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Maria Beatriz.



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En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

19 de septiembre de 2014

Nuestra Señora de La Salette, Francia ( 19 de septiembre)

No se puede entender el mensaje de María sin encadenar sus principales apariciones. Hay un eje, una concentración de apariciones Marianas que debemos comprender: La Medalla Milagrosa, La Salette, Lourdes, Knock, Fátima, Amsterdam, Garabandal, Akita, Rwanda, Betania, San Nicolás y Medjugorje (entre las principales) son una cadena que nos conduce a un mensaje que se teje como un todo.
Y la Salette, aparición aprobada por la Iglesia, es una pieza importante en este rompecabezas que no podemos desconocer ni obviar.

En los Alpes franceses se presenta en el año 1846 la Madre de Dios a dos niños pobres, ignorantes y escasos de formación religiosa. La aparición de La Salette se produce dieciséis años después de la aparición de la Rue de Bac en París (la Medalla Milagrosa) y doce años antes de la aparición de Lourdes. En la comuna y parroquia de La Salette-Fallavaux, cantón de Corps, departamento de Isere y diócesis de Grenoble, se produce esta manifestación amorosa de la Santísima Virgen María. En este lugar montañoso y rural, situado a 35 kilómetros de la ciudad de Grenoble, sitio crudo en las costumbres y en el clima, se dan las condiciones para que Dios hable a través de Su Madre a los sencillos de corazón.
Sólo fue una aparición de un par de horas, y es una de las más importantes en la historia de la Iglesia, por varias razones:
1- Por su mensaje de conversión, contra el “pecado”, causa del mal y la guerra.
2- El no tomar el domingo como día de descanso y asistencia a la Santa Misa.
3- Por sus profecías para los últimos tiempos, solo comparable con Garabandal y Fátima.
4- Es la única aparición de la que ha surgido una Congregación Religiosa de sacerdotes, otra de monjas, y una Confraternidad de seglares apóstoles de los últimos tiempos.

Se puede afirmar que el siglo XIX fue el caldero donde fermentaron todas las doctrinas que envenenaron al hombre, alejándolo de Dios y conduciendo al mundo a la apostasía que predomina en nuestros tiempos. María tuvo en La Salette la dura misión de advertirnos de los peligros que se cernieron sobre nosotros a partir de entonces, y fue tan traumático el efecto de sus palabras que aún hoy producen controversia. ¿Pero que puede hacer una Madre amorosa cuando ve a sus niños en grave peligro, si no es protegerlos diciéndoles abiertamente la verdad sobre sus errores?. Ese es el espíritu de La Salette.
 LA APARICIÓN
Sucedió este gran acontecimiento el 19 de septiembre de 1846 en una meseta montañosa al sudeste de Francia, cerca del poblado de La Salette. Un niño llamado Maximino Giraud, de once años y Melanie Mathieu de quince años estaban cuidando el ganado. Melanie estaba acostumbrada y entrenada a este tipo de trabajo desde que tenía nueve años de edad, pero todo era nuevo para Maximino. Su padre le había pedido que lo hiciera como un acto generoso para cooperar con el granjero que tenía a su ayudante enfermo por esos días.
Los dos jóvenes volvían en la búsqueda de sus utensilios donde habían llevado su almuerzo y cerca de la quebrada en donde habían hecho la siesta divisaron un globo luminoso que parecía dividirse. Melanie pregunta a Maximino si el ve lo que ella esta viendo. ¡Oh Dios mío!, exclamó Melanie dejando caer la vara que llevaba. Algo fantásticamente inconcebible la inundaba en ese momento y se sintió atraída, con un profundo respeto, llena de amor y el corazón latiéndole más rápidamente.
Vieron a una Señora que estaba sentada en una enorme piedra. Tenía el rostro entre sus manos y lloraba amargamente. Melanie y Maximino estaban atemorizados, pero la Señora, poniéndose lentamente de pie, cruzando suavemente sus brazos, les llamó hacía ella y les dijo que no tuvieran miedo. Agregó que tenía grandes e importantes nuevas que comunicarles. Sus suaves y dulces palabras hicieron que los jóvenes se acercaran apresuradamente. Melanie cuenta que su corazón deseaba en ese momento adherirse al de la bella Señora.
