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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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23 de junio de 2012

(Mt 6,24-34) - Liturgia, Reflexiones, Exégesis y Oración


Publicado por DABAR

Un amo, y otro por si acaso

El Evangelio  se centra en una cuestión a la que ya hemos dado más de una vuelta: la confianza. Y me parece que tenemos un problema de administración con ella. Porque la tenemos, sí, pero raras veces acertamos al decidir dónde ponerla. Como si fuera esa lámpara un poco rara que nos regaló algún pariente lejano en nuestra boda. No cabe deshacerse de ella, pero no pega en ningún rincón. Pensamos que no nos hace ninguna falta, que ya nos organizamos nosotros bastante bien. Y, hasta que no nos vemos en algún lío, no echamos mano de ella.

La confianza que tenemos en las personas que nos rodean, es un bien difícil de conseguir, largo de afianzar, fácil de perder y caro de recuperar. Sabemos que nuestros amigos verdaderos y nuestros familiares cercanos están ahí para nosotros, no nos dejarán de la mano si los necesitamos. Confiamos en nuestros hijos, en que no nos mienten y en que hacen lo que les decimos. Cuando éramos niños confiábamos en nuestros padres… Y suele llegar un momento en la vida en que todas esas confianzas se resquebrajan un poquito, y nos parece que la vida es una broma de mal gusto…
Jesús nos habla de los dos amos, como podría hablar de los dos sitios en que posamos nuestra confianza. Está Dios, para las cosas que tienen importancia, y está el dinero, para las verdaderamente importantes. Porque sabemos que la infinita sabiduría de Dios nos ha dado el mundo entero, la Naturaleza con su sabio equilibrio (que estamos empeñados en estropear), la salud (que a pesar de nuestro maltrato cotidiano, conservamos), el bienestar de nuestras familias, y todas las “menudencias” que damos por sabidas.

Pero para lo que de verdad es “importante”, (dinero, trabajo, ahorros, seguridad) ni se nos ocurre recurrir a Dios. ¿Qué sabrá Él de las fluctuaciones bursátiles? No, no. Los temas económicos mejor me los aseguro yo solito. Y nos metemos en unos berenjenales económicos que así nos va, llevados de la codicia y el afán de saber más que nadie. Invertimos en empresas de oscuros intereses, que nos dan buenos réditos a costa de explotar a ni se sabe qué trabajadores en no sabemos qué países del tercer mundo. Acaparamos, ahorramos, nos privamos de compartir lo que hay ahora por lo que nos pueda faltar en el futuro. Vemos necesidades a nuestro alrededor y endurecemos nuestro corazón pensando en un hipotético mañana…

De todo lo que dijo Jesús durante su vida, estamos predispuestos a creernos la mayoría de cosas. El lobo comiendo con el cordero, poner la otra mejilla, caminar dos millas con el prójimo que nos pidió compañía para una, compartir el manto y la túnica, nadie para tirar una primera piedra… Todas estas cosas nos parecen fenomenal, y ponemos nuestro esfuerzo para que se hagan realidad. Pero llegamos a este texto de los lirios del campo y torcemos el morro. No terminamos de creernos que Dios quiere nuestra prosperidad. Pensamos que si este asunto queda en sus manos, será el desastre total y terminaremos debajo de un puente revestidos del ropero parroquial. Confiamos a Dios nuestra vida, pero no nuestra hacienda. Se nos pasa por alto una frase de este evangelio, que, a mi juicio, es la fundamental: “Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso”. Y Dios sabe que necesitamos amigos y familia, y los tenemos. Sabe que necesitamos belleza alrededor, y nos ha dado un mundo entero gratis para mirar. Sabe que tenemos inseguridades, y nos ha dado la oración para expresarlas. Sabe que necesitamos agrandar el corazón, y nos da abundancia de buenos sentimientos, para recibir y repartir. ¿Por qué nos cuesta tanto confiar en que Dios quiere que disfrutemos de la abundancia de sus dones? Es un círculo vicioso, me parece. Como no confiamos en Dios, no alcanzamos su abundancia, y encima, le echamos a Él la culpa de nuestra escasez.

Y así andamos, con el puñito tan cerrado para no perder lo poco que tenemos, que no podemos ni pensar en abrirlo para recibir lo mucho que Él nos quiere dar. Poniendo una vela a Dios y otra al Banco Mundial, confiando en un amo, pero no del todo. Guardamos lo que creemos que es un as en la manga. Pero, como la tratamos poco, no sabemos que la confianza va en manga corta, porque para ella, todos los tiempos son buenos tiempos.
A. GONZALO
aurora@dabar.net

DIOS HABLA

MATEO 6,24 34

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos».

EXEGESIS


EVANGELIO

1. Aclaraciones al texto
V.24 Dinero (riqueza).Traducción acertada del término arameo Mammón: personificación divinizada de los bienes materiales.

