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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

8 de septiembre de 2014

Virgen de Regla, España, Virgen de Covadonga, y otras ( 8 de septiembre)

Virgen de Regla, España


Vivía en este reino por el año 1330, un canónigo agustino de la comunidad de esta misma advocación mariana. 

Una noche, mientras oraba tuvo una visión: se le apareció una señora de rostro negro y con un niño en los brazos en la misma forma en que siglos antes había sido reverenciada, que le dijo:«Levántate y ve hacia el mediodía, hasta llegar al mar gaditano. Hace siglos que en sus playas se halla escondida una imagen mía tal cual ahora ves y quiero que sea restablecida en su capilla. Cuando llegues allá te será mostrado el sitio por una luz celestial.»
A 67 kilómetros de Cádiz está situada la villa marinera de Chipiona. En tiempos antiguos su puerto era muy visitado por barcos que venían de América cargados de oro y mercancías. Posee un magnífico santuario de estilo gótico donde se venera la Patrona del lugar, Nuestra Señora de Regla, cuya festividad se celebra el día 8 de septiembre.
Es un antiguo edificio reconstruido por los Duques de Montpensier y está situado sobre la ciudadela cedida por Ponce de León, dueño y señor de la población y del término, señor de los castillos de Chipiona y Rota y Duque de Arcos.
Se alza en el centro de la pequeña ensenada que forma el mar en esta parte de la costa, al sur de la punta de Chipiona, sobre uno de los bajos y arenosos promontorios que a lo largo del seno gaditano se descubren, conocido ya en tiempos de los fenicios y romanos, y paralelo con el faro que al NO se levanta airoso e imponente. Fundados en el hecho de descubrirse con frecuencia bajo las arenas de este promontorio restos de construcción fenicia y romana, se supone que en él estuvo asentado un templo dedicado a Venus.
Allí se venera a la Virgen de Regla. Una versión dice que la llamaron de Regla por ser éste el nombre de la imagen venerada en la catedral de León, de donde ellos procedían. Otra versión afirma que la Virgen inspiró a San Agustín su famosa regla, que ha servido para tantas órdenes religiosas y regido por muchos siglos casi todos los cabildos de las catedrales. Una tercera asegura que el significado de Virgen de Regla es, sencillamente, Virgen del lugar denominado Regla; algo así como si hoy dijésemos Virgen de Chipiona. Según esta última versión, no son válidos los argumentos de que Regla alude a la Regla monástica de San Agustín, o a que antiguamente tuviera la Virgen una regla en sus manos, como la representas conocidos cuadros renacentistas.
La imagen de la Virgen de Regla se encuentra en la villa de Chipiona, en la provincia de Cádiz, comunidad autónoma de Andalucía, en España.Se trata de una escultura de unos 62 cm de alto, realizada en madera en estilo gótico, que sigue la iconografía mariana de las Vírgenes Negras.
LA HISTORIA
La imagen tiene un origen muy antiguo,según todos los autores que han escrito acerca de ella. En lo que no coinciden es en la procedencia de la misma. Algunos la remontan a tiempos apostólicos, imaginándola obra de San Lucas y perteneciente a San Pablo, quien la entregó a su discípulo San Timoteo, de cuyas manos, con el transcurso de los años, vino a poder de San Agustín.
Otros creen que éste mandó construir la imagen en su pueblo natal, Tagaste, para colocarla en su oratorio privado de Hipona cuando el anciano obispo Valerio le asoció al gobierno de la iglesia de esta población. A la muerte de Valerio le sucedió Agustín, proclamado por el clero y el pueblo. Habiendo nacido en el año 354, San Agustín murió en la citada Hipona en el año 430.
Otros autores no encuentran fundamento a la teoría del origen agustiniano de esta imagen. Estudios iconográficos modernos señalan que la imagen data del siglo XIII, adelantándola algunos hasta el 1200, mientras para otros se aproxima más bien al 1300. Parece que en este año, o quizá antes, comenzó a venerarse en Chipiona.
