Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

Espero que os sirva de ayuda y comenteis si os parece bien...


Gracias


Maria Beatriz.



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En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

17 de septiembre de 2014

LECTURAS DEL DÍA 17-09-2014

MIÉRCOLES DE LA XXIV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARO, Feria o SAN ROBERTO BELARMINO, obispo y doctor, Memoria libre 17 de Septiembre del 2014 . 4º semana del Salterio. (Ciclo A) TIEMPO ORDINARIO. AÑO DE LA FE.. SS. Roberto Belarmino ob dc, Lamberto ob, Columba vg mr, Pedro de Arbués pb mr. Santoral Latinoamericano. SS. Roberto Belarmino, Narciso.
LITURGIA DE LA PALABRA

1Co 12,31-13,13: Quedan la fé, la esperanza, el amor; El más grande es el amor
Salmo responsorial 32: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Lc 7,31-35: ¿A qué se parece esta generación?
Lucas contrasta dos personajes paradigmáticos para las personas de la época: Juan Bautista y Jesús de Nazaret. Juan se caracteriza por el llamado a la conversión mediante la penitencia y la austeridad. El mismo se ha ido al desierto como gesto profético para señalar el despilfarro y la ostentación en que viven los líderes religiosos y políticos del pueblo, alejándose del auténtico espíritu de la alianza con Dios. Jesús, por el contrario, no se va al desierto, sino que se mezcla dentro de la gente, come y comparte con ellos, asume su estilo de vida. Su anuncio de conversión es festivo: la alegría que produce la irrupción del reino de Dios que todo lo transforma y hace ver las cosas y las personas de una manera nueva, diferente y gozosa. Pero el pueblo no alcanza a comprender la hondura del mensaje de ninguno de los dos: ni la penitencia austera de Juan, ni la alegría gozosa inaugurada por Jesús. No se han dejado alcanzar por el dinamismo del reino. Ojo: ¿qué tal si nos pasa lo mismo? ¿Vibramos con la novedad del reino? ¿Somos capaces de reconocer el tiempo de la penitencia y el tiempo del gozo liberador en nuestras vidas y en la vida de nuestra comunidad? 

PRIMERA LECTURA.
1Corintios 12, 31 - 13, 13
Quedan la fe, la esperanza, el amor; la más grande es el amor
Hermanos: Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional.
Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve.

El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca. ¿El don de profecía?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará. Porque limitado es nuestro saber y limitada es nuestra profecía; pero, cuando venga lo perfecto, lo limitado se acabará.

Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre acabé con las cosas de niño.Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora limitado; entonces podré conocer como Dios me conoce. En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor.

Palabra de Dios

Salmo responsorial: 32
R/.Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad. 

Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo, acompañando los vítores con bordones. R.

Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. R.

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. R.

SANTO EVANGELIO
Lucas 7, 31-35
Tocamos y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis 

En aquel tiempo, dijo el Señor: "¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos? Se parecen a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros: "Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis."

Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: "Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores." Sin embargo, los discípulos de la sabiduría le han dado la razón."

Palabra del Señor


Reflexión de la Primera Lectura: 1 Corintios 12, 31-13,13 Quedan la fé, la esperanza, el amor; El más grande es el amor 
En esta Epístola a los corintios, Pablo trató de contestar a varias preguntas concretas que interesaban a esta comunidad. Ahora bien, después de haber expuesto sus puntos de vista sobre el celibato y el matrimonio, sobre las celebraciones de las asambleas litúrgicas, sobre las diversidades legítimas y la unidad necesaria en la Iglesia, sobre el uso de los carismas particulares... Pablo llega ahora a decir que, a fin de cuentas, ¡todo ello no vale más que por la «caridad», el amor-ágape! Y leemos escrito por su mano el más hermoso himno al amor que jamás haya sido escrito.

-Entre los dones de Dios, he ahí lo mejor... Una vía superior a todas las demás: la caridad, el amor.

En nuestro lenguaje moderno es dificultoso traducir la palabra que emplea aquí san Pablo... Es el término griego «agape», si se le traduce por caridad fácilmente sugiere «caridad-limosna».

Si se lo traduce por «amor» nos encontramos también ante un término ambiguo, que puede significar lo contrario de lo que san Pablo ha querido decir.

La lengua griega tenía dos términos diferentes: "eros" significaba el amor-deseo, el amor-placer que quiere gozar y poseer, como cuando decimos: al lobo le gustan los corderos; me gustan los cigarrillos.

«Agape» significaba el amor-don, el amor desinteresado, capaz de sacrificarse por otro, como cuando decimos «la madre ama a su hijo», o «Dios nos ama»...

-La caridad es paciente, no busca su interés. La caridad no se irrita, no es envidiosa. La caridad es servicial.

Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta...

Al decir estas cosas, Pablo piensa en Cristo, que ha realizado todo esto a la perfección.

Repito esas fórmulas líricas a la vez que imagino a Jesús viviendo cada una de ellas.

-Aunque conociera toda la ciencia y todos los misterios, aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, ¡si no tengo caridad, nada soy!

