Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

Espero que os sirva de ayuda y comenteis si os parece bien...


Gracias


Maria Beatriz.



SI AL CRUCIFIJO Tu quita un Crucifijo y nosotros pondremos mil

En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 24 de Marzo del 2023, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todo habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

CAMINATA DE LA ENCARNACIÓN

3 de abril de 2024

TIEMPO DE PASCUA. MIÉRCOLES DE LA OCTAVA DE PASCUA. Ciclo B


 

 MES DEDICADO A LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO Y ALEGRÍA PASCUAL

 

LITURGIA DE LA PALABRA

 

Hechos de los apóstoles 3, 1-10;

Sal 104;  

Lucas 24, 13-35

 

REFLEXIÓN DE LA PRIMERA LECTURA: HECHOS DE LOS APÓSTOLES 3,1-10 “TE DOY LO QUE TENGO”


-
Pedro y Juan subieron al Templo para la oración de la hora nona.



Al principio y durante un cierto tiempo, los discípulos continuaron siendo fieles a la liturgia del Templo. No comprendieron enseguida el alcance sacerdotal y sacrificial de la muerte de Jesús y del rito del «pan y del vino». Ciertamente, desde un principio, celebraban la Cena como Jesús les había recomendado: «haced esto en memoria mía».



Pero, de momento no captaron que esto iba a reemplazar todas las liturgias del Templo.



-Un tullido de nacimiento pedía limosna... Pedro le dijo: «oro no tengo, pero lo que tengo te doy: en nombre de Jesucristo el Nazareno, levántate y anda».



Los Apóstoles son los continuadores de Jesús. Son los depositarios del poder taumatúrgico -hacer milagros- del Mesías.



La acción de Jesús no terminó con su muerte: Dios continúa actuando a través de su presencia misteriosa en su Iglesia.



Y para subrayar esa continuidad:



Pedro dice las mismas palabras que Jesús: «Levántate y anda...» (Lc 5, 23)



Pedro hace el mismo gesto que Jesús: «Tomándole de la mano...» (Lc 8, 54)



Y sana la misma enfermedad, un paralítico y en el mismo lugar... (Mt 21, 14)



¿Creo yo en la Iglesia, depositaria de los beneficios de Dios? ¿Creo, de veras, que Jesús está viviendo en ella?



¿Es su Palabra la que oigo, cuando se lee la Escritura en la Misa? ¿Es a El a quien encuentro, cuando me confieso?



Ocasión de descubrir de nuevo la misteriosa profundidad de la "acción Apostólica": el Papa y los obispos continúan la función de Pedro y de los Doce.


-En nombre de Jesucristo, ¡Levántate y anda!


Eso es los que repite la Iglesia a la humanidad, con tanta frecuencia paralizada. «Levántate».



La Iglesia, siguiendo a Jesús, quiere la grandeza del hombre: un hombre de pie, un hombre activo, un hombre capaz de tomar su destino en su mano...



En mi vida familiar o profesional, ¿contribuyo a «levantar» a la humanidad? ¿Contribuyo a curar?


Yo mismo, ¿sé apoyarme en la fuerza de la resurrección para ponerme de nuevo en pie cada vez que una prueba me ha paralizado o anonadado? «En nombre de Jesucristo, ¡que me levante y ande!»


-Entró con ellos en el Templo...



La ley de Moisés había establecido un cierto número de barreras: así ciertas categorías de personas, consideradas como «impuras» legalmente no tenían derecho a entrar en el Templo. Los tullidos estaban en este caso (ver Lv 21, 18 y II Samuel 5, 8). Pero he aquí que la nueva religión rompe todas esas barreras legales: nadie es excluido... Todos están invitados a entrar. ¡Gracias, Señor! Ayúdanos a no reinstalar barreras ni exclusiones. Que seamos acogedores y abiertos a todos. En particular a los más pobres...



-Andando... saltando... y alabando a Dios...



Es algo muy comprensible.



Imagino la escena en el templo.



El poder maravilloso de la resurrección comienza a difundirse en el cuerpo de la humanidad, como presagio y anuncio de la exultación final de los «resucitados».


REFLEXIÓN DEL SALMO 104 SAL 104: QUE SE ALEGREN LOS QUE BUSCAN AL SEÑOR.


En los versículos iniciales tenemos los rasgos típicos de un himno de alabanza. No obstante, no cabe duda alguna de que nos encontramos ante un salmo histórico. Como el salmo 76 y el 106, esta cuenta parte de la historia del pueblo de Dios, desde su formación hasta la conquista de la Tierra Prometida.



