asociadas a determinadas fiestas y santuarios (peregrinaciones, ofrendas florales, procesiones, romerías, encuentros de jóvenes con el Papa, etc.), y han surgido nuevos movimientos eclesiales con decenas de miles de afiliados (Comunidades Neocatecumenales, Comunión y Liberación, Carismáticos...). Desaparecen unas prácticas religiosas y surgen otras: «Un hecho parece innegable: la no disminución de la religiosidad y la forma distinta de vivirse y manifestarse. En resumen, ante la complejidad de la situación religiosa existe consenso entre los expertos: ni el análisis catastrofista de hace unos decenios ni el diagnóstico ingenuo que preconiza un retorno masivo de los creyentes. Más bien estamos en una situación de cambio religioso, de transformación».


Reflexión  Espiritual para el día

UNA SOCIEDAD NECESITADA DE TRASCENDENCIA. Sin negar el secularismo creciente de nuestra sociedad, al adentrarnos en el nuevo milenio nos encontramos, con sorpresa para muchos, ante un difuso y creciente interés del hombre contemporáneo por todo lo relacionado con la oración y la espiritualidad. Esto lo podemos constatar independientemente de la cultura, la religión o la zona geográfica de proveniencia. Después de tantos defensores de la muerte de Dios (incluso entre los teólogos), parece que en lo más profundo del corazón del ser humano sigue latiendo el deseo de trascendencia. «Nos detendremos un momento en el hecho innegable de que hoy "la cuestión espiritual" ha vuelto a primer plano. Se ocupan de ella intelectuales, escritores, editorialistas, críticos de arte y personas cultas, y también comerciantes y amas de casa. Aparecen temas de espiritualidad en revistas y periódicos...». Basta dar una ojeada a las secciones, cada vez más amplias, que las librerías destinan al apartado de espiritualidad, religión o esoterismo, o a las numerosas páginas web tanto sobre temas religiosos como sobre gnosis y ocultismo, así como a la proliferación de sectas y movimientos pseudoreligiosos.


Durante semanas, me he esforzado en leer los libros más demandados en la Biblioteca Pública Municipal de la ciudad donde resido. Los títulos y la maquetación son atractivos, todos se acompañan de numerosos testimonios sobre el bien que ha hecho su lectura a distintas personalidades y todos alcanzan decenas de ediciones en una media de veinte idiomas: El poder está dentro de ti, de Louise L. Hay; ¿Quién se ha llevado mi queso? Cómo adaptarnos a un mundo en constante cambio, de Spencer Johnson; La princesa que creía en los cuentos de hadas, de Marcia Grad; El gato que encontró a Dios, de Robert Fisher y Beth Kelly; Dios vuelve en una Harley, de Joan Brady... Se presentan como «una nueva vía hacia la espiritualidad» e invitan a romper con las tradiciones anteriores, a no dejarse influenciar por los representantes del pasado (familia, iglesias, sociedad...). Curiosamente, en todos estos libros aparece algún agente externo (un búho que habla, una reencarnación de Dios, un extraterrestre, un compañero de clase que ha alcanzado la iluminación, una conferenciante...) que guía al buscador hacia un nuevo estado. Lo importante es romper con todo lo anterior y lanzarse confiadamente en brazos de estos nuevos gurús del crecimiento personal y de la autocuración, comprar sus libros y asistir a sus cursos.


No podemos dejarnos engañar; bajo la sed de espiritualidad que manifiestan nuestros contemporáneos, encontramos una variedad tan grande de propuestas y de concepciones de la vida y del mundo, que es difícil establecer unos puntos de referencia comunes. A las filosofías venidas del lejano Oriente se han sumado métodos de adivinación, deseos de una vida sana en contacto con la naturaleza, ejercicios para liberarse de la ansiedad, manuales de autoayuda, meditación trascendental y la surtida oferta de un amplísimo supermercado de las religiones, en el que cada uno se abastece de los elementos que más le atraen en cada momento. «Un cóctel de esoterismo, astrología, pseudociencias, dietas de adelgazamiento, técnicas orientales, psicoterapias timadoras y conspiraciones de acuario se ofrece en las baldas de las librerías, convertidas en barras de la credulidad». Es lo que se ha dado en llamar con el nombre de «New Age», o «Nueva Era», porque sus seguidores están convencidos de que, con la llegada del nuevo milenio, hemos entrado en una nueva etapa de la historia, que conlleva un cambio total de valores, criterios y relaciones. Para el 2000 se anunciaba la llegada de la reconciliación final, la «era de acuario», y el establecimiento de unas nuevas relaciones con Gaya, la madre tierra. Los representantes de la «Nueva Era» dicen que hemos entrado en una Era Mística, una nueva etapa en el camino del crecimiento del Espíritu.


