Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

Espero que os sirva de ayuda y comenteis si os parece bien...


Gracias


Maria Beatriz.



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En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

11 de octubre de 2014

LECTURAS DEL DÍA 11-10-2014

SÁBADO DE LA XXVII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, Feria o SANTA SOLEDAD TORRES ACOSTA, virgen, Memoria libre. 11 de Octubre del 2014 . 3º semana del Salterio. (Ciclo A) TIEMPO ORDINARIO. AÑO DE LA FE..SS. Mº Soledad Torres vg, Felipe el Diácono NT, Fermín ob. Beatos Juan XXIII pp, María de Jesús. Ntra Sra. de Begoña. Santoral Latinoamericano. SS. Soledad Torres Acosta.


LITURGIA DE LA PALABRA 

Ga 3,22-29: Todos ustedes son hijos de Dios 
Sal 104: El Señor se acuerda de su alianza eternamente. 
Lc 11,27-28: ¡Dichoso el vientre que te llevó! Mejor, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios. 

La alabanza hacia la madre se dirige al hijo. La felicidad y el honor de una mujer están en los hijos que ha engendrado y criado. La gloria del hijo se extiende también a su madre. Sí; ¡bienaventurada!; a la madre de Jesús hay que llamarla bienaventurada. Pero esta alabanza pronunciada por la mujer podría también interpretarse mal. La sola maternidad corporal no es la razón de la bienaventuranza. Más bien hay que llamar bienaventurado “al que escucha la Palabra de Dios y la guarda”. Oír, guardar y seguir la Palabra de Jesús, la Palabra anunciada por Él, eso es lo que preserva de recaer bajo el dominio del demonio. María escuchó, creyó y guardó la Palabra de Dios. Hay que felicitarla porque es madre de Jesús, vencedor de los demonios y portador de salvación, pero todavía más porque escuchó la Palabra de Dios y la guardó. La primera bienaventuranza esta dirigida a ensalzar al pequeño grupo familiar, un pequeño resto que se salvaría por la acción del Profeta. Jesús cambia esta perspectiva con otra bienaventuranza que fija un alcance universal a la salvación de Dios. La salvación ya no es de un grupo, de un clan o de una raza precisa. La salvación es patrimonio de todos aquéllos que realizan y hacen presente el reino de Dios con su actitud constante de escuchar la Palabra de Dios.

PRIMERA LECTURA 

Gálatas 3, 22-29 
Todos sois hijos de Dios por la fe. 

Hermanos: La Escritura presenta al mundo entero prisionero del pecado, para que lo prometido se dé por la fe en Jesucristo a todo el que cree. 

Antes de que llegara la fe estábamos prisioneros, custodiados por la ley, esperando que la fe se revelase. 

Así, la ley fue nuestro pedagogo hasta que llegara Cristo y Dios nos justificara por la fe. Una vez que la fe ha llegado, ya no estamos sometidos al pedagogo, porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. 

Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús. Y, si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos de la promesa. 

Palabra de Dios 

Salmo responsorial: 104 
R/.El Señor se acuerda de su alianza eternamente. 

Cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas; gloriaos de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor. R. 

Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro. Recordad las maravillas que hizo, sus prodigios, las sentencias de su boca. R. 

¡Estirpe de Abrahán, su siervo; hijos de Jacob, su elegido! El Señor es nuestro Dios, él gobierna toda la tierra. R. 

SANTO EVANGELIO 
Lucas 11, 27-28 
¡Dichoso el vientre que te llevó! Mejor: ¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios! 

En aquel tiempo, mientras hablaba a las turbas, una mujer de entre el gentío levantó la voz diciendo: "¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!" Pero él repuso: "Mejor: ¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!" 

Palabra del Señor



Reflexión de la Primera lectura: Gálatas 3,22-29. Todos sois hijos de Dios por la feEn su argumentación en favor de la economía del amor gratuito de Dios, al que se accede mediante la fe, Pablo intenta aclarar ulteriormente la función de la Ley.

Esta sirve, en el plan de Dios, para sumergir al hombre la plena conciencia de la imposibilidad en que se encuentra para practicarla por si solo, de ahí el carácter inevitable del pecado (v. 23). En la Carta a los Romanos (7,7-25) prosigue Pablo esta tesis de una manera toda vía más detallada.

La Ley —nos dice aquí— ha realizado la función del «pedagogo (vv. 24ss), a saber, la de aquel que, en la sociedad grecorromana se encargaba de la custodia de los niños. Era alguien duro y severo, que desarrollaba su tarea a golpes de vara y reprimendas, sin el menor atisbo de amor. Si comprendemos bien esta imagen del pedagogo, estaremos en condiciones de comprender la fuerza liberadora de la fe. Pablo la exalta con un «pero» que separa la vieja y la nueva economía: «Pero al llegar la fe, ya no necesitamos pedagogo. Efectivamente todos vosotros sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús» (vv. 25-26). Y la belleza de este tiempo nuevo, mediante la irrupción de Dios en Cristo Jesús, que nos ha liberado en virtud del amor, está expresada con dos conceptos vigorosos. El primero tiene que Ver con el salto cualitativo de nuestro «ser» en el momento del bautismo, que es, de hecho, el poder participar en la vida de Cristo. Más aún, Pablo hace todavía más vívida esta afirmación mediante una metáfora: «Todos los que habéis sido bautizados en Cristo de Cristo habéis sido revestidos» (v. 27). No se trata, a buen seguro, de un revestimiento exterior, sino de la unión profunda con él, de la que habla Pablo asimismo en Rom 6,5.