El «valor» esencial de nuestra religión no es la «fe», al menos bajo su aspecto «doctrinal», de «conocimiento intelectual», ¡es el «amor-caridad»! Una viejecita que amasa su pan con amor tiene un mayor grado de gracia que un gran teólogo de corazón enjuto, e incluso mayor que el que hiciera milagros, dice san Pablo.

«¡Por este signo seréis reconocidos como discípulos míos, si amáis!» ¿Qué parte tiene en mi vida el amor-ágape?

-Actualmente tenemos una imagen oscura... Aquel día veremos a Dios cara a cara. Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad; pero la mayor de estas tres es la caridad.

Pablo evoca el cielo después de la muerte. Aquí abajo nuestro conocimiento de Dios es borroso, oscuro. En el cielo veremos a Dios «cara a cara»: la expresión es muy viva y penetrante. Dios es "amor", y entonces estaremos totalmente investidos de ese amor:

Ayúdanos, Señor, ya desde hoy.

Reflexión del Salmo 32
 Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad

Se trata de un himno de alabanza. Este tipo de salmos se caracteriza por la alabanza a Dios y por destacar uno o varios aspectos de su presencia y actividad en el mundo.

Los himnos de alabanza tienen normalmente una introducción, un núcleo central y una conclusión. Así sucede en este salmo.
La introducción (1-3) está caracterizada por la invitación dirigida a los rectos y a los justos para que aclamen al Señor, lo alaben y canten y toquen en su honor. El clima, por tanto, es de alegría y celebración, todo ello animado por instrumentos musicales (la cítara y el arpa de diez cuerdas). En la invitación se pide, además, que se entone al Señor un cántico nuevo, acompañando con música el momento de la ovación, es decir, el momento en que se produzcan las aclamaciones de los fieles. Como puede verse, ese himno habría surgido en el templo de Jerusalén, con motivo de alguna festividad importante. La novedad del cántico nuevo vendrá en el núcleo del salmo.

En los himnos de alabanza, el paso de la introducción al núcleo central suele producirse por medio de un «pues...» o un «porque...»: así se introduce el motivo por el que se invita al pueblo a alabar al Señor. El núcleo, por tanto, comienza en el versículo 4 (y concluye en el 19). ¿Por qué hay que alabar a Dios? ¿En qué consiste la novedad? El núcleo central tiene dos partes: 4-9 y 10-19.

En la primera parte (4-9), se celebra la Palabra creadora del Señor. Antes de describir lo que ha creado, se subraya su principal característica (es recta) y también la de su obra creadora (todas sus acciones son verdad, es decir, en la creación, todo es reflejo de la fidelidad de Dios, versículo 4) y el rasgo fundamental del Señor en este salmo: es un Dios que ama la justicia y el derecho, cuya bondad llena toda la tierra (5). Se pasa, entonces, a describir lo que esta “Palabra recta” ha producido como rasgo de la fidelidad de Dios: el cielo y sus ejércitos -1os astros, las estrellas- (6). Además, le ha puesto un límite a las aguas del mar, metiendo los océanos en inmensos depósitos (7). Después se expresa un deseo: que la tierra entera tema al Señor (8), pues su Palabra no es algo estéril, sino que es Palabra creadora (9),

La segunda parte (10-19) muestra al Señor actuando en la historia de la humanidad. Hay un fuerte contraste entre los planes de las naciones y el plan del Señor. Dios frustra los proyectos de los pueblos y los planes de las naciones, mientras que el proyecto del Señor permanece para siempre (10-11). Aquí se nota una tensión internacional. Se enuncia una bienaventuranza: «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él escogió como heredad» (12).
A continuación, el salmo muestra a Dios como creador de todos y como conocedor de la intimidad del ser humano. Para Dios todo es transparente, incluidas las motivaciones profundas que mueven a actuar al ser humano (13-15). Si el Señor conoce por dentro al ser humano, es inútil buscar seguridad en otros seres o cosas (16-17), pues la seguridad de los que temen a Dios tiene nombre propio: Yavé –“el Señor”-(18). El los libra del hambre y de la muerte (19).

La conclusión (20-22) refuerza el tema de la esperanza y de la confianza que el pueblo tiene en el Señor, concluyendo con una petición: que la esperanza del pueblo se vea coronada por la misericordia del Señor.

Este salmo habría nacido, ciertamente, en un día de fiesta, en el templo de Jerusalén. Parece ser reciente, pues hasta el exilio de Babilonia (que concluyó el 538 a.C.) y después de él, Israel no empezará a reflexionar sobre el Dios creador. A pesar de ser un salmo alegre, con música, no deja de mostrar, en su interior, una tensión o conflicto, De hecho, ya desde el inicio, aparece enseguida una polémica contra la idolatría de los astros. Encontrándose en Babilonia, en el exilio, el pueblo de Dios vio cómo los babilonios adoraban a los astros del cielo (el sol, la luna, etc) En este contexto -y motivado por él-surge la idea del Dios creador. Los astros no son dioses, sino criaturas de Dios (6).