En cuanto al origen de los milagros, aparece el primero en el Puerto de Santa María en el año 1338. El segundo se narra dos años después. Las mismas investigaciones iconográficas admiten la posibilidad de que la imagen fuese tallada fuera de la región. Sin embargo, la versión que está más difundida es la de que la imagen fue construida por encargo de San Agustín.
San Agustín, ante el sitio puesto por los vándalos a Hipona, pedía a Dios por su rebaño en aquellas circunstancias dolorosas. Ante la imagen que había mandado construir, oraba pidiendo fuerzas en la lucha que sostuvo contra los donatistas y maniqueos. Al tercer mes del sitio cayó enfermo de muerte, hecho que acaeció en el año 430. Su discípulo el diácono Cipriano, por indicación que le había hecho el santo durante su enfermedad, tomó la imagen y en una pequeña barquilla se hizo a la mar en compañía de otros monjes, huyendo de la vandálica persecución. Esto ocurría en el año 433.
El viento y los mares empujaron la embarcación hacia las costas de Chipiona, quedando embarrancada frente al promontorio donde hoy se halla el santuario y donde entonces habitaban unos pobres ermitaños que observaban las reglas de San Agustín. La imagen fue colocada en la pobre y humilde iglesia de sus ermitas, bajo los títulos de Virgen del Sagrario, Virgen Líbica o Bella Africana. También fue denominada Estrella de los Mares, pues había asistido y guiado en su navegación a los que la traían, salvándoles, primero, de la persecución vandálica y, después, del furor de las olas, ya que vinieron desde Africa sin más piloto y guía que la imagen que iba a bordo.
Doscientos sesenta y ocho años permanecieron los ermitaños dando culto a la Virgen, pero, al iniciarse el siglo VIII, llegaron a ellos rumores de una invasión que se avecinaba. Corría el año 711. Tarit-ben Zeyat penetró, por orden de Muza, en las costas andaluzas con un formidable ejército, sedientos de sangre cristiana.
Los ermitaños se vieron obligados a abandonar las ermitas y ocultaron la imagen en el seno de la tierra para librarla de la profanación sacrílega a que se veía expuesta por la invasión sarracena, que, pasando el Estrecho, se extendía por España sembrando la desolación y la muerte. El prior, llamado Simeón, propuso a los demás religiosos el medio de salvarla. Al pie de una de tantas higueras como por allí había, encontraron una cisterna que acondicionaron en forma de bóveda subterránea.
En su interior erigieron un pequeño altar y, sobre él, encerrada en una caja de incorruptible cedro, fue colocada la imagen juntamente con un cáliz, patena, vinajeras y ornamentos necesarios para la misa. Al lado de la caja suspendieron una pobre lámpara encendida, que era la misma que en la iglesia ardía ante la Virgen. Cubrieron luego la entrada del subterráneo con una gran roca, dejando así el recinto oculto a los infieles. Todo ello queda a unos treinta pasos del santuario de hoy. Posteriormente, es de suponer que los ermitaños se dispersarían, las ermitas quedarían destruidas por la piqueta del invasor, o por ambas cosas, perdiéndose poco a poco el recuerdo de la imagen y su paradero.
LA REAPARICIÓN DE LA IMAGEN
Por la Reconquista, España fue recobrando los antiguos reinos y ciudades. Uno de los primeros fue el de León. Hacia el siglo XIII, Fernando III recuperó casi toda Andalucía, apoderándose de Sevilla y de las poblaciones situadas sobre la margen del Guadalquivir entre ellas, Chipiona. León, al recobrar su libertad cristiana, consagró su catedral a Santa María de Regla.
Vivía en este reino por el año 1330, un canónigo agustino de la comunidad de esta misma advocación mariana. Una noche, mientras oraba tuvo una visión: se le apareció una señora de rostro negro y con un niño en los brazos en la misma forma en que siglos antes había sido reverenciada, que le dijo: «Levántate y ve hacia el mediodía, hasta llegar al mar gaditano. Hace siglos que en sus playas se halla escondida una imagen mía tal cual ahora ves y quiero que sea restablecida en su capilla. Cuando llegues allá te será mostrado el sitio por una luz celestial.»