El segundo concepto tiene que ver con la novedad absoluta del ser en Cristo, que suprime —como consecuencia inmediata— toda discriminación: Ser «uno en Cristo Jesús» (v. 28) significa no sólo que los creyentes forman una sola persona en Cristo (es el concepto de la Iglesia como cuerpo místico), sino que, al formar uno solo con Cristo, la unidad no se realiza en la exterioridad de la Ley, sino en el mismo Cristo, en la fe en él, que, si es auténtica, cambia la vida. Se trata de percibirse, en efecto, como verdaderos descendientes de Abrahán, herederos de las bendiciones prometidas revistiéndonos, a continuación, del compromiso de los sentimientos de misericordia, bondad, humildad, etc. (cf Col 3,12).

Reflexión del Salmo 104. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.En los versículos iniciales tenemos los rasgos típicos de un himno de alabanza. No obstante, no cabe duda alguna de que nos encontramos ante un salmo histórico. Como el salmo 76 y el 106, esta cuenta parte de la historia del pueblo de Dios, desde su formación hasta la conquista de la Tierra Prometida.

El salmo consta de introducción (1-7) y cuerpo (8-45). La introducción presenta las características de un himno de alabanza. Podemos contabilizar un total de diez invitaciones en imperativo dirigidas al pueblo: «dad gracias», «invocad», «anunciad>’ (1), «cantad», «recitad» (2), «gloriaos» y «alégrese» (3), «buscad» —dos veces— (4) y «recordad» (5). Los instrumentos musicales (2) acompañan esta manifestación de alabanza. Se mencionan siete acciones del Señor: «hazañas» (1), «maravillas» (2), «fuerza» (4), «maravillas», «prodigios», «sentencias» (5) y «gobierno» (7). «El Señor», designando a Dios, aparece cinco veces (la.3b.4a.7a). Además se habla de su «nombre» (la), de su «nombre santo» (3a), de su «rostro» (4b) y de su «boca» (5b). Todo esto (acciones, nombre propio y partes del cuerpo) irán cobrando sentido a medida que se vaya desarrollando el salmo. El pueblo de Dios, al que se dirigen estas diez invitaciones, es llamado «descendencia de Abrahán, hijos de Jacob», a los que se califica respectivamente como «siervo» y «elegido» del Señor (6). Al margen de todo esto, la introducción especifica quién es este Dios y qué es lo que hace (7): es el aliado de Israel («nuestro Dios») y Señor de toda la tierra.

El cuerpo del salmo (8-42) explica y desarrolla lo que se ha dicho en la introducción. Es una especie de profesión de fe de Israel. Este bloque puede dividirse en cinco partes que se corresponden con distintos momentos o fases de la historia del pueblo: la época de los patriarcas (8-15), los tiempos de José (16- 22), la esclavitud en Egipto (23-36), éxodo y desierto (37-43) y entrega de la tierra (44-45).

La época de los patriarcas (8-15) se caracteriza por la alianza que conlleva la promesa de la tierra. La palabra «alianza» aparece tres veces (8.9.10), y se afirma que fue establecida con Abrahán, Isaac (9) y Jacob (también llamado Israel, y. 10). La alianza garantiza la conquista de la tierra. En este período, el pueblo era poco numeroso y aún se podía contar (12). Todavía no se había cumplido la promesa que el Señor le hiciera a Abrahán de que se convertiría en un pueblo tan numeroso como la arena de la playa (compárense los versículos 12 y 24).

Estamos en los días de las andanzas de los patriarcas: Abrahán —y después Isaac— bajó a Egipto; Jacob emigré a
casa de su tío... Días de andanzas y de peligros. El Génesis, a partir del capítulo 12, se ocupa de estas cuestiones. Este salmo asegura que el Señor no permitió nunca que nadie oprimiera a los patriarcas, castigando a reyes para protegerlos (14). Resulta interesante señalar que a los patriarcas se les llama «ungidos» y «profetas» (15).

A continuación, tenemos la época de José (16-22) cuya historia se narra a partir de Gén 37. El Faraón nombré a José «señor de su casa» y «administrador de todos sus bienes» (21). De modo y manera que, por su causa, todo el pueblo de Dios emigró a Egipto.

El tiempo de la estancia en Egipto (23-36) se caracteriza por la esclavitud de un pueblo numeroso. Surgen las figuras de Moisés y Aarón (26), que realizan «signos», lo que tradicionalmente conocemos como «las plagas de Egipto». En el libro del éxodo, las plagas son diez. En este salmo sólo aparecen siete y se ven como pruebas que demuestran que el Señor defiende a su aliado y mantiene las promesas; son las siguientes: las tinieblas (28), el agua convertida en sangre (29), las ranas (30), los mosquitos (31), el granizo (32-33), las langostas (34-35) y la muerte de los primogénitos (36).

