Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

Espero que os sirva de ayuda y comenteis si os parece bien...


Gracias


Maria Beatriz.



SI AL CRUCIFIJO Tu quita un Crucifijo y nosotros pondremos mil

En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

28 de septiembre de 2014

LECTURAS DEL DÍA 28-09-2014


XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.  28 de Septiembre del 2014 . 2º semana del Salterio. (Ciclo A) TIEMPO ORDINARIO. AÑO DE LA FE.. SS San Wenceslao mr. Lorenzo Ruiz y co mrs, Simón de Rojas pb. Beato Francisco Castelló mr. SS. Santoral Latinoamericano. SS. Wenceslao y Lorenzo Ruiz. 

LITURGIA DE LA PALABRA

Ez 18,25-28: Si el malvado se convierte, salvará su vida 
Salmo responsorial 24: Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna. 
Flp 2,1-11: Tener los sentimientos de Cristo 
Mt 21,28-32: Parábola de los dos hermanos 


La conversión de aquellos que el sistema religioso considera pecadores debería ser una señal profética con el poder de arrastrar a todos hacia el camino del bien. Sin embargo, esto no es lo que ocurre. Cada sistema religioso organiza sus valores en escalas jerárquicas en las que cuenta más la posición que la propia conciencia. El profeta Ezequiel y el evangelio se refieren a esta terrible realidad: los que se consideran a sí mismos salvados son incapaces de cambiar su manera de pensar para abrirse a la acción de Dios. Los más ilustres representantes de la religión (sacerdotes judíos, fariseos, escribas, etc.) incurren en el pecado de la falsa conciencia religiosa, es decir en la pretensión injustificada de considerarse salvados por sus propios méritos y no por la gracia de Dios. Pablo nos presenta una aguda reflexión sobre este problema y nos llama la atención sobre aquellos elementos de discernimiento que nos permiten evaluar nuestras prácticas cotidianas a la diáfana luz del amor misericordioso y del servicio solidario. 
El profeta Ezequiel le llama la atención a su pueblo, envuelto en intrigas y completamente enajenado por las permanentes conspiraciones contra el imperio babilonio. La situación era extremadamente precaria luego de la primera deportación en el año 597 a.e.c. Los lideres del pueblo habían sido obligados a marchar a tierras extranjeras y vivían en condiciones extremadamente precarias. La situación en Jerusalén era extremadamente volátil. La falta de discernimiento, la manipulación de los sentimientos patrióticos y el oportunismo de los nuevos lideres los dejaban a la merced de una nueva y devastadora intervención de Babilonia como efectivamente ocurrió en el año 587 a.e.c. En medio de tanta tensión, caos y confusión el profeta hace un llamado a la cordura y al buen juicio. La falsa consciencia religiosa estaba inflando los planes de las autoridades del Templo y de los altos funcionarios de la corte. Se consideraban a sí mismos propietarios de la salvación y personas más allá del ‘bien y del mal’. Ezequiel los llama a la humildad y la honestidad, al servicio al pueblo y a la justicia, pues, en nombre del bien de la patria no cesaban de cometer crímenes e injusticias que contradecían el fundamento jurídico y ético de la alianza de Yahvé con su pueblo. Considerarse a si mismo justo, mientras se comenten las peores atrocidades no es sino un engaño inútil. El bien consiste en el respeto del derecho y en la práctica de la justicia. 

La parábola que hoy nos propone Jesús, denuncia igualmente la falsa conciencia religiosa. La viña es la realidad del mundo, en la que el trabajo siempre es arduo y urgente. A esa viña el Padre envía a sus dos hijos. La respuesta de los dos es ambigua. Sin embargo, sólo el compromiso del que inicialmente se había negado al trabajo nos permite descubrir quién actúo coherentemente. De este modo Jesús denuncia a aquellos dirigentes y a todo el pueblo que públicamente se compromete a servir al Señor, pero que es incapaz de obrar de acuerdo con sus palabras. Actitud que contrasta con aquellos que aunque parecen negarse al servicio, terminan dando lo mejor de sí en la transformación de la viña. 

Esta parábola plantea un dilema que pone al descubierto la praxis de sus oyentes y que, leída a la luz de los acontecimientos de la época de Jesús nos muestra cómo los que eran considerados pecadores por el aparato religioso eran, en realidad, los únicos atentos a la voz del profeta. La conversión no es un asunto de solemnes proclamas o de prolongados ejercicios piadosos, sino un llamado impostergable a la justicia y al discernimiento. Las palabras de Jesús herían la sensibilidad religiosa de sus contemporáneos que se consideraban auténticos seguidores de Yavé e inigualables hombres de fe, porque colocaba delante de ellos el testimonio de aquellas personas que eran consideradas una lacra social: las prostitutas y los publicanos. 

Prostitutas y publicanos no sólo eran profesiones terriblemente despreciadas, sino que quienes las ejercían eran considerados personas asquerosas e inadmisibles entre la gente de bien. Jesús ridiculiza todas esas valoraciones lanzadas desde los pedestales del sistema religioso y muestra, con los hechos, que ni siquiera la presencia de un profeta tan grande como Juan Bautista es capaz de transformar las conciencias anquilosadas y estériles de aquellos que se consideran salvados únicamente por el alto cargo que ejercen en el aparato religioso. 