Al despertarme y no ver nuestras vacas llamo a Maximin y trepo el pequeño montículo. Habiendo visto que nuestras vacas estaban tranquilamente recos­tadas, yo bajaba de allí y Maximin subía, cuando, de pronto, veo una bella luz más brillante que el sol, y apenas he podido decir estas palabras: —”¿Maximin, ves, allá? ¡Ah! ¡Dios mío! “Al mismo tiempo dejo caer el bastón que tenía en la mano. No sé qué de delicioso acontecía en mí en ese momento, pero yo me sentía atraída, sentía un gran respeto lleno de amor, y mi corazón hubiera que­rido correr más rápido que yo.
Yo miraba fijamente esta luz que estaba inmóvil, y, como si ella se hubiese abierto, percibí otra luz mucho más brillante, y que estaba en movimiento y, en esta luz, una Bellísima Señora sentada sobre nuestro “Paraíso” con la cabeza en­tre sus manos. Esta Bella Señora se ha levantado, ha cruzado un poco sus brazos, y mirándonos, nos ha dicho: “Acercaos, hijitos míos, no tengáis temor, estoy aquí para anunciaros una gran noticia ” . Estas dulces y suaves palabras me hicieron volar hacia ella, y mi corazón hubiese querido estrecharse a ella para siempre. Habiendo llegado muy cerca de la Bella Señora, frente a ella, a su de recha, comienza ella su discurso y también las lágrimas comienzan a correr de sus bellos ojos.
 DESCRIPCIÓN DE LA VIRGEN
La Santísima Virgen era muy alta y bien proporcionada; parecía ser tan ingrávida que se la hubiese movido con un soplo; sin embargo, permanecía in-móvil y bien plantada. Su fisonomía era majestuosa, imponente, pero no impo­nente como son los señores de aquí abajo. Ella imponía un temor respetuoso. Al mismo tiempo que Su Majestad imponía respeto imbuido de amor, atraía hacia sí. Su mirada era dulce y penetrante; sus ojos parecían hablar con los míos, pero la conversación venía de un sentimiento vivo y profundo de amor hacia esa belleza encantadora que me fundía. La dulzura de su mirada, su aire de bondad incomprehensible hacía comprender y sentir que ella atraía a Sí, y que deseaba entregarse; era una expresión de amor que no puede expresarse con la lengua de la carne ni con las letras del alfabeto.
El vestido de la Santísima Virgen era blanco plateado, muy brillante, no tenía nada de material: estaba compuesto de luz y de gloria, cambiante y cen­telleante. No hay expresión ni comparación que pueda darse sobre la tierra.
La Santa Virgen era toda bella y toda formada de amor; contemplándola, yo languidecía por fundirme en ella. En su ropaje, como en su persona, todo respiraba la majestad, el esplendor, la magnificencia de una Reina incomparable. Parecía blanca, inmaculada, cristalina, resplandeciente, celeste, fresca, nueva como una Virgen; parecía que la palabra Amor se escapaba de sus labios argentados y todo puros. Me parecía una buena Madre, llena de bondad, de amabilidad, de amor por nosotros, de compasión, de misericordia.
La corona de rosas que tenía sobre la cabeza era tan bella, tan brillante, que no puede uno darse una idea de ella; las rosas de distintos colores no eran de la tierra; era un conjunto de flores lo que ceñía la cabeza de la Santísima Virgen en forma de corona; pero las rosas se intercambiaban o se reemplazaban; además, del corazón de cada rosa salía una luz tan bella que arrebataba, y hacía a las rosas de una belleza esplendente. De la corona de rosas se elevaban como ramas de oro y una cantidad de otras florecillas entremezcladas con brillantes.
Todo formaba una bellísima diadema, que brillaba ella sola más que nuestro sol de la tierra.