Del tiempo de la salida de Egipto y de la marcha por el desierto (37-43) se recogen los recuerdos más hermosos: el pueblo salió rico (37), de día lo protegía la nube y, de noche, el fuego (39), comieron las codornices y el maná, y bebieron el agua que brotó de la roca (40-41), es decir, dispusieron de comida y de bebida a capricho. No se menciona nada negativo, pues este salmo tiene una orientación positiva y rezuma optimismo. Se recuerda la promesa hecha a Abrahán (42) y la alegría con que el pueblo salió de Egipto (43).

El último período (44-45) se ocupa del cumplimiento de la promesa hecha a los patriarcas, a saber, que tomarían posesión de la tierra: «Les dio las tierras de las naciones y se adueñaron del trabajo de los pueblos» (44). No obstante, hay un estrecho compromiso que se expresa en las cláusulas de la alianza (45 a).

Para el pueblo de Dios, contar la historia significa beber en la fuente de la experiencia vital de los antepasados. El que bebe de esa agua es más feliz y ve cómo se incrementa su vida. Sin embargo, podemos preguntarnos: ¿Acaso esto ha sido siempre así? Parece que no. Este salmo habría surgido para reavivar la memoria histórica de las hazañas del Señor y de los compromisos del pueblo de la alianza. Expresiones como «entre los pueblos» (ib) y «él gobierna toda la tierra» (7b) permiten suponer que este salmo surgió en una época en que el pueblo de Dios ya había perdido la tierra (época del exilio en Babilonia o posterior). Así pues, podemos entender que el cuerpo del salmo comience con la promesa de la tierra (11) y termine mostrando su toma de posesión (44), en una época en la que la tierra está en manos de pueblos extranjeros Este salino, por tanto, pretendería sacudir las conciencias, para que el pueblo se preguntara: ¿Por qué hemos perdido la tierra? La respuesta parece tener que ver con el cumplimiento (o, más bien, incumplimiento) de lo que se dice al final del salmo: «Para que guardaran sus decretos y cumplieran sus leyes» (45 a). Este salmo, por tanto, oculta un terrible conflicto: la pérdida de la tierra, de la libertad y de la vida...

El pueblo había perdido la tierra. ¿Quién tiene la culpa? El salmo 105, al contrario que el salmo 106, con su visión pesimista, se muestra e4raordinariamente optimista. ¿Por qué? Porque focaliza las acciones de Dios. El siempre se ha mantenido fiel a la alianza y a las promesas hechas a los patriarcas. Si el pueblo ha perdido la tierra, la culpa es sólo suya, y no de Dios. El ha obrado siempre correctamente, todo lo ha hecho bien. Basta mirar sus siete acciones en la introducción, Conviene, por otro lado, examinar el cuerpo del salmo e ir anotando las innumerables acciones que el Señor hizo en favor de su pueblo. El se ha mostrado, siempre y constantemente, como el aliado fiel. Si el pueblo presta atención a las invitaciones que se le dirigen en la introducción, descubrirá el rostro del Dios de la alianza y volverá a poseer la tierra, porque Dios es fiel.

Jesús es presentado como fiel reflejo del Padre (Jn 1,17-18). El pertenece a la historia del pueblo de Dios y también es su culminación (Mt 1,1-17; Lc 3,23-38). Lucas, en su Evangelio, lo presenta como aquel que inaugura una sociedad y una historia nuevas. Mateo, por su parte, quiso presentarlo como un nuevo Moisés, como aquel que da lugar a un nuevo éxodo de vida y de libertad para todos (Mt 2, l3ss).

Conviene rezar este salmo en compañía de otras personas, pues la historia de un pueblo siempre se hace en comunidad con otros; este salmo es para cuando queremos «orar» nuestra historia en clave positiva, reconociendo la fidelidad de Dios, a pesar de nuestra flaqueza. Este salmo nos anima a rezar en sintonía con los que luchan por la tierra. Después de rezarlo, podemos continuar nuestra oración trayendo a ella la historia de cada uno, de las comunidades, del pueblo...

Reflexión primera del Santo Evangelio: Lucas 11,27ss. ¡Dichoso el vientre que te llevó! Mejor: ¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios!
Tras el austero discurso sobre la realidad del demonio, Lucas inserta esta breve, aunque intensa, perícopa sobre la bienaventuranza. Según la mujer que eleva la voz entre la multitud, es una «dicha» o «bienaventuranza ser madre de un hijo como Jesús, dotado de la fuerza de una palabra que sorprende y te introduce en el misterio de las realidades espirituales. En cambio, según Jesús, la «dicha» o «bienaventuranza» (es decir, la alegría profunda del corazón) consiste en la disponibilidad para la escucha de la Palabra de Dios y ponerla en práctica.