El salmo consta de introducción (1-7) y cuerpo (8-45). La introducción presenta las características de un himno de alabanza. Podemos contabilizar un total de diez invitaciones en imperativo dirigidas al pueblo: «dad gracias», «invocad», «anunciad>’ (1), «cantad», «recitad» (2), «gloriaos» y «alégrese» (3), «buscad» —dos veces— (4) y «recordad» (5). Los instrumentos musicales (2) acompañan esta manifestación de alabanza. Se mencionan siete acciones del Señor: «hazañas» (1), «maravillas» (2), «fuerza» (4), «maravillas», «prodigios», «sentencias» (5) y «gobierno» (7). «El Señor», designando a Dios, aparece cinco veces (la.3b.4a.7a). Además se habla de su «nombre» (la), de su «nombre santo» (3a), de su «rostro» (4b) y de su «boca» (5b). Todo esto (acciones, nombre propio y partes del cuerpo) irán cobrando sentido a medida que se vaya desarrollando el salmo. El pueblo de Dios, al que se dirigen estas diez invitaciones, es llamado «descendencia de Abrahán, hijos de Jacob», a los que se califica respectivamente como «siervo» y «elegido» del Señor (6). Al margen de todo esto, la introducción especifica quién es este Dios y qué es lo que hace (7): es el aliado de Israel («nuestro Dios») y Señor de toda la tierra.



El cuerpo del salmo (8-42) explica y desarrolla lo que se ha dicho en la introducción. Es una especie de profesión de fe de Israel. Este bloque puede dividirse en cinco partes que se corresponden con distintos momentos o fases de la historia del pueblo: la época de los patriarcas (8-15), los tiempos de José (16- 22), la esclavitud en Egipto (23-36), éxodo y desierto (37-43) y entrega de la tierra (44-45).



La época de los patriarcas (8-15) se caracteriza por la alianza que conlleva la promesa de la tierra. La palabra «alianza» aparece tres veces (8.9.10), y se afirma que fue establecida con Abrahán, Isaac (9) y Jacob (también llamado Israel, y. 10). La alianza garantiza la conquista de la tierra. En este período, el pueblo era poco numeroso y aún se podía contar (12). Todavía no se había cumplido la promesa que el Señor le hiciera a Abrahán de que se convertiría en un pueblo tan numeroso como la arena de la playa (compárense los versículos 12 y 24).



Estamos en los días de las andanzas de los patriarcas: Abrahán —y después Isaac— bajó a Egipto; Jacob emigré a casa de su tío... Días de andanzas y de peligros. El Génesis, a partir del capítulo 12, se ocupa de estas cuestiones. Este salmo asegura que el Señor no permitió nunca que nadie oprimiera a los patriarcas, castigando a reyes para protegerlos (14). Resulta interesante señalar que a los patriarcas se les llama «ungidos» y «profetas» (15).



A continuación, tenemos la época de José (16-22) cuya historia se narra a partir de Gén 37. El Faraón nombré a José «señor de su casa» y «administrador de todos sus bienes» (21). De modo y manera que, por su causa, todo el pueblo de Dios emigró a Egipto.



El tiempo de la estancia en Egipto (23-36) se caracteriza por la esclavitud de un pueblo numeroso. Surgen las figuras de Moisés y Aarón (26), que realizan «signos», lo que tradicionalmente conocemos como «las plagas de Egipto». En el libro del éxodo, las plagas son diez. En este salmo sólo aparecen siete y se ven como pruebas que demuestran que el Señor defiende a su aliado y mantiene las promesas; son las siguientes: las tinieblas (28), el agua convertida en sangre (29), las ranas (30), los mosquitos (31), el granizo (32-33), las langostas (34-35) y la muerte de los primogénitos (36).



Del tiempo de la salida de Egipto y de la marcha por el desierto (37-43) se recogen los recuerdos más hermosos: el pueblo salió rico (37), de día lo protegía la nube y, de noche, el fuego (39), comieron las codornices y el maná, y bebieron el agua que brotó de la roca (40-41), es decir, dispusieron de comida y de bebida a capricho. No se menciona nada negativo, pues este salmo tiene una orientación positiva y rezuma optimismo. Se recuerda la promesa hecha a Abrahán (42) y la alegría con que el pueblo salió de Egipto (43).



El último período (44-45) se ocupa del cumplimiento de la promesa hecha a los patriarcas, a saber, que tomarían posesión de la tierra: «Les dio las tierras de las naciones y se adueñaron del trabajo de los pueblos» (44). No obstante, hay un estrecho compromiso que se expresa en las cláusulas de la alianza (45 a).



Para el pueblo de Dios, contar la historia significa beber en la fuente de la experiencia vital de los antepasados. El que bebe de esa agua es más feliz y ve cómo se incrementa su vida. Sin embargo, podemos preguntarnos: ¿Acaso esto ha sido siempre así? Parece que no. Este salmo habría surgido para reavivar la memoria histórica de las hazañas del Señor y de los compromisos del pueblo de la alianza. Expresiones como «entre los pueblos» (1b) y «él gobierna toda la tierra» (7b) permiten suponer que este salmo surgió en una época en que el pueblo de Dios ya había perdido la tierra (época del exilio en Babilonia o posterior). Así pues, podemos entender que el cuerpo del salmo comience con la promesa de la tierra (11) y termine mostrando su toma de posesión (44), en una época en la que la tierra está en manos de pueblos extranjeros Este salino, por tanto, pretendería sacudir las conciencias, para que el pueblo se preguntara: ¿Por qué hemos perdido la tierra? La respuesta parece tener que ver con el cumplimiento (o, más bien, incumplimiento) de lo que se dice al final del salmo: «Para que guardaran sus decretos y cumplieran sus leyes» (45 a). Este salmo, por tanto, oculta un terrible conflicto: la pérdida de la tierra, de la libertad y de la vida...