Además de lo dicho, en este salmo hay una tensión internacional. Se habla de los planes de las naciones y de los proyectos de los pueblos. El Señor los frustra y los deshace (10). Más aún, los planes de las naciones y los proyectos de los pueblos no pueden con el plan del Señor. Sólo este permanece por siempre (11). Durante mucho tiempo se consideró al Señor como Dios sólo de los israelitas. Durante el exilio y después de él, se empieza a afirmar que el Señor es el único Dios, es el Señor de todos los pueblos. Se convierte en Dios internacional. De hecho, esta idea está muy presente en este salmo (8.13.14.15). Dios es el creador de todos y dichosa la nación cuyo Dios es el Señor (12). En esto consiste la novedad de este salmo.

Otro foco de tensión (nacional o internacional) se encuentra en los versículos 16-17. En ellos se habla de tres situaciones incapaces de salvar: el rey con su gran ejército, el valiente que confía en su fuerza y el caballo que de nada sirve para salvar el pellejo a la hora de huir de la batalla. ¿Quién es ese rey? Probablemente cualquier rey de cualquier nación pues, si este salmo surgió después del cautiverio en Babilonia, no puede tratarse de ningún rey judío, ya que la monarquía desapareció con el exilio.

En este salmo encontramos dos rasgos determinantes de Dios: él es el Creador y el Señor de la historia. No es sólo el Dios de Israel, sino el de toda la humanidad. El versículo 5 resume esta idea de forma clara: «El ama la justicia y el derecho, y su bondad llena la tierra». Este salmo nos presenta al Dios que desea la justicia y el derecho en todo el mundo, y no sólo en Israel. Podemos, entonces, afirmar que nos encontramos ante el Señor, el Dios amigo y aliado de toda la humanidad. Y quiere, junto con todos los seres humanos, construir un mundo de justicia. Desea que todo el mundo lo tema y que experimente su misericordia y su bondad. Este Dios tiene un plan para toda la humanidad y quiere que este plan se lleve a cabo. En este sentido, cuando dice «Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él escogió como heredad», este salmo no está asimilándolo todo a Israel, sino que está abriendo esta posibilidad a cada uno de los pueblos o naciones, en sintonía con algunos profetas posteriores al exilio en Babilonia.

El Nuevo Testamento ve a Jesús como la Palabra creadora del Padre (Jn 1,1-18) y como rey universal. La pasión según Juan lo presenta como rey de todo el mundo, un rey que entrega su vida para que la humanidad pueda vivir en plenitud. La misma actividad de Jesús no se limitó al pueblo judío, sino que se abrió a otras razas y culturas, hasta el punto de que Jesús encuentra más fe fuera que dentro de Israel (Lc 7,9).

Por tratarse de un himno de alabanza, se presta para una oración de aclamación alegre y festiva. Pero no podernos perder de vista las tensiones o conflictos que lo originaron. Alabamos a Dios desde una realidad concreta, y esta realidad es, con frecuencia, tensa y difícil. Este salmo nos invita a alabar a Dios por las cosas creadas, pues su obra es reflejo de su fidelidad; a alabarlo por su presencia y su intervención en la historia, construyendo, junto con la humanidad, una sociedad marcada por el derecho, la justicia, el amor y la misericordia; nos invita a descubrir esos nuevos lugares en los que Dios manifiesta su fidelidad y a cantar por ello su alabanza.

Reflexión primera del Santo Evangelio: Lucas 7,31-35 ¿A qué se parece esta generación? 
Tras haber comparado a Jesús con el profeta Elías, ahora Lucas lo considera en relación con Juan el Bautista. Las diferencias entre ambos son evidentes y significativas, pero el objetivo principal del evangelista consiste en dar a conocer el favor con el que el pueblo, tras haber seguido a Juan, acoge ahora a Jesús, y en desmantelar la actitud falaz e incrédula de los fariseos y de los maestros de la Ley De ahí que sea necesario leer también los vv. 29ss, que preceden a este fragmento evangélico.

Jesús, para censurar a sus contemporáneos, se vale de una comparación que deja entrever su duro juicio. La pregunta del v.31 es, a buen seguro, retórica, y debemos referirla no a todos los contemporáneos de Jesús, sino sólo (cf vv 33ss a aquellos que no han escuchado al precursor y ahora no quieren prestar oído a la predicación del Nazareno. La comparación presenta a algunos niños obstinados en su negativa a participar tanto en la alegría de las bodas como en la tristeza de los funerales. Semejante obstinación hace pensar en aquella obra con la que algunos judíos rechazaron la Palabra de Dios, personificada en Jesús. No es la diferente actitud de Juan y de Jesús lo que justifica su reacción, sino únicamente su corazón, que se ha vuelto impermeable a toda invitación a la penitencia y a la conversión.

Desde un punto de vista histórico, merecen atención dos expresiones; la primera se refiere a Juan: «Está endemoniado» (v. 33), y la otra a Jesús: «Ahí tenéis a un comilón y a un borracho, amigo de los publicanos y pecadores» (v. 34). Son dos modos un tanto expeditivos, aunque claramente reveladores de una mentalidad cerrada en sí misma y únicamente capaz de condenar sin piedad. La expresión final, relativa a la sabiduría «acreditada por todos los que son sabios» (Mateo escribe: «por sus obras»), nos hace pensar en otra categoría, diametralmente opuesta, de personas. Se trata de esas que andan a la búsqueda de la verdad, se dejan interpelar por toda predicación auténtica y se abren al Espíritu de Dios, que obra a través de las palabras y las obras de Jesús.