La adversativa adverbial «más bien» parece contradecir lo que dice la mujer: es casi como querer relegar a la sombra a María, su madre. Ahora bien, si “ahondamos” en esta perícopa con la ayuda de otros pasajes de la Palabra de Dios, nos percataremos de lo contrario. Justamente la Madre de Jesús es proclamada «bienaventurada», en Lc 1,42-45, por haber creído y obedecido a la Palabra (cf 1,38). Ella misma, en el Magníficat, predijo que todas las generaciones la proclamarían bienaventurada (cf 1,48) por su rendición plena a la Palabra que compromete su fe y su vida.

Por otro lado, ya había aprovechado Jesús otra ocasión en que habían venido su madre y sus hermanos a buscarlo para proclamar con vigor que su madre y sus hermanos son «los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 8,1 9-2 1). En consecuencia, ésta es la identidad profunda de María que se nos propone también a nosotros. El ser dichoso o bienaventurado es el secreto de este escuchar y practicar la Palabra de Jesús, que es el Verbo, la Palabra sustancial del Dios vivo.

Ser «dichoso» o «bienaventurado», es decir, vivir apaciguado y contento en el corazón, es posible; nos lo dicen estos textos. Pero no en la línea del papel que tenemos ni en orden a cosas que nos prefijamos realizar a fin de liberarnos de deberes coercitivos o para alcanzar ciertas prioridades.

Ser dichoso es dejar que nuestros días, aunque discurran al son de los compromisos y actividades más dispares, estén unificados por la escucha de la Palabra de Dios. Pero, cuidado, se trata de una escucha que tienda a convertirse en vida, en evangelio vivido a lo largo de los días. En efecto, Lucas nos recuerda en otro lugar que sólo la escucha transformada en vida cotidiana según Cristo da a la persona del creyente una firmeza como la de la casa construida sobre roca. En cambio, el que escucha y no pone en práctica lo que escucha es como el que construye la casa sobre arena y los vientos de las dificultades, junto con la tempestad de las tentaciones, la hunden (cf Lc 6,46-48). Lo que nos consuela es el hecho de nuestro bautismo: una realidad que actúa en nuestra existencia, una vida nueva, la vida misma de Cristo, que poco a poco va penetrando en nosotros y nos reviste interiormente, permitiéndonos «mudar de ropa» por dentro.

La prioridad de esta escucha nos impulsa. ¡Es importante! La ropa del hombre viejo que somos nos lleva (precisamente por una vieja costumbre) al egocentrismo, esto es, a preocuparnos más del parecer que del ser, más de lo que piensa la gente de nosotros que de la actitud de benevolencia, de comprensión, de paciencia, de humilde gratuidad en que se expresa nuestro ser y ser-amor y don para los otros. Verdaderamente, la novedad de un mundo cristiano —no sólo de nombre, sino de hecho— pasa a través de este primado de la escucha que haga de nosotros personas poderosamente revigorizadas en el hombre interior por estar “revestidos de Cristo”: de su mentalidad, de su estilo de amor (cf Gal 3,25).

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Lucas 11,27ss Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios. 
Desde el punto de vista histórico se puede suponer que la raíz original de nuestro texto se encuentra en la oposición que Marcos establece entre la familia de Jesús y aquéllos que cumplen sus mandatos (cfr Mc 3, 20-21. 31-35). Lucas que ha matizado y moderado esa oposición en 8, 19-21, quiere formular ahora el verdadero con tenido de la bienaventuranza de María.

Nuestro texto replantea el tema desde un punto de vista la verdaderamente “mariano”. No importa la familia sino la madre de Jesús. Sobre ella puede hablarse de estas dos maneras: a) La mujer del pueblo alaba sobre un plano de simple biología (11, 27): María viene a convertirse en un vientre fecundo y unos pechos generosos. Esa palabra se mantiene sobre el campo del antiguo testamento, donde la mujer es ante todo la que engendra hijos al marido. b) La respuesta de Jesús supone que la verdadera bienaventuranza del hombre y la mujer se realiza en una altura personal allí donde se escucha la palabra de Dios y si vive en su misterio de gracia y de exigencia (11, 28). Si Jesús no lo hubiera aclarado, se habría puesto en contradicción con el espíritu de su mensaje del sermón de la llanura (cfr 6, 20-22). Pues bien, en este plano se realiza la bienaventuranza de María.

Antes de fijarnos en la figura concreta de la madre de Jesús queremos indicar que estas palabras sitúan la dignidad de la mujer por encima de todas las limitaciones esclavitudes de las antiguas o modernas culturas de tierra. La mujer no se reduce a biología. Su signo es más que un vientre y unos pechos (oriente antiguo), más que un sexo (occidente moderno). La mujer es, ante todo, una persona y, por lo tanto, su bienaventuranza es semejante a la del hombre: vivir el don de gracia de Dios y traducirlo en una forma de conducta.

A través del evangelio Lucas ha mostrado que María la madre de Jesús, es un modelo de fe para los hombres. Ella, como mujer y como símbolo de todos los humanos, ha recibido el gran regalo de la presencia transformante de Dios sobre la tierra (1, 28). Esa presencia se concreta como «Espíritu creador» y se traduce en el nacimiento del Mesías (1, 3 1-33. 35). A través de la palabra de María que se ofrece y colabora (1, 38), se realiza el misterio primordial de nuestra historia: Dios hecho humano.