La Santa Virgen tenía una hermosísima Cruz suspendida de su cuello. Esta Cruz parecía ser dorada —digo dorada por no decir una placa de oro; pues he visto algunas veces objetos dorados con diversos tonos de oro, lo que a mis ojos hacía un efecto más bello que una simple placa de oro—. Sobre esta Cruz toda brillante de luz, estaba un Cristo, estaba Nuestro Señor, los brazos extendidos sobre la Cruz. Casi en las extremidades de la Cruz, había de un lado un martillo, del otro una tenaza. El Cristo era de color carne natural, pero brillaba con gran esplendor; y la luz que salía de todo su cuerpo parecía como dardos muy brillantes que hendían mi corazón con el deseo de fundirme en él. A veces el Cristo parecía estar muerto: tenía la cabeza inclinada y el cuerpo estaba como abatido, como por caerse, si no hubiese sido retenido por los clavos que lo retenían a la Cruz.
Yo tenía por ello una viva compasión y hubiese querido repetir al mundo entero su amor desconocido, y filtrar en las almas de los mortales el amor más extremado, y el reco­nocimiento más vivo a un Dios que no tenía necesidad alguna de nosotros para ser lo que es, lo que era y lo que será siempre y que, sin embargo, ¡oh amor incomprehensible al hombre! —se ha hecho carne y ha querido morir, sí, morir, para escribir mejor en nuestras almas y en nuestra memoria el amor enloquecido que tiene por nosotros. ¡Oh! ¡Qué des­dichada soy al hallarme tan pobre expresiones para decir el amor, sí, el amor de nuestro buen Salvador por nosotros pero, por otro lado, ¡Qué dichosos somos de poder sentir mejor lo que no podemos expresar!
Otras veces el Cristo parecía vivo, tenía la cabeza erguida, los ojos abiertos, y parecía estar sobre la Cruz por su propia voluntad. A veces también parecía hablar, parecía querer mostrarnos que estaba en la Cruz por nosotros, por amor a nosotros, para atraernos a su amor; mostrarnos que él tiene siempre un amor nuevo por nosotros, que su amor del prin­cipio y del año 33 es siempre el de hoy, y que permanecerá siempre.
La Santa Virgen lloraba casi todo el tiempo que me habló. Sus lágrimas corrían una a una, lentamente, hasta sus rodillas; luego, desaparecían como cen­tellas de luz. Eran brillantes y llenas de amor. Hubiese querido consolarla, y que Ella no llorase más. Pero me parecía que tuviese necesidad de mostrar sus lágrimas para mostrar mejor su amor olvidado por los hombres. Hubiese querido arrojarme en sus brazos y decirle: ” ¡Mi buena Madre, no lloréis más! quiero amaros por todos los hombres de la tierra”. Pero me parecía que- Ella me decía: “¡Hay tantos de ellos que no me conocen!”.
Yo estaba entre la muerte y la vida, viendo por un lado tanto amor, tanto deseo de ser amada, y por otro tanta frialdad, tanta indiferencia. . . ¡Oh! Madre mía, toda Madre, toda bella y toda amable, amor mío, corazón de mi corazón!
Las lágrimas de nuestra tierna Madre, lejos de amenguar su aire de Ma­jestad, de Reina y de Señora, parecían, por el contrario, embellecerla, hacerla más amable, más bella, más poderosa, más llena de amor, más maternal, más en-cantadora; y yo hubiese comido sus lágrimas, que hacían saltar mi corazón de compasión y de amor. Ver llorar a una Madre, y a una tal Madre, sin tomar todos los medios imaginables para consolarla, para cambiar sus dolores en gozo ¿puede eso comprenderse? ¡Oh Madre más que buena! Vos habéis sido formada de todas las prerrogativas de que Dios es capaz; vos habéis como agotado el poder de Dios; vos sóis buena, y buena aún como la bondad de Dios mismo. Dios se ha engrandecido al formaros como su obra maestra terrestre y celestial.
La Santísima Virgen tenía un delantal amarillo. ¡Qué digo amarillo! Tenía un delan­tal más brillante que muchos soles juntos. No era una tela material; era un compuesto de gloria, y esta gloria era centelleante y de una belleza arrebatadora. Todo en la Santísima Virgen me llevaba fuertemente, y como deslizándome, a adorar y a amar a mi Jesús en todos los estados de su vida mortal.