El pueblo había perdido la tierra. ¿Quién tiene la culpa? El salmo 105, al contrario que el salmo 106, con su visión pesimista, se muestra e4raordinariamente optimista. ¿Por qué? Porque focaliza las acciones de Dios. El siempre se ha mantenido fiel a la alianza y a las promesas hechas a los patriarcas. Si el pueblo ha perdido la tierra, la culpa es sólo suya, y no de Dios. El ha obrado siempre correctamente, todo lo ha hecho bien. Basta mirar sus siete acciones en la introducción, Conviene, por otro lado, examinar el cuerpo del salmo e ir anotando las innumerables acciones que el Señor hizo en favor de su pueblo. El se ha mostrado, siempre y constantemente, como el aliado fiel. Si el pueblo presta atención a las invitaciones que se le dirigen en la introducción, descubrirá el rostro del Dios de la alianza y volverá a poseer la tierra, porque Dios es fiel.



Jesús es presentado como fiel reflejo del Padre (Jn 1,17-18). El pertenece a la historia del pueblo de Dios y también es su culminación (Mt 1,1-17; Lc 3,23-38). Lucas, en su Evangelio, lo presenta como aquel que inaugura una sociedad y una historia nuevas. Mateo, por su parte, quiso presentarlo como un nuevo Moisés, como aquel que da lugar a un nuevo éxodo de vida y de libertad para todos (Mt 2, l3ss).



Conviene rezar este salmo en compañía de otras personas, pues la historia de un pueblo siempre se hace en comunidad con otros; este salmo es para cuando queremos «orar» nuestra historia en clave positiva, reconociendo la fidelidad de Dios, a pesar de nuestra flaqueza. Este salmo nos anima a rezar en sintonía con los que luchan por la tierra. Después de rezarlo, podemos continuar nuestra oración trayendo a ella la historia de cada uno, de las comunidades, del pueblo...



REFLEXIÓN PRIMERA DEL SANTO EVANGELIO: LUCAS 24,13-35.  LO RECONOCIERON AL PARTIR EL PAN



El episodio de la aparición de Jesús resucitado a los dos discípulos de Emaús presenta el camino de fe de la vida cristiana basado en el doble fundamento de la Palabra de Dios y de la eucaristía. Esta experiencia del Señor aparece descrita a lo largo de dos momentos decisivos: a) el alejamiento de los discípulos de Jerusalén, es decir, de la comunidad, de la fe en Jesús, para volver a su viejo mundo (vv. 13-29); b) la vuelta a Jerusalén con la recuperación de la alegría y la fe por parte de la comunidad de los discípulos (vv. 30-35). En el primer momento de desconcierto, Jesús, con el aspecto de un viajante, se acerca a los discípulos desalentados y tristes, y conversando con ellos les ayuda, por medio del recurso a la Escritura, a leer el plan de Dios y a recuperar la esperanza perdida: “Y empezando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que decían de él las Escrituras” (v. 27). Ahora que el corazón se les ha calentado de nuevo, quieren llevarse con ellos al peregrino a la mesa y, mientras parte el pan, reconocen al Señor: «Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (v. 31).



La catequesis de Lucas es muy clara: cuando una comunidad se muestra disponible a la escucha de la Palabra de Dios, que está presente en las Escrituras, y pone la eucaristía en el centro de su propia vida, llega gradualmente a la fe y hace la experiencia del Señor resucitado. La Palabra y la eucaristía constituyen la única gran mesa de la que se alimenta la Iglesia en su peregrinación hacia la casa del Padre. Los discípulos de Emaús, a través de la experiencia que tuvieron con Jesús, comprendieron que el Resucitado está allí donde se encuentran reunidos los hermanos en torno a Simón Pedro.



En nuestros días hay hambre y sed de milagros. La gente no sonríe ya con suficiencia, como hace algunos años, con respecto a los presuntos prodigios, sino que los busca y acude a los lugares donde tienen lugar. Los medios de comunicación social los hacen espectaculares y los «obradores de prodigios» corren el riesgo de ser idolatrados. Pero tanto Pedro y Juan como Pablo y Bernabé (Hch 14,14ss) corrigen al pueblo y dicen de manera clara que no debe concentrarse en torno a sus personas, sino en torno al poder del nombre de Jesús. Quien tenga fe en este nombre, quien lo invoque, también podrá obtener hoy milagros.



También hoy es posible realizar prodigios, pero es Dios el que los realiza a través de la oración y la fe. Hay, efectivamente, situaciones tan dolorosas y penosas que nos hacen invocar el milagro y nos impulsan a dirigirnos a personas consideradas particularmente próximas a Dios. Pero esas personas, la mayoría de las veces, no tienen «ni plata ni oro»: viven en medio de la humildad y de la oración. Nosotros, alejados tanto del escepticismo de quienes excluyen la posibilidad o la oportunidad de los milagros, como del fanatismo con los curanderos y el papanatismo más o menos supersticioso, nos confiamos a la oración y a la fe para obtener la intervención extraordinaria de Dios en casos extremos, dejándole a él, que lo sabe todo, la decisión final. Dios no abandona su pueblo, y lo socorre también con intervenciones extraordinarias, especialmente a través de la oración de los siervos, que, confiando sólo en él, no tienen necesidad ni de oro ni de plata.