Tras haber analizado el «Himno al amor», querernos preguntarnos ahora sobre el valor de las palabras con las que lo introduce Pablo: «Aspirad a los carismas más valiosos. Pero aún os voy a mostrar un camino que supera a todos».

Nos preguntamos: ¿por qué presenta Pablo el amor como «un camino que supera a todos»? En primer lugar; porque contempla a contraluz la caridad con la que Jesús nos amó hasta morir y resucitar. Nos encontrarnos de nuevo ante el misterio pascual, que, como ya hemos dicho, se halla en el vértice de toda la enseñanza de Pablo en esta carta suya. Se trata, por tanto, de la vía crucis, que se vuelve también vía crucis para quien, con todas sus fuerzas, se mantiene fiel a las reglas del discipulado y, por consiguiente, a la ley fundamental del amor. También Lucas, discípulo de Pablo, en los Hechos (9,2; 22,4; 24,22), pretendiendo caracterizar con una imagen dinámica el cristianismo como seguimiento de Cristo, lo presenta como «el camino» y no como una doctrina, aunque algunas traducciones van en este sentido. La imagen orienta necesariamente a la realidad, y ésta, según Lucas, puede ser caracterizada como la comunidad de los que han elegido ir por los caminos del mundo para recordar a todos que sólo Cristo Jesús es el camino que hemos de recorrer para llegar a la salvación.

En este marco general podemos comprender con mayor facilidad la carga de significado inserta en la auto- definición de Jesús: «Yo soy el camino», referida por Juan (14,6). De este modo, la reflexión teológica del Nuevo Testamento llega a su cima, sobre todo porque el evangelista Juan deja entender con claridad que Jesús es «el camino» por ser « la verdad y la vida».

Reflexión segunda del Santo Evangelio de Lucas: 7, 31-35 ¿Quién es Juan?
Juan había preguntado por Jesús (7, l8-20). Jesús, que ha respondido de una forma indirecta a su pregunta (7, 22-23), continúa señalando la función de Juan (7, 24-30). Esas palabras, que constituyen el tema de nuestro relato, indican que no se puede conocer la realidad del reino sin haberse preparado de manera conveniente; sólo quien acepte la verdad representada en Juan podrá alcanzar la plenitud de Jesucristo.

¿Quién es Juan? La respuesta se formula uniendo en una misma cita dos textos del antiguo testamento que se refieren a la venida del «ángel» o mensajero de Dios.

El primer texto corresponde al Ex 23, 30: «He aquí que yo envío a mi ángel ante ti, para guardarte en el camino e introducirte en el lugar sagrado que yo establezco». El ángel significa aquí la presencia y la ayuda de Dios, que le promete la entrada en la tierra prometida al pueblo que vaga en el desierto.

El segundo corresponde a Mal 3, 1: «He aquí que yo envío a mi ángel y preparará el camino ante mí». El ángel es aquí un precursor de Dios, aquél que prepara su camino y dispone a los hombres para su venida escatológica.

Quizá la misma tradición judía ha soldado estos dos textos de tal forma que el ángel que conduce al pueblo de Israel hacia la culminación definitiva (Ex) se identifica con el ángel que dispone el camino de Dios (Mal). La plenitud del pueblo se confunde con la venida de Dios de tal forma que el ángel de la presencia de Dios es el mismo mensajero que anuncia la culminación de la historia de los hombres

El cristianismo ha centrado en la figura de Jesús estos rasgos de bajada de Dios y de la entrada del hombre en su plenitud escatológica. Jesús, revelación de Dios, constituye al mismo tiempo el sentido y plenitud del hombre (trae y significa el reino). En esta perspectiva se interpreta la figura de Juan, que realiza la misión del ángel de Dios o mensajero.

Juan es el ángel de Dios porque señala a los hombres el camino que condure hacia el futuro (el reino de Jesús); es el ángel porque anuncia la venida de Dios sobre la tierra. Todo eso lo ha cumplido en su misión de preparar con su palabra y con su gesto los caminos de Jesús, el Cristo.

En esta perspectiva se advierte la urgencia del mensaje del Bautista: los que se niegan a escuchar su palabra n entenderán al Cristo (7, 29-30). En nuestros días, la figura de Juan está cobrando nueva actualidad. En todas partes se habla de justicia y se tiene la impresión de que los hombres preparan los caminos que conducen hacia el reino. Ciertamente, la justicia de este mundo es buena y necesaria; solamente aquéllos que la cumplan se hallarán con Juan en situación de conocer y de aceptar al Cristo. Sin embargo, no olvidemos que eso no se identifica todavía con el reino. Juan, el más grande de los hijos de mujer, es el culmen de aquello que puede producir la tierra. Sin embargo, el reino es mucho más, el reino significa la gracia salvadora de Dios en Jesucristo (cfr 7,28). La preparación (de Juan) es necesaria; lo valioso está en la meta (el don de Cristo).