Pablo nos muestra la misma realidad, desde el interior de la comunidad cristiana. Los creyentes, por sus mismas buenas intenciones, están más expuestos a crearse una falsa conciencia religiosa que los lleve a considerarse superiores a los demás o definitivamente salvados. El único criterio para determinar la autenticidad de las prácticas cristianas es lo que el llama ‘entrañas de misericordia’, o sea, el amor incondicional por aquellas personas excluidas y víctimas de la opresión y la miseria. Para Pablo, los cristianos no se pueden examinar únicamente a la luz de criterios piadosos, sino a la luz de la práctica de Jesús que actuó siempre en el mundo con entrañas de misericordia. 

Más allá de una interpretación limitada al contexto judío del momento de Jesús, esta palabra suya puede y debe elevarse a categoría universal y a principio teórico: el de la primacía del hacer sobre el decir, de la praxis sobre la teoría. Un hermano dijo que sí, muy dispuesto, pero sus hechos desmintieron sus palabras: su palabra verdadera, su palabra práctica, fue un no. El otro hermano pareció estar desde el princpio fuera del camino de la salvación, por sus palabras negativas e inaceptables; pero dejando aparte sus palabras, y aun sin sustituirlas por otras más adecuadas, aceptables, él de hecho fue a la viña, «hizo» la voluntad del Padre. Decir/hacer, teoría/praxis: el Evangelio está claramente decantado, sin vacilaciones, ante estas disyuntivas. 

Primera Lectura
Ezequiel 18,25-28 
Cuando el malvado se convierte de su maldad, salva su vida 
 

Así dice el Señor: "Comentáis: "No es justo el proceder del Señor." Escuchad, casa de Israel: ¿es injusto mi proceder?, ¿o no es vuestro proceder el que es injusto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá." 
 

Palabra de Dios
Salmo responsorial: 24 
R/. Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna. 
 

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando. R. 

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; no te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. R. 

El Señor es bueno y es recto,  y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes. R. 

SEGUNDA LECTURA
Filipenses 2,1-11 
Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús 

Hermanos: Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todo el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. 

[Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el "Nombre-sobre-todo-nombre"; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.] 

Palabra de Dios
 

EVANGELIO
Mateo 21,28-32 
Recapacitó y fue. 

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: "¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acerco al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña." Él le contestó: "No quiero." Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor." Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?" Contestaron: "El primero." Jesús les dijo: "Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis." 

Palabra del Señor
 

Reflexión de la primera lectura Ez 18,25-28: Si el malvado se convierte, salvará su vida 
El problema de la responsabilidad personal y colectiva recorre toda la Biblia con pinceladas y matices no siempre convergentes. En la antigüedad, la pertenencia de un hombre o una mujer; desde el nacimiento hasta la muerte, a un grupo étnico bien definido y concreto conllevaba amoldarse y someterse continuamente a las tradiciones del clan y, por lo tanto, a las directrices del jefe del grupo, del patriarca. El espacio de libertad o de opciones individuales era casi inexistente. La misma ley divina, comunicada solemnemente por Dios al responsable del grupo (patriarca o jefe), no admitía posibilidad alguna ni de arreglos ni de interpretaciones.

La conciencia personal nace despacio y gradualmente. Junto a ella crece, poco a poco, una relación diferente de la persona con el grupo, el clan o la tribu, y con las tradiciones. La ley, en el pasado, sometía al hombre y a la mujer a una observancia exterior. Al declarar las sanciones y penas previstas en las leyes, la autoridad responsable juzgaba y aplicaba las normas de manera objetiva, atendiendo puramente a lo exterior. Es decir, tan sólo se tenía en cuenta la culpa, no al culpable; el pecado, no al pecador. Los jueces se regían exclusivamente por el hecho, sin considerar la intencionalidad.

Ezequiel se convierte en e1 defensor de la responsabilidad personal. En el Deuteronomio, Dios, por boca de Moisés, había hablado de la observancia de la Ley como fuente de vida o de muerte (cf Dt 30,19ss: “Elige la vida y viviréis tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, escuchando su voz y uniéndote a él”). El texto de Ezequiel afirma: «Si el malvado se aparta de la maldad cometida y se comporta recta y honradamente, vivirá. Si recapacita y se convierte de los pecados cometidos, vivirá, no morirá» (vv. 27ss). La responsabilidad ante el bien y ante el mal es sobre todo personal. Una de las verdades que el cristianismo ha ofrecido a toda la humanidad.

Reflexión del Salmo responsorial 24: Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna. 
Es una mezcla de súplica individual con elementos y contenidos de los salmos sapienciales (ver Sal 1). Pero predomino la súplica. Una persona anciana le pide dos cosas a Dios: que le perdone las faltas y pecados de su juventud y lo libre de las manos de sus enemigos.

Este salmo ha sido retocado y ha recibido añadidos a lo largo de su existencia. El último versículo (22) es un añadido posterior. Además, se trata de un salmo alfabético (véase Sal 9). En su lengua original, cada versículo comienza con una de las letras del alfabeto hebreo. En nuestras traducciones, este detalle se ha perdido. Esto significa que el salmo 25 causó un gran impacto cuando surgió. Fue conservado en la memoria y, más tarde, reelaborado con objeto de facilitar su memorización. Esta es la finalidad del orden alfabético de sus versículos.