La Santísima Virgen tenía dos cadenas, una un poco más ancha que la otra. De la más angosta estaba suspendida la Cruz que mencioné anteriormente. Estas cadenas (pues hay que darle el nombre de cadenas), eran como rayos de gloria de un gran esplendor cambiante y centelleante.
Los zapatos (pues zapatos hay que decir), eran blancos, pero de un blanco plateado, brillante, había rosas a su alrededor. Estas rosas eran de un belleza esplendorosa, y del corazón de cada rosa salía una llama de luz muy bella y muy agradable de ver. Sobre los zapatos había una hebilla de oro, no del oro de la tierra, sino, por cierto, del oro del paraíso.
La visión de la Santísima Virgen era ella misma un paraíso perfecto. Ella tenía en sí todo lo que podía satisfacer, pues la tierra había sido olvidada.
La Santa Virgen estaba rodeada de dos luces. La primera luz, más cerca de la Santísima Virgen, llegaba hasta nosotros; brillaba con un esplendor muy bello y centelleante. La segunda luz se extendía un poco más entorno de la Bella Señora, y nosotros nos encontrábamos en ella; era inmóvil (es decir que no centelleaba) pero sí mucho más brillante que nuestro sol de la tierra. Todas estas luces no hacían mal a los ojos, y de ningún modo fatigaban a la vista.
Además de todas estas luces, de todo este esplendor, salían todavía grupos o haces de luces, o rayos de luz, del Cuerpo de la Santa Virgen, de sus vestidos, de todas partes.
La voz de la Bella Señora era dulce; encantada, arrebataba, hacía bien al corazón; saciaba, allanaba todo obstáculo, calmaba, apaciguaba con dulzura. Me parecía que siempre hubiese querido comer de su bella voz, y mi corazón pa­recía danzar o querer ir a su encuentro para fundirse en ella.
Los ojos de la Santísima Virgen, nuestra tierna Madre, no pueden descri­birse con una lengua humana. Para hablar de ellos haría falta un serafín, haría falta más; haría falta el lenguje de Dios mismo, del Dios que ha formado la Virgen Inmaculada, obra maestra de su omnipotencia.
Los ojos de la Augusta María parecían mil y mil veces más bellos que los brillantes, los diamantes y las piedras preciosas más exquisitas; brillaban como dos soles; eran dulces como la dulzura misma, claros como un espejo. En sus ojos se veía el paraíso, atraían a Ella, parecía que Ella quería entregarse y atraer. Cuanto más la contemplaba yo, más quería verla; cuanto más la veía, más la amaba, y la amaba con todas mis fuerzas.
Los ojos de la Bella Inmaculada eran como la puerta de Dios, de donde se veía todo lo que puede embriagar al alma. Cuando mis ojos se encontraban con los de la Madre de Dios y mía, experimentaba en mi interior una feliz revolución de amor y de protestas de amarla y de fundirme de amor.
Mirándome, nuestros ojos se hablaban a su manera, y yo la amaba tanto, que hubiese querido abrazarla en el medio de sus ojos, que enternecían mi alma y parecían atraerla, y hacerla fundir con la suya. Sus ojos implantaron un dulce temblor en todo mi ser; y yo temía hacer el menor movimiento que pudiese serle desagradable en lo más mínimo.
Esta sola visión de los ojos de la más pura de las Vírgenes hubiese bastado para ser el Cielo de un bienaventurado, hubiese bastado para hacer entrar un alma en la plenitud de las voluntades del Altísimo, entre todos los aconteci­mientos que ocurren en el curso de la vida mortal; hubiese bastado para hacerle realizar continuos actos de alabanza, de agradecimiento, de reparación y de expiación. Esta sola visión concentra el alma en Dios y la convierte como en una muerta-viva, que considera sólo como diversiones de niños todas las cosas de la tierra, aun las cosas que parecen más serias; sólo querría oír hablar de Dios y de lo que concierne a su Gloria.