Reflexión tercera del Santo Evangelio de Lucas: (7, 31-35), «hombre de hoy, hombres de nuestro tiempo»
K. Rahner considera que la expresión «hombre de hoy, hombres de nuestro tiempo» es una abstracción. El hombre es siempre el mismo, con sus problemas, comunes a los hombres de todos los tiempos. Esto quiere decir que los hombres deberían enfrentarse y resolver juntos sus problemas fundamentales. Sin embargo, ocurre lo contrario. El hombre, sacudido por demasiadas cosas, es y sigue siendo un individualista, esclavo de la opinión pública, de los medios de comunicación, de los discursos de la gente. No hay peor tirano que la opinión pública y, quien intenta contradecirla, sufre burlas y, en algunos casos, es declarado enemigo del pueblo. Los cristianos han intentado, en vano, transformar la opinión pública en espíritu cristiano. Sus intentos han sido reprimidos incluso de forma violenta. Hoy ya sabemos que todo esfuerzo en esta dirección es imposible, pero sigue siendo importante educar a las personas individuales en la madurez cristiana y en la libertad de juicio, para que den siempre la precedencia a Cristo, respecto a lo que dice la gente.

San Juan Bautista y Jesús se opusieron a la opinión pública de su tiempo. ¿Cuál fue el juicio de la gente? Son necios. Chesterton dice que llegará el tiempo en que los locos encierren a la gente normal en manicomios. Es una ironía típica del autor, que pone de relieve una característica de la realidad. La opinión pública crea una norma de actuación y de pensamiento y, quien no la respeta, se dice que no es normal. Sería considerado loco uno que hoy fuera por la calle con el uniforme napoleónico. Todos trabajan para ganar, para asegurarse un futuro, luego llega uno que llama bienaventurados a los pobres y desheredados. Para la opinión pública, una afirmación semejante no es normal, o bien, quien la hace es un loco. Entonces, ¿los cristianos no son normales? Para nosotros, ser normales significa tener a Cristo como única norma para juzgar al mundo.

Jesús habla severamente de los que le han rechazado tanto a él como a san Juan Bautista. Cuando Jesús predicaba, las multitudes corrían a escucharlo, y también Jesús tenía éxito cuando hablaba desde la barca o desde la montaña. Los evangelistas sólo nos dan un resumen de sus discursos, que debieron ser bastante largos. La gente amaba a Jesús y lo que él decía, y manifestaba su entusiasmo olvidándose de comer y de beber por seguirlo. Pero el éxito tuvo breve duración.

La superficialidad de los sentimientos religiosos es cosa de todos los tiempos, un peligro al que los hombres están más expuestos en tiempos de transición. Esta era la situación en tiempos de Cristo y es nuestra misma situación hoy. Muchas confesiones religiosas, miles de sectas, los jóvenes oyen hablar de Cristo, de Babai, del reverendo Moon, son fascinados por la elocuencia de los predicadores pero, al final, todo esto no es más que un modo de distraerse barnizado con apariencia de seriedad.

Pero los problemas de la vida no son una broma, y las palabras de Jesús son vida.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio de Lucas: (7, 31-35), ¿Con quién compararé a los hombres de esta generación?

-
Después de haber hecho el elogio de Juan Bautista (Lucas 7, 18-3O) Jesús decía a la gente: ¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? y ¿a quién se parecen?

Sabemos que el término "esa generación" en la boca de Jesús es el resultado de un juicio. Jesús no emplea esa expresión sino para condenar... aludiendo a "esa generación" de los cuarenta años en el desierto del Sinaí que no quiso seguir al Señor, a pesar de las maravillas de las que fue testigo (Salmo 96, 10).

-Se parecen a los chiquillos que, sentados en la plaza, se gritan unos a otros diciendo: "os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado. .." "os hemos entonado endechas y no habéis llorado..."

Corta y trágica pequeña parábola: unos chiquillos "obstinados", cabezotas... los unos quieren jugar a "fiesta de boda" e invitan a bailar... los otros quieren jugar a "una comitiva funeraria" y empiezan las endechas y lamentos...

¿Qué hacer para que termine tal ridícula obstinación? Tampoco los hombres de "esa generación" quieren lo que Dios ha decidido. La predicación de Juan Bautista, más bien austera... y la predicación de Jesús, más bien alegre... no interesan a nadie. En vez de convertirse, la gente se contenta criticando a los predicadores y oponiéndolos el uno al otro.

-En efecto, ha venido Juan Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: Tiene un demonio dentro...

Juan Bautista era el predicador y el hombre austero; predicaba sobre todo la penitencia, y por su estilo de vida era un verdadero asceta.

-Ha venido el Hijo del hombre que come y bebe y decís: Ahí tenéis a un glotón y a un borracho, amigo de pecadores...

Jesús tenía otro estilo de predicar y de vivir: las comidas tenían gran importancia en su vida, comía y bebía normalmente: Anunciaba el Reino de Dios como un banquete mesiánico; y, si bien la penitencia y la exigencia divina no estaban ausentes de su palabra, era la "buena nueva" de la salvación lo que tenía prelación.