Si hemos de buscar unos puntos de convergencia entre las diversas corrientes que conforman la «New Age», el primero es el valor absoluto que otorgan a la libertad individual. De él deriva un relativismo total: todos los valores, culturas o creencias son válidos en tanto que me son útiles y sólo durante el tiempo que me son útiles. Siempre pueden ser cambiados, abandonados o recuperados: «Por lo que respecta a las creencias, predomina lo que se llama "religión a la carta". El feligrés elige el repertorio de creencias que más le satisface. Es una especie de sincretismo espontáneo». El segundo sería el convencimiento de que el fin último de las prácticas religiosas es el bienestar del individuo (físico, psicológico y emocional), la satisfacción de sus «necesidades» vitales y su autorrealización. La salvación es entendida como felicidad, goce, estética... al margen de obligaciones, morales, dogmas, leyes ni representantes. Por último, el Dios que nos presentan es una fuerza cósmica, impersonal, pagana, para el que a veces se usan títulos de la tradición cristiana, pero sin identificarse con los contenidos tradicionales.

El rostro de los personajes , pasajes y narraciones de la sagrada biblia y del magisterio de la santa Madre la iglesia. QOHÉLET

Etimologia y presentación.- La palabra Qohélet se deriva del hebreo qahal, «asamblea», y significa «hombre de asamblea», aquel que convoca la asamblea o que habla en ella. De aquí la traducción griega ékklésiastés, de 'ekklésía (asamblea), y la trasliteración latina Ecclesiastes.

Lo que precedido por el artículo podría ser solamente un nombre de función, se ha usado casi siempre sin artículo, acabando por convertirse en un nombre propio. De este modo se precisa la identidad propia de Qohélet: se trata de un sabio -recordemos que la sabiduría en el ambiente semita es esencialmente práctica, que procura guiar al hombre en sus opciones concretas- que escribe con una sensibilidad y un estilo argumentativo decididamente originales.

Qohélet se hace preguntas sobre el sentido de la vida y de la muerte, sobre la existencia o no de una lógica en lo que ocurre en el mundo; estas preguntas, en el contexto cultural veterotestamentario, no encuentran una respuesta satisfactoria, lo cual pone de relieve los límites del conocimiento humano.

Y es precisamente esta limitación cognoscitiva lo que suscita en Qohélet acentos irónicos y desilusionados a propósito de una cierta sabiduría tradicional, de la que a veces cita algunas sentencias para refutarlas a continuación a partir de la experiencia.

Por el tipo de reflexiones que lo componen, este libro ha sido colocado en la tercera sección de la Biblia hebrea, entre los kettubim («escritos»), y en la Biblia griega -como en la versión latina- entre los «sapienciales» (Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar, Sabiduría, Eclesiástico).

Qohélet se lee en la liturgia hebrea durante la fiesta de Sukkot (o de las «chozas»), que se celebra en otoño al terminar la cosecha, como invitación a gozar de los bienes sin olvidarse de la mano de Dios que los ha dado y que los puede quitar según su voluntad impenetrable.

Fecha de composición.- El texto de Qohélet no puede ser anterior al siglo VI a.C., ya que contiene algunas palabras arameas y persas, ni posterior al siglo II a.C., dado que se encuentra un fragmento en un manuscrito de Qumrán, cuya grafía es típica de aquel tiempo.

La época más probable en la que situar el texto de Qohélet (a pesar de otras autorizadas opiniones contrarias) es la persa, cuando Palestina formaba parte de la satrapía del otro lado del río (Ecl 2,8; 5,7 mencionan la medina, término que en la Biblia indica casi siempre la satrapía persa), es decir, antes de pasar al control de los Tolomeos de Egipto en el 323 a.C.

Estructura basada en el análisis retórico.- Puede proponerse esta estructura:

1,1 : título del libro 1,2: tema 1,3-11: preludio 1,12-2,16: díptico: lo absurdo del obrar humano 1,12-15: introducción 1,16-2,1 1: primer cuadro: lo absurdo en el exceso 2,12-26: segundo cuadro: lo absurdo de la muerte 3,1-4,3: referencia al hombre y a Dios ante la muerte y la malicia:

3,1 - 18: perspectiva teológica 3,19-4,3: perspectiva antropológica 4,4-16: el hombre reacciona ante sus limitaciones 4,4-6: diligente o perezoso 4,7-8: diligente, pero sin herederos 4,9-12: solo o en compañía 4,13-16: uno en lugar de otro 4,17-6,9: relación con Dios y relación con los bienes 4,17-5,6: relación con Dios 5,7-1 1: la avaricia 5,12- 16: el riesgo de perderlo todo 5, 1 7 - 19: el don de Dios : pasarlo bien y no pensar en morir 6,1 -9: el destino de la muerte y lo absurdo del afán por vivir 6,10-10,4: límites del conocimiento humano 6,10-7 14: la condición humana y la sabiduría inútil 7,15-29: la sabiduría desconcertada ante la malicia y la mujer 8,1 -8: sabiduría cortesana que no vale para la vida 8,9-15: maldad sin castigo y retribución desmentida 8,16-17: una sabiduría imposible 9,1 1-12: incompetencia humana y muerte en acecho 9,13-10,4: casos de fracaso en la sabiduría 10,5-12,8: exhortación a obrar 10,5-20: el poder y sus riesgos 1 1 ,1 -6: la ignorancia y la necesidad de obrar 1 1,7-12,8: la vida y su curso hacia la muerte 12,9-11: datos biográficos y valoración de la obra de Qohélet 12,12-14: exhortación final.+ 

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