 EL MENSAJE PUBLICO
La Virgen María dio a los niños 2 mensajes, uno para hacer público inmediatamente y otro secreto a cada uno de ellos.
La Dama desconocida les habló entonces a los niños. Ellos, según confesaron luego, bebieron palabra por palabra, mientras María derramaba lágrima tras lágrima mientras hablaba. Ella les dijo:
“Si mi pueblo no quiere someterse, me veré obligada a dejar caer el brazo de mi Hijo; es ya tan fuerte y tan pesado, que no puedo contenerlo más. ¡Hace tanto tiempo que sufro por vosotros!. Para que mi Hijo no os abandone, es preciso que le ruegue incesantemente. Y ustedes, ustedes no toman esto como una verdadera advertencia. No importa cuanto recen, no importa lo que hagan, nunca podrán recompensar los dolores que he tomado por todos vosotros”.
“Seis días concede Dios a la gente para trabajar, y se reserva El el séptimo día. Pero la gente no quiere hacerle caso y trabaja el domingo. Esto es lo que hace que el brazo de mi Hijo sea tan pesado. Aquellos que conducen las carretas no pueden jurar sin introducir el nombre de mi Hijo. Estas son las dos cosas que hacen el brazo de mi Hijo tan pesado”.
“Si la cosecha se arruina, es por vuestra culpa. Yo los he alertado el año anterior con la cosecha de papas, pero no tomaron mi advertencia. Todo lo contrario, cuando encontraron que la cosecha de papas se había arruinado blasfemaron y tomaron el nombre de mi Hijo en vano. Se van a seguir arruinando de tal manera que para las Navidades no quedará ninguna”.
“Oh mi pequeña, ¿no comprendes lo que te digo?. Bueno, espera, te lo diré de otro modo. Si tienes semilla de trigo, no es buena para que la siembres. Todo lo que siembres será comido por los insectos, y lo que crezca se transformará en polvo cuando ustedes traten de desgranar las espigas. Vendrá una gran hambruna. Pero antes de que llegue la hambruna, los niños de menos de siete años serán atacados por temblores y morirán en los brazos de quienes los sostienen. Los demás harán penitencia por la hambruna. Las nueces vendrán malas y las uvas se pudrirán”.
“Si se convierten, las piedras y las rocas se transformarán en montañas de trigo, y las papas crecerán solas en la tierra”.
“Ah, mis pequeños, ustedes deben asegurarse de orar bien cada mañana y cada tarde. Cuando no lo puedan hacer mejor, digan al menos un Padre Nuestro y un Ave María. Cuando tengan tiempo, digan más oraciones. Ya nadie asiste a Misa excepto por unas pocas ancianas. El resto trabaja el domingo, todo el verano. Luego, cuando llega el invierno, cuando no saben qué hacer van a Misa a burlarse de la religión. Luego, durante Cuaresma, van al mercado a comprar alimentos, como si fuesen perros”.
“¿Han visto alguna vez trigo arruinado?”.
“No Señora”, ellos respondieron.
“Pero tú, mi pequeño, tu seguramente lo has visto cuando estuviste en la granja de Coin con tu padre. El dueño del campo le dijo a tu padre que vaya y vea el trigo arruinado. Ustedes fueron juntos. Tú tomaste dos o tres espigas de trigo en tus manos y las frotaste, y se transformaron en polvo. Luego fueron a casa. Cuando estaban a una distancia de media hora de Corps, tu padre te dio una hogaza de pan y te dijo: aquí, mi hijo, come al menos algo de pan en este año. No sé quien comerá algo el año próximo, si el trigo continúa de este modo”.
“Bueno, mis pequeños, ustedes harán saber esto a toda mi gente”.
Estas fueron sus últimas palabras.
Mientras tanto los dos pequeños testigos estaban parados totalmente inmovilizados en el lugar donde la conversación se había desarrollado, cuando repentinamente se dieron cuenta que su visitante Celestial estaba a varios pasos de distancia de ellos. En su desesperación por estar junta a María nuevamente, corrieron por la cañada y rápidamente la alcanzaron. Entonces, en la compañía de Maximin y Melanie, la Dama se movió deslizándose por sobre la hierba, sin tocarla, hasta que llegó a la cima de la colina donde los niños, después de su siesta, habían ido a buscar su ganado. Melanie la precedía algunos pasos mientras Maximin estaba a su derecha.