El canónigo, con el permiso de sus superiores, se puso en camino y, después de largo y penoso viaje, llegó a orillas del Guadalete, próximo al Puerto de Santa María, y de allí, torciendo a la derecha, caminó playa adelante, hasta que, cansado y fatigado, y sintiendo el presentimiento de que se aproximaba al deseado lugar, llegó a un paraje en que abundaban los álamos, olmos, sauces, higueras y otros frondosos árboles.
Parecióle el sitio apropiado para descansar, dejando para el día siguiente la continuación del viaje. Recostóse al pie de una corpulenta higuera y, cuando estaba profundamente dormido, oyó una voz que decía:«Este es el sitio donde me hallo.» Despertó agitado y dirigió a uno y otro lado la vista, temeroso de ser víctima de una ilusión. Pero, salvo el rumor del oleaje, no oyó nada ni vio a nadie. Por segunda vez oyó las mismas palabras. No quedándole duda de que aquél era el término de su viaje, se postró en tierra, pidiendo a la Virgen le mostrase con más claridad el sitio donde se hallaba. Absorto estaba en su oración cuando vio descender de lo alto un globo de fuego que, fijándose en la higuera bajo la que había dormido, la iluminaba sin quemarla.
Convencido el canónigo de que bajo la higuera estaba la imagen, llamó a unos labradores y pescadores que por aquellos contornos residían en pobres chozas y, refiriéndoles la celestial visión, les pidió cavaran la tierra para buscarla. Bastante incrédulos a la revelación de aquel extraño, se convencieron al fin, movidos por la fuerza de la misteriosa luz que veían sobre la higuera. Trajeron varios instrumentos y con ellos rompieron parte de la higuera, y cavando la tierra descubrieron la gruesa piedra de blanco mármol con varias inscripciones, puestas por los ermitaños hacía más de seis siglos. Quitada la piedra, quedó descubierta la estancia y hallaron la lámpara encendida, el pequeño altar y, sobre el mismo, una caja de madera. El canónigo, puesto de rodillas ante la incorruptible caja, vio que repentinamente se abrió por sí sola, hallando dentro de ella los sagrados ornamentos, el cáliz y la patena, unas vinajeras de plomo, la cruz y, por último, la imagen de la Virgen con el niño en brazos, comprobando que era idéntica a la que se le había manifestado en León. Comprendió el canónigo que era voluntad de la Virgen que en el lugar de su aparición se le edificara un templo, para ser venerada por los fieles y derramar sobre ellos sus gracias y favores.
Del hallazgo dio cuenta en seguida al señor del lugar, don Pedro Ponce de León, cuarto de este nombre y segundo señor de Marchena, quien se apresuró a ir al mismo sitio de la aparición para ver con sus propios ojos tan raro suceso. Postrado don Pedro a los pies de la imagen, comprendió en su oración que la Virgen debía ser colocada en aquel lugar.
A unos 30 pasos al sur del lugar de la aparición existía un castillo que le pertenecía y que habían levantado los musulmanes durante su dominación, sobre las ruinas de las antiguas ermitas. Juzgó don Pedro que este castillo no debía ser suyo por más tiempo y, en su consecuencia, hizo en el acto verbal donación al canónigo, quedando así convertido en monasterio de canónigos reglares y templo de la Virgen lo que hasta entonces había sido fortaleza.
De este castillo quedaron basta 1895 las ruinas de un bastión que avanzaba hacia el mar y una parte de la muralla que iba a unirse con la de la huerta. El 10 de marzo de aquel año quedó derribada por un fuerte temporal la muralla de contención del edificio. Al ser levantada de nuevo modificóse bastante la forma antigua del promontorio de Regla.
El año de la aparición, que fue el de 1330, quedó el canónigo encargado de la custodia y culto a la Virgen, uniéndosele otros canónigos reglares de León y viviendo juntos en el Monasterio.
