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Maria Beatriz.



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En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 24 de Marzo del 2023, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todo habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

CAMINATA DE LA ENCARNACIÓN

5 de junio de 2011

Solemnidad de la Ascensión del Señor. Comentarios a las Lecturas.


SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR A LOS CIELOS

1. Ascensión y misión.
     Mons. Hans Urs von Balthasar

La primera lectura contiene el evangelio propiamente dicho. Los cuarenta días de la aparición del Resucitado fueron un período de transición muy misterioso entre la vida y la muerte terrestres de Jesús, por una parte, y su ascensión al Padre, por otra. Desde el comienzo de su vida pública, Jesús apareció como el engendrado por el Espíritu y el lleno del Espíritu: la elección de los doce se produce expresamente en el Espíritu (v. 2).

Ahora es el Glorificado totalmente transfigurado por el Espíritu, «el segundo Adán del cielo» (1 Co lS,47) que, cuando vuelva al Padre, se convertirá en «Espíritu de vida" (ibid. 46) para la Iglesia. Lo único que le importa es el «reino de los cielos» (v. 4) que los discípulos tendrán que anunciar en el Espíritu «hasta los confines del mundo», mientras que para los discípulos, que aún no han recibido el Espíritu Santo, todavía es importante «la soberanía de Israel» y la hora en que ésta haya de producirse.

Pero estas miras de los discípulos quedan eliminadas por dos cosas: la espera en oración del Espíritu y el envío en él a todo el mundo como «mis testigos». Estas dos cosas, que son inseparables, constituirán la esencia de la Iglesia: invocación del Espíritu de Dios y testimonio. Los ángeles reenvían a los discípulos, que miran fijos al cielo viendo desaparecer al Señor, a la doble tarea que les ha sido encomendada.



2. El poder sobre el universo y la Iglesia


La segunda lectura describe el poder ilimitado que Dios Padre ha concedido al Hijo elevado al cielo. La resurrección de entre los muertos, la exaltación a la derecha de Dios y la superioridad sobre toda potestad creada constituyen un único e idéntico movimiento. Y esto no sólo para el tiempo efímero de este mundo, sino también para el mundo «futuro», glorificado en Dios.

Se podría pensar que, debido a esta concesión de poder tan ilimitada, la Iglesia quedaría rebajada al nivel de una parte (quizá insignificante) de la soberanía de Cristo. Si él domina sobre todos los poderes del mundo -sobre la política, la economía, la cultura, la religión y cualquiera de los poderes que dominan el mundo-, entonces la Iglesia parece una institución más entre otras, una instancia escasamente relevante. Sin embargo, sorprendentemente, se establece una diferencia entre el poder del Exaltado sobre el universo entero y su posición como cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo.

El cuerpo de Cristo no es el cosmos (no hay un «Cristo cósmico»), sino sólo la Iglesia, en la que, por sus sacramentos, su Eucaristía, su palabra, su Espíritu y su misión, Cristo vive de un modo misterioso que se ilustra con la imagen del alma y el cuerpo. A partir de aquí se puede ver ya que a la Iglesia no le está permitido vivir encerrada en sí misma y para sí misma, sino que debe estar abierta al mundo que, a través de la Iglesia, debe integrarse en la plenitud de Cristo y de Dios.

3. Pleno poder de misión.

Eso es lo que confirma definitivamente el evangelio, el brillante final del texto de Mateo. El Señor que aparece aquí y ante el que se postran los discípulos, es ya el Glorificado «al que se le ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra». «Dado», porque él es el Hijo que recibe todo del Padre, pero lo transfiere incondicionalmente. La palabra «todo», que se repite cuatro veces, abarca todas las dimensiones imaginables e incluye expresamente en ellas la misión universal, «católica», de la Iglesia: el «pleno poder» es necesario para poder dar una orden tan categórica y universal: «a todos los pueblos».

La misión tiene por objeto enseñar a los hombres a guardar «todo» lo que Jesús ha dicho y hecho, con lo que queda prohibida cualquier selección reductiva en la doctrina y en la vida. Esta misión aparentemente tan excesiva será posible porque el Señor estará «todos los días, hasta el fin del mundo» con los enviados y garantizará así el cumplimiento de la misma.

Hans Urs von Balthasar. LUZ DE LA PALABRA Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C. Ediciones ENCUENTRO.Madrid.1994.