REFLEXIÓN SEGUNDA DEL SANTO EVANGELIO: LC 24,13-35. LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS.



Aquel mismo día iban dos de ellos hacia una aldea llamada Emaús. No se sabe dónde estaba la ciudad de Emaús citada en la narración; en Palestina hay dos sitios con este nombre. Ni siquiera sabemos si esos dos discípulos vivían en Emaús. Podemos suponer que su marcha fuera como una especie de huida psicológica. Después de todo lo que había ocurrido, estaban felices de alejarse de Jerusalén y de no tener que hablar con nadie. Por eso, en las meditaciones, el camino hacia Emaús se ha convertido en el símbolo del estado de ánimo de la desolación. El hombre desolado, hoy se le llamaría deprimido, vive un sentimiento agudo de frustración: se ha derrumbado todo lo que creía haber construido en la vida, todo lo que ha creído se ha revelado una ilusión. Algunas veces, la depresión se debe a circunstancias precisas, pero muchas otras se trata de un vacío psicológico. El primer impulso, en estos casos, es dejarlo todo y huir a otro lugar. En cambio, para vencer la desesperación es necesario hacer exactamente todo lo contrario: no cambiar de lugar, ni de trabajo, ni tomar ninguna decisión. Este es también el consejo de los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola.



Les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. San Agustín cuenta que vivió una experiencia particular. Durante una profunda crisis en la que no conseguía aclarar los pensamientos de su corazón, oyó una voz que le decía: «¡coge la Escritura y lee!». También san Jerónimo vivió momentos difíciles, atormentado por muchas tentaciones. No le ayudaba huir del mundo, sino la lectura de la Escritura. Son experiencias que muchos cuentan y que Orígenes explica.



La Escritura contiene la Palabra de Dios, y la misma palabra también ha creado nuestra alma y habla en nuestra conciencia. Cuando leemos los textos del libro sagrado, percibimos su afinidad con nuestra alma. Las palabras de la Escritura son un bálsamo para el corazón, que mitiga el dolor y da la dirección adecuada a los pensamientos.



También sucede lo contrario, es decir, lo que experimentan los discípulos en el camino a Emaús. La propia experiencia de vida, gozosa o trágica, cuando se proyecta sobre la Biblia, da una comprensión más profunda del texto. El alma y la Escritura, en armonía, nos enseñan a conocer la verdadera realidad.



Le reconocieron al partir el pan. Los discípulos confiesan que durante la explicación de la Escritura ardía su corazón, sentían una afinidad entre esas palabras y sus esperanzas. Pero sólo reconocen a Jesús cuando parte el pan. La narración es emblemática, El mismo Cristo, que vive en las buenas aspiraciones de nuestro corazón, habla en las Escrituras; lo encontramos personalmente en la eucaristía celebrada en la Iglesia. Lo que forma la gran experiencia cristiana no necesita más testimonios: el cristiano está seguro de que vive en la verdad.



Los no creyentes se asombran del hecho de que un católico inteligente pueda creer que Dios esté presente en un trozo de pan y en una copa de vino. Un sacerdote, una persona sencilla a la que no le gustaban las disquisiciones teológicas, dio una respuesta a su modo: «Si estoy cansado de caminar y como un trozo de pan y me vuelven las fuerzas, no es necesario probar que el pan me ha dado energía, me lo dice la experiencia. Lo mismo ocurre con la comunión del pan eucarístico». La experiencia de toda la Iglesia dice que en los sacramentos, especialmente en la eucaristía, encontramos a Cristo, que es la vida que supera las debilidades y la muerte.



REFLEXIÓN TERCERA DEL SANTO EVANGELIO: LC 24, 13-35. LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS.



“El mismo día”, el domingo de Pascua, los dos discípulos, que no eran miembros de los Doce (cf. vv. 18 y 23), se encaminan hacia Emaús. El lugar al que se refiere con esto no está confirmado hasta hoy. La distancia indicada, 60 estadios (alrededor de 12 kilómetros), no cuadra con el lugar conocido en tiempo de los Macabeos (siglos I y II a.C.) entre Jerusalén y Jafa, llamado Emaús, que está muy lejos de Jerusalén. Por eso, en la Edad Media se identificó el Emaús de esta historia con un lugar situado al noroeste de Jerusalén. No obstante, Lucas estuvo poco interesado por la precisión geográfica. A él le parece importante que ambos dejan Jerusalén, el lugar de la muerte. Ellos huyen ante lo que no entienden, pero con eso también se obstruye para ellos el camino hacia la comprensión.