EL SANTUARIO
La leyenda y los documentos dan pié para señalar origen de la devoción a la Virgen de Regla al año 1330. La tradición refiere un asalto de naves musulmanas al Santuario en 1340, quizás próximo a la campaña del Salado. El primer documento escrito es de 1365. Y de 22 de abril de 1399 data lo que podemos llamar acta fundacional del monasterio. Por espacio de sesenta y nueve años permanecieron los canónigos en el Monasterio, hasta que en 1399. El entonces Duque de Arcos don Pedro Ponce de León, para que la imagen no quedase sin culto entregó al Monasterio el 22 de abril de dicho año a la Orden de San Agustín.
El impulso definitivo del santuario arranca con la llegada de los franciscanos en 1882, y dada las necesidades cada vez más imperiosas para dar culto a la Patrona de Chipiona, provocan que la reducida ermita sea insuficiente para atender la masiva afluencia de peregrinos. Será a fines del siglo XIX, concretamente en 1889, cuando aquélla comience a transformarse en una amplia iglesia. El proyecto inicial de esa reconstrucción tarda en hacerse realidad ante el elevado coste de las obras. Así, hasta el 1904 no se derriba el viejo santuario y se coloca la primera piedra del nuevo, que estará finalizado, salvo el campanario, en 1906. El estilo elegido es el neogótico.
Del 1942 data la construcción del Seminario y del 1947 la renovación del Humilladero, que nos recuerda la legendaria aparición de la Virgen de Regla.
Aspecto exterior de la iglesia
Ya hemos comentado que sustituye a la medieval y que sus obras se realizaron entre 1904 y 1906. Las trazas se deben a Fr. José Rodríguez y al arquitecto Antonio Arévalo.
El estilo elegido para la reconstrucción fue el neogótico. Se trataba de un anacronismo por las fechas de construcción, pues este estilo hizo furor en Europa entre 1830 y 1875 y fue sustituido en muchas regiones por el Modernismo. Para la Orden franciscana debió parecerle más en concordancia con el espíritu religioso.
Esto suponía la renovación de los principios del gótico y lo que ello conllevaba: cierto carácter romántico y, sobre todo, una vuelta a la fe y espiritualidad medieval perfectamente representadas en ese estilo con su predominio de la verticalidad. Suponía también una corriente histórica surgida como alternativa al neoclasicismo, especialmente en edificios religiosos.
Como características de este neogótico aplicables al santuario de Regla destacamos éstas: intentos de fusionar la belleza formal con la lógica constructiva, un aire noble y transparente aún a costa de perder fuerza creadora, la imitación de elementos arquitectónicos y decorativos, a veces sin necesidad estructural, entusiasmo por el arco apuntado, tracerías, nervaduras, rosetones, agujas, .. etc., de raigambre góticas.
De sus fachadas sobresale la oriental, correspondiente a los pies del templo. En ella destaca, imponente su portada compuesta por tres calles verticales.
Además de estas dos calles, la componen también dos cuerpos horizontales. Todos los elementos compositivos y ornamentales recuerdan, como decimos al gótico: arcos ojivales en puertas y ventanas, gablete central en aquélla, rosetón, contrafuertes con pináculos y agujas, etc. Destaca airosa la torre campanario con campanas entre vanos apuntados y remate piramidal calado.
En las fachadas laterales sobresalen los contrafuertes y sus pináculos entre las nueve ventanas geminadas abiertas sobre las naves laterales. El ábside repite el mismo esquema arquitectónico de macizos y vanos y la austeridad ornamental del resto.
Del exterior, además de la iglesia, conviene citar en la sencilla fachada oriental del monasterio propiamente dicho la portada compuesta por dos pilastras y una cornisa enmarcando el vano de medio punto que sirve de ingreso. Sobre ésta, la inscripción de “Año 1889″ y el escudo franciscano.
Su interior
Su interior En su alzado destacan los pilares fasciculados que soportan los nervios de las bóvedas de crucería en las tres naves.El presbiterio se cubre con bóveda sexpartita mediante 4 arquillos apuntados que comunican ésta con las tribunas colocadas sobre las naves laterales aprovechando las diferentes alturas entre ambas. Todo el espacio interior de la iglesia se encuentra compartimentado en tramos, ocupando los dos traseros la entrada por los pies y el coro alto.
