Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

Espero que os sirva de ayuda y comenteis si os parece bien...


Gracias


Maria Beatriz.



SI AL CRUCIFIJO Tu quita un Crucifijo y nosotros pondremos mil

En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

10 de septiembre de 2014

LECTURAS DEL DÍA 10-09-2014

MIÉRCOLES DE LA XXIII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO. 10 de Septiembre del 2014. 3º semana del Salterio. (Ciclo A) TIEMPO ORDINARIO. AÑO DE LA FE..SS. Nicolás de Tolentino pb, Pedro de Mezonzo ob. Beatos Alfonso Navarrete y co mrs, Francisco Gárate rl. Santoral Latinoamericano. SS. Nicolás de Tolentino.

LITURGIA DE LA PALABRA

1Co 7,25-31: Cada uno viva según su condición
Salmo responsorial 44: Escucha, hija, mira: inclina el oído.
Lc 6,20-26: Dichosos los pobres, porque suyo es el reino 

Luego de la elección de los Doce, Jesús proclama la nueva “ley” del reino a todo el pueblo. Lucas organiza pedagógicamente esta parte en cuatro sentencias positivas en oposición a otras cuatro negativas. Los sujetos o destinatarios de las cuatro primeras son: los pobres, los hambrientos, los que lloran, los perseguidos por causa de Jesús, esto es, del reino. En oposición aparecen cuatro sujetos: los ricos, los satisfechos, los que ríen, los que son aplaudidos por todos. 

Es claro que para los primeros es el reino de Dios. Mientras los segundos se han autoexcluido porque se han dedicado a buscarse a sí mismos, a encerrarse en su propia egolatría y procurarse sus propias satisfacciones olvidándose de los demás. El reino de Dios exige apertura, salir de sí al encuentro solidario con el otro, romper las barreras del egoísmo. 

El rico es aquél que ha hecho de los bienes de cualquier género un ídolo, mientras que el pobre es quien ha logrado desprenderse de toda clase de riquezas para tener a Dios y su reino como su único bien. Examinemos nuestra conciencia e identifiquemos aquellas “riquezas, satisfacciones, autocomplacencias e idolatrías” que nos impiden abrirnos plenamente a la novedad del reino.

PRIMERA LECTURA
1Corintios 7, 25-31
¿Estás unido a una mujer? No busques la separación.¿Estas libre? No busques mujer 

Hermanos: Respecto al celibato no tengo órdenes del Señor, sino que doy mi parecer como hombre de fiar que soy, por la misericordia del Señor.

Estimo que es un bien, por la necesidad actual: quiero decir que es un bien vivir así.

¿Estás unido a una mujer? No busques la separación.

¿Estás libre? No busques mujer; aunque, si te casas, no haces mal; y, si una soltera se casa, tampoco hace mal. Pero estos tales sufrirán la tribulación de la carne. Yo respeto vuestras razones.

Digo esto, hermanos: que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina. 

Palabra de Dios

Salmo responsorial: 44
Escucha, hija, mira: inclina el oído. 

Escucha, hija, mira: inclina el oído, olvida tu pueblo y la casa paterna; prendado está el rey de tu belleza: póstrate ante él, que él es tu Señor. R.

Ya entra la princesa, bellísima, vestida de perlas y brocado; la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes, la siguen sus compañeras. R.

Las traen entre alegría y algazara, van entrando en el palacio real. "A cambio de tus padres, tendrás hijos, que nombrarás príncipes por toda la tierra." R. 

SANTO EVANGELIO
Lucas 6, 20-26
Dichosos los pobres; ¡ay de vosotros, los ricos! 

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: "Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.

Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.

Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con-los profetas.

Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo.

¡ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre.

¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis.

¡ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas."

Palabra del Señor


Reflexión de la Primera lectura: 1 Corintios 7,25-31 ¿Estás unido a una mujer? No busques la separación.¿Estas libre? No busques mujer 

Pablio recuerda a las personas solteras una verdad fundamental y les dirige algunas exhortaciones. La verdad es ésta: «el tiempo se acaba» (v. 29). La expresión pliega deberíamos traducirla así al pie de la letra: «El tiempo ha plegado las velas», una imagen bastante expresiva y que alude al arte náutico. El pensamiento del apóstol parece ser este: sea cual sea el lapso de tiempo que discurra entre hoy y la parusía, es decir, el retorno glorioso del Señor, el mundo futuro está ya presente, en cualquier caso, en medio de nosotros gracias al poder del Señor; mediante la muerte y resurrección de Jesús, Dios ha inaugurado ya en nosotros y entre nosotros la novedad de su Reino. A esta luz, la vida célibe, elegida libre y alegremente por el Reino (cf Mt 19,12), lejos de ser un desprecio por el matrimonio constituye un signo escatológico que tiende a orientar nuestra espera y la ajena hacia la alegría última. Las exhortaciones son la consecuencia lógica de la verdad anunciada.

En primer lugar, es preciso vivir la espiritualidad del «como si» (vv. 29-31): la linealidad del pensamiento paulino no necesita ulteriores comentarios. Viene, a continuación, la lógica de «lo que es mejor» (cf 7,9: «Es mejor casarse que abrasarse»; 7,38.40: «El que da a su hija en matrimonio hace bien, y el que no la da liará todavía mejor»). Está claro que Pablo pretende proponer a nuestra libertad aquello que, por su experiencia personal y por el amor que le une indisolublemente a Cristo, está convencido de que es lo mejor para desear y para llevar a cabo.

En segundo lugar —aunque sólo se trata de un consejo personal y no de un mandato recibido del Señor—, aconseja Pablo que cuando alguien acceda a la fe en Cristo continúe viviendo, como casado o corno célibe- virgen, en la situación en la que se encontraba antes. Pero lo que más cuenta —y en esto se basa la enseñanza de Pablo tanto para los casados como para los célibes-vírgenes-- es la conciencia de que todos hemos «sido comprados a buen precio» (7,23), como es obvio, por Cristo Jesús, mediante su muerte y resurrección.
Es siempre el misterio pascual el que proyecta luz sobre nuestra vida.