Al llegar a la cima, la Dama se detuvo por unos segundos, y entonces se elevó lentamente a una altura de un metro y medio. Permaneció suspendida en el aire por un momento, elevó sus ojos al Cielo, y dio una mirada hacia el sudeste. En ese momento Melanie se puso enfrente de Ella para verla mejor. Recién en ese instante se dio cuenta que la Visitante Celestial había dejado de llorar (aunque su expresión seguía siendo triste), ya que las lágrimas no habían cesado de caer de sus ojos durante la totalidad de la aparición. La radiante visión empezó entonces a desaparecer.
Dijeron los niños: “Primero dejamos de ver su cabeza, luego el resto del cuerpo. Pareció haberse disuelto en el aire. En el lugar permaneció una gran luminosidad, así como las rosas que estaban a sus pies. Cuando traté de tomar una de las rosas, estas desaparecieron. Nos quedamos mirando por un largo rato, a ver si podíamos verla nuevamente, pero la Hermosa Dama había desaparecido para siempre. Pensamos que podía haber sido una gran Santa. Si hubiéramos sabido que era una gran Santa -dijo Maximin- le hubiéramos pedido que nos lleve con Ella”.
 LAS REPERCUSIONES
A la mañana siguiente Melanie y Maximino fueron llevados a ver al párroco. Era un sacerdote de edad avanzada, muy generoso y respetado. Al interrogar a los jóvenes, escuchó todo el relato, ante el cual quedó muy sorprendido y realmente pensó que ellos decían la verdad. En la Misa del domingo siguiente habló de la visita de la Señora y su petición. Cuando llegó a oídos del obispo que el párroco había hablado sobre la aparición desde el púlpito, éste fue reprendido y reemplazado por otro sacerdote. Esto no es sorprendente ya que la Iglesia es muy prudente en no hacer juicios apresurados sobre apariciones.
El Obispo de la Salette encargó a dos teólogos la investigación de la aparición y de todas las curaciones registradas. Durante cinco años se hicieron las más minuciosas investigaciones. En toda Francia, en aproximadamente ochenta diferente lugares, los obispos encargaron canónigos que investigasen las curaciones milagrosas a través de las oraciones a Nuestra Señora de la Salette y del agua de la fuente. Cientos de milagrosos favores fueron registrados.
La Aparición de La Salette fué aprobada oficialmente por el obispo de la Diócesis, y reconocida por S. S. Pío IX. El 19 de septiembre de 1851, (quinto aniversario de la aparición), Monseñor Filiberto de Bruillard, Obispo ordinario de la diócesis de Grenoble (Francia), a la que pertenece la aldea de La Salette, publicó un decreto en el que entre otras cosas,dice:
«Juzgamos que la aparición de la Sma. Virgen a dos pastores el 19 de septiembre de 1846, en la parroquia de La Salette, arciprestazgo de Corps, (Grenoble, Francia), presenta todas las características de verdadera y los fieles tienen fundamento para creerla como indudable y cierta. Aumenta la certeza el concurso inmenso y espontáneo (de gentes) al lugar de la aparición, así como multitud de prodigios, de los cuales es imposible dudar sin ir contra las reglas del testimonio humano. (…) Por tanto prohibimos a los fieles y sacerdotes de nuestra Diócesis hablar públicamente o escribir en contra del hecho que hoy proclamamos.»
El Santo Padre, Pío IX, Pidió a los jóvenes que le fuera enviado el relato de los secretos por escrito. Tiempo después dirá el Santo Padre: “Estos son los secretos de la Salette, si el mundo no se arrepiente, perecerá”.
 LOS SECRETOS
La Hermosa Señora de la Salette comunicó secretos que se debían revelar años más tarde. Este secreto, sin embargo, no está incluido en la aprobación dada por la Iglesia a la aparición ya que fue divulgado posteriormente.