Todos los retablos, altares e imágenes veneradas son actuales, de escaso merito artistico y gran devoción popular. Debemos hacer, no obstante, un par de excepciones: la talla del Sto. Cristo de la Humildad y Paciencia, y por supuesto, Santa María de Regla, que preside el altar mayor del santuario.
Las vidrieras repartidas por toda la iglesia son de los años 1950 y representan imágenes marianas bajo distintas advocaciones. Destacan también dos barcos lampareros de plata ante el altar mayor y un organo de 21 registro en el coro alto.
El camarín decorado de pinturas neobarrocas al fresco, el adamascado de los muros, algunos jarrones japoneses y los cuadros alusivos a la legendaria aparición de la Virgen de Regla, debidas a Juan Laffita, pintado en 1933.
LA VELADA DE NUESTRA SEÑORA DE REGLA
Con motivo de la Festividad de la Virgen de Regla, el día 8 de Septiembre se celebra cada año, en el entorno del propio Santuario que lleva su nombre, una Velada que tradicionalmente significaba el fin de la temporada veraniega. Esta fiesta, que cuenta con gran arraigo entre los veraneantes, se convierte en un lugar apropiado para disfrutar de una copa de vino de la tierra y del mejor ambiente por sevillanas.
Algunos historiadores se remontan al 8 de Septiembre de 1608 como fecha de la primera salida de la procesión de la Virgen de Regla,aunque se tienen noticias de que en 1588 tuvo lugar una peregrinación organizada por Doña Ana Gómez de Silva y Mendoza, Duquesa de Medina Sidonia, para pedir por el éxito de su marido, que se encontraba luchando al frente de la Armada Invencible contra los ingleses.
Otra fecha importante es la del 2 de Agosto de 1948, cuando con motivo de la inauguración del Humilladero se lanza la idea de la Coronación de la Virgen.
Las Fiestas de Nuestra Señora de Regla tienen lugar en el Parque Público Blas Infante. El Miércoles 6 se abre con un Pasacalles de Gigantes y Cabezudos, al que seguirán actuaciones de cuadros de baile, canción española y rumbas. El Jueves habrá sitio para el humor y para más sevillanas y rumbas. El Viernes 8, a media tarde, es el momento en que se produce la Procesión de la Virgen de Regla. En la medianoche se lanzará un Castillo de Fuegos Artificiales desde la Playa de Regla. El Sábado y el Domingo también hay sitio para la canción española.


Virgen de Covadonga, España

La Virgen de Covadonga, conocida popularmente como la Santina, es una imagen de la Virgen María que se encuentra en una cueva en Covadonga, concejo de Cangas de Onís, Principado de Asturias. Es la Patrona de Asturias. Data del s. VIII.

La famosa victoria de Covadonga marcó la iniciación de aquella grandiosa epopeya que se conoce como la Reconquista de España y que culminó con la toma de Granada, el último baluarte de los moros, por los reyes católicos Fernando e Isabel. Después de la batalla, a Pelayo se le coronó rey y a la Madre de Dios se la proclamó reina y señora, patrocinadora de las armas cristianas y patrona de aquel lugar…
A la palabra Covadonga se le ha dado varias versiones. Covadonga significa etimológicamente “Cueva de la Señora”. Procede este vocablo de la palabra latina Cova domínica, compuesta por un nombre sustantivo cova y un adjetivo domínica que lo determina.
Esta expresión ha pasado del latín, la lengua madre, al romance por diversas fases o transformaciones: covadomínica-covadominca-covadomnca-covadonca-Covadonga. No se debe confundir la Cueva de la Señora con el túnel que da acceso a ésta.
El nombre Covadonga no puede referirse a otra “señora” que a la Virgen María. En los orígenes del culto en Covadonga y según los cronistas, siempre se hace referencia a la Virgen en la Santa Cueva.Ya desde el siglo VIII hasta nuestros días puede definirse a Covadonga como el templo de la gratitud de España a la Santísima Virgen, a cuya intercesión se ha atribuido siempre la victoria de las armas cristianas contra el Islam, allí derrotó Pelayo en el año 718 a un ejército moro que pretendía erradicar el cristianismo y dio con ello el comienzo de la Reconquista.