Reflexión del Salmo 44 Escucha, hija, mira: inclina el oído. 
Es un salmo real, porque tiene como figura central al rey en la celebración de algún momento importante de su vida en este caso se trata de la celebración de su matrimonio.

Tiene cuatro partes: 2; 3-8; 9-16; 17-18. La primera (2) es una dedicatoria. Una persona vinculada a palacio decide componer un poema para conmemorar las bodas del rey. Su corazón está alegre y su lengua expresa lo que siente el corazón.

En la segunda parte (3-8), el poeta se ocupa del rey: lo describe como el más bello de los hombres, objeto de la gracia y bendiciones de Dios (3). Aparecen las tres insignias o distintivos del rey: la espada (4), el trono (7a) y el cetro (7b). Son objetos que nos hablan de las funciones del rey. La espada, en primer lugar, es símbolo de la justicia. Una de las tareas más importantes del rey de Israel era defender al pueblo de las agresiones exteriores. El rey era el jefe militar que comandaba los ejércitos en la defensa del territorio para preservar la tierra y la independencia de Israel. Por eso se pide al rey que se ciña la espada (4), que cabalgue en defensa de la verdad, de la justicia y en favor de los pobres (5). Esto era lo que el pueblo de Dios esperaba de su suprema autoridad política. El salmo habla también de las flechas que intimidan a los enemigos, de modo que acaban rindiéndose (6). El segundo elemento es el trono (7a), que recuerda la promesa hecha a David a propósito de la sucesión dinástica (2Sam 7,12- 16), signo de que Dios sigue bendiciendo a su pueblo en la persona del rey (3) que combate en favor de la verdad y en defensa de los pobres y de la justicia (5). El tercer objeto mencionado es el cetro (7b), el bastón de mando, símbolo del poder que el rey posee en el país. Representa el poder de gobernar y administrar justicia en el ámbito nacional. El texto mismo indica qué es lo que representa el cetro: “¡Cetro de rectitud es el cetro de tu reino! Tú amas la justicia y odias la impiedad: por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido con perfume de fiesta, entre todos tus compañeros” (7b-8).

La tercera parte (9-16) dirige su atención al salón de las celebraciones, donde ya se encuentra el rey. El palacio es de marfil, las ropas del rey están perfumadas, están presentes las princesas (hijas de reyes), la reina madre, adornada con oro de Ofir, está a la derecha del trono (9-10).

Pero falta todavía algo importante: la novia. El rey está prendado de una de las princesas, y parece que ella no lo sabe. Alguien se le acerca y le confiesa que el rey está enamorado de ella, y la invita a dejar a sus padres y aceptar al rey como nuevo señor (11-12), pues goza de fama internacional (13). Esto era común en la cultura patriarcal de aquella época. Por muy dura que pudiera resultar la dignidad de esposa del rey, la elegida no podía rechazarla.

La princesa no podía decir que no, y se prepara para la boda. No dice nada. Son sus vestidos los que «hablan»: «Ahora entra la princesa, bellísima, vestida de perlas y brocados. Ellos la llevan en presencia del rey, con séquito de vírgenes, y sus compañeras la siguen. Con júbilo y alegría la conducen, y entran en el palacio real» (14-16).

La última parte (17-18) contiene las felicitaciones y los deseos. No se dice nada de la fiesta, Se deja todo a la fantasía del rey y de su amada. El autor de este poema expresa los deseos típicos de una sociedad patriarcal: hijos varones que serán nombrados príncipes «por toda la tierra» (expansionismo militar), el mayor de los cuales heredará el trono de su padre. Este, por su parte, será recordado por siempre.

Surgió para conmemorar las bodas del rey y garantizar lo que había de ser una constante preocupación de la autoridad suprema en Israel: la defensa contra las agresiones internacionales, el mantenimiento de la dinastía de David y la administración de la justicia dentro del propio país.

Los salmos de este tipo están cargados de ideología. Defienden enérgicamente una concepción de la sociedad desde el palacio real, tratando de implicar a Dios, pues el rey es su hijo (cf Sal 2,7). Una concepción como esta difícilmente podría haber nacido en los ambientes proféticos, normalmente contrarios a la concentración de poder en las manos del rey. La visión de la organización social de los salmos reales es la de un imperialismo que cuenta con las bendiciones de Dios.

Este salmo presenta a un Dios estrechamente ligado al rey, al que bendice y protege. Tal vez haya que fijarse en lo que Dios quería que hiciera el rey, es decir que defendiera la verdad y la justicia y que luchara en favor de los pobres. En este sentido, el rostro de Dios sigue siendo el del aliado fiel de su pueblo, el Dios del éxodo, comprometido con la posesión y la defensa de la tierra, de la libertad y de la vida para todos.

El tema de la realeza de Jesús está presente en todo el Nuevo Testamento; no obstante, el Maestro cambió completamente la concepción que se tenía del poder (véase lo que se dijo a propósito de los salmos 2, 18, 20, 21).
Estamos acostumbrados a rezarlo pensando en Jesús como rey o en María como esposa. No obstante, cuando lo recemos, conviene recordar el deber sagrado de la autoridad política, que tendría que buscar en el Jesús servidor el punto de referencia para todo aquello que tiene que hacer.

Reflexión primera del Santo Evangelio: Lucas 6,20-26 Dichosos los pobres; ¡ay de vosotros, los ricos! 