Externamente todo ha seguido igual. Pero en ese campo inmensamente delicado, inmensamente abierto de la fe de una muchacha que acepta la palabra de Dios, ha comenzado a realizarse la nueva vida de los hombres. La plenitud de Dios se ha expresado en una escena de confianza en que se muestra el don de Dios y la respuesta creyente de María. Ella ha comenzado a ser el signo de una nueva forma de existencia. Como decían los antiguos: ha concebido con la fe antes de hacerlo con el vientre. Su bienaventuranza no se limita al seno y a los pechos, sino que abarca toda su persona.

María ha creído (1, 38) y por eso recibe la auténtica alabanza. Es bienaventurada por su fe (1, 39-45) y su vida se convierte en fundamento de júbilo y bendición para todos aquéllos que han creído como ella. Jesús la des concierta (2, 41-52) y el camino de la cruz está cuajado de espada y de dolor para la madre (2, 33-35). Pero Lucas sabe que María se ha mantenido en la fidelidad hasta el final: en lo más hondo de su vida ha confiado en la palabra de Jesús y ha venido a ser principio y fundamento de la Iglesia. En todos estos rasgos, la madre de Jesús es modelo de mujer abierta ante el misterio de la vida y modelo de creyente que responde de manera confiada y generosa a la palabra que Dios le ha dirigido.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Lucas 11,27ssDichoso el vientre que te llevo 
Cuando los hijos tienen éxitos, las madres están orgullosas porque tina parte del mérito es también suya, y los buenos hijos lo reconocen, conscientes de lo que han recibido de la familia. Pero nosotros reflexionamos siempre en el contexto padres-hijos, mientras que la perspectiva del Antiguo Testamento es mucho más profunda. Todos se reconocen hijos de Abrahán, se sienten en sintonía con los antepasados y responsables de los que vendrán después. Los pecados y los méritos son comunes.

Hoy ya no entendemos el pecado original: ¿Por qué debo sufrir yo por uno que ha venido mucho antes que yo? Para la mentalidad veteratestamentaria era lo contrario: el pecado no es un asunto personal: si peca uno solo, peca todo el pueblo.

Pero lo que vale para el mal, vale también para el bien, También las buenas obras tienen consecuencias históricas y cósmicas. Si vivimos en el bien, podemos atribuirnos todo lo bueno y bello que se ve en el mundo. Toda alma buena, escribe Orígenes, es madre bendita de Cristo que viene al mundo.

Dios ha creado el mundo con su palabra: dijo y fue (Gn 1). Todo lo que vemos en el cosmos es palabra divina concretizada, verbo hecho carne. Un verbo pronunciado al principio del mundo, que todavía conserva su poder vivificante. Los peces del mar se multiplican, escribe san Basilio, porque en ellos está el dinamismo de la palabra divina que ha dicho: sed fecundos y multiplicaos y llenad las aguas del mar (Gn 1,22). La palabra de Dios fue dicha a todo lo que existe, y por tanto, también al hombre. Pero a él, Dios le ha hablado de modo especial. Las plantas y los animales crecen sin darse cuenta; en cambio, el hombre ha recibido un don especial: la conciencia, el conocimiento, la libertad. El puede recibir conscientemente la palabra creadora de Dios y escucharla libremente. Así llega a ser lo que es: hombre. En cualquier lugar que resuene la palabra de Dios, en la conciencia, en el Evangelio en la Iglesia, ella se revela como fuerza que conduce a la realización de nosotros mismos y de toda la humanidad.

¿Es el hombre verdaderamente libre? Creemos que sí y deseamos la libertad, aunque hay siempre alguien o algo que la intenta limitar. Los condicionamientos de la cultura y del ambiente, por ejemplo, y también la psicología: llevada a sus consecuencias más extremas, puede llegar a declarar que el hombre no es responsable de nada.

El hombre no vive sin libertad. ¿Pero como se concilia la libertad natural del hombre con la obligatoriedad de las leyes cósmicas? En tiempos de Cristo, vivía en Alejandría de Egipto el más grande de los pensadores judíos, Filón. El discutía este problema con sus colegas paganos, que defendían la inmutabilidad de las leyes naturales. Todos, hombres y dioses, deben obedecer estas leyes: es el destino, el fatum. Sin embargo, Filón ponía como ejemplos los milagros narrados en la Biblia.

La libertad humana es como un milagro. Dios nos pide que acojamos su palabra como un milagro, para servirle como amigos e hijos, y no como esclavos.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Lucas 11,27ss
PALABRA DE DIOS. ESCUCHA.

El poder de Jesús, la autoridad de su palabra, la integridad de su existencia provocan la admiración en el pueblo sencillo. Una mujer se hace portavoz de la alabanza haciéndola extensiva a la madre que lo engendró y lo crió. Jesús acepta la alabanza de la mujer, pero la rectifica. En el Reino de Dios, que él inaugura, el motivo de gloria no se ha de poner en el parentesco con Jesús.