Tal como se encuentra en la actualidad, podemos distinguir tres partes: 1-7; 8-15; 16-22. En la primera (1-7), el salmista expresa su total confianza en el Señor, con la esperanza de no verse defraudado ni quedar sin respuesta. Habla de los enemigos traidores y de las faltas de su juventud. En la segunda (8-15) tenemos una reflexión sapiencial, esto es, una meditación acerca del sentido de la vida. La raíz de todo es el temor del Señor. No se trata de tenerle miedo, sino respeto y confianza. Quien lo teme se convierte en amigo íntimo y el Señor se le revela, sellando su alianza. El que teme al Señor está siempre atento a su voluntad y Dios lo libra de los peligros. La última parte (16-22) retoma la difícil situación en que se encuentra el fiel. Este vuelve a pedir con insistencia el perdón de los pecados y la liberación de las manos de los enemigos, cada vez más numerosos.

Como en otros salmos, también en este se compara a los enemigos con unos cazadores que tienden trampas para atrapar al justo (15).

Este salmo revela un conflicto entre dos grupos desiguales: el salmista y sus adversarios. Es probable que el salmista represente al grupo de los pobres que padecen injusticia y que calla ante las amenazas, Leyendo de corrido el salmo, descubrimos quiénes son los adversarios. El salmista los llama «enemigos» (2), «traidores» (3), dice que le tienden una trampa para capturarlo (15); se trata de enemigos que se multiplican y lo odian con un odio mortal (19), ¿En qué habría consistido la traición? No lo sabemos. Probablemente se habría tratado de la violación de las leyes, dando lugar a la injusticia. ¿Y por qué detestan al justo con un odio tan intenso? Ciertamente por su denuncia de las injusticias (véase Sal 1,16—2,20). Por eso traman su destrucción.

Al lado de este conflicto entre grupos, tenemos el drama interior del salmista. Se reconoce pecador e insiste con fuerza en esta condición. Como viene a decir el Sal 130,3, si el Señor obra con rigor y tiene en cuenta las faltas de las personas, ¿quién podré resistir? Por eso, el salmista hace examen de conciencia y trata de ajustar cuentas con Dios.

Este salmo nos ofrece un cuadro bastante completo de la situación personal y del conflicto social que tiene que afrontar este hombre. El salmista habla de las propias faltas y pecados de juventud (7a), se considera pecador (8) y, socialmente, pobre entre los pobres (9). Reconoce que ha cometido grandes pecados (11), vive solo y está afligido (16), con el corazón angustiado y en mecho de tribulaciones (17), padeciendo trabajos y penas (18); sus enemigos son cada vez más numerosos, lo odian y quieren verlo muerto (19). Por eso suplica al Señor: «muéstrame» (4), «guíame» (5), «no te acuerdes» (7), «vuélvete» (16), «guarda mi vida!», «!líbrame!» (20), etc.

Pecador, pobre, solitario, desdichado, angustiado, en la miseria, objeto de una caza a muerte. Esta es la situación que hizo que este hombre compusiera el salmo 24. Y, ¿por qué todo esto? ¿Se puede ir más allá? Tal vez. Este salmo afirma que quien reine al Señor «vivirá feliz» y «su descendencia poseerá la tierra» (1 3). ¿No estaremos ante un conflicto relacionado con la posesión de la tierra? Es muy probable. El salmista parece ser alguien que carece de tierra.

Este salmo emplea muchos términos que nos recuerdan la Alianza: “camino” (8.9), «justicia» (9), “amor y verdad”, «alianza y mandatos» (10), «alianza» (14), etc. El Dios de este salmo es, una vez más, el aliado del pobre explotado y oprimido, e1 mismo Dios que, en el pasado, liberó a los israelitas de la esclavitud en Egipto, se alió con ellos y los condujo a la tierra prometida. Por eso el salmista muestra tanto valor al pedir y tanta confianza de que va a ser escuchado, evitando quedar defraudado y confundido por un Dios neutro, sordo e indiferente.

En el Nuevo Testamento Jesús proclamó dichosos y bienaventurados a los mansos (los oprimidos) porque poseerán la tierra (Mt 5,5), perdonó los pecados (Lc 7,36-50; Jn 8,1-11) y puso sobre aviso a los ambiciosos que acumulan bienes (Lc 12,15).

Podemos rezarlo en los momentos de súplica; cuando sentimos el peso de nuestros pecados; en las situaciones de clamor por falta de tierra; cuando contemplamos la miseria de los pobres marginados; cuando la vida corre peligro y hay personas que han sido marcadas con el sello de la muerte...

Reflexión de la segunda lectura Flp 2,1-11: Tener los sentimientos de Cristo 
La exhortación de Pablo reflexiona esta frase: «Tened los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús » (v. 5).

Jesús ha planteado el tema de la responsabilidad personal. Pensemos en la parábola de los talentos: cada uno dará cuenta de lo que ha recibido. Pero también ha expuesto el tema de la responsabilidad colectiva —o mejor aún, comunitaria— de cara al bien y al mal, en concreto con los más débiles, con los pequeños. Y no sólo en polémica con los judíos, desafiándolos por sus pecados; él mismo, que no ha cometido pecado, ha tomado sobre sí todos los nuestros. Y se ha convertido en pecado por nuestra salvación.

La parábola, referida por Jesús durante su actividad en Jerusalén, antes de la pasión y de la muerte, muestra, ante la voluntad explícita e imperativa del padre y la reacción de cada uno de los dos hijos, no sólo la diferencia y la distancia entre las palabras y los hechos, sino el cambio y la transformación interior en el modo de pensar.