Comienza aquí —y continúa hasta Lc 8,3— la llamada «pequeña inserción» de Lucas respecto a Mar cos, su fuente. Lucas, a diferencia de Mateo, reduce las bienaventuranzas de ocho a cuatro, pero a las cuatro bienaventuranzas añade cuatro amenazas. Según la opinión de los exégetas, Lucas nos ofrece una versión de las palabras de Jesús más próxima a la verdad histórica, y esto tiene una particular relevancia. Con todo, bueno será recordar que la mediación de varios evangelistas a la hora de referir las enseñanzas de Jesús no traiciona la verdad del mensaje; al contrario, la centran y la releen para el bien de su comunidad.

Tanto las ocho bienaventuranzas de Mateo como las cuatro de Lucas pueden ser reducidas a una sola: la bienaventuranza —esto es, la fortuna y la Felicidad— de quien acoge la Palabra de Dios a través de la predicación de Jesús e intenta adecuar su vida a ella. El verdadero discípulo de Jesús es, al mismo tiempo, pobre, apacible, misericordioso, trabaja por la paz, es limpio de corazón, etc. Por el contrario, quien no acoge la novedad del Evangelio sólo merece amenazas, que, en boca de Jesús, corresponden a otras tantas profecías de tristeza e infelicidad. La versión lucana de las bienaventuranzas-amenazas se caracteriza asimismo por una contraposición entre el “ya” el «todavía no “, entre el presente histórico el futuro escatológico. Como es obvio, la comunidad para la que escribía Lucas tenía necesidad de que le recordaran que no sólo debía traducir su fe en actos de caridad evangélica, sino que también tenía que mantener viva la esperanza mediante la plena adhesión a la enseñanza, más radical, de las bienaventuranzas evangélicas.

La liturgia de hoy nos presenta un tema fuerte para nuestra meditación, un tema de gran actualidad: ¿qué es lo bueno para el cristiano en materia de matrimonio y de virginidad? ¿Qué es lo mejor? ¿Qué es lo mandado y qué lo que sólo se aconseja?

La intervención directa de Pablo en la vida de la comunidad cristiana de Corinto brilla por su claridad y por su equilibrio. No sabríamos que y hasta qué punto su experiencia previa ha influido en este modo de “ver” la situación de vida de los cónyuges y de los célibes-vírgenes: no se trata de investigar en el ánimo de Pablo con instrumentos psicoanalíticos más o menos cori-celos. Sabernos, sin embargo, que el encuentro con Cristo resucitado, a partir de Damasco, imprimió una nueva dirección a su vida, pero hizo nacer también en él una nueva mentalidad y, por consiguiente, una nueva facultad de juicio.

Decíamos claridad y equilibrio: la primera nos lleva a considerar el matrimonio y la virginidad como dos opciones de vida dignas ambas de la persona humana, ambas buenas según la bondad de la economía de la creación, ambas conformes con la novedad de vida de quien cree en Cristo, ambas compatibles no sólo con la lógica evangélica, sino también con su radicalismo evangélico, ambas ricas en espiritualidad, ambas «lugares» en los que se puede vivir la caridad en grado sumo, ambas capaces de conducir a los creyentes a las más elevadas cumbres de la santidad. La de Pablo es también una enseñanza extremadamente equilibrada, y ello por un motivo simple y persuasivo al mismo tiempo: Pablo no impone nada a nadie, consciente como es de que sólo una opción personal libre y alegre es digna de la persona humana y nadie, ni siquiera Dios y mucho menos Cristo, puede hacer violencia al santuario de la conciencia humana.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Lucas 6,20-26

En estas dos escenas (6, 12-16 y 6, 17-19) mutuamente entrelazadas, Lucas ha intentado condensar la totalidad del ministerio de Jesús. Su apertura a Dios, reflejada en la oración (6, 12), se ha transmitido a unos apóstoles que estarán encargados de extender su novedad entre los hombres (cfr 6, 13-15). Por eso le acompañan y rodean cuando expone su palabra y cura (6, 17-19)

El relato de la elección de los apóstoles está perfecta mente estructurado. Jesús eleva su oración de noche, en la montaña. La altura es lugar tradicional de encuentro con lo divino; la noche es tiempo de revelación, de intimidad y de abertura hacia el misterio. El contenido de esa oración se traduce a la mañana siguiente en forma de elección de los apóstoles. El ascenso hacia Dios y el envío dirigido hacia los hombres constituyen los dos momentos constitutivos de la figura de Jesús: sólo por que se ha encontrado con Dios en la intimidad de su persona, Jesús puede ofrecer para los hombres un don de salvación y enviar a unos apóstoles al mundo.

Los apóstoles, cuyos nombres se recogen de acuerdo con la antigua tradición, no se identifican ya con los discípulos- Los textos de Marcos (3, 13-19) y Mateo (10, 14) ofrecen la impresión de que los apóstoles de Jesús constituyen un símbolo y resumen de todos los discípulos (la Iglesia del futuro). Lucas distingue cuidadosamente los plenos; Jesús cuenta con gran número de discípulos; de entre ellos ha escogido unos apóstoles para encargarles una misión especial dentro de la Iglesia (cfr 6, 13. 17).

Es probable que al principio el nombre de “apóstol” no estuviera ligado a los doce discípulos de Jesús. Apóstol sería cualquier misionero que ha visto al Señor resucitado y rinde ante los hombres testimonio de la Pascua.
Ante el peligro de las desviaciones introducidas por los nuevos cristianos, que pretenden haber visto a Jesús y enseñan verdades diferentes, Lucas se ha visto obligado a cerrar el número de apóstoles, limitándolo a los doce. Ellos forman el principio y fundamento permanente de la Iglesia. Pues bien, aunque los apóstoles sólo se han dado una vez, en el principio de la Iglesia, la estructura que ellos representan sigue siendo válida: de entre el conjunto de los discípulos, el mismo Jesús sigue escogiendo unos especiales que serán sus enviados.