En el altísimo muro de rocas que muere sobre la impetuosa corriente del río Deva, en el fondo de la agreste y estrecha garganta que forma el valle de Covadonga, en la región española de Oviedo, provincia de Asturias, materialmente incrustado dentro de la espaciosa cueva donde un puñado de cristianos venció a un ejército de moros en memorable batalla, se encuentra La Virgen de Covadonga, conocida popularmente como la Santina, es una imagen de la Virgen María que se encuentra en una cueva en Covadonga, concejo de Cangas de Onís, Principado de Asturias. Es la Patrona de Asturias.
 LA BATALLA CONTRA LOS MUSULMANES
Por aquellos tiempos, la cristiana España gemía avasallada por la dominación de los musulmanes, y al territorio de Asturias, gobernado por el emir Ayub, llegaron las avanzadas de un gigantesco ejército morisco con miras a imponer por la fuerza la tiránica opresión. Ante el temor de tenerse que sujetar el yugo de los infieles, los cristianos de Asturias se refugiaron en las agrestes montañas y, una vez ahí decidieron aprestarse a la defensa y nombraron caudillo a Don Pelayo, noble caballero visigodo, descendiente del rey Rodrigo.
Frente a la actitud rebelde de los cristianos, el gobernador de aquella región montañosa quiso darles un escarmiento y puso al mando del general Alkamah a cientos de miles de soldados moros, con órdenes de perseguir a los astures y exterminarlos. En cuanto Don Pelayo tuvo noticias de que se acercaba el enemigo, tomó la prudente medida de retirarse con los suyos hacia lo más recóndito de las sierras, donde distribuyó sus fuerzas sobre las alturas que dominan el estrecho valle del río Deva y él mismo, con un puñado de cristianos y la imagen de la Virgen María que le acompañaba en todas sus empresas, se refugió en la espaciosa cueva de Covadonga, sobre el mismo valle y esperó.
El general Alkamah cobró ánimos ante la retirada de los cristianos y se precipitó por la angosta cañada, seguro de obtener la victoria, dado el número de sus tropas y la escasez de las huestes contrarias. Entraron, pues, los moros como encajonados en la cañada donde Pelayo los aguardaba con serenidad, contando más con la protección del cielo que con sus fuerzas, ya que por recomendación especial suya, se había puesto la empresa de la defensa bajo la protección de la Virgen María, y continuamente se arrodillaban los cristianos ante la imagen en la cueva para implorar su poderosa mediación.
Al encontrarse las contrarias huestes se trabó una recia batalla cuya celebridad durará tanto como dure la memoria de los hombres. Las flechas que lanzaban los moros rebotaban en la roca y herían a los propios infieles, mezcladas con las que desde la gruta arrojaban los cristianos. Al mismo tiempo, los que se hallaban apostados en las laderas, hacían rodar a lo hondo del valle enormes peñascos y troncos de árboles que aplastaban a los enemigos.
No tardó en apoderarse de los musulmanes el desaliento, al tiempo que crecía el ánimo de los cristianos, alentados por la fe de que Dios y la Virgen peleaban por ellos. Así debía ser, en efecto, puesto que cuando Alkamah ordenó la retirada, se produjo una caótica confusión entre sus hombres que, atrapados en aquellas angosturas, chocaban y se estorbaban unos a otros y, en aquellos momentos se levantó una furiosa tempestad que aumentó el espanto de los que trataban de huir vencidos.
El desastre fue espantoso: el retumbar de los truenos entre montes y riscos, la lluvia que caía a torrentes, las rocas y los árboles que se desgajaban de todos lados sobre los moros que, entre alaridos de terror, corrían por todas partes, se atacaban entre sí, desesperados, y se metían al río crecido, cuya impetuosa corriente los arrastraba.