¡Cuán bueno es meditar hoy sobre ese título maravilloso que se daba a Jesús: "amigo de los pecadores"! Es el mismo Jesús el que nos lo transmite aquí, ¡porque tiene en ello mucho interés! Lejos de contestar a las críticas de las que era objeto a este propósito, se vanagloria por ellas.

¡Señor, Jesús, amigo de todos, amigo universal, amigo de los pecadores! Tú que quitas el pecado del mundo, quita el pecado de mi corazón. Pero sé que me amas tal como soy, pobre y pecador, para salvarme de mi mal. ¡Gracias! En mi memoria, recapitulo esos innumerables pasajes del evangelio que te han hecho adquirir esa reputación de "tratar bien a los pecadores":... la llamada del publicano Mateo, y la comida con sus colegas recaudadores... la defensa de la mujer adúltera... las parábolas de la misericordia... la oveja perdida y hallada... el hijo pródigo... el paralítico perdonado, aun antes de quedar curado... el ladrón introducido en el paraíso... la primera aparición a María... HOY, Señor, eres siempre el mismo.

-Pero la "Sabiduría" de Dios ha quedado justificada y acreditada por todos sus hijos.

Jesús vuelve aquí a una de sus más caras ideas: "los pequeños", los "niños" ellos poseen la "sapiencia" por oposición a los escribas y a los sabios. "Yo te doy gracias, Padre por haber escondido esas cosas a los sabios y a los inteligentes, y haberlo revelado a los pequeñuelos." (Lucas, 10, 21) No hay que presumir de "entendido" delante de Dios. El que está muy pagado de sí mismo, se arriesga a pasar de largo ante las simples maravillas que Dios prodiga sin cesar.

Los cristianos de HOY ¿serán "hijos de la sabiduría de Dios", o "chiquillos obstinados" que juegan en la plaza y tozudamente no quieren ceder en nada? ¡Haznos disponibles, Señor!

Elevación Espiritual para el día.
La oración (del latín oratio, facultad de hablar, discurso, plegaria) es «súplica, deprecación, ruego que se hace a Dios y a los santos; elevación de la mente a Dios para alabarle o pedirle mercedes» (Dice. de la Real Academia). Teológicamente no es fácil dar una definición, dada la gran cantidad de facetas que presenta en la vida cristiana. En sentido amplio, o. significa toda elevación del alma a Dios, como sucede en la meditación (v.), la contemplación (v.), la fe (v.) actual, el amor de Dios, etc. En ese sentido decía S. Agustín que la vida del justo es o. (Liber de spiritu et de anima: PL 39,18-37). Más estrictamente, o. es la elevación de la mente y del corazón a Dios con la intención de honrarle, de rendirle el debido homenaje y manifestarle nuestra sumisión. Y en un sentido aún más restringido -el predominante en la primitiva teología- o. significa la plegaria, la petición a Dios de un bien. Una de las mejores formulaciones de la o- en ese sentido se debe a S. Juan Damasceno: «elevación de la mente a Dios para pedirle cosas convenientes» (De fide, 3,24) (cfr. J. Mausbach, G. Ermeeke, o. c., en bibl. 262).
En su acepción más común y general, la o. es un diálogo del hombre con Dios. Es clásica la definición de S. Teresa: «comunión de amistad en la que el hombre se encuentra cara a cara y a solas con aquel Dios del que se siente amado». Este coloquio del alma con Dios constituye la verdadera oración: «Me has escrito... `orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?'- ¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias... ¡flaqueza!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: ¡tratarse!» (J. Escrivá de Balaguer, Camino, 23 ed. Madrid 1965, n° 91).


Reflexión Espiritual para este día
El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios. La acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales. No hay duda de qué acequia se trata, pues dice el salmista: El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios. Y el mismo Señor dice en los evangelios: Al que beba del agua que yo le daré, de sus entrañas manarán torrentes de agua viva, que salta hasta la vida eterna. Y en otro lugar: El que cree en mí, como dice la Escritura, de sus entrañas manarán torrentes de agua viva. Decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él. Así pues, esta acequia está llena del agua de Dios. Pues, efectivamente, nos hallamos inundados por los dones del Espíritu Santo, y la corriente que rebosa del agua de Dios se derrama sobre nosotros desde aquella fuente de vida. También encontramos ya preparado nuestro alimento.

¿Y de qué alimento se trata? De aquel mediante el cual nos preparamos para la unión con Dios, ya que, mediante la comunión eucarística de su santo cuerpo, tendremos, más adelante, acceso a la unión con su cuerpo santo. Y es lo que el salmo que comentamos da a entender cuando dice: Preparas los trigales, porque este alimento ahora nos salva y nos dispone además para la eternidad.

A nosotros, los renacidos por el sacramento del bautismo, se nos concede un gran gozo, ya que experimentamos en nuestro interior las primicias del Espíritu Santo cuando penetra en nosotros la inteligencia de los misterios, el conocimiento de la profecía, la palabra de sabiduría, la firmeza de la esperanza, los carismas medicinales y el dominio sobre los demonios sometidos. Estos dones nos penetran como llovizna y, recibidos, proliferan en multiplicidad de frutos.