Lo primero que Jesús realiza con aquéllos que ha escogido es bajar de la montaña, saliendo al encuentro de hombres que le esperan en el llano. Es importante que nos fijemos en la composición del cuadro: Jesús está en el centro; en torno a él los doce, después viene el grupo mayor de los discípulos (la Iglesia) y finalmente todo el pueblo, ese gran pueblo de la masa de los hombres de la tierra que está abierta a su palabra y sus milagros. En esa escena se refleja la estructura de la Iglesia todo proviene de Jesús, pasa a través de sus enviados (apóstoles ministros), llega a la Iglesia y viene a ser fuerza de salvación para toda la humanidad.

Directamente o por medio de sus enviados Jesús sigue ofreciendo la palabra sobre el reino y el poder de una existencia nueva reflejada en los milagros (6, 8). Si es que en la Iglesia no resuena poderosa esa palabra si en la Iglesia no se actúa la fuerza salvadora del milagro que libera a los hombres de lo malo (los espíritus perversos) eso significa que la llamada de Jesús ha venido a caer en el vacío.No olvidemos que el Señor puede olvidarnos Y escoger distintos enviados.


Reflexión tercera del Santo Evangelio: Lucas 6,20-26
Aunque Jesús dirige su palabra a los discípulos, su enseñanza no concierne solamente a ellos. En su auditorio hay discípulos que le siguen de cerca, una masa de gente que acude de todas partes llevada por la curiosidad y algunos que han bajado de Jerusalén y le observan maliciosamente. En realidad las bienaventuranzas, excepto la última que recae especialmente sobre los discípulos, son para los pobres y los afligidos de este mundo. Lucas, a diferencia de Mateo que trae ocho bienaventuranzas (Mt 5.3-12), menciona sólo cuatro; pero añade, en contrapartida, otras cuatro amenazas. En cuanto a las primeras, el número no tiene mayor importancia, ya que en definitiva todas se refieren al único camino que conduce al reino de Dios.

Es interesante hacer notar cómo Lucas habla únicamente de los "pobres", de los "hambrientos", de los que "lloran", sin añadir calificativo alguno, mientras que Mateo nos habla de los "pobres de espíritu" o de los que "tienen hambre y sed de justicia". El texto de Mateo se refiere a los hombres que se tienen a sí mismos por pobres delante de Dios y lo esperan todo de él, sin confiar en su propia autosuficiencia. Y aunque este significado puede salvaguardarse también en el texto de Lucas, puesto que el reino de los cielos y no la riqueza es la esperanza y la dicha de los pobres no cabe duda que subraya la pobreza como una situación objetiva favorable y hasta necesaria, aunque no suficientemente, para llegar al reino de Dios. En cambio, las riquezas son un verdadero obstáculo.

Jesús dirige expresamente esta bienaventuranza a los que van a ser sus testigos, a los que van a ser perseguidos "por causa del Hijo del hombre" (Cfr. Mt 5, 10-12): "Dichosos vosotros..." Los discípulos de Jesús, los que le siguen, padecerán por su causa, pero participarán también de su gloria y de la gloria de los profetas. Lo específico de los cristianos no es ser pobre o estar con los pobres, no es luchar por la justicia o construir la paz, sino dar testimonio de Cristo. Para éstos, además de las otras bienaventuranza que comparten con los pobres, hay una bienaventuranza específica.

El evangelio es anuncio y denuncia al mismo tiempo, bendición y maldición, buena y mala noticia. No es imparcial. No lo puede ser en un mundo dividido por la injusticia. Por eso Jesús no bendice a unos sin maldecir a los otros. Pero la maldición o la amenaza que hace a los ricos y a los autosuficientes es, ante todo una advertencia severa y una exhortación para que se conviertan.

Porque si siguen siendo ricos, a pesar de la pobreza de los pobres y a costa de éstos, su situación es injusta a todas luces y es desesperada en vistas a lo que importa, al reino de Dios.

También esta cuarta amenaza se dirige expresamente a sus discípulos. Los que le siguen y han de ser sus testigos no deberán alegrarse si se ven rodeados de una nube de aduladores, sino todo lo contrario. Porque si buscan los halagos caerán en los errores de los falsos profetas, de aquellos que sólo predican lo que el mundo quiere escuchar y traicionan el evangelio.

-Texto. Se ha cerrado un capítulo de la obra con las espadas en alto por parte de letrados y fariseos (cfr. Lc. 6,11). Con Lc. 6,12 se abre un nuevo capítulo, del que forman parte los versículos de hoy. En el v.17 el autor presenta el escenario: un llano. En él, tres grupos de personas netamente diferenciadas acompañan a Jesús: los doce, discípulos, otra gente. La acción se desarrolla entre Jesús y discípulos. Esta acción no lleva anejo movimiento alguno de las partes. Son palabras de Jesús teniendo como destinatario de las mismas a los discípulos. En sus palabras Jesús les habla de ocho categorías de personas, divididas en dos bloques contrapuestos de a cuatro: pobres, hambrientos, llorosos y vituperados en el primer bloque; ricos, saciados, alegres y ensalzados en el segundo. Cada una de las categorías viene introducida por una exclamación de gozo o de lamento. Exclamación de gozo en el primer bloque y de lamento en el segundo.

Comentario. Voy a empezarlo por esto de exclamación de gozo y de lamento. Si denomino así a lo que habitualmente se llaman bendiciones y maldiciones, es porque se acomoda más al género literario que subyace y que nos es perfectamente conocido por el uso que de él hicieron los viejos profetas del Antiguo Testamento. El profeta es la persona que ve los acontecimientos en profundidad, que detecta en ellos realidades y movimientos que se escapan al común de observadores. Al detectarlos lanza una exclamación. Esta será de alegría o de pena, según el signo de la realidad o del movimiento detectados. El profeta no sabe cuándo éstos tendrán lugar; sólo sabe que tendrán lugar. No bendice o maldice a nadie, sino que lanza un grito de entusiasmo o se echa las manos a la cabeza aterrorizado ante la nueva situación que se avecina, pero de la que no tienen ni idea aquéllos a quienes va a afectar. En su calidad de gritos estas visiones proféticas no se pueden encasillar dentro de ninguna lógica al uso ni mucho menos se pueden interpretar como revanchismo o expresión de un "cambio de tortilla". Son gritos que brotan del estremecimiento de unas entrañas utópicas; manifestaciones de alegría, ayes de dolor. Sin estridencias, sin esnobismos, sin contorsiones ni agresividad.