No les abandona el pensamiento sobre lo acontecido a Jesús de Nazaret: les acompaña en su camino, de modo que hablan sobre él. Este acontecimiento seguramente incluye todo lo que ha sucedido en Jerusalén, de modo especial la condena y ejecución de Jesús. Los lectores conocen la entrada de Jesús en Jerusalén (cf. Lc 19,28-44) y su actuación en el templo (cf. Lc 19,45-48); conocen también sus conflictos con los sumos sacerdotes y con los escribas (cf. Lc 20,1-40) y sus palabras sobre la destrucción de Jerusalén (cf. Lc 2 1,6-36). La reunión con Jesús en la última cena (cf. Lc 22,14-38), su captura (cf. Lc 22,47-53) y el juicio condenatorio a pesar de su inocencia (cf. Lc 23,1.25), así como también su muerte y sepultura, pertenecen igualmente a lo ya narrado. El hallazgo del sepulcro vacío en la mañana del tercer día fue el último acontecimiento emocionante en Jerusalén.



Jesús se les une y los acompaña en su camino, pero ellos no lo reconocen. Éste es un momento narrativo importante. Lucas crea un momento de tensión, que se acrecienta en el curso del relato hasta que es resuelto al final. En las apariciones referidas por Lucas y Juan, los discípulos no reconocen al Señor a la primera, sino sólo como consecuencia de una palabra o de una señal (Lc 24,3Oss; Jn 20,14; 16,20; 2 1,4.6.7; cf. Mt 28,17). Y es que aun manteniéndose idéntico a sí mismo, el cuerpo del Resucitado se encuentra en un estado nuevo que modifica su figura exterior (cf. Mc 16,12) y lo libera de las condiciones sensibles de este mundo (Jn 20,19; cf. 1 Cor 15,44).


Jesús interviene en la conversación con una pregunta que es planteada de tal manera que ambos discípulos se verán obligados a contar los tristes acontecimientos. Pero, por ahora, ellos se detienen, tristes; hacen una primera pausa en el camino: hay tiempo para las reflexiones.



Uno de ellos, Cleofás, expresa su asombro por su gran ignorancia: todos saben lo que ha sucedido en Jerusalén. En la tradición neotestamentaria, el nombre Cleofás únicamente se encuentra aquí. La pregunta revela a un destinatario extranjero que no tiene su residencia permanente en Jerusalén. Si él es señalado como el único extranjero que no conoce lo acontecido, entonces se presupone que también los peregrinos de tierras lejanas conocen los acontecimientos en torno a Jesús de Nazaret. La ejecución de Jesús se presupone conocida.



La repetida demanda de información de Jesús despierta la atención para las siguientes explicaciones.


Por la demanda de información de Jesús, ambos discípulos se ven obligados a contar lo sucedido. Lucas desarrolla en estos versículos una cristología que se encuentra también en las predicaciones de los Hechos de los apóstoles: Jesús se manifiesta como profeta. Muchos han puesto en él su esperanza, pero él fue entregado y crucificado por los dirigentes judíos del pueblo (cf. Hch 3,13-16; 4,27-28; 7,52; 10,39-40). Sin embargo, la resurrección de Jesús, a diferencia de lo que sucede en el libro de los Hechos de los apóstoles, no es descrita como un hecho ya acontecido. Más bien, se mencionan aspectos teológicos importantes: que ése era el tercer día (v. 21); que las mujeres fueron al sepulcro, pero no encontraron el cuerpo de Jesús y solamente escucharon el mensaje del ángel que decía que él vive; que los discípulos comprobaron las afirmaciones de las mujeres y corroboraron su descubrimiento (cf. también Lc 24,1-1 1).



El tercer día es un dato teológico. La piedad judía esperaba que Yavé cambiara en el tercer día la suerte negativa del pueblo (cf. Os 6,2). Jonás fue arrojado a tierra tras pasar tres días y tres noches en el vientre del pez (cf. Jon 2,1).



La formulación “ellas no encontraron el cuerpo” contiene conceptos greco-helenísticos. A continuación, el texto señala como “cuerpo” la realidad física corporal inanimada, el cadáver. Según Platón, el cuerpo es la cárcel y la sepultura del alma, mientras que, por su parte, Aristóteles vio en el cuerpo la materia desde la cual el alma forma al hombre. Sin embargo, la resurrección rio debe ser comparada con la vida posterior de un alma inmortal. Esta abarca todo el ser humano, alma y cuerpo. Por eso Lucas subraya que las mujeres no encontraron el cuerpo, es decir, la realidad física corporal de Jesús.



La respuesta de Jesús toma la forma de un discurso literario (vv. 25-26), acompañado de una observación del narrador. Jesús explica que la pasión del Mesías está de acuerdo con la Escritura y, así, también con la voluntad de Dios.



Al mismo tiempo, Lucas formula las dificultades de sus lectores: un Mesías sufriente y crucificado contradice la presentación corriente que el mundo greco-romano tiene de un salvador. Lo que en el principio de su evangelio Lucas presenta como una contrapropuesta a la idea entonces corriente de señorío humano y terreno, y que anuncia a Jesús como Cristo y Señor (cf. Lc 2,1-20), es una provocación no sólo para los seres humanos de la antigüedad. El Reino de Dios se sitúa fuera de todo reino humano y no sigue su lógica. Se identifica precisamente con el Cristo sufriente y crucificado, que es el mismo Resucitado. Esta realidad no permanece oculta a los lectores atentos a la Escritura; sin embargo, esa misma realidad solamente es asumida en la fe.