El “secreto” de Maximino nunca ha sido revelado por el Vaticano. El de Melamie, tampoco, pero ella hizo dos, y el segundo nos ha llegado, con señales de autenticidad, ¡es tremendo para los últimos tiempos, el Papa Juan Pablo II dijo en 1982, “estamos en el corazón de las profecías de La Salette”…
 EL SANTUARIO
Pronto vinieron multitudes y en menos de dos años hubieron dos sanaciones que mas tarde serían reconocidas como milagros.
Cinco años mas tarde, el obispo de Grenoble proclamó a las apariciones “dignas de confianza y ciertas”. Como signo positivo mencionó la reunión “inmensa y espontánea” de multitudes en el lugar de las apariciones, como también el hecho del milagro.
La Salette es una de las apariciones que fueron aprobadas en el siglo XIX. Un año después de la aprobación se puso la primera piedra del santuario.
Las multitudes continuaron accediendo al lugar de las apariciones a pesar de su extrema lejanía en las alturas de los Alpes y aunque, hasta el 1867, no se podía ir sino a pie o en burro.
En 1872 los Asuncionistas organizaron la primera gran peregrinación a La Salette. Este santuario influenció mucho al avivamiento de peregrinaciones Marianas que ha ocurrido a partir del siglo XIX.
Varias congregaciones se han fundado por inspiración de La Salette, entre estas, los Misioneros y las Hermanas de Nuestra Señora de La Salette, que están dedicados a propagar el mensaje de reconciliación.
 LOS VIDENTES DE LA SALETTE
Dos niños fueron designados en el plan de Dios para ser testigos de la aparición de María en La Salette: Maximino Giraud y Melanie Calvat. Ellos eran extremadamente pobres y faltos de educación, sencillos y humildes.
Maximino Giraud vivía en la localidad de Corps con su padre. Tenía solo 17 meses de edad cuando su madre murió, mientras su padre se volvió a casar poco tiempo después.
Maximino vivió una difícil infancia, pasando mucho tiempo en total abandono, en la sola compañía de su perro y una cabra con los que vagabundeaba por las calles de Corps. La asistencia a la escuela no era obligatoria en ese entonces, por lo que él nunca fue a clases. Tampoco recibió demasiada educación religiosa. Maximin hablaba el Patois, dialecto local utilizado por todo el pueblo, pero también aprendió algo de francés mientras vagabundeaba entre los choferes y los viajeros en la estación de carruajes del pueblo. Maximino tenía 11 años en 1846, cuando fue testigo de la aparición.
Melanie Calvat estaba cercana a cumplir los 15 años para la época de la aparición, pero no los aparentaba. Ella también era del pueblo de Corps, como Maximin. Su padre tomaba cualquier trabajo que le ofrecieran con tal de sostener a la enorme familia que estaba bajo su responsabilidad: entre 1827 y 1844 nueve niños nacieron del matrimonio Calvat, siendo Melanie la cuarta. Ella fue contratada como pastora por los hacendados del lugar antes de cumplir los diez años de edad, hecho que nos da una medida de su pobreza y sencillez. Esta forma de vida hizo crecer a Melanie como una niña retraída y callada, siendo que tampoco sabía leer ni escribir. Como nunca podía asistir a las clases del catecismo por estar ocupada pastoreando hacienda, no fue aceptada por el sacerdote local para tomar la primera comunión. En la primavera de 1846 Melanie estaba al servicio de la familia Pra, de Albandins, en las cercanías de La Salette
Melanie y Maximino no se conocían entre si con anterioridad a la aparición. Vivían en cierto modo vidas paralelas, como tantos otros niños de aquella época: imposible no establecer una comparación con los tres pastorcitos de Fátima, que en 1917 recibieron a María en Cova de Iría, Portugal.
 ¿QUE PASÓ CON ELLOS LUEGO DE LA APARICIÓN?
MAXIMINO GIRAUD quiso estudiar teología, después medicina. Fué siervo papal; murió en su patria a los 38 años de edad.