Reflexión primera  del Santo Evangelio de: Mt 21,28-32: Parábola de los dos hermanos

El primero de los hijos da la impresión de ser sincero, y, de forma veraz, le comunica al padre su voluntad: «No quiero». Pero después de la respuesta «se arrepintió» (v. 29), y obedeció, «y fue» (v. 29). El segundo hijo escucha formalmente las palabras del Padre y respetuosamente le dice: «Voy, señor» (v.30). Pero no tiene intención de hacer efectivas sus palabras, y desobedeció, «y no fue» (v.30). El primer hijo reconsidera la decisión de cumplir la voluntad del Padre y cambia de actitud; Jesús lo subraya: «Se arrepintió» El Maestro, con una pregunta, implica a los presentes para que se pronuncien sobre el distinto comportamiento de los dos hijos: « ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?». Los interpelados le contestaron: «El primero».

Jesús había dicho: «No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Muchos me dirán aquel día: ¡Señor, Señor! ¿No profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Pero yo les responderé: No os conozco de nada. ¡Apartaos de mí, malvados!» (Mt 7,21-23). Y Jeremías, a propósito del sentido de la circuncisión (4,4): «Circuncidaos para consagraros al Señor, quitad el prepucio de vuestro corazón, habitantes de Judá y de Jerusalén, no sea que estalle mi ira como fuego y arda sin que nadie pueda apagarla, por la maldad de vuestras acciones».

Puede parecer que el arrepentimiento y la conversión brotan de un «conocimiento» de la ley que dieta normas de comportamiento En realidad, tienen la raíz en el corazón de la persona que reconoce en el legislador no a un amo, sino a un padre. En la persona que ve en la ley la expresión de la voluntad del padre —de un padre que quiere hacer feliz al hijo (pues hasta la ley le supone al hijo esfuerzo y sacrificio).

«Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a mostraros el camino de la salvación y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y vosotros, a pesar de verlo, no os arrepentisteis ni creísteis en él» (Mt 21,31-32).

La referencia básica de la lectura es el «arrepentimiento», la conversión del corazón. «Arrepentirse para creer». Jesús ha invertido intencionadamente el orden de los verbos. No es sólo “creer para arrepentirse”. Arrepentirse para creer consiste, ante todo, en no considerarse ni justos, ni rectos, ni santos. Ni tampoco pensar que por observar tal o cual ley no somos como el resto de los hombres que no la observan.

Tener conciencia de ser pecadores nos pone en actitud de conversión. Creernos justos nos impide encauzar los pasos por el camino de la conversión. Quien nos hace justos, rectos y santos es sólo Dios (la parábola del fariseo y del publicano de Lc 18,9-14 no deja lugar a dudas ni a equívocos). Arrepentirse para creer consiste en no ser nosotros quienes determinemos qué es bueno o malo, justo o injusto, recto o torcido, santo o profano, sino el Señor.

El discurso de Ezequiel, entre Dios e Israel, arranca con un interrogante: ¿Acaso no es justo mi proceder? ¿No es más bien vuestro proceder el que es injusto? Es lícito —y necesario— preguntarse: ¿Qué sabe Israel de «rectitud»? La respuesta sólo la puede dar Dios: la iniquidad es causa de muerte; la justicia y la rectitud son causa de vida. Pasar de la iniquidad a la justicia y a la rectitud es pasar de la muerte a la vida. ¿Quién determina este paso? Dios.

Reflexión segunda del Santo Evangelio de: Mt 21,28-32:

La parábola de los obreros de la viña (20,1-16) ha puesto de relieve que el obrar humano no puede ser criterio vinculante para el obrar de Dios, determinado siempre por su libertad y su bondad. En la parábola de los dos hijos Jesús muestra de nuevo que hacer la voluntad de Dios es un deber irrenunciable.

Ambos hijos son interpelados muy cordialmente por el padre e invitados a trabajar en la viña. Su reacción es completamente diversa. El primero responde con un brusco y grosero «No quiero», pero reflexiona y va a trabajar a la viña, El segundo dice un elegante y gentil «Sí, señor», pero no va a la viña ni mueve un dedo. En el primero, las palabras no son satisfactorias, pero la acción es buena. En el otro, las palabras son buenas, pero falta la acción. Evidentemente, lo decisivo no son tanto las palabras cuanto los hechos. Sólo quien responde realmente al deseo del padre, cumple su voluntad.

Jesús cuenta esta parábola a las máximas autoridades del judaísmo, que se han acercado a él en el templo para pedirle que diera razón del origen de su autoridad (21,23). En la valoración del ejemplo aducido, Jesús y sus adversarios están de acuerdo. También ellos consideran que la voluntad del padre puede ser cumplida sólo con la acción. Pero no están de acuerdo con la aplicación que Jesús hace de esta parábola. El ve descrito en ella, por una parte, el comportamiento de las máximas autoridades judías y, por otra, el de los publicanos y pecadores respecto a la voluntad de Dios, tal como había sido anunciada por Juan Bautista. Jesús había respondido ya a la pregunta sobre su autoridad con otra pregunta sobre la autoridad del Bautista. Quería saber de ellos cómo valoraban a Juan: si veían en él a un enviado de Dios, de quien le venía su autoridad, o si lo consideraban como un simple hombre, que se presentaba sólo en su propio nombre (21,25). De ello dependía el significado y la obligatoriedad de la persona de Juan, de su anuncio y de su bautismo. Ellos evitan una toma de postura y fingen ignorarlo.