Debemos amar a Dios, éste es nuestro “primer deber”... Amarle significa obedecerle: «Quien me ama guardará mi Palabra». Si Dios nos manda, mediante la voz de sus representantes, seguirle en su vida pública y ser obreros evangélicos junto a él, sigámosle en este trabajo, obedezcamos, obedezcamos siempre, e imitémosle en esta vida de evangelización, seamos también en ella pobres, abyectos, recogidos como él, seamos su imagen en todos los aspectos, tan pequeños, tan rebajados como él, «no más grandes que nuestro Maestro». Pero si no se nos llama a la vida del apóstol, entonces abstengámonos bien de darnos a nosotros mismos una vocación que sólo a Dios corresponde conceder, no nos arroguemos sus derechos y estemos atentos a no escogernos, a no enviarnos a nosotros mismos. Permanezcamos entonces juntos allí donde él, con su ejemplo, nos enseña a estar hasta que no seamos llamados o la vida de la evangelización, permanezcamos junto a él en la humilde casa de Nazaret como obreros, artesanos, viviendo con el trabajo de un humilde oficio, pobres, abyectos, despreciados, oscuros, escondidos, recogidos en este retiro, en esta soledad, en este silencio, en esta sepultura que la pobreza tanto ayuda a obtener.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y el Magisterio de la Santa Iglesia: SAÚL
En hebreo Sa'itl, deseado; griego Saoúl; Vulgata latina Saul. Hubo diversos personajes bíblicos con este nombre, varios del A. T. (cfr. Gen 36,37-38; 1 Par 1,48-49; Gen 46,10; Ex 6,15; 1 Par 6,9), y uno del N. T.: Saúl fue el nombre judío de S. Pablo (v.) al comienzo de su historia (cfr. Act 7,58; 8,1; 9,1). Pero aparte de este último, el más famoso S. de la Biblia es el primer soberano de los israelitas, que reinó probablemente de 1040 a 1010 a. C., nombrado por Samuel (v.), último juez de Israel, a petición del mismo pueblo (1 Sam 8,5).

El personaje. Según el libro 1° de Samuel, S. era de la tribu de Benjamín (v. ISRAEL, TRIBUS DE), hijo de Quis (1 Sam 9,1). Se le presenta como el hombre más alto y bello de Israel (9,2). Encontró a Samuel cuando iba en busca de unas asnas que se habían extraviado, y éste le ungió por indicación de Dios (10). Como señal de su elección Samuel predijo que S. entraría en trance profético, lo cual se cumplió un poco después en Guibeá (10,10). Así fue la primera designación personal de S., percibida por muy pocos, a diferencia de la segunda, que fue pública. Hay una elección de S. por suertes en Mispá (10,17), aunque algunos no lo aceptaron (11,27). Lo que realmente consolidó su popularidad entre el pueblo fue su brillante victoria contra los ammonitas, enemigos de Israel (11,1-11). Al verlo el pueblo se declaró a una en favor de S., y le proclamaron solemnemente como primer monarca en Guilgal (11,12-15). Para que no se quedara en una manifestación popular sin fondo, Samuel pronunció un discurso recordando al pueblo y al nuevo rey sus obligaciones delante de Dios (12,1-25). Esta fidelidad o infidelidad sería piedra de toque para su reinado y el de todos los reyes que le seguirían.

Aparte de la primera proclamación popular, llegó la verdadera prueba para el rey sacado del anonimato: una invasión masiva de los filisteos (v.) contra los israelitas. Gracias al coraje del hijo de S., Jonatán, se consiguió la victoria y toda la fuerza filistea tuvo que huir delante de los israelitas (1 Sam 14,1-23). Sin embargo, a pesar de la gran victoria, S. perdió la gracia de Dios por no haber esperado a Samuel para ofrecer el sacrificio (13,8-15), aunque poco después tuvo otra oportunidad para ser fiel; Samuel le ordenó subir contra los amalecitas y consagrar todo y todos al anatema. Pero S. y su tropa cometieron el gran error de perdonar al rey Agag y lo más escogido de su ganado, destruyendo solamente lo vil y sin valor (15,9).

Samuel, muy a pesar suyo, le anunció su repulsa por parte de Yahwéh porque no había obedecido (15,22-23). Parece que S. pidió perdón sinceramente, pero el texto bíblico da a entender que fue en vano (15,28).