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MEDITACIÓN LITÚRGICA. LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR 

Liturgia de alabanza con los ojos fijos en el Señor de la gloria. Seguridad de esperanza de que se cumplirá, en Cristo, nuestra vocación de llamados a la vida eterna. Jesús, nuestra Cabeza, ascendió al cielo y, por ende, los miembros de su Cuerpo también llegaremos al paraíso.

La mirada hacia lo alto es acuciada por el mensaje angélico. Ahora comprendemos la grandeza del descenso de quien aparece hoy en el resplandor de la gloria que le es propia. Con la certeza de la vuelta del Señor, nos toca anunciar a todos la salvación que sólo es realidad en el Hijo de Dios, Cristo y Señor.

-Yo estoy con vosotros todos los días 

La Ascensión no es una suerte de adiós, sino que inaugura otro modo de presencia del Señor. Por ello, en esta solemnidad, la Iglesia proclama su fe en la presencia segura de Cristo. En efecto, hace vivas las palabras de Jesús: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». La fiesta, confesión de fe, nos convence de que el Señor Jesús siempre está a nuestra vera y que nunca nos abandona.

Nuestra solemnidad subraya con gruesos trazos quién es Jesús: es el Señor, el que está en la gloria del Padre. En efecto, la nube de la Ascensión no es simple impedimento de visión, sino el símbolo de la gloria divina en la cual penetra aquel que murió y resucitó para la salvación de todos.

Clara respuesta a la pregunta: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?». Nadie lo dude: Cristo es el Rey del universo. ¡Admirable respuesta! Por ello se nos manda proclamar gozosamente: «Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo... Dios asciende entre aclamaciones... tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey». Israel aclamaba así a Dios en la procesión de entronización del arca de la alianza en el Templo.

Hoy la Iglesia cuando Cristo es entronizado en la gloria, se hace suyo este salmo. La oración personal también.

-Luz para la mirada interior 

Todo se centra en una comprensión profunda de la verdad de Dios. Por ello se requiere el don de la luz para los ojos del corazón. Con un objetivo primordial: la comprensión de la esperanza a la cual estamos llamados. Necesitamos -y suplicamos- comprender que hay una fuerza -la gracia- que obra extraordinariamente en nosotros. Fuerza omnipotente que obró la misma resurrección del Señor.

Agradezcamos que hay un Salvador que reina por encima de todas las cosas, que es Cabeza de la Iglesia, la cual a su vez es Cuerpo de Cristo.

La Ascensión, como luz clarividente, hace brillar en el alma la persona de Cristo y, en lugar de alejárnosla nos la acerca. En su ausencia hay la más gran presencia. El Señor siempre camina junto a nosotros. Y la misma Iglesia se convierte en presencia visible de Jesús, lo cual supone que sus miembros deben vivir la vocación a la santidad y tener la sensibilidad suficiente para anunciar la buena noticia sin miedo y lejos de toda mediocridad.

En efecto, los cristianos no están ahí plantados mirando a la alto, sino que por mandato divino tocan de pies al suelo con una vida honesta y recta, un amor creciente, una sincera alegría y una plegaria ardiente... Cristianos que, a pesar de sus debilidades, se saben fuertes en Cristo y en el Espíritu.

-Una plegaria. Recitar el Gloria a Dios en el cielo
- Pedir la luz para comprender la grandeza del misterio que se celebra
- Rogar el don de una gran esperanza
- Suplicar para que todos los hombres puedan ser discípulos de Cristo
- Sentir viva la presencia del Señor en los sacramentos, en la Iglesia y en nuestra vida.

Pbro. Dr. Joan Guiteras i Vilanova. MD 1993/5 CPL (Centro de Pastoral Litúrgica). de Barcelona..

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EL TRIUNFO Y LA FIESTA DE JESÚS. 

Ascensión es un punto de llegada y un punto de partida.

Para Jesús es el gran triunfo. Ha recorrido su camino, ha realizado su vocación, la misión salvadora que su Padre le había encomendado. Ahora es glorificado a la derecha de Dios, constituido Señor de todo y de todos, llegado a la plenitud de su ser y de su misión, como Salvador de la humanidad y Cabeza de la Iglesia. En verdad, como nos ha dicho Pablo, Dios nos ha hecho ver "la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su derecha en el cielo".

Pero la Ascensión de Jesús no hay que presentarla como un alejamiento, sino precisamente como una presencia más profunda y real. Ascensión no es lo contrario de Navidad.

En la Pascua es cuando el Señor Jesús empieza a estar más verdadera y profundamente presente en nuestra historia, libre ya de todos los condicionamientos de espacio y tiempo. Desde su existencia de resucitado, escatológica, es como en verdad puede decir: "yo estoy con vosotros todos los días", o como se puede entender lo de que "si dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos", o la entrañable promesa de que "este pan es mi Cuerpo", así como la comprometedora identificación de que "lo que hacéis a uno de estos, a mí me lo hacéis".