La escena del camino termina con éxito. El aparente titubeo de Jesús aumenta la tensión; la necesidad de quedarse se basa en que el día está llegando a su final. En la oscuridad de la noche están al acecho muchos peligros para los caminantes; por eso, es sensato un albergue al caer la oscuridad. Ambos discípulos instan al forastero a que permanezca con ellos. Esta invitación corresponde a la práctica judeo-cristiana de la hospitalidad (cf. Lc 5,29; 7,36; 10,38; 19,1-10) y con ella llevan a cabo una acción de misericordia:


hospedar al forastero. Pero su interés va más allá de esta virtud: el corazón les ardía mientras él hablaba.



El comportamiento de Jesús en la mesa se asimila a su actuación en las comidas comunitarias que hizo durante su vida terrena; algo semejante a la comida de los cinco mil (cf. Lc 9,16) o a la última cena con sus discípulos (cf. Lc 22,19):



Esa cena comunitaria, según los Hechos de los apóstoles, continúa en la “fracción del pan” de la comunidad.

Para ambos discípulos, la celebración de la cena, la comunión con explicación de la Escritura y las obras de misericordia son un signo distintivo: ellos han experimentado así la comunión con Jesús, el Resucitado. Esta experiencia también les revela el sentido de la Escritura, tal como se la ha explicado Jesús en el camino. Según la presentación bíblica-oriental, el ser humano percibe con los ojos la verdad divina (cf. Sal 19,9; 119,82; 141,8; Lc 2, 30,3Oss): mirar a Dios es la forma intensiva del encuentro con Él (cf. Job 42,5). El ser humano puede por esto estar ciego (cf. Is 6,10); el “abrir los ojos” a un ciego es, por tanto, para el reconocimiento de la realidad divina (cf. Sal 119,18; Hch 26,18).



Esta experiencia de la realidad de Dios apremia a ambos a regresar a Jerusalén. “Los Once y los otros discípulos” remite a Lc 24,9. Ambos discípulos abandonan casi de forma precipitada el lugar del inicio de la narración, que para ellos se había convertido en el lugar de la muerte, pero ahora será el lugar de la salvación y de la redención. Convencidos de la resurrección, no pueden menos que convertirse en misioneros de esta Buena Nueva y regresan a Jerusalén a esas horas de la noche.



En Jerusalén, los dos discípulos escuchan el mensaje pascual: “El Señor ha resucitado verdaderamente y se ha aparecido a Simón”. Lucas sigue ahora en su narración la profesión de fe pascual de la comunidad primitiva; la formulación se apoya estrechamente en 1 Cor 15,3-5. Es de destacar que Pedro no es designado con el nombre que ha sido confiado a la tradición cristiana (Pedro), sino con el nombre que llevó antes de su llamamiento y con el que lo mencionó Lucas por primera vez en 4,38 (Simón). Por tanto, esta confesión puede ser muy antigua. La fórmula “se apareció” está reservada en el Antiguo Testamento a las revelaciones de Dios e incluye el momento de la visión y del encuentro personal. Por este motivo, Lucas vio también conveniente describir de forma plástica las apariciones del Resucitado. Así, con esto satisface también un deseo de sus lectores greco-helenísticos, que prefieren las descripciones visuales frente a las afirmaciones abstractas.



Ahora, ambos discípulos llegan en el momento oportuno para narrar su experiencia. Con esto, Lucas cuida la prioridad de la confesión de fe de Pedro (cf. 1 Cor 15,3-5). Con la expresión “fracción del pan”, Lucas emplea un término técnico para la celebración de la cena del Señor que repetirá en el libro de los Hechos (Hch 2,42); él está pensando, sin duda, en la eucaristía.



REFLEXIÓN CUARTA DEL SANTO EVANGELIO: LC 24, 13-35. LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS.



La narración parte de Jerusalén y termina en Jerusalén. Un mismo itinerario inversamente recorrido: de Jerusalén a Emaús (vv.13-32) y de Emaús a Jerusalén (vv. 33-35). Pero, para Lucas, Jerusalén es algo más que una ciudad. Es el lugar donde están los once y los demás. Jerusalén es el grupo creyente. Los dos de Emaús han abandonado el grupo y retornan a él.



Cuando retornan se encuentran con un grupo que ya cree en Jesús resucitado (v. 34). No son, pues, los dos de Emaús los que hacen que el grupo sea creyente. Este dato es importante a la hora de determinar el sentido del relato: éste no va en línea apologética (demostrar la resurrección de Jesús), sino en línea catequética (mostrar las vías de acceso a Jesús resucitado, cómo encontrarse con Jesús resucitado). Los destinatarios del relato no son los que rechazan la resurrección de Jesús, sino los cristianos que no han tenido el tipo de acceso que tuvieron los testigos presenciales. En los dos de Emaús estamos tipificados todos los cristianos que no hemos tenido el tipo de acceso a Jesús que tuvieron los testigos presenciales.