Balada, lamento. Gestados en la montaña, en el cósmico-puro delirio de la música callada y de la soledad sonora; arriba, donde el aire es siempre puro, donde la realidad está hecha toda de utopía. Con la vista puesta en sus discípulos (v.20). Son los cristianos. De ellos espera Lucas que sean los continuadores del estremecimiento utópico de Jesús.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Lucas 6,20-26
 . Las Biebaventuranzas de Lucas.
-Las bienaventuranzas de Lucas son más "críticas" -más propias de un profeta que de un legislador- que las de Mateo. Jesús las pronuncia "en medio" de la gente venida de todas parte, aunque "mirando" a los discípulos. Son también, además, unas bienaventuranzas con alternativa: las maldiciones. De este modo forman un texto absolutamente paralelo con la primera lectura y el salmo. Leyéndolas, vienen a la memoria las palabras de Simeón: "...éste está destinado a que muchos caigan o se levanten en Israel" (Lucas 2,34), y evocan la escena majestuosa de Mateo 25,31 ss. Se da una antítesis constante entre el "ahora" y el "día que vendrá"; esto introduce al sentido trascendente de la vida presente, en función de una esperanza que se apoya en el don de Dios.

La continuación del texto lucano incluye una frase que cabría subrayar: "Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo". Es típica de Lucas esta asimilación entre la "misericordia" del Padre y la "perfección" del Padre, del texto de Mateo 5,48. El camino del amor, del perdón, del corazón que guarda la bondad como un tesoro, es el camino de Jesús y de la felicidad, porque es el camino que demuestra que uno no se fía de sí mismo, no se convierte en el umbilicus orbis, sino que busca de verdad el Reino que viene de Dios. El enlace con la segunda lectura puede ser adecuado, a causa de las afirmaciones paulinas: "Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados".

Más que una invectiva a partir de los "¡Ay de vosotros...!, la homilía debería consistir en subrayar fuertemente la imagen del testimonio de Cristo en el mundo. una buena ayuda para el contenido puede venir de la lectura de la encíclica "Rico en misericordia", especialmente las páginas dedicadas a comentar la misión de la Iglesia al introducir en el mundo "el momento del perdón" (cfr.n.14).

No obstante, y por fidelidad al texto de Lucas, también es bueno destacar la alternativa. Una persona que contempla todas las cosas desde un mundo cerrado no tiene otro futuro sino el mundo en que se encuentra. Ahí radica la inmensa tragedia del hombre cerrado a la trascendencia, llamado -a pesar de sí mismo, quizás- al más allá.

Las bienaventuranzas no son prometidas a quienes son pobres porque son pobres, y las maldiciones no se dirigen contra los ricos porque son ricos. De hecho, Jesús elogia a los pobres que viven en dos mundos a la vez: el presente y la escatología, y amenaza a los ricos que no viven más que en un solo mundo, el que encadena casi inevitablemente a quien lleva una vida confortable.

El rico es el que se da tan pronto por satisfecho con lo que posee que no realiza el viaje hacia la profundidad de su ser, a lo que, por otra parte, nada le llama: un determinado orden social rico y superindustrializado, una determinada institución eclesiástica superasegurada de verdades y de derecho.

El pobre no posee más que su soledad, pero la vive con ese valor de ser que le lleva a las profundidades de su ser, allí donde se vislumbra otro mundo. Solitario en ese orden, es rico en la participación de este otro orden, participa ya en las victorias y de su proximidad. Es el revelador de este otro mundo que viene penosamente, a través de gracias y desgracias, éxitos y fracasos, victorias y traiciones.

Elevación Espiritual para el día
LA CAIDA DEL ESTADO DE JUSTICIA POR EL PECADO

"Sin embargo, el hombre constituido por Dios en estado de inocencia, ya en el comienzo de la historia abusó de su libertad, inducido por el Maligno, alzándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su fin fuera de Dios (. . .). Lo que nos enseña la Revelación divina coincide con la misma experiencia. Pues el hombre al observar su corazón hecha de ver que también está inclinado hacia el mal y sumergido en una multitud de maldades que no pueden venir de su Creador, que es bueno". Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et Spes, num. 13; cfr. Conc. de Trento, Decreto sobre el pecado original, Dz. 782-792. (Vid. Puebla, nn. 281, 328 y 330).

El precepto y la desobediencia

Dios colocó a nuestros primeros padres en un delicioso jardín, llamado el paraíso terrenal, donde gozaban de tranquila felicidad (cfr. Gen. 1, 26). Los elevó, además, a un orden sobrenatural con el cual eran capaces de lograr el fin sobrenatural de la visión beatifica. Sin embargo, por ser infinitamente justo, dispuso que ese fin lo obtuvieran por méritos propios, de acuerdo a la naturaleza libre de su ser.

Para ello, les impuso un precepto, a saber, el no comer de una fruta que se encontraba en medio del paraíso, amenazándolos de muerte si desobedecían (cfr. Gen. 2, 17).

Adán y Eva no obedecieron al Señor. Eva se dejó seducir por el demonio, quien le dijo que si comían serían como dioses, sabedores del bien y del mal. Comió, pues, del fruto, y luego se lo presentó a Adán, quien por complacerla también comió (cfr. Gen. 3).