Trató de ser sacerdote y entró en el seminario menor. Tenía mucha dificultad en aprender, tuvo muchas dudas sobre su vocación y se retiró del seminario. Muchos se preguntan por qué, acaso ¿no tuvo la gracia de la vocación o no correspondió a ella? Podemos decir que la vida íntima de cada alma es un misterio, las gracias que recibe y la respuesta que ésta da.
Afirman que Maximino tenía una fe profunda, y en la virtud de la castidad fue muy íntegro y delicado llegando a decir en confidencia: “Cuando se ha visto a la Santísima Virgen, uno no piensa más en mujeres”. Trabajó en un hospital por un tiempo, luego llegó a ser soldado y finalmente terminó administrando una pequeña tienda de artículos religiosos.
Se habla de un mal entendido entre el Santo Cura de Ars y Maximino. El joven visitó al santo cuando tenía una crisis vocacional. El Cura de Ars que hasta entonces había sido entusiasta de las apariciones se decepcionó al interpretar que Maximino se retractaba de haber visto a la Virgen. Como buen obediente se remitía a la autoridad del obispo y del Papa que habían aprobado las apariciones. “Dios no confirmaría con milagros una superchería, ni la Iglesia la enriquecería con indulgencias” (Journal d´une Institutrice, pag. 117). Maximino por su parte negaba que él se hubiese retractado.
Conforme a las explicaciones del muchacho el cura estaba sordo y se le entendía mal, además sólo se le podía hablar en el confesionario y hubo un mal entendido: él le dijo haber mentido a veces, el cura de Ars entendió que se refería a la aparición… Parece ser que años después el santo cura recibió una prueba de Dios de la autenticidad de la aparición de la Salette, (aunque en realidad no era necesaria, dado el juicio de la Iglesia basado en el estudio de los hechos y en los milagros reconocidos). No dejó de ser providencial el incidente de Ars, pues de él hablaron tanto los periódicos que acudió el arzobispo de Lyón al Papa Pío IX quién de esa forma recibió el secreto y aprobó la aparición.
MELANIE CALVAT probó en varios conventos, no fué admitida a los votos perpetuos. Estigmatizada y bajo constante dirección espiritual del obispo de Lecce, un virtuoso varón, murió en Italia a los 73 años de edad.
Cuando trató de entrar a la vida religiosa visitó varias comunidades, pero no permanecía suficiente tiempo en ellas. Le era muy difícil la vida comunitaria.Recibió mucha persecución por haber sido elegida especialmente para comunicar los mensajes. Aún en medio y llena de contradicciones, rechazos e injurias poseía una fuerte valentía y una tenacidad admirable para difundir al mundo el mensaje de Nuestra Señora de la Salette.
Su vida de oración era intensa, algunos milagros son atribuídos a ella aún estando en vida. Uno de ellos es la enfermedad del Rev. Combe sanada al día siguiente después que Melanie le dijera que estaría bien y que viviría hasta la ancianidad. El sacerdote admirado le preguntó: “¿Qué dijiste?” “Bueno ,contesta Melanie, tan solo oré a la Señora y le dije: Madre mía, el P. Combe está enfermo, el trabaja para ti y lo has dejado así.” La vida del P. Combe duró hasta sus 82 años.
En junio de 1904, Melanie deja Francia y se traslada a un pequeño pueblo llamado Altamura en el sur de Italia. El obispo Mons. Cecchini, O.P:, es amigo suyo y la recibe con agrado. Encuentra una casa fuera de la ciudad. Está tranquila y alegre en su soledad. Todos los días va a la Catedral. El 15 de diciembre no fue. Había muerto durante la noche del 14 de diciembre. Forzaron la puerta de su casa y la encontraron en el piso completamente vestida.
En febrero de 1903 había profetizado que forzarían la puerta de su casa y la encontrarían muerta, en un lugar desconocido de Italia. Dos de sus vecinos cuentan que la noche anterior se había oído la preciosa melodía del Tantum Ergo en la habitación de la dama francesa y que también oyeron una campanita como la que es usada para llevar el Sagrado Viático a los moribundos. La gente de Altamura sostienen que la Sagrada Comunión fue traída a Melanie por el mismo Señor.

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