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Gracias


Maria Beatriz.



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En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

5 de octubre de 2014

Homilía: Domingo de la semana 27 de tiempo ordinario; ciclo A


(Is 5,1-7) "Espero justicia, y ahí tenéis: lamentos"
(Fil 4,6-9) "Y el Dios de la paz estará con vosotros"
(Mt 21,33-43) "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora piedra angular"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía en la beatificación de Marcelo Callo, Pierina Morosini y Antonia Mesina
--- La viña del Señor y los viñadores
--- Lucha por la santidad
--- Llamada universal a la santidad
--- La viña del Señor y los viñadores
“La viña del Señor es la casa de Israel” (Is 5,7).
¡Nosotros somos la viña del Señor! ¡Somos su pueblo, convocado a la mesa de la Palabra y del Pan de Vida! ¡Su pueblo, reunido en la unidad y variedad de los dones del Espíritu!
La viña: Ésta es la palabra central de la liturgia de hoy, la imagen que une el fragmento de Isaías, el Salmo responsorial y el Evangelio de Mateo.
Hoy resuena una vez más en nuestros oídos el canto de la viña, cántico de amor y parábola de juicio. Isaías canta el amor de Dios, dueño y agricultor, a “su plantel preferido”: “¿Qué más cabía hacer por mi viña, que yo no lo haya hecho?” (Is 5,4). Pero es el mismo Profeta quien manifiesta la desilusión de Dios ante los agrazones, ante la violencia física y moral que habita en la casa de Israel (cfr. Is 5,7 y 3,14). Y por eso, éste es el juicio; Dios está dispuesto a dejar abandonado este terreno que ha cultivado: sin su protección volverá a ser un terreno inhóspito.
Pero precisamente entonces se levanta un grito de turbación y al mismo tiempo de confianza: “¿Por qué has derribado su cerca, para que la saqueen los viandantes?” (Sal 79,13). El Salmista es quien pide con insistencia la atención de Dios, invoca su presencia: “Vuélvete, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa” (Sal 79,15-16). En este grito y en este aumento de invocaciones, se encuentra en el Evangelio el pasaje de Isaías.
En la parábola de Mateo, la viña ya es sólo el fondo del drama. Se ponen en primer plano los que la cultivan. El centro de atención se coloca en una nueva justicia: ya no es el rechazo del trabajo, sino el rechazo de entregar los frutos al Señor de la viña.
La relación de alianza es despreciada por los viñadores, quienes, en el “tiempo de la vendimia” (Mt 21,34), no reconocen a otro patrón más que a sí mismos.
Hay más. Los viñadores van más lejos, hasta el punto de apalear a los enviados del Dueño, a sus siervos fieles, los Profetas. Y cuando él manda a su Hijo, como palabra definitiva para mediar y convencerles, ellos “lo agarraron y lo empujaron fuera de la viña y lo mataron” (Mt 21,39). Al Hijo, a quien se le debía tener todo el respeto (cfr. Mt 21,37), se le trata como a los blasfemos en Israel.
A partir de este momento la parábola se convierte en anuncio de los acontecimientos pascuales. Comienza el drama del Hijo de Dios, de la Alianza en su sangre (cfr. Mt 26,28). Jesús dice de Sí mismo: “La piedra que desecharon los arquitectos”, precisamente esa piedra “es ahora la piedra angular” (Mt 21,24).
--- Lucha por la santidad
“La viña del Señor es la casa de Israel...”.
Por medio del misterio pascual aparece claro que el Dios de la Alianza construye su casa, en la historia del hombre, en Cristo: la piedra desechada se convierte, en el Calvario, en la piedra angular de la construcción divina en la historia del mundo. Desde ese momento la cruz se convierte en el comienzo de la resurrección en virtud del Espíritu Santo.
En la Eucaristía que celebramos, la hora del Hijo de Dios se hace hora de la Iglesia, de un Pueblo nuevo que tiene en Cristo su piedra angular.
La viña del Señor está hoy de fiesta. “Yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto” (Jn 15,16). La santidad es la vocación principal de todo el Pueblo de Dios.