El pecado

El pecado de nuestros primeros padres no fue un simple pecado de gula, sino un gravísimo pecado de soberbia, al pretender ser iguales al Altísimo.

En virtud del don de integridad, el pecado no podía ser de pasión -rebelándose éstas al dictado de la razón-, pues le estaban perfectamente sujetas. Tenía que venir la ruptura por la rebeldía de la razón, no sujetándose ésta al designio divino.
Además, hizo más grave su pecado la circunstancia de que el mandato era fácil de guardar, y de que ellos no tenían ni ignorancia que cegara su mente, ni concupiscencia que los arrastrara al mal.

El castigo

Nuestros primeros padres, no solamente fueron arrojados del paraíso en castigo de su pecado, sino que:

Fueron privados de los dones sobrenaturales, a saber: de la gracia y del derecho a la gloria; y quedaron esclavos del demonio y condenados a eterna perdición, si Dios no los perdonaba.

Fueron privados de los dones preternaturales, y así:

En vez de la ciencia se vieron sometidos a la ignorancia.

b) En vez de la integridad, sintieron el desorden en su naturaleza; a saber, la concupiscencia, o rebelión de la carne contra el espíritu, y la inclinación al mal por parte de la voluntad.

En vez de la inmunidad se vieron sometidos a toda clase de privaciones y sufrimientos.

Y en vez de la inmortalidad, se vieron castigados con la muerte.

PECADO ORIGINAL

Su naturaleza

El pecado de Adán no es exclusivo de él, sino que se transmite a todos los hombres. Se llama pecado original porque nos viene a consecuencia de nuestro origen.

Este pecado nos viene a consecuencia de nuestros origen, porque Adán era cabeza y fuente de todo el humano linaje. Adán, pues, con su pecado hizo que la naturaleza humana se rebelara contra Dios; y por eso, al nacer, recibimos la naturaleza humana privada de la gracia y del derecho al cielo.

"Creemos que todos pecaron en Adán pues, esta naturaleza humana caída de esta manera, destituida del don de gracia de que antes estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte, es dada a todos los hombres; por tanto, en este sentido, todo hombre nace en pecado. Mantenemos, pues, siguiendo al Concilio de Trento, que el pecado original se transmite, juntamente con la naturaleza humana, "no por propagación ni por imitación", y que se halla como propio de cada uno" (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, n. 16).

Verdadero pecado, pero no es pecado personal en nosotros
El pecado original es verdadero pecado, pero no es en nosotros pecado personal.

Es verdadero pecado. Porque nos despoja de la gracia y del derecho al cielo. Por su causa nacemos "hijos de la ira", como nos dice San Pablo; esto es, privados de la justicia original (cfr. Ef 2, 3).

Para comprender mejor esta noción conviene tener presente la diferencia entre el acto de pecado y el estado de pecado. Pongamos por ejemplo un robo grave. El acto de pecado, o sea la misma acción de robar, pasa. El estado de pecado, o sea la privación de la gracia que el pecado produjo en nuestra alma, perdura hasta que el pecado se nos perdone.
Pues bien, tratándose del pecado original cabe la misma distinción. El acto fue cometido por Adán y pasó. Las consecuencias de ese acto, o sea la privación de la gracia y del derecho al cielo, perduran y afectan a todos sus descendientes.
2o. Pero no es en nosotros pecado personal. Este pecado evidentemente es distinto en Adán y en nosotros.

En Adán fue pecado personal, cometido por un acto de su voluntad.

En nosotros no es cometido por un acto de nuestra voluntad, sino que nos viene sin quererlo, a consecuencia de nuestro origen.

Por lo mismo que no hay acto ninguno de nuestra parte en él, no hay tampoco nada positivo. En nosotros el pecado original es una simple privación, a saber, la privación de la gracia con que hubiéramos nacido si no viniéramos al mundo manchados con él.

Sus efectos

Por el pecado original, el hombre:

Nace despojado de los dones sobrenaturales, de la gracia y del derecho al cielo.

Se ve privado de los dones preternaturales y sometido a la ignorancia, la concupiscencia, los sufrimientos y la muerte.

Por último, su misma naturaleza quedó debilitada.

Así dice el Concilio de Trento: "Todo Adán por el pecado pasó a peor estado en el cuerpo y en el alma "

Una de las más desagradables consecuencias del pecado original es la inclinación al mal y la concupiscencia. lo.

El pecado disminuyó en el hombre la inclinación al bien. La inclinación a la virtud es natural al hombre, porque obrar conforme a la virtud, es obrar conforme a la razón; pero, después del pecado, tender a la virtud resulta difícil y costoso.

Sin embargo, es falsa la doctrina protestante según la cual la naturaleza humana quedó a tal grado corrompida, luego del pecado original, que ya es incapaz de obrar el bien. La fe católica indica que quedó herida, enferma, pero no corrompida.
2o. La concupiscencia -o inclinación al pecado - de suyo no es pecado. El Concilio de Trento condenó el error de Lutero, que confundía a la concupiscencia con el pecado original; y así el bautismo nos borra este pecado y nos deja la concupiscencia. Pero si es una de nuestras mayores mortificaciones y la raíz de mayor número de pecados. Preocupado por esa inclinación al mal exclamaba San Pablo "¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" (Rom. 7, 24).
a) No supone injusticia por parte de Dios

Dios no fue injusto en castigar a todos los hombres por el pecado de uno solo; en efecto:

lo. Si se trata de los dones sobrenaturales y preternaturales.

No eran dones debidos a la naturaleza del hombre, sino sobreañadidos por pura bondad.
Y Dios era libre de concedérselos bajo una condición. Y no cumplida ésta, pudo quitárselos sin injusticia.

Ejemplo: Un maestro ofrece a sus alumnos un paseo si determinados discípulos se portan bien. Si ellos se portan mal, puede el maestro sin injusticia privar a todos del paseo.