¿Cuáles son nuestras vías de acceso a Jesús? En primer lugar, la lectura profundizada del A.T. (vv. 25-27). En segundo lugar, y como culminación de la anterior, la celebración de la Eucaristía.



Es en esta celebración donde finalmente se abren nuestros ojos para reconocer a Jesús (v. 31). El encuentro interpersonal, dicen los psicólogos, sólo se da en la medida en que nos situamos en una realidad que nos trasciende a todos, al mismo tiempo que nos constituye. Esta realidad es la celebración eucarística en su doble vertiente de Palabra y de Comida.



Para la liturgia, la semana de Pascua constituye una perfecta unidad con el mismo día de la resurrección (el prefacio nos hace decir todos los días de la semana: "en este día". No es fácil, ni incluso posible, establecer un determinado orden entre las diversas apariciones relatadas por los evangelistas.



"Si bien es verdad que ellos están de acuerdo al referir la aparición inicial del ángel (Mt 28. 5-7; Mc 16. 5-7; Lc 24. 4-7; Jn 10. 12-13), los cuatro evangelistas divergen en lo que respecta a la apariciones del mismo Jesús".



"La comparación con la detallada y tan antigua enumeración de 1 Co 15. 5-7, demuestra, por lo demás, que cada evangelista no quiso relatar todas las apariciones de Jesús resucitado".



En todo caso, resulta difícil señalar con precisión la fecha de algunas apariciones. Sin embargo, es cierto que el primer día de la resurrección fue un día repleto. Citemos las apariciones que entre todos refieren y sitúan en esta jornada histórica: a María Magdalena en el huerto (Jn 20. 11-18); a Pedro (alusión en Lc 24.34, consignada también en 1 Co 15. 5); siempre dentro de esta jornada, al caer de la tarde tiene lugar la conversación con los discípulos de Emaús y después la aparición a los once. El estupendo relato del reencuentro de Emaús nos recuerda a su modo la importancia capital, esencial, única, de la resurrección para nuestra fe. Hay cristianos que dan la impresión en ocasiones de conceder una importancia demasiado exclusiva a la muerte redentora del Salvador. Los discípulos de Emaús constituyen un ejemplo estupendo de los creyentes que detienen su creencia en la muerte... Les falta lo principal, lo que da sentido a todo lo demás, incluso a esa muerte que, sin la resurrección, es un fracaso: "Nosotros esperábamos", en imperfecto.



Este pasaje tiene para nosotros un especial interés. Es la primera vigilia bíblica del N.T., ¡y bajo la dirección de qué celebrante! "Comenzando por Moisés y por todos los profetas, les fue declarando cuanto a él se refería en todas las Escrituras".



Ahí tenemos el hilo conductor y el plan ideal de una velada bíblica sobre un tema determinado: recorrer el A.T. bajo un punto de vista concreto y desembocar en Cristo que es la realización del mismo.



Esta "velada bíblica" de Emaús no es la única que en esta tarde dirige el celebrante extraordinario que es el Señor. En efecto, el evangelio de Lc, en el relato que hace de la aparición a los once de la misma tarde del día de la resurrección, nos dice: "Jesús les dijo: era preciso que se cumpliera todo lo que está escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y en los Salmos de mí. Entonces les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras" (Lc 24. 44-45).



Es característico señalar la unión existente entre estas meditaciones bíblicas y la comida. Cuando tiene lugar la aparición a los once, Jesús come con ellos para disipar toda duda sobre la realidad de su presencia (Lc 24. 43). Ya hemos leído que la conversación de Emaús desemboca en una comida. Incluso muy bien puede suceder que se trate de la primera eucaristía que fuese, a diferencia de la Cena, el Memorial de una realidad cumplida; en este caso tendríamos ahí el modelo de todas nuestras misas: Palabra y después Pan (Lc, al emplear aquí este término técnico -Fracción del Pan- que repetirá en Hch 2. 42, piensa, sin duda, en la Eucaristía.-Biblia de Jerusalén. Nota relativa a Lc 24. 35).



ELEVACIÓN ESPIRITUAL PARA EL DÍA.



A través del desprendimiento y la pobreza es como podremos volver a encontrar nuestro lugar en el corazón de los pueblos. Cuanto más pobres y desinteresados seamos, menos exigentes seremos, más amigos seremos del pueblo y más fácil nos resultará hacer el bien. La pobreza es hoy más necesaria que nunca para luchar contra el mundo, contra el lujo y contra el bienestar que crece por doquier. Si el cristiano hace como el mundo, ¿cómo podrá guiarlo e instruirlo? Cuanto más grande es el desprendimiento interior y exterior en un alma, más abunda la gracia en ella, más abundan la luz y el Espíritu de Dios en ella.



La conformidad exterior con nuestro Señor es un medio para llegar a la conformidad interior. A través de la pobreza de la humildad y de la muerte es como Jesucristo engendró a su Iglesia, y de ese mismo modo es como la engendraremos nosotros. Toda obra de Dios debe llevar, por encima de todo, el sello de la pobreza y del sufrimiento.