El Cristo Pascual, el Cristo de la Ascensión, es el Cristo cercano, universalmente cercano en el tiempo y el espacio, de modo misterioso, escatológico, y que nos quiere comunicar su Vida Nueva.

LA TAREA DE LA COMUNIDAD. 

En el evangelio aparece esta perspectiva: Cristo envía a los suyos al mundo, a predicar, a proclamar, a imponer las manos, a bautizar. Después de la Ascensión empieza la tarea de la comunidad. A donde antes llegaba directamente Cristo como Médico, Maestro, Guía y Cabeza, ahora lo hace a través de la comunidad. Aunque El está realmente presente en todo momento, ahora actúa por la mediación de su Iglesia.

Ascensión es fiesta, porque sintonizamos con el triunfo de nuestro Señor. Pero es a la vez compromiso: "cuando el Espíritu descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos... hasta los confines del mundo". No se van a quedar "mirando al cielo": tienen mucha tarea a realizar. Nosotros, a los dos mil años, tenemos el mismo compromiso. Animados por la misma fe y la misma esperanza, somos urgidos a un continuado trabajo: ser testigos del Resucitado en el mundo de hoy.

En esta tarea nos da fuerza ante todo el mismo Cristo, el Señor Glorioso, inexperimentable, pero realmente presente. Marcos ha dicho de los apóstoles: "fueron y proclamaron el evangelio por todas parte". pero añade algo que ya no es una constatación social o estadística, sino una convicción profunda de fe: "y el Señor actuaba con ellos".

Esta colaboración invisible pero eficaz del Resucitado es lo que da garantía de eficacia y fuerza de esperanza a nuestro trabajo: "yo estoy con vosotros...". Además, el Espíritu, el que resucitó a Cristo de entre los muertos es el que condujo a la primera comunidad, y que sigue conduciendo a la Iglesia y a cada cristiano, por el camino pascual progresivo de Jesús.

Como fue el mismo Espíritu el que llenó a la Virgen Madre de su gracia. Y el que en nuestra Eucaristía hace posible que este pan y este vino adquieran la nueva realidad: que sean el Cuerpo y Sangre de Cristo Resucitado, asumidos e identificados en El, para alimento de nuestro camino.

J. Aldazabal. MISA DOMINICAL 1991, 8. CPL (Centro Pastoral Litúrgica) Barcelona.

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-Cristo sentado a la derecha del Padre

La segunda lectura da una perspectiva más doctrinal.

En ella se presenta a Cristo victorioso como signo de la sabiduría del plan de Dios y de su fuerza poderosa. Es un vibrante elogio de Cristo triunfador: es Cristo en la gloria y Dios que le resucitó de entre los muertos, le colocó a su derecha y lo puso todo bajo sus pies.

Pero, sobre todo, le constituyó Cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo, de la Iglesia que es la plena realización de Cristo. Volvemos a encontrar aquí la teología de san Pablo (ver, p. ej.: Col 2, 10; Ef 1, 15-16; 3, 6; 4, 4.12.16; 5, 23.29). 

La Iglesia es la realización de la plenitud de Cristo, según la expresión de san Pablo: "el pleroma". La expresión "realización de la plenitud de Cristo", adoptada por algún episcopado como traducción para su misal nacional, puede prestarse a dificultades. En efecto, ¿significa esa realización que la Iglesia es complemento de Cristo, el cuerpo con respecto a la cabeza? ¿O más bien se trata de una "plenitud"?

San Pablo empleó ya en el mismo sentido esta misma carta a los Efesios (3, 19; 4, 13). Cristo no tiene que recibir una especie de perfeccionamiento proveniente de otra parte. Sino que la Iglesia es plenitud por verificarse en ella al máximo la actividad de Dios, que quiere salvar al mundo. La Iglesia es el lugar privilegiado de la actividad de Dios y de Cristo.

Esta gloria triunfante de Cristo, bajo cuyos pies ha sido colocado todo, es esperanza para nosotros. Pues lo que pertenece a Cristo pertenece también a sus fieles, y en Cristo victorioso vemos la parte de herencia que nos toca a nosotros.

Adrien Nocent. El año liturgico: celebrar a JC 4. Semana Santa y Tiempo pascual. Ed. Sal Terrae Santander 1981
http://www.laspiedrasvivas123.com/

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