Jesús, por el contrario, dice con toda claridad lo que piensa del Bautista y cuál es su valoración sobre su comportamiento. «Juan vino a vosotros por el camino de la justicia» (21,32; cf 11,7-19). Juan vino por encargo de Dios y anunció lo que se debía hacer, el comportamiento justo, el comportamiento que responde a la voluntad de Dios. Por medio de él, el Padre manifestó su voluntad e invitó a trabajar en su viña. Pero ellos no creyeron en él; no le reconocieron como profeta autorizado por Dios y no escucharon su mensaje (cf 21,25) . Se asemejan por ello al segundo hijo, que dice bonitas palabras pero que no cumple la voluntad del padre.

La advertencia de Jesús se hace todavía más incisiva porque pone a sus interlocutores en contraposición con los publicanos y prostitutas, que han escuchado el mensaje de conversión de Juan (cf Lc 7,29-30). El hecho de ser mencionados junto a los publicanos y prostitutas es ya ofensivo para los jefes del judaísmo. Según ellos, los publicanos y pecadores están excluidos por principio del reino de Dios por su modo de vivir Jesús, sin embargo, ve en ellos al primer hijo, al que dice decididamente no, pero que después se arrepiente y hace la voluntad del padre. Jesús no aprueba el modo de vida de los publicanos y prostitutas, pero reconoce que han acogido el mensaje de conversión proclamado por Juan y juzga su acogida como cumplimiento de la voluntad de Dios, necesario para entrar en su Reino. Nadie que haya dicho no y haya vivido mal debe desesperar. No es decisiva la primera respuesta, si uno se retracta de ella, si es corregida y superada por la sucesiva actuación justa. El comportamiento justo de los que antes habían procedido de modo erróneo debería ser el mejor estímulo a la conversión para los que se consideran buenos, pero que no lo ratifican con la acción.

Para pertenecer al reino de Dios es importante conocer la voluntad de Dios y cumplirla. A través de su parábola y de la discusión con las máximas autoridades judías, Jesús nos pone en guardia contra el incumplimiento de la voluntad de Dios. Es necesario buscar atentamente esta voluntad y acogerla con prontitud. Se hace preciso reconocer a los mensajeros de Dios, que nos la transmiten. Rechazar toda toma de postura es ya una toma de postura contra la voluntad de Dios. La palabra no puede sustituir la acción efectiva. Una primera respuesta equivocada no es una decisión definitiva; puede ser rectificada por medio de la conversión y de un comportamiento que responde fielmente a la voluntad del Padre.

Reflexión tercera del Santo Evangelio de: Mt 21,28-32:

Un buen feligrés leyó que el obispo había nombrado exorcista a un anciano sacerdote de su diócesis. Se asombró: ¿Estamos todavía en el medievo? ¿También hoy se exorcizan los diablos? “¿Qué se piensa todavía?” Perece que la gente no cree ya en los espíritus malignos. Ojalá se pudiese decir también que ellos no se interesan ya por el mundo. Hace algunos años, la cuestión se debatió también en la prensa italiana. Se organizó una discusión sobre el tema: ¿Existe todavía el diablo? Un periodista sentenció que el único espíritu maligno de hoy es el sistema social equivocado. Esto es probablemente muy característico de la mentalidad materialista que ve el bien y el mal no en las personas, sino sólo en el ambiente externo y en los sistemas con los que está organizada la sociedad. Entonces, si queremos hacer una reflexión seria sobre estos problemas, primero tenemos que darnos cuenta de lo significa el término «espíritu».

En el lenguaje común, esta palabra tiene en primer lugar un significado moral: es el modo de pensar y de actuar Un político dice por ejemplo: «Debemos respetar el espíritu democrático nuestro país». Otros piensan en el espíritu del marxismo auténtico, etc. Los religiosos deben permanecer fieles al espíritu de su fundador. Así también se podrían interpretar los dichos de 1a Escritura. Los discípulos de Cristo deben conservar su espíritu decir, pensar, hablar y actuar de la misma manera.

Los apóstoles, desde el comienzo, fueron conscientes de que poseían el espíritu de Cristo en el sentido más profundo, ni real. En Pentecostés descendió sobre ellos el Espíritu Santo. Es el espíritu de Cristo, la tercera persona de la Santísima Trinidad, enviada por Jesús, según su promesa El libro de los Hechos de los Apóstoles es considerado el “evangelio del Espíritu Santo” porque recoge los testimonios sobre la actividad de la primitiva Iglesia. Sus dones tienen el nombre genérico de carismas y superan las naturales capacidades humanas. San Pablo las enumera en la primera Carta a los corintios (cf 1 Cor 12,4-11).

Cuando san Pablo menciona los carismas, signos y manifestaciones del Espíritu, se pregunta si todos pueden tenerlos y dice: « ¿Son todos apóstoles? ¿O todos profetas? ¿O todos maestros? ¿Tienen todos el poder de hacer milagros? ¿Tienen todos el don de curar? ¿Hablan todos lenguas? ¿O todos las interpretan?» (vv. 29- 30). Es una pregunta retórica a la que se puede responder negativamente. Entonces, ¿cómo se prueba que alguien tiene el Espíritu, si no tiene ninguno de estos dones particulares? Sigue uno de los textos más hermosos de la Escritura: el signo más importante del Espíritu, el don que está destinado a todos, es la caridad.