En la santidad de todo bautizado se revela la potencia de la piedra sobre la que se apoya la construcción divina. El misterio pascual -anunciado en el Evangelio de hoy- obra incesantemente con la fuerza del Espíritu de Santidad, engendra siempre nuevos Santos.
--- Llamada universal a la santidad
“Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo  cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta” (Fil 4:8).
Con San Pablo nos recuerdan el deber de asumir todo lo que hay de positivo en cualquier cultura, en cualquier situación histórica, en cualquier persona. Y con San Pablo añaden: “y cuanto habéis aprendido y recibido y oído y visto en mí, ponedlo por obra y el Dios de la paz estará con vosotros” (Fil 4:9).
DP-151 1987
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Tomando la imagen de la viña con la que en el AT los profetas comparaban al pueblo de Dios, la Iglesia, Jesús nos dice que este mundo es como una viña entregada por Dios a unos labradores en un país lejano para que la cultiven y recoger el fruto a su tiempo. Como el dueño está lejos, los viñadores acaban por considerarse propietarios. Todos los que son enviados por Dios para pedir cuentas son maltratados e incluso asesinados. Por fin, es enviado el Hijo al que matan con la ilusión de ser los únicos dueños.
Éste es también nuestro pecado, muchas veces. Creemos que la vida es nuestra y que podemos diseñar nuestro futuro sin injerencias, apartando de nuestra vista las indicaciones divinas. Hay quienes ven a Dios, que es nuestro Padre, Sabiduría y Bondad infinita, que no quiere sino el bien de sus hijos, no como el garante de nuestro bienestar sino como el que lo impide o lo torna difícil al tener que estar sujeto a sus mandamientos. Se olvida así aquella lúcida afirmación de S. Agustín que, al hablar de la Ley de Dios, decía que Él “escribió en las Tablas de la Ley lo que los hombres no leían en sus corazones” (In Salm 57, 1).
No deberíamos olvidar la facilidad que tenemos los humanos para divinizar lo que no es Dios: el poder, el dinero, el éxito, el sexo... Dios, con sus indicaciones, quiere librar al hombre del peligro de esa adoración desviada que es la idolatría. Estar en las manos de Dios, comprender que somos suyos, es un consuelo porque “si es cierto que la vida del hombre está en las manos de Dios −recuerda Juan Pablo II−, no lo es menos que sus manos son cariñosas como las de una madre que acoge, alimenta y cuida a su niño: “mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre” (Ps 131/130, 2) (Ev. Vitae, 39).
Pero todos llevamos dentro un dictador orgulloso que antepone con frecuencia su criterio y su voluntad a las instancias divinas. ¡A mí nadie me tiene que decir lo que debo o no hacer! ¡En mi vida mando yo! Y junto a él, un ser regalón y holgazán siempre atento a eliminar todo lo que supone esfuerzo. Depongamos esa tendencia a apartar de nuestra vista lo que Dios y la Iglesia nos piden “Aprendamos a servir: no hay mejor servicio que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás. Cuando sentimos el orgullo que barbota dentro de nosotros, la soberbia que nos hace pensar que somos superhombres, es el momento de decir que no, de decir que nuestro único triunfo ha de ser el de la humildad” (S. Josemaría Escrivá).
¡Dar fruto! ¡Hacer rendir los talentos recibidos! Esto pide el Señor. “Servir al Señor con alegría” (S. 92), especialmente en el hogar y en todos esos lugares que frecuentamos. ¡Cuántas ocasiones en la vida del hogar para servir al Señor, que nos hacen agradable a sus ojos y contribuyen a ese bienestar íntimo tan necesario para hacer más llevadero el peso de los días! Ese olvidarnos de nosotros mismos y esforzarnos por hacer grata la convivencia con pequeños servicios: adelantándonos a responder al teléfono, a abrir la puerta, cambiar una bombilla, limpiar un cenicero... El procurar que nadie se sienta solo. El conocer los gustos de los demás para, con naturalidad, hablar de temas de su agrado. El ceder con elegancia y hasta con sentido del humor cuando surja un roce sin excesiva importancia, pero que el egoísmo y la falta de inteligencia convierten en una montaña... Todo esto y tantas cosas más es posible cuando no sofocamos lo que de más cálido y mejor hay en nosotros y, sobre todo, cuando no vivimos en una atmósfera dominada por el egoísmo.