V.25 Por eso. Expresión con el sentido de por eso mismo. Vs.25 y 29 Os digo. Connotación de énfasis y de autoridad.

Vs.25,27,28,31 y 34 Agobiarse. Verbo-clave del texto. Denota el estado de ánimo resultante de poner alma, vida y corazón en la adquisición y acumulación de bienes materiales. No se refiere a las preocupaciones inherentes a una situación económica difícil y aflictiva.

Vs.26 Padre celestial; v.32 Padre del cielo. Ambas expresiones son sinónimas de Padre Dios.

V.32 Los paganos. Los que no conocen al Padre Dios. Se afanan por esas cosas. Esta misma idea la encontrábamos el domingo pasado en 5,47.

2. Texto
V.24 Jesús sigue hablando a los mismos alumnos de los cuatro domingos anteriores, sentados en el suelo alrededor de él.

Las palabras se abren con una máxima, formulada en abstracto (nadie puede estar al servicio de dos amos) y de manera personalizada (no podéis servir a Dios y al Dinero). Dios y el Dinero como ser divino son excluyentes. Dios es una persona; el Dinero, un ídolo.

Vs.25-34 Por eso mismo os digo. Con cariño y autoridad invita Jesús a sus alumnos a no caer en la afición al Dinero y a buscar el Reino de Dios y su justicia.

No estéis agobiados ni por vuestra vida ni por vuestro cuerpo. Nuestra perplejidad y extrañeza son mayúsculas, llegando incluso a pensar si Jesús no será un iluso enternecedor y poco práctico. Él no deja de insistir a sus alumnos en que no deben agobiarse por la comida y el vestido. Cinco veces se repite el verbo agobiarse y una el sustantivo agobio.

Jesús habla con espontaneidad y familiaridad, con viveza de recursos (interrogaciones, imágenes), en un tono cálido y sentido, con profundo sentido poético y humano. ¡Pieza literaria absolutamente inimitable!

A medida que Jesús va hablando descubrimos que la raíz y la razón de sus palabras es Dios, al que dos veces se refiere como Padre y una como Dios. Habla de Él con calor, con certeza, con confianza; calor, certeza y confianza que busca inculcar en sus alumnos, instándoles a tener fe en Él y a vivir desde Él (vuestro Padre Dios). El Padre Dios es el referente clave en que queda resuelta la paradoja de las palabras de Jesús. Este referente distingue al alumno de Jesús del que no lo es y explica el diferente potencial activo de uno y de otro. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso.

3. Comprensión actualizante
Corre hoy a cargo de Santa Teresa.

Nada te turbe, Nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda;
La paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: Sólo Dios basta.
Eleva tu pensamiento, al cielo sube, por nada te acongojes, nada te turbe.
A Jesucristo sigue con pecho grande, y, venga lo que venga, nada te espante.
¿Ves la gloria del mundo? Es gloria vana; nada tiene de estable, todo se pasa.
Aspira a lo celeste, que siempre dura; fiel y rico en promesas, Dios no se muda.
Ámala cual merece bondad inmensa; pero no hay amor fino sin la paciencia.
Confianza y fe viva mantenga el alma, que quien cree y espera todo lo alcanza.
Del infierno acosado aunque se viere, burlará sus furores quien a Dios tiene.
Vénganle desamparos, cruces, desgracias; siendo Dios su tesoro nada le falta.
Id, pues, bienes del mundo; id dichas vanas; aunque todo lo pierda, sólo Dios basta.
ALBERTO BENITO
alberto@dabar.net

NOTAS PARA LA HOMILIA

En tiempos difíciles como los nuestros las palabras de Jesús vienen a ser un bálsamo, un llamado a la confianza. ¡No perdáis el ánimo! nos dice. ¡Dios no se ha olvidado de vosotros!

Unas palabras, que dichas especialmente al preocupante número de parados que hoy rodea nuestra vida, a los emigrantes, a los mendigos, a los ancianos abandonados, a los jóvenes en busca de trabajo, a los enfermos crónicos, a los jubilados que tienen pensiones miserables etc., etc., podemos considerar que no sólo les devolverán la confianza, sino hasta un renovado ardor espiritual. Y a nosotros, la tranquilidad de haberlos puesto, en medio de la desesperación, en manos de la providencia. Una providencia que confiamos les proveerá, pero que al momento a los que ha provisto, es a nosotros. Esto, en tanto habernos dado, de cara a unos problemas de compleja solución, una envejecida y obligada clave: la del tiro por elevación.

Pero claro, del otro lado, del lado de nuestros angustiados escuchas ¿qué efectos producirán palabra como estas? Seguramente en algunos, lo que muchos esperamos: que la desesperación no les pueda. Pero ¿y en el resto, los efectos serán los mismos? Seguramente no. Y es más, hasta con lógico derecho, para escándalo de alguno de nosotros, pasen de la desesperación a la acusación de que aquellas palabras son sólo parte de una hermosa fábula, pero fábula al fin, o de que simple y llanamente, ese Dios del Evangelio no existe.