Por eso el apóstol escribe: «pero os voy a mostrar un camino, que es el mejor. Aunque hable las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que una campana que toca o unos platillos que resuenan, Aunque tenga el don de profecía y conozca todos los misterios y toda la ciencia y aunque tenga tanta fe que traslade las montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque reparta todos mis bienes entre los pobres y entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve» (12,3 1; 13, De esto se derivan serias consecuencias. El Espíritu Santo es un don común de los discípulos de Cristo, es como «el alma de la Iglesia». El que tiene amor, tiene el Espíritu Santo, por lo tanto pertenece de algún modo a la Iglesia. Hoy no tenemos miedo de decirlo, Es el fundamento del ecumenismo y de la salvación universal. Sin embargo , la Escritura señala todavía una consecuencia. Quien tiene el espíritu de Cristo exorciza a los espíritus malignos.

El mal que encontramos en el mundo, para nosotros, no es sólo una falta de un buen orden o de un sistema social. Como el bien personal, así también el mal es inseparable de la persona. No existe el mal como tal. Existen las personas humanas que hacen mal y detrás de ellos está el espíritu del mal. Algunas versiones, del padrenuestro dicen: «No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del maligno». ¿No es mejor aquella a la que no hemos habituado, «líbranos del mal»? Los intérpretes, entre los Padres, de la oración del Señor tenían en la mente no sólo el mal como hecho, sino la liberación de quien nos inspira el mal, del “maligno” es decir, del espíritu de malicia.

Creemos que en el mundo también influyen los ángeles, espíritus del bien. Si el mundo angélico estuviese dividido, del mundo surgiría, como dijo un teólogo moderno, un «hiato cósmico», una ruptura de la unión y de la armonía entre las criaturas. Sin embargo, no excluimos del mundo ni siquiera la influencia de los ángeles caídos. Estos no colaboran en la unión armoniosa del universo, sino que tratan de estorbarla. Sobre esta actividad del diablo, que es provisional —al final será expulsado— tenemos muchos testimonios en la Escritura, en la tradición y en la vida de los santos.

La Iglesia practica exorcismos en los que están bujo el influjo del maligno, que están «poseídos». Sin embargo, también nosotros tenemos cada día la experiencia ele padecer la influencia del maligno en inesperadas tentaciones, en imaginaciones perversas y deseos malignos. El hecho de que estas tentaciones tengan también causas naturales, no excluye que allí esté también la sugestión del maligno. A él, por el hecho de ser una criatura, le es inaccesible la interioridad del hombre, nuestro castillo interior donde gobierna la libre voluntad. Trata, por lo tanto, de influenciarnos por medio de tentaciones exteriores, inclinándonos al mal.

Los santos, que comprenden mejor lo que sucede en los corazones humanos, afirman que es grande la actividad del demonio en el mundo. Sin embargo, por otra parte, sería una equivocación exagerar su poder. En el corazón en el que está presente el amor, mora el Espíritu Santo. Allí, el espíritu maligno pierde la batalla, lo “exorciza” el espíritu de Cristo, por lo tanto, debe alejarse del alma, como tuvo que alejarse de Cristo después de haberlo tentado.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio de: Mt 21,28-32:

En el pasaje que comentamos, Cristo quiere convencer a todos los que se escandalizan de su predilección por los pecadores, de que éstos están más cerca de la salvación, si hacen penitencia, que aquellos otros de tan buena reputación que se creen justos (Mt 9. 10-13). Los pecadores, es cierto, se han opuesto a la voluntad de Dios, pero se han arrepentido, como el hijo pródigo, mientras que los que se consideran a sí mismos piadosos servidores de Dios se olvidan de su obligación de amar a los hombres.

Esta parábola va dirigida, por consiguiente, a los que se cierran a la Buena Nueva en nombre de la justicia. En ella se pone de manifiesto el amor de Dios a los que, siendo objeto del desprecio de todos, son capaces de hacer penitencia y de obedecer los mandatos de Dios con más ardor y entusiasmo que los orgullosos y los que se bastan a sí mismos. La parábola es, pues, una apología de la actitud de Cristo hacia los pecadores. (...).

Dios no ha decidido, en un momento determinado de la historia, rechazar a Israel y adoptar a los gentiles, ya que su plan de salvación es, en todo momento, universal. Ni siquiera los escribas y las autoridades judías son excluidas de la salvación, pero el comportamiento de éstos con respecto al Mesías les ha hecho perder la función que hasta entonces desempeñaban en el orden de la mediación. El modo de vivir su "sí" a la Ley les ha hecho decir "no" al Evangelio.

Esto mismo puede aplicarse también a los cristianos. Un "sí" pregonado a los cuatro vientos y que, en realidad, oculta alguna negativa, encierra con frecuencia a los "otros" en un "no", que ya no es lo mismo. Y los profesionales del "sí" dan la sensación a veces de estar tan aferrados a su sistema, que los que dijeron "no" no están dispuestos a cambiar de parecer. Sin embargo, el acceso al Reino sólo es posible en la medida en que los que comenzaron diciendo "no", con el tiempo llegan a descubrir que pueden decir "sí" sin necesidad de renegar del todo de sus anteriores opiniones.

Jesús se enfrenta en el evangelio con unas conductas que por religiosas son impenetrables al Evangelio, y ejemplariza otras que, aunque inmorales, sí son asequibles a la revelación del Reino: al Dios nuevo que es JC el Señor.

Jesús no está hablando de la salvación última ni de las colecciones de virtudes heroicas; Jesús habla de la entrada en su Reino aquí, y pone el ejemplo de Juan aceptado por las prostitutas y rechazado por los sacerdotes. Jesús habla de lo que le está pasando a él mismo: va a ser asesinado por los creyentes en su Padre: gentes muy religiosas, pero de muy malos sentimientos.