Las crónicas antiguas hacen subir al ejército de infieles que combatió en Covadonga a cifras asombrosas y asientan muy formalmente que en la batalla perecieron ciento ochenta y siete mil hombres, sin quedar uno que lo contara. Por otra parte, inmediatamente después del suceso, comenzó a cantarse un romancillo popular que exageraba más la nota y decía así:
El valeroso Pelayo
cercado está en Covadonga
por cuatrocientos mil moros
que en el zancarrón adoran.
Sólo cuarenta cristianos
tiene, y aún veinte le sobran.
Cuatrocientas mil cabezas
de los perros de Mahoma
los valerosos cristianos
siegan, hienden y destrozan,
concediendo así la Virgen
al gran Pelayo victoria.

No hay duda de que el memorable triunfo de Covadonga, aunque se explique como hemos visto, por sus causas naturales, fue un conjunto de circunstancias extraordinarias y aun hubo algo que parece exceder los límites de lo natural y lo humano. En pocas ocasiones ha podido ser para los cristianos tan manifiesta la protección del cielo y, por lo mismo, no es de extrañar que los propios actores del drama y los cronistas posteriores lo achacaran todo al milagro y a la mediación de la Virgen María, cuya imagen había llevado consigo Pelayo a la cueva.
Por otra parte, la victoria de Covadonga marcó la iniciación de aquella grandiosa epopeya que se conoce como la Reconquista de España y que culminó con la toma de Granada, el último baluarte de los moros, por los reyes católicos Fernando e Isabel. Después de la batalla, a Pelayo se le coronó rey y a la Madre de Dios se la proclamó reina y señora, patrocinadora de las armas cristianas y patrona de aquel lugar.
 LA IMAGEN DE LA SANTINA
La tradición indica que ya antes de la invasión árabe, se rendía culto a la Virgen en esta gruta, que se abre en una elevada roca. A la izquierda de este torrente se encuentra una fuente, llamada de los 7 caños, que según reza la leyenda popular, otorga matrimonio en un año a la persona que beba de todos sus caños (algunas personas afirman que se asegura el resultado si se hace sin respirar hasta haber terminado de beber de todos los caños).
La primera imagen de la Santina se perdió por culpa de un incendio que destruyó la iglesia que la albergaba dentro de la Cueva. Dicha imagen, de estilo románico, formaba parte de una estructura de madera que colgaba en el aire, rodeada por la cascada del río Deva. Justo un año después y dada la importancia religiosa y también política del santuario, la catedral de Oviedo donó la imagen de la Virgen actual.6
Esta imagen que se bautizó por su pasado histórico como la “Virgen de las Batallas”, es una talla policromada cubierta con ropaje y manto. Sin embargo fue concebida para mostrarse sin el ropaje y este manto al que hacemos referencia está pintado sobre la madera en un azul verdoso, que se adorna con flores rojas alineadas verticalmente.
La capa, que por su escueto tamaño apenas se aprecia si se mira a la talla de frente, es de color rojizo con los bordes rematados en dorado. El cinturón y los bajos del faldón tallados sobre la escultura son del mismo color rojizo.
La Virgen sujeta al Niño en su mano izquierda y sostiene una flor dorada en la derecha. En el rostro de la figura, adornado por una larga melena, se dibujan rasgos sencillos y muy poco expresivos. La cara del Niño, desnudo, resulta también inexpresiva. Ambos tienen la boca pequeña, una nariz fina y a alargada, y la mirada perdida bajo unas cejas extremadamente finas y simétricamente perfectas.
Sobre la cabeza de la Virgen está adornada con una enorme corona dorada con perlas en cada una de sus aristas y adornada con brillantes incrustados. Del arco que describe la parte superior de la corona pende un águila rodeada por un círculo también de brillantes. En ocasiones, cuando la imagen va a ser expuesta, se sustituye esta corona, así como la del Niño, por otras de menor valor.
En un pequeño santuario burgalés situado a orillas del Ebro, se halla la talla de la Virgen de Cillaperlata, cuya imagen es gemela de la primera Virgen de Covadonga, que desapareció en el incendio en 1777.