No somos los propietarios de nuestra vida sino sus cultivadores. Si la vivimos como Jesucristo quiere, “la paz de Dios que sobrepasa todo juicio −nos dice S. Pablo en la 2ª Lectura de hoy− custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”.
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
«El Reino comienza con la Muerte y Resurrección de Cristo»
I. LA PALABRA DE DIOS
 Is 5,1-7: «La viña del Señor de los Ejércitos es la casa de Israel»
 Sal 79,9 y 12.13s.15s.19s.: «La viña del Señor es la casa de Israel»
 Flp 4,6-9: «El Dios de la paz estará con vosotros»
 Mt 21,33-43: «Arrendará la viña a otros labradores»
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
El pueblo elegido es la viña predilecta del Señor: «¿Qué más cabía hacer por mi viña...?» (1ª Lect.).
El Evangelio anuncia la tercera parábola del Reino (cf los dos Domingos anteriores), que resume la historia salvífica: las predilecciones de Dios; los enviados, los profetas, para recoger los frutos de la viña, asesinados por los viñadores; el Hijo, Enviado por excelencia, a quien «mataron»; la desolación de Jerusalén...
Y el lado luminoso de la misma historia: el desenlace salvador, «la piedra que desecharon... es ahora la piedra angular...ha sido un milagro patente». Consecuentemente el Reino pasa «a un pueblo que produzca sus frutos», a la Iglesia, el pueblo del último tiempo de trabajo, del «atardecer» (cf Dom. XXV).
III. SITUACIÓN HUMANA
La Historia de la Salvación, con las predilecciones de Dios y las ingratitudes y aun crueldades de los hombres, no sólo es historia bíblica sino historia de la humanidad y de cada hombre.
Acosados por el desmesurado aprecio de la pertenencia y propiedad de las cosas, puede resultar difícil entender que no somos propietarios del Reino de Dios, sino llamados a trabajar en lo que es propio de Dios (la «viña») y a dar fruto.
IV. LA FE DE LA IGLESIA
La fe
– "«Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy...» ... La Iglesia en el magisterio de su fe y en el testimonio de sus santos no ha olvidado jamás que «los pecadores mismos fueron los autores y como los instrumentos de todas las penas que soportó el divino Redentor»..." (597-598; cf 595-601).
– Pero el drama de la humanidad alcanza un desenlace inesperado: "... él realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección. «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). A esta unión con Cristo están llamados todos los hombres (cf LG 3)» (542). «... El Señor mismo se comparó a la piedra que desecharon los constructores, pero que se convirtió en la piedra angular... Los apóstoles construyen la Iglesia sobre ese fundamento...» (756).
La respuesta
– La respuesta a la fe, cuyo centro se acaba de recordar es «la vida en Cristo», «andar como Él anduvo» (1 Jn 2,6).
– "El Símbolo de la fe profesa la grandeza de los dones de Dios... Lo que confiesa la fe los sacramentos lo comunican... Los cristianos... son llamados a llevar en adelante una «vida digna del Evangelio de Cristo» (Flp 1,27)" (1692; cf 1691-1696).
El testimonio cristiano
– «Debemos continuar y cumplir en nosotros los estados y Misterios de Jesús, y pedirle con frecuencia que los realice y lleve a plenitud en nosotros y en toda su Iglesia... (S. Juan Eudes, regn.)» (521).
Todos formamos parte del grupo de viñadores que mataron al Hijo. Pero el desenlace de la Cruz fue la Resurrección, con la nueva llamada al Reino, que comienza en la Iglesia, a todos los hombres. Los que acogen la llamada caminan como Él anduvo, reviviendo su vida, sus Misterios, por los sacramentos de la Iglesia.

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