En fin, el pecado original puede privar de la felicidad del cielo; pero por el puro pecado original nadie se condena.

Si se trata de niños que mueren sin bautismo, su destino es el limbo. Si de adultos, nadie se condena sin haber cometido una transgresión grave y voluntaria de la ley de Dios.
2o. Si se trata del debilitamiento que el pecado dejó en la naturaleza, tampoco obró Dios con injusticia, porque nos brindó medios muy propios para fortificarnos, y vencer la tendencia al mal.

Dios la remedia dándonos la gracia de que el pecado nos privó.

La gracia nos ayuda eficazmente en el vencimiento del mal y la práctica del bien.

Dogma y misterio

El pecado original es dogma de fe, definido por el Concilio de Trento, y expresado claramente en la Escritura.

Así dice San Pablo: "Como el pecado entró en el mundo por un solo hombre, y la muerte por el pecado, así la muerte ha pasado a todos los hombres, habiendo pecado todos en uno solo" (Rom. 5, 12). Consta, pues, que tanto el pecado como la muerte son efecto del pecado de uno solo.

Más el pecado original también es un misterio. Hay en él cosas que no podemos comprender, aunque tampoco enseña nada que contradiga de lleno la razón.

Por ejemplo, de Adán no recibimos sino el cuerpo; ¿Cómo es posible que se nos transmita el pecado, que reside en el alma? Contestan los autores que tal cosa no es imposible, como lo vemos en la ley de la herencia, pues con frecuencia los hijos heredan no sólo las cualidades físicas, sino también las intelectuales y morales de sus padres. Hay esta otra explicación, más fundamental: en razón del pecado de Adán, Dios crea para cada uno de sus descendientes el alma sin adornarla de la justicia original.

Por otra parte, el dogma del pecado original ayuda mucho a explicar la debilidad y malas inclinaciones del hombre, que de otra suerte quedan sin explicación satisfactoria.

Excepción al pecado original

Todos los hombres contraen el pecado original, con excepción de Nuestro Señor Jesucristo y la Santísima Virgen María.

Cristo no incurrió en él por derecho de naturaleza, ya que por su concepción milagrosa no estaba sometido a la triste herencia de Adán.

La Virgen María tampoco lo contrajo, aunque ya no por derecho, sino por especial privilegio de Dios, que se llama su Inmaculada Concepción.

La Inmaculada Concepción de María consiste en que María por especial privilegio de Dios, y en previsión de los méritos de Cristo, desde el primer instante de su ser se vio adornada con la gracia. Se dice:

Por especial privilegio, porque María, como descendiente de Adán, hubiera debido contraer el pecado original; y, si no lo contrajo, fue por especial gracia o privilegio de Dios.

En previsión de los méritos de Cristo, porque María necesitó ser redimida, como los demás hijos de Adán. Sólo que en ella la redención fue más admirable: a nosotros nos levanta después de caídos en el pecado; a María no le permitió caer.

Desde el primer instante de su ser se vio adornada con la gracia, es decir, desde que su alma se juntó con su cuerpo, estuvo aquélla revestida de la gracia santificante.

Reflexión Espiritual para este día
No pretendo comprenderte
Ni llegar a definirte;
Tan sólo aspiro a sentirte,
A admirarte y a quererte:
Quien vaya a Ti de otra suerte
Luchará con la impotencia,
Te busca la inteligencia
De lo infinito en el fondo,
Cuando estás en lo más hondo
y oculto de la conciencia.

Tú, Dios, formaste, al crear
Del universo el palacio,
Con un suspiro, el espacio,
Con una lágrima, el mar;
Y queriéndonos probar
Que quien te adora te alcanza.
Como señal de bonanza
Has dibujado en el cielo
La aurora, que es el consuelo,
Y el iris, que es la esperanza.

Tu purísimo esplendor
El universo colora,
Como el beso de la aurora
Los pétalos de la flor;
Y el tu soplo creador
En el caos se derrama,
El mismo caos se inflama,
Y entre nubes y arreboles,
Brotan estrellas y soles
Como chispas de la llama.

Así, cuando nada era,
A tu voz, jamás oída,
Tomó movimiento y vida
La naturaleza entera;
Surcó el río la pradera,
Dio la flor fragancia suma,
La luz disipó la bruma,
Y tu aliento soberano
La ola hinchó del Oceano
Y la coronó de espuma.

Mas con ser la suma esencia,
Es tu arrogancia, humildad,
Tu riqueza, caridad
Y tu justicia, clemencia;
Pues quiso tu omnipotencia
Las flores por incensario,
El monte por santuario,
Por águilas, golondrinas,
Por toda corona, espinas,
Por todo trono, el Calvario.

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Asagrada Biblia y el magisterio de la Santa madre la Iglesia. SAÚL
En hebreo Sa'itl, deseado; griego Saoúl; Vulgata latina Saul. Hubo diversos personajes bíblicos con este nombre, varios del A. T. (cfr. Gen 36,37-38; 1 Par 1,48-49; Gen 46,10; Ex 6,15; 1 Par 6,9), y uno del N. T.: Saúl fue el nombre judío de S. Pablo (v.) al comienzo de su historia (cfr. Act 7,58; 8,1; 9,1). Pero aparte de este último, el más famoso S. de la Biblia es el primer soberano de los israelitas, que reinó probablemente de 1040 a 1010 a. C., nombrado por Samuel (v.), último juez de Israel, a petición del mismo pueblo (1 Sam 8,5).