Existe una tercera imagen de la Santina, donada en el año 1957 por la Institución Teresiana y que es la que se exhibe en la peregrinación que realiza la imagen por tierras asturianas al coincidir con el año mariano. Para hacerla más resistente al frío, al agua y a las humedades, propias se realizó, a diferencia de las otras réplicas, en material plástico.
La popular imagen de la Santina -talla del siglo XVIII- preside la Santa Cueva, a la que se accede por una escalera que tiene más de cien peldaños o a través de un túnel excavado en la roca, en cuyo extremo se hallan las tumbas de Pelayo y de Alfonso I. Muchos peregrinos suben las escaleras de rodillas, en cumplimiento de alguna promesa mariana.
La imagen de la Santina es de madera policromada y su tamaño, más reducido que en otras imágenes marianas, la hacen ser conocida por este sobrenombre cariñoso. Su belleza y esta característica le son cantadas en la conocida copla que sigue:
La Virgen de Covadonga
es pequeñina y galana.
Ni que bajara del cielo
el pintor que la pintara.

Frente a la Basílica se encuentra el Museo de la Virgen, con numerosas joyas y coronas que los fieles regalaban a la Virgen, en señal de admiración, respeto y agradecimiento. Entre todas las obras destacan las coronas del Niño y de la Santina, así como sus mantos.
 EL SANTUARIO DE COVADONGA
La iglesia actual, basílica insigne, data de mediados del siglo XIX, pero desde el momento mismo de la milagrosa batalla que tuvo lugar en el año de 718, se ha mantenido intacta la acendrada veneración del pueblo español por la bendita imagen de la Madre de Dios, artífice de la victoria.
Desde entonces, Covadonga fue el centro de peregrinaciones de los devotos de la Virgen María. Ya a mediados del siglo VIII, durante el reinado de Alfonso I, se edificó una capilla en la misma cueva y, poco tiempo después, se estableció cerca un monasterio de los monjes de San Benito, que dos siglos más tarde quedó bajo el gobierno de los canónigos regulares. Durante el siglo III, los reyes Fernando III y Alfonso X concedieron grandes privilegios al santuario. En el siglo XVI, éste le hizo regios donativos y, en 1635, el rey Felipe IV amplió y reconstruyó el santuario y mandó edificar ahí viviendas y hospederías.
En 1777, la iglesia se incendió por haber caído en ella un rayo. Inmediatamente se encargaron los trabajos de reconstrucción de un enorme santuario a un famoso arquitecto. Debido a las dificultades para el transporte de material, la escasez de mano de obra y lo escabroso del terreno, pasaron cerca de cincuenta años antes de que la obra estuviese terminada. En el año de 1884 se le dio el título de colegiata a aquella iglesia. Esta se encuentra dentro de la caverna y, a la entrada, en la pared rocosa, están las tumbas de Pelayo y el rey Alfonso I.
Las peregrinaciones a Covadonga son constantes, pero las mayores se efectúan principalmente en verano, sobre todo durante los días 7 y 8 de septiembre, víspera y festividad de la Virgen, cuando la asistencia es muy numerosa.
La “Escalera de la promesa” es digna de ser contemplada con 101 peldaños que se extienden hacía el pavimento de la Santa Cueva. La escalera se ve rodeada de cálidas demostraciones de aquellos devotos que han sido favorecidos o que aún tienen el anhelo de una respuesta milagrosa.
S. S. El Papa León XIII erigió la iglesia de San Fernando en Basílica. Además el Cardenal Roncalli, Patriarca de Venecia, que se convertiría más tarde en Papa con el nombre de Juan XIII, visitó el Santuario de Covadonga en el año1954 y el Papa Juan Pablo II lo hizo en el año 1982 y 1989.
El 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de Nuestra Señora, ha sido declarado como el Día de Asturias, fiesta oficial de la comunidad asturiana. Nueve días antes comienza la novena en su santuario.Covadonga se convierte en estas fechas especialmente en uno de los santuarios españoles más visitados, al que acuden los fieles para pedir o dar gracias a la Santina. La belleza del entorno de Covadonga es inigualable y se ha convertido en uno de los lugares turísticos asturianos más conocidos y visitados.


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