REFLEXIÓN ESPIRITUAL PARA ESTE DÍA



¿Cómo podremos abrazar la pobreza como camino que lleva a Dios cuando todos a nuestro alrededor quieren hacerse ricos? La pobreza tiene muchas modalidades. Debemos preguntarnos:


«¿Cuál es mi pobreza?». ¿Es la falta de dinero, de estabilidad emotiva, de alguien que me ame? ¿Falta de garantías, de seguridad, de confianza en mí mismo? Cada persona tiene un ámbito de pobreza. ¡Ese es el lugar donde Dios quiere habitar! «Bienaventurados los pobres», dice Jesús (Mt 5,3). Eso significa que nuestra bendición está escondida en la pobreza.
Estamos tan inclinados a esconder nuestra pobreza y a ignorarla que perdemos a menudo la ocasión de descubrir a Dios. El mora, precisamente en ella. Debemos tener la audacia de ver nuestra pobreza como la tierra en la que está escondido nuestro tesoro.

 


EL ROSTRO DE LOS PERSONAJES , PASAJES Y NARRACIONEA  DE LA SAGRADA BIBLIA Y DEL MAGISTERIO DE LA SANTA IGLESIA:CURACIÓN DEL PARALÍTICO



Los primeros cristianos vivían dentro del judaísmo. Todavía no se había producido la ruptura provocada por la radical novedad cristiana, que los judíos no estaban dispuestos a aceptar. De momento hay, al menos, una coexistencia pacífica. Así lo demuestra este relato de curación de un paralítico, que se realiza en el cuadro de la vida normal judía.



La precisión cronológica de la narración de Hechos corresponde exactamente a la práctica judía que había establecido dos momentos para el culto público, uno por la mañana y otro por la tarde. El de la tarde, a las tres, coincidía con el sacrificio diario del cordero en el altar situado delante del templo. A la hora indicada los judíos Interrumpían su ocupación, fuera la que fuese y estuvieran donde estuviesen, para unirse al sacrificio del cordero en el templo. Si les era posible, acudían personalmente al lugar del sacrificio. Esto es lo que hicieron Pedro y Juan. Probablemente son mencionados en cuanto dirigentes de la comunidad cristiana. La tradición unió estrechamente a estos dos apóstoles, aunque, como en el caso presente, Juan aparezca como el compañero pasivo Junto a Pedro, que es quien actúa y toma la palabra. Además del oficio encomendado a cada uno, ¿tenían estos dos apóstoles un encargo o carisma especial en relación con la Palabra? Probablemente sí. Los textos, al menos, nos orientan en esta dirección.



La escena se sitúa en la puerta llamada Hermosa. Una puerta difícil de localizar. ¿Coincide con la puerta llamada de Nicanor en la parte oriental del templo y en la valla más exterior del mismo? Encontrar mendigos en las inmediaciones de los santuarios es un fenómeno universal y la práctica de la limosna era, particularmente para los judíos, una obra buena comparable con la de hacer oración.



Estas consideraciones sirven para encuadrar nuestro relato. ¿Con qué finalidad ha sido recogido por Lucas? Nuestro autor da a esta narración el mismo alcance que tuvieron los milagros realizados por Jesús. Deben ser un signo claro de la presencia de esa edad, era nueva, los judíos esperaban desde el tiempo en que comenzó a desarrollarse la apocalíptica para cuando tuviese lugar la última intervención de Dios en la historia. Esa edad futura se halla ya presente.



Este milagro de curación significa, al mismo tiempo, el cumplimiento de la palabra de Jesús, que había encargado a sus discípulos que curasen a los enfermos y anunciasen el evangelio. (Lc 9, 2). Los mismos milagros eran nuncio del evangelio. Así nos consta por el mismo libro e los Hechos (8, 6). Esto es precisamente lo que había ocurrido en la vida de Jesús. Pero, sobre todo, el milagro a ocasión de anunciar explícitamente el evangelio mediante la explicación del cómo, por qué y por quién había sido realizado. Este aspecto resulta evidente si se comparan tres narraciones de curación de paralíticos: una realizada por Jesús (Lc 5, l7ss), otra por Pablo (14, Sss) y ésta a cargo de Pedro. En cada una de ellas al hecho se añade la predicación. Y en cada una surge el correspondiente e inevitable conflicto.



La curación del paralítico simboliza el poder vivificador de Jesús, el paso de la desesperanza a la vida plena. Así lo da a entender Pedro cuando manda levantarse al enfermo en nombre de Jesús de Nazaret. El «nombre» es sinónimo de la persona y de su autoridad. Por consiguiente, cuando Pedro pronuncia estas palabras, está diciendo que los apóstoles hablan y actúan en el poder de Jesús, que el enfermo debe dirigirse también a él y poner en él su confianza. Se presupone que el enfermo había oído hablar de Jesús y de sus actos de curación. Ahora intenta demostrar Pedro que el Jesús de entonces, Jesús de Nazaret, sigue vivo, tiene el mismo poder y que ha sido constituido Mesías y Señor (2, 36). La importancia de este «nombre» la pondrá Pedro de relieve en el discurso que, con motivo del milagro realizado, tiene en el templo. +

 

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