Con lo cual arribaríamos al punto en que el Evangelio que proclamamos se convierte en piedra de escándalo, pero no por liberarnos de lo que nos aleja de Dios, en el fondo lo que quería Jesús, sino por convertir la Palabra en un narcótico destinado a adormecer el espíritu de los desesperados. En parte la alusión a la religión como opio que ya hiciera hace bastante tiempo Marx.

Claro que estas críticas y hasta irónicas palabras no pueden generalizarse. Mucho menos cuando nos consta que en medio de nuestras comunidades, existen acciones y palabras destinadas a ofrecer el ánimo y el cuidado que Dios verdaderamente quiere y regala a sus hijos. Pero como lo cortés no quita lo valiente, critica e ironía siempre tendrán el valor de interpelarnos en nuestras contradicciones eclesiales. ¿Y quién puede decir que no somos contradictorios los cristianos?

De hecho el Evangelio que compartimos viene a advertirnos sobre esto. Y en relación a los tiempos que nos tocan, podríamos decir que hasta se trata de una advertencia profética. Apoltronados muchas veces en un cristianismo sociológico, cultural -ese que a muchos sigue haciendo pensar que espiritualmente el mundo hoy atraviesa por un erial y que por eso bien le vendría una vueltita por las fértiles delicias del pasado- en líneas generales, los cristianos nos trazamos una extraña componenda en relación a lo que son por un lado la confianza en la providencia y por otro la acción transformadora del mundo desde la óptica de Dios, es decir, nuestra contribución en la construcción del Reino.

En efecto, siendo sinceros, deberíamos atrevernos a admitir nuestra esquizofrenia institucional y personal. Por un lado nuestra proclamada confianza en Dios, por otro un estilo de vida donde las esperanzas pasan por otro lado que no son Dios y finalmente, acciones, compromisos, actitudes, etc. que beben de uno y otro aspecto. Que por momentos se nutren del abandono en Dios y paso seguido, de la total prescindencia de su voluntad y criterios: el Reino, la fraternidad, la justicia… ¡Vaya lío!

Y sin embargo en esa estamos, por eso muchas veces nuestro llamado a la confianza no se sostiene; porque es evidente que no buscamos lo que Jesús indica como condición para que precisamente Dios actúe: el Reino y su justicia. Cuando con la asistencia del derecho privado y social defendemos nuestro estado de bienestar, o lo que es lo mismo, cuando miramos y velamos por lo que nos toca, pero no podemos o queremos ver la raíz de determinadas situaciones, es porque vuelve a reproducirse la doble servidumbre sobre la que advierte Jesús: la de Dios y la del dinero Y sí tal servidumbre aún hoy existe, en las personas, en el mundo y en la Iglesia, seguramente es así porque lo que importa, lo primero, aún no es una opción fundamental, totalizadora de principios, voluntades y acciones.

El Reino no es un producto de simple preferencia, parangonable a otras cuestiones por muy loables que sean. Para los cristianos es condición innegociable, pero claro, para entendernos, también es condición innegociable para Dios. Su providencia, su presencia amorosa y discreta, no actúa ni al margen de las leyes del mundo, ni al margen de nuestras decisiones. De ahí el llamado del Evangelio de hoy a buscar lo primero: el Reino. Pues sólo cuando el mismo preña la vida, permite la manifestación del cuidado de Dios por los suyos… con lo cual el ánimo y la confianza asumen una fuerza renovada, inédita. Vuelven a tener sentido para los demás y para nosotros.
SERGIO LÒPEZ
sergio@dabar.net

PARA CONSIDERAR Y REFLEXIONAR EN GRUPOS

Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura
(Mt. 6, 33)

Preguntas y cuestiones

¿A quién servimos?
¿Somos personas que se agobian o mas bien, desde la experiencia de Dios, que sabe de nuestras necesidades y nos cuida, confiamos en que nos ayudará?


PARA LA ORACION

Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios, gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica.
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Señor, Dios nuestro, tú mismo nos das lo que hemos de ofrecerte y miras esta ofrenda como un gesto de nuestro servicio; confiadamente suplicamos que lo que nos otorgas para que redunde en bien del mundo nos ayude también a alcanzar la visión de tu gloria.
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Cuando dejamos los agobios, descubrimos cómo te has ido haciendo presente en nuestra vida, y cómo has velado de cada uno de nosotros. Por eso necesitamos darte gracias, porque nuestro corazón se ensancha ante el amor y la sabiduría con que nos desbordas.
Ayúdanos a buscar lo esencial, tu reinado en nuestras vidas y en el mundo, para así proclamarte, reconocerte y anunciar el mundo que tú eres el Santo, el enviado de Dios.
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Alimentados con los dones de la salvación, te pedimos, Padre de misericordia, que por este sacramento con que ahora nos fortaleces nos hagas un día ser partícipes de la vida eterna.