Al llegar a este punto de gloria terrena (S. había vencido a los moabitas, edomitas, filisteos, ammonitas y amalecitas), su caída empezó definitivamente. Samuel fue enviado por Dios a Belén, a la casa de Jesé, de la tribu de Judá, y allí ungió a David (1 Sam 16,1-13). El primer contacto entre S. y David (v.) fue debido a una extraña enfermedad del primero, quedando David encargado de consolarle con música (16,16). Al principio, S. le tuvo afecto, y le hizo su escudero (16,21). Pero después de su victoria sobre Goliat y las repetidas sobre los filisteos, empezó a tenerle envidia, sobre todo por la popularidad que David había adquirido. De hecho la S. E. narra que esta admiración del pueblo llegó a tal punto que, al volver David de la batalla, las mujeres cantaban a coro: «Saúl mató sus millares y David sus miríadas» (18,7). A pesar de la intercesión de Jonatán en favor de David, la envidia de S. llegó hasta el extremo de querer matarle, pero David salió con éxito de todos los peligros que S. le había puesto (18,27), y terminó casándose con su hija Mikal (18,27). Al final, sin embargo, se vio obligado a huir definitivamente (19,11-16). La persecución de S. a David abarca varios capítulos (22-26) y llega a situaciones dramáticas: p. ej., la matanza de sacerdotes inocentes por parte de S. (22,6-23) y la gran misericordia que David le muestra en dos ocasiones donde le podía haber asesinado. En la primera ocasión, S., siempre inestable en sus emociones y reacciones, rompió a llorar, llamó a David hijo suyo, y reconoció que era más justo que él (24,18). En la segunda, cuando David protesta su inocencia, S. reconoce abiertamente su pecado (26,21).

Pero el final para S. se acercaba. Los filisteos en masa invadieron de nuevo a Israel (1 Sam 28,4); S., desesperado, intentó consultar a Samuel, que ya había muerto, a través de una nigromante. En respuesta sólo recibió la sentencia de su propia muerte (28,16-19). Se cumplió la palabra de Samuel, perdiendo S. y sus hijos ante los filisteos en la batalla de Gelboé (31). Viendo S. que todo estaba perdido, se arrojó sobre su propia espada (31,5). Los filisteos le despojaron y colgaron su cuerpo del muro de Bet-San (31,10). Entonces unos valientes de Yabes, la ciudad que S. había salvado al principio de su reinado, tomaron los cuerpos de S. y sus hijos, y los enterraron piadosamente (31,13). Al enterarse David del acontecimiento, entonó una elegía por S. y Jonatán, su amigo íntimo, una de las poesías más conmovedoras del A. T. (2 Sam 1,19-27). Después de un cierto tiempo todas las tribus aclamaron rey a David (2 Sam 5,1).

Es S. una de las figuras más trágicas del A. T.: hombre fundamentalmente bueno, se dejó influir por las circunstancias y su propio carácter inestable. Reconoció sus culpas, pero no fue lo suficientemente obediente para llevar cargo tan exigente: ser rey de Israel. Tal vez lo que más se puede decir de él, y así le llama el Eclesiástico, es que fue el «ungido del Señor» (Eccli 46,19), aunque no llegó al valor de sus dos ilustres contemporáneos, Samuel y David.

Alcance de la monarquía. La transición del estado tribal al monárquico fue lenta en Israel comparado con otros pueblos, pero en tiempos de S. se impuso. Se veía claramente la necesidad práctica de una autoridad central, en especial frente a la continua presión de los filisteos; éstos se habían apoderado del Arca de la Alianza (1 Sam 4,10-11) y destruido Silo (v.), el santuario central de todas las tribus. Las medidas de S. que podemos llamar «gubernamentales» fueron la expulsión de los nigromantes y adivinos (1 Sam 28), y el primer establecimiento de un ejército permanente (1 Sam 14,52). Juzgando por las excavaciones en Gabaá (actualmente Tell-el-Fúl, al norte de Jerusalén), la vida de S. como rey fue sencilla y modesta, comparada con las extravagancias de otros reyes orientales de su tiempo.

Aparte de consideraciones históricas, la institución de la monarquía tendría grandes efectos en la vida religiosa del pueblo: con ella se empezó a ver el cumplimiento de la promesa a Abraham, según la cual todas las naciones serían bendecidas en su descendencia (cfr. Gen 15,5; 17,6). Con un poder unido y extenso, los reyes de Israel venían a cumplirla parcialmente y a anunciar un poder todavía más grande: el del Mesías, que debía surgir de la-estirpe de David. Lo que se aprecia concretamente en la vida de S. es la manera como Dios interviene én la historia de su pueblo, tanto en la elección por suerte como en el rito sagrado de la unción. El rey era el representante de Dios y recibía las bendiciones divinas junto con la misión de gobernar el pueblo. Así no' debía ser considerado como un rival de Dios, sino más bien su reflejo en lá tierra. Sin embargo, a lo largo de los siglos, la mayoría de los reyes apostatarían de Dios y llevarían el pueblo a la idolatría (V. REYES, LIBROS DE LOS).

De hecho la figura del rey en Israel sufrió las condenas de los profetas, no sólo por sus abusos (Is 7,10 ss.; ler 21-22), sino _por su misma institución popular (Os 8,4), que también tuvo seria oposición por parte de Samuel en el principio (cfr. 1 Sam 8,6; 10,17 ss.). Pero si la monarquía, en efecto, se asemejó bastante a la vida del primer monarca, S., o sea, llena de luz y sombra, al final del A. T. la figura del rey se elevó a una esperanza mesiánica y escatológica: el rey, hijo de David, será el rey justo, victorioso y pacífico (Zach 9,9 ss.), que vence definitivamente a los malos (Dan 7,17-27). En el N. T. Jesucristo se manifestará como plenitud de aquella promesa, o en palabras de S. Juan, como «Rey de Reyes y Señor de Señores» (Apc 19,16). +

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