Nuestra situación es la misma, pero más grande en todo: el judaísmo se coló en la Iglesia, se vistió de Evangelio, pero sigue impenetrable a los sentimientos de Cristo. Pero también Xto y su Reino es más notable aquí, hay muchos hijos que dijeron "no voy" y están trabajando para el Reino; hay muchos señores que van abandonando su "rango" y consolidan muy pegados a sus cruces el Señorío de Cristo. 
    

Elevación Espiritual para el día
OH DIOS GRANDE Y GLORIOSO, SEÑOR MIO JESUCRISTO, 

Ilumina te ruego las tinieblas de mi mente, dame una fe recta, una asegurada esperanza, y un amor perfecto. Haz que te conozca ¡oh Señor! Para que en toda cosa todo lo haga conforme a tu verdadera y santa voluntad. Amén. (Ann.Min.). 

Se expresa aquí el sentir propio del penitente, que se siente sumido en tinieblas, por lo que procura anhelante 'conocer' y hacer únicamente la 'verdadera y santa voluntad de Dios'. De esta manera, su sentido de Dios no es otro que el del Dios Altísimo, como vimos arriba expresado en sus Alabanzas a Dios. Pero más específicamente aparece tal sentido de la excelsitud de Dios cual anhelo de embargamiento propio en él en esta oración contenida en la Regla: 

RESTITUYAMOS SIEMPRE TODOS LOS BIENES 

al Señor Dios altísimo y soberano; reconozcamos que todos son de él, y por todos ellos demos gracias a él, porque de él proceden todos los bienes. A él, altísimo y soberano Dios, el solo Dios verdadero, vuelvan y désele y devuelva todo honor y respeto, todo loor y bendición, toda gracia y gloria: pues de él es todo bien y él solo es bueno. Y nosotros, cuando vemos u oímos maldecir, bendigamos; hacer mal, hagamos bien; blasfemar, alabemos al Señor que merece bendición por los siglos de los siglos. Amén (1Re 17,17ss). 

Francisco expresa clara conciencia de que todo lo que hay de bueno tiene sólo su origen y sustentamiento en Dios. Que nosotros vivimos rodeados entre culpas y pecados, que en alguna medida envilecen ya nuestro ser, e intentan capturarnos del todo alguna vez también a nosotros. En sus oraciones no es pues él de ninguna manera el centro, sino el indigente, el necesitado, cuya autovaloración es nula. 

Reflexión Espiritual para este día 

Dios omnipotente y eterno, señor del universo, creador y dueño de todas las cosas, tú, por obra de Cristo, has hecho del hombre el esplendor del mundo, le has entregado la ley natural y la escrita para que viva ordinariamente como ser dotado de razón, y, cuando peca, le propones como norma tu bondad para que se arrepienta, dirige tu mirada a quienes con su vida se desvían de ti, porque tú no quieres la muerte del pecador; sino que se convierta, de modo que se aparte del camino de la perdición y viva.

Tú que has aceptado el arrepentimiento de los habitantes de Nínive, tú que quieres que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, tú que has abrazado con cariño paternal al hijo que dilapidó disolutamente los bienes y volvió arrepentido, acoge también ahora la penitencia de quienes te suplican, para que nadie peque en tu presencia: si te fijas en nuestras iniquidades, Señor; Señor, ¿quién podrá resistir? Que agradable es estar en tu presencia.

Devuélvele a la Iglesia la dignidad y la condición primera, por intercesión de Cristo, Dios y salvador nuestro, a ti la gloria y el honor con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.

Mi Dios, en mi se enfrentan dos hombres en cruenta batalla. Uno, lleno de amor, seguirle fielmente ansía.

Mas el otro, rebelde a tu deseo, contra tu ley estalla. El primero siempre vuelto al cielo me dispone, inclinado a los bienes eternos, de los terrenales despreocupado. El segundo me curva hacia la tierra con su funesto peso. Infeliz, si conmigo peleo, ¿cuándo alcanzaré la paz?

Quiero el bien, la sé, y no lo hago. Lo quiera, y he aquí la miseria, aquello que amo no la hago, y el mal que no amo sí lo hago.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y el Magisterio de la Santa Iglesia: Ezequiel


 Ezequiel (el hebreo Yehezq 'el puede interpretarse "Dios es fuerte" o "Dios fortificado"; la forma griega Hizqi'el significa "Dios es mi fuerza") es el tercero de los cuatro grandes profetas escritores del AT. Era hijo de Buzi, perteneciente a la familia sacerdotal jerosolimitana de Sadoc, lo cual explica el odio que demuestra contra los sacerdotes de los cultos paganos y paganizantes y, por otra parte, el profundo conocimiento que tiene del templo y de los ritos que en él se practicaban. Con los dirigentes de la ciudad fue llevado al destierro a Babilonia el año 598, después del asedio de Jerusalén por parte de Nabucodonosor y la rendición de la ciudad. Cinco años más tarde, es decir, el 593, comenzó la actividad profética, que ejerció durante veinticinco años; su último oráculo está fechado a comienzos del 571 (40,1); sise acepta la autenticidad del oráculo contra Egipto (29,17), la actividad profética duró veintisiete años. Es probable que, antes de su deportación, hubiera oficiado personalmente en el templo; pero no lo sabemos con seguridad, ya que ignoramos cuántos años tenía en el momento de su deportación; el historiador judío Flavio Josefo escribe que el profeta era un "muchacho" cuando fue llevado al destierro, pero el término griego "muchacho" tiene un sentido bastante amplio.