Sólo cuentan las relaciones que se establecen con él sobre la base de la aceptación y el cumplimiento de su palabra (cf.8.19-21; Mt 12. 46-50; Lc 6. 46; 13. 26-27). De esta alabanza participa también su madre como la primera entre sus discípulos (Lc 2. 19/51).

PALABRA DE DIOS. MARÍA.

Una mujer, de modo espontáneo, alaba a la Madre de Jesús. El honor y la gloria de una madre descansan en la grandeza de su hijo, el de María tiene también su raíz en Jesús.

Jesús, una vez más, produce la sensación de una misteriosa lejanía. No rechaza el grito de la mujer, lo eleva. No es la carne ni la sangre lo que marca la proximidad a su persona. La comunión con la persona de Jesús viene del "sí" dado a la Palabra de Dios. Los que escuchan y practican la Palabra de Dios participan de la bienaventuranza de María que supo responder a la invitación divina: He aquí la esclava del Señor.

-Mientras Jesús decía estas cosas, una mujer de entre la gente le dijo gritando... Lucas es el único que relata ese episodio de este modo. Una vez más, en su evangelio, se realza a una mujer. Cuando tanta gente importante, escribas y fariseos sabios, acusan a Jesús de estar a sueldo del "Señor del estercolero"... esta humilde mujer anónima, proclamará su admiración por Jesús.

-"¡Dichosa la madre que te llevó en su seno y que de su leche te alimentó!" El texto griego es más directo y más popular: "¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que chupaste!" Es una expresión judía bastante típica para hablar de la maternidad. A las mujeres que se compadecieron de Jesús, camino del Calvario, El les dijo: "dichosos los vientres que no han parido y los pechos que no han amamantado", porque vendrán desgracias terribles sobre vuestros hijos. Jesús pensaba en la ruina de Jerusalén que veía venir- (Lucas 23, 29) Aquí, por el contrario, esa mujer elogia a la madre de Jesús, y, a través de ella a su hijo. Esa mujer de pueblo no se ha dejado impresionar por las críticas que ha oído; está subyugada por la grandeza de Jesús, y, muy sencillamente, ¡envidia a su madre! Sí, ¡ciertamente! Y no lo olvidemos en el día de HOY. Una de las satisfacciones, uno de los honores profundos, que puede experimentar una mujer son los hijos de ella nacidos y por ella educados. No convendría que las otras "fecundidades" espirituales, profesionales, sociales que son también muy reales, nos hicieran olvidar aquella.

-Entonces repuso Jesús: "Más dichosos son aún los que oyen la palabra de Dios y la cumplen". Jesús había ya dicho esto, al hablar de su madre, en el mismo evangelio (Lucas 8, 21), pero en otra circunstancia. También nosotros repetimos las ideas que llevamos más adentro en el corazón.

En contraste -"Mas dichosos aún"...- con la maternidad carnal de su madre, que es grande y realmente gloriosa, Jesús exalta la grandeza de la fe. Notemos una vez más que Jesús no opone "contemplación" y "acción"; la verdadera bienaventuranza comporta los dos aspectos, inseparables el uno del otro:

- contemplar, escuchar, orar...

- actuar, poner en práctica la Palabra, comprometerse...

Y es evidente que Lucas, no ve aquí una crítica a María, él, que la ha presentado, precisamente con las mismas palabras como "dichosa por haber creído" (Lucas 1, 45) y "guardando en su corazón" los acontecimientos concernientes a Jesús (Lucas 2, 19)

-"Dichosos los que..." Esta fórmula de bendición se encuentra cincuenta veces en el conjunto del Nuevo Testamento... veinticinco veces de los labios mismos de Jesús en el evangelio. Dios aporta la dicha. Dios desea la felicidad. ¡No una cualquiera! Dichosos los pobres, los mansos, los afligidos, los puros, los que construyen la paz, los perseguidos por la justicia... Dichoso, ese servidor que su amo, a su regreso, encontrará vigilante... Dichosos los que escuchan la palabra de Dios... Dichosa la que ha creído -María- el cumplimiento de las palabras que le fueron dichas... Dichoso aquel para el cual Jesús no es ocasión de escándalo. Dichosos los ojos que ven lo que vosotros véis... Dichoso tú, si aquel a quien has prestado dinero no puede devolvértelo...

Dichoso aquel que cenará en el Reino de Dios... Dichosos vosotros cuyos nombres están inscritos en el cielo... Dichosos sois vosotros si sabéis ser servidores los unos de los otros, hasta lavaros los pies... Dichosos los que creerán sin haber visto...

Ayer oía Jesús unos improperios por parte de sus enemigos. Hoy, un piropo amable por parte de una buena mujer.