El personaje. Según el libro 1° de Samuel, S. era de la tribu de Benjamín (v. ISRAEL, TRIBUS DE), hijo de Quis (1 Sam 9,1). Se le presenta como el hombre más alto y bello de Israel (9,2). Encontró a Samuel cuando iba en busca de unas asnas que se habían extraviado, y éste le ungió por indicación de Dios (10). Como señal de su elección Samuel predijo que S. entraría en trance profético, lo cual se cumplió un poco después en Guibeá (10,10). Así fue la primera designación personal de S., percibida por muy pocos, a diferencia de la segunda, que fue pública. Hay una elección de S. por suertes en Mispá (10,17), aunque algunos no lo aceptaron (11,27). Lo que realmente consolidó su popularidad entre el pueblo fue su brillante victoria contra los ammonitas, enemigos de Israel (11,1-11). Al verlo el pueblo se declaró a una en favor de S., y le proclamaron solemnemente como primer monarca en Guilgal (11,12-15). Para que no se quedara en una manifestación popular sin fondo, Samuel pronunció un discurso recordando al pueblo y al nuevo rey sus obligaciones delante de Dios (12,1-25). Esta fidelidad o infidelidad sería piedra de toque para su reinado y el de todos los reyes que le seguirían.

Aparte de la primera proclamación popular, llegó la verdadera prueba para el rey sacado del anonimato: una invasión masiva de los filisteos (v.) contra los israelitas. Gracias al coraje del hijo de S., Jonatán, se consiguió la victoria y toda la fuerza filistea tuvo que huir delante de los israelitas (1 Sam 14,1-23). Sin embargo, a pesar de la gran victoria, S. perdió la gracia de Dios por no haber esperado a Samuel para ofrecer el sacrificio (13,8-15), aunque poco después tuvo otra oportunidad para ser fiel; Samuel le ordenó subir contra los amalecitas y consagrar todo y todos al anatema. Pero S. y su tropa cometieron el gran error de perdonar al rey Agag y lo más escogido de su ganado, destruyendo solamente lo vil y sin valor (15,9).

Samuel, muy a pesar suyo, le anunció su repulsa por parte de Yahwéh porque no había obedecido (15,22-23). Parece que S. pidió perdón sinceramente, pero el texto bíblico da a entender que fue en vano (15,28).

Al llegar a este punto de gloria terrena (S. había vencido a los moabitas, edomitas, filisteos, ammonitas y amalecitas), su caída empezó definitivamente. Samuel fue enviado por Dios a Belén, a la casa de Jesé, de la tribu de Judá, y allí ungió a David (1 Sam 16,1-13). El primer contacto entre S. y David (v.) fue debido a una extraña enfermedad del primero, quedando David encargado de consolarle con música (16,16). Al principio, S. le tuvo afecto, y le hizo su escudero (16,21). Pero después de su victoria sobre Goliat y las repetidas sobre los filisteos, empezó a tenerle envidia, sobre todo por la popularidad que David había adquirido. De hecho la S. E. narra que esta admiración del pueblo llegó a tal punto que, al volver David de la batalla, las mujeres cantaban a coro: «Saúl mató sus millares y David sus miríadas» (18,7). A pesar de la intercesión de Jonatán en favor de David, la envidia de S. llegó hasta el extremo de querer matarle, pero David salió con éxito de todos los peligros que S. le había puesto (18,27), y terminó casándose con su hija Mikal (18,27). Al final, sin embargo, se vio obligado a huir definitivamente (19,11-16). La persecución de S. a David abarca varios capítulos (22-26) y llega a situaciones dramáticas: p. ej., la matanza de sacerdotes inocentes por parte de S. (22,6-23) y la gran misericordia que David le muestra en dos ocasiones donde le podía haber asesinado. En la primera ocasión, S., siempre inestable en sus emociones y reacciones, rompió a llorar, llamó a David hijo suyo, y reconoció que era más justo que él (24,18). En la segunda, cuando David protesta su inocencia, S. reconoce abiertamente su pecado (26,21).

Pero el final para S. se acercaba. Los filisteos en masa invadieron de nuevo a Israel (1 Sam 28,4); S., desesperado, intentó consultar a Samuel, que ya había muerto, a través de una nigromante. En respuesta sólo recibió la sentencia de su propia muerte (28,16-19). Se cumplió la palabra de Samuel, perdiendo S. y sus hijos ante los filisteos en la batalla de Gelboé (31). Viendo S. que todo estaba perdido, se arrojó sobre su propia espada (31,5). Los filisteos le despojaron y colgaron su cuerpo del muro de Bet-San (31,10). Entonces unos valientes de Yabes, la ciudad que S. había salvado al principio de su reinado, tomaron los cuerpos de S. y sus hijos, y los enterraron piadosamente (31,13). Al enterarse David del acontecimiento, entonó una elegía por S. y Jonatán, su amigo íntimo, una de las poesías más conmovedoras del A. T. (2 Sam 1,19-27). Después de un cierto tiempo todas las tribus aclamaron rey a David (2 Sam 5,1).

Es S. una de las figuras más trágicas del A. T.: hombre fundamentalmente bueno, se dejó influir por las circunstancias y su propio carácter inestable. Reconoció sus culpas, pero no fue lo suficientemente obediente para llevar cargo tan exigente: ser rey de Israel. Tal vez lo que más se puede decir de él, y así le llama el Eclesiástico, es que fue el «ungido del Señor» (Eccli 46,19), aunque no llegó al valor de sus dos ilustres contemporáneos, Samuel y David.

Alcance de la monarquía. La transición del estado tribal al monárquico fue lenta en Israel comparado con otros pueblos, pero en tiempos de S. se impuso. Se veía claramente la necesidad práctica de una autoridad central, en especial frente a la continua presión de los filisteos; éstos se habían apoderado del Arca de la Alianza (1 Sam 4,10-11) y destruido Silo (v.), el santuario central de todas las tribus. Las medidas de S. que podemos llamar «gubernamentales» fueron la expulsión de los nigromantes y adivinos (1 Sam 28), y el primer establecimiento de un ejército permanente