Lo cierto es que, cinco años después del comienzo de su deportación, cuando él fecha el comienzo de su misión con la llamada divina, se presenta como un hombre maduro: "El día cinco del mes —era ya el año quinto de la deportación del rey Joaquín— fue dirigida la palabra del Señor a Ezequiel, hijo de Buzi, sacerdote, en la tierra de los caldeos, junto al río Quebar..." (1,2s). Aparentemente, el texto es claro, pero en realidad no es lo suficiente para poder deducir deél la edad. No cabe duda de que desde su juventud recibió aquella impronta sacerdotal que se traslucirá luego elocuentemente en toda su persona; en efecto, estuvo impregnado del espíritu del Dt y de la "ley de santidad" [I Levítico II, 5]. Al comienzo del destierro vivió en una localidad desconocida, cerca del río Quebar, en las cercanías de Babilonia; junto a este río —a donde quizá se había dirigido para orar— fue donde tuvo lugar la vocación y la primera visión.

En el estado actual del texto bíblico, el profeta ejerció su ministerio exclusivamente entre los desterrados; pero hay algunos oráculos (especialmente los cc. 8-11) que suponen, al menos aparentemente, un ministerio inicial en Jerusalén, donde parece encontrarse corporalmente (11,13). Ezequiel habría comenzado entonces su ministerio en Jerusalén, y luego se habría quedado allí hasta casi el final del asedio y la destrucción de la ciudad, en que logró escapar y unirse a los desterrados de Babilonia, en donde recibió el anuncio de la caída de la ciudad cuando trajo la noticia uno de los fugitivos: "La ciudad ha sido conquistada" (33,21). Por el contrario, según otros autores, el profeta se habría quedado en Jerusalén hasta su calda definitiva en el año 587.

Así pues, habría ejercido un ministerio jerosolimitano y otro babilonio; la confusión entre estos dos tiempos se habría debido a un hecho redaccional. La primera visión, según los defensores de los dos tiempos de la profecía de Ezequiel, fue la del "libro enrollado" (2,1-3,9), con la que comenzaba la misión; delante de ella se colocó posteriormente la visión del "carro divino" (1,4-28), que señala el comienzo de la misión babilonia, cambiando por completo la perspectiva del libro y su ministerio. Después de la vocación profética en los alrededores de Babilonia el profeta habría vuelto a su ciudad; durante el primer período del asedio habría muerto su esposa, a la que él llama delicadamente "delicia de sus ojos" (24,16-18).

La hipótesis de los dos tiempos del ministerio de Ezequiel soluciona algunas dificultades, pero plantea otras nuevas; por ahora sigue siendo una hipótesis contra la que no hay argumentos decisivos, como tampoco lqs hay contra la teoría tradicional, que ve en Ezequiel al profeta de los desterrados, cuyo ministerio se desarrolló únicamente en el país del destierro: hipótesis, ciertamente, que sigue siendo la más probable.


II. SU MISIÓN. En la primera fase de su actividad el profeta recoge la historia de la nación bajo formas diversas, pero siempre con la misma conclusión sobre las graves infidelidades del pueblo, sobre la corrupción del clero y, finalmente, sobre el carácter inevitable de la destrucción total; son singulares los actos proféticos, oráculos mímicos con o sin comentario (p.ej., en los cc. 4; 5; 12; 21, 24-25). En relación sobre todo con estos actos proféticos, se propuso la hipótesis de un estado patológico del profeta; pero hoy esta hipótesis ha quedado reducida a unos límites mucho más modestos.

En diciembre-enero del 589-588 —en el lugar del destierro, según la hipótesis tradicional— recibió la noticia del comienzo del asedio de Jerusalén (24,1-2). Poco después se le murió la esposa, y él se quedó mudo hasta la llegada del fugitivo que trajo la noticia (en diciembre-enero del 586-585), cinco meses después de la catástrofe del 587, de la destrucción de la ciudad (24,27; 33,22). Para sus compañeros de destierro la noticia marcó el final de las esperanzas y también de la fe en el Dios de los padres; unos se pasaban al paganismo y otros acusaban a Yhwh de injusticia, diciendo que castigaba en los hijos los pecados de los padres.

Estos hechos pusieron al profeta en una nueva situación; como algunos de sus grandes predecesores, también él, después de haber predicho la ruina de la nación, anuncia ahora su seguro renacimiento. Son célebres en este período y sobre este tema, por ejemplo, la parábola de las ovejas y de los malos pastores (c. 34), la visión del campo de huesos humanos que se reagrupan adquiriendo vida y que representan la reunión de Judá y de Israel (los dos relatos anteriormente divididos, c. 37), el fragmento de historia del nuevo pueblo (cc. 38-39), la reorganización cultual (cc. 40-48). No sólo esto, sino que el profeta anuncia que desde ahora Dios no volverá ya a castigar en los hijos los pecados de los padres ni en los padres las culpas de los hijos (c. 18), y que incluso no tendrá en cuenta el pasado culpable o justo de cada fiel, sino que juzgará basándose en el comportamiento actual respecto a la voluntad divina. Así pues, todos tienen la posibilidad de resurrección y de salvación.

Dice la leyenda que el profeta fue víctima de su celo. Lo habría ordenado matar el jefe de su pueblo, al que reprochaba el culto idolátrico; habría sido traspasado por una espada o arrastrado por los pies junto al canal Quebar.+ 

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