Jesús aprovecha esta alabanza para dedicar, a su vez, una bienaventuranza a "los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen". Con lo cual, ciertamente, no está desautorizando a su madre: al contrario, está diciendo que su mayor mérito fue que creyó en la Palabra que Dios le había dirigido a través del ángel. El evangelista Lucas, que es el que más habla de María, la está poniendo aquí, en cierto modo, como el modelo de los creyentes, ya que ella tomó como consigna de su vida aquel feliz propósito: "hágase en mí según tu Palabra".

b) Podemos aprender de María la gran lección que nos repite Jesús: que sepamos escuchar la Palabra y la cumplamos. Es lo que alaba hoy en sus discípulos, lo que había dicho que era el distintivo de sus seguidores (Lc 8,21) y lo que valoró en María, en contraposición a Marta, demasiado ajetreada en la cocina.

El mismo Lucas presenta a la madre de Jesús como "feliz porque ha creído", según la alabanza de su prima Isabel, y la que "conservaba estas cosas en su corazón": la que escucha y asimila y cumple la Palabra de Dios.

La verdadera sabiduría -y por tanto, la verdadera bienaventuranza- la tendremos si, como María, la primera discípula de Jesús, sabemos escuchar a Dios con fe y obediencia. Ahora que la Iglesia, en la reforma postconciliar, ha redescubierto el valor de la Palabra de Dios, podremos decir que somos buenos seguidores de Jesús -y devotos de la Virgen- si mejoramos en nuestra actitud interna y externa de escucha y de cumplimiento de esa Palabra. Entonces es cuando se podrá decir que construimos nuestra casa sobre roca firme, y no sobre arena movediza.

Elevación Espiritual para este día 

Fe, oración y contemplación atestiguan que reconocemos lo presencia del Espíritu en todo, por todas partes y siempre fe y oración manifiestan el secreto convencimiento de que todo tiene su origen en el amor eterno del Padre, que todo se mantiene en el ser por la soberanía de Cristo Señor —por quien todo fue hecho (Jn 1,3) y en el que todo subsiste (Col 1,1 6)-y que en lo más íntimo de sí mismo todo es movido por el impulso del Espíritu.

La vida de coda hombre, y en especial la vida del cristiano, es oración y contemplación por la fe en la santa Presencia. Esta fe es la respiración del hombre interior. Su alma vive y respiro en el Espíritu, del mismo modo que su cuerpo vive y respira en la atmósfera que le rodea. En cada una de sus acciones, físicas o mentales, inspira y espiro —por así decirlo— el Espíritu que lo lleno todo, dentro y fuera; lo recibe de continuo y siempre lo da. En efecto, la vida del hombre es continua acogida del don de Dios y, asimismo, ofrendo constante de esta entrega a Dios y a los hombres.

Reflexión Espiritual para el día 
Dichoso el que camina contigo.

Dichoso el que dice: hoy es fiesta.

Dichoso el que espera el día y entona alabanzas.

Es alegre el ánimo del justo:

Entre los frutos del Espíritu es la alegría el primero.

Digamos «si» a la Palabra,

Escuchemos el santo himno:

Que toda la mente se abra a la alegría.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y el Magisterio de la Santa Iglesia: El "pedagogo" era el esclavo encargado de la educación de los hijos de las familias pudientes. 
Eso es exactamente lo que fue la Ley para los judíos bajo la antigua Alianza. La existencia de una ley permite al hombre situarse con respecto a ella, saber si la ha cumplido o si, por el contrario, la ha infringido. Pero, una vez que el judío había tomado conciencia de su pecado y, por tanto, de su culpabilidad, la Ley no podía ya darle nada, porque por sí misma no era fuente de salvación. Encerraba al hombre, por tanto, en su maldición; por eso su régimen tenía que ser necesariamente transitorio.

La Epístola que meditamos responde a los ataques de los judaizantes que se habían introducido en Galacia y querían imponer prácticas antiguas a los nuevos convertidos. Pablo, ante ese «fixismo» desarrolla una visión «evolutiva» de la historia de la salvación. Efectivamente es verdad que Dios llamó primero a Abraham... es también verdad que Dios dio la Ley a Moisés... Pero ahora ha venido Cristo, elemento decisivo de la Historia prevista por Dios.

La Ley, por ese mismo hecho pasa a ser caduca: su vigencia era transitoria, su papel era solamente pedagógico y éste desaparece con la presencia de Cristo.

-Hermanos, antes de que llegara la fe, estábamos encerrados bajo la «vigilancia» y el «dominio» de la ley, en espera de la fe que debía manifestarse. De manera que la ley ha sido nuestro «pedagogo» hasta Cristo, para ser justificados en virtud de la fe.

Para los judíos la Ley era comparable a esos «pedagogos» antiguos, a la vez útiles y molestos, que cuidaban de la educación de los niños. Pablo, en su infancia debió de conocer también la tutela algo ruda del esclavo encargado de «vigilar a los pequeños y reprimir sus tonterías». Pero el hombre maduro no necesita de esta tutela, ¡es libre!

-Pero, una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el «celador» o pedagogo, en griego. Porque, en Jesucristo sois todos hijos de Dios, por la fe.

¡El acontecimiento decisivo de la Historia!

Hay una novedad radical que interviene en la historia de la humanidad: desde ahora ¡hay un «Hombre-Dios», un hombre, «Hijo de Dios», Cristo! Y éste es el don supremo y definitivo que Dios pueda ofrecer a la humanidad.

Porque cada hombre, HOY, a partir del día de Jesucristo puede también llegar a ser "hijo de Dios, por la fe" por su fidelidad al Padre, Jesucristo abre a todo hombre un camino de libertad.

¿Soy de veras un «hijo» para Dios? ¿Cómo es mi fidelidad al Padre en las huellas de Jesucristo?

-En efecto, todos los bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo.

Fórmula de una excepcional densidad.

Hay que meditar detenidamente esa frase.

Pablo dirá más tarde a los Romanos que el bautismo nos hace participar de la muerte y resurrección de Cristo.

Aquí nos dice que el bautismo nos une a Cristo, y nos hace revestir de Él. La comparación del «vestido» es una imagen simbólica muy hermosa: el bautizado está como transformado, recibe una nueva manera de ser, tiene una nueva apariencia, «representa» a Cristo, es su «visibilidad»... ¡Viendo a un bautizado, debería verse a Cristo! Fe y Bautismo: íntimamente ligados en el pensamiento de san Pablo. «Hijos de Dios, por la fe... Unidos a Cristo, revestidos de Cristo por el bautismo...» El bautismo signo de la fe, incorpora al hombre a Cristo y le ofrece un estado de filiación divina, a semejanza de aquel que es hijo por naturaleza.

-Ya no hay ni «judío» ni «gentil» ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ¡porque todos no sois más que uno en Cristo Jesús!

Efectivamente ¡cuán mezquina resulta a ese nivel la estrechez de los judaizantes! Y ¡qué visión más universal la de Pablo!

¡Qué fermento para una acción humana a escala mundial!

Ayúdanos, Señor a adoptarla de veras.

La ley ha sido pedagogo para los creyentes hasta la venida de Cristo. Este es el contenido de la primera parte de nuestro texto (3,22-29). La ley es descrita como un esclavo de confianza que vigila y guía a los hijos de los hombres libres, ésta era la función de los pedagogos («tutores de niños»). El pequeño, aunque hijo y heredero del amo, vive durante su infancia bajo el control del esclavo pedagogo. Pablo polemiza con la concepción judía que considera la ley como la barrera contra el pecado. Según él, lo único que hace es evidenciar el pecado y su poder. La ley no es portadora de la vida. El esclavo únicamente puede dejar de serlo pasando al uso pleno de sus derechos de hijo del amo. Pero eso solamente puede darse por la fe en la acción salvadora de Dios, que lo transforma todo en Jesucristo. En él, la salvación es ofrecida a todos los hombres porque ya no se trata de merecimientos, sino del amor de Dios.

La nueva situación de libertad y de filiación constituye el contenido de la segunda parte de nuestro texto (4,1-7). Pablo continúa su esfuerzo por aclarar la fuerza de la acción de Dios en Jesucristo, que libera al hombre de un poder extraño que lo aliena: «lo elemental del mundo». El amor de Dios había determinado con anterioridad el momento de la liberación, de la «plenitud de los tiempos», expresión que hay que entender desde la perspectiva de las expectativas judeo-apocalípticas. Dios es el Señor del tiempo, tiene en su poder la sucesión de los acontecimientos y de todos los eones (= períodos de duración indefinida). En Jesús, el eón futuro está misteriosamente realizado en el presente. El les ha puesto su medida y los conduce a su fin. «El ha puesto el eón sobre la balanza. Ha medido las horas con la vara y ha numerado el número de los tiempos. No los molesta ni los excita hasta que la medida anunciada se cumpla» (4 Esd 4,36ss). Esta plenitud del tiempo significa la venida de Cristo. Sin que quiera eso decir que Pablo entienda la plenitud de los tiempos como la evolución de la humanidad y de su historia que, en filosofía, en cultura y en religión, así como en el cuadro político de un Imperio Romano unitario, constituyeran una especie de preparación para la venida de Cristo. No se trata de una evolución de la historia universal, sino de una acción soberana de Dios. El resultado de la historia no es, en la visión paulina, una preparación natural del evangelio.

La aparición de Cristo en la historia humana no es una simple irrupción vertical que toque la periferia del devenir humano de una manera puramente tangencial, sino que Cristo nace de mujer, sujeto a la ley (4,4). Asume plenamente la naturaleza humana y su historia. La acción salvadora de Dios no se resuelve en una experiencia simplemente espiritual, sino que es historia: «El año quince del reinado de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea...» (Lc 3,1). El «Hijo de Dios» es un nacido de mujer, un hombre cualquiera, un hombre integral.

Lucas, como si nos quisiera indicar la fuente de su narración sobre la noche de Belén, la concluye con este testimonio: «María, por su parte, conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior» (Lc 2,19). Es un modo admirable de hacer suyo el acontecimiento de Jesús, de quien ella era madre. Esta primera cristiana, que progresaba constantemente en la fe (Lumen gentium, n. 61-65), busca traducir en términos de pensamiento y de amor lo que en ella y mediante ella había llegado a ser, en términos de hecho, la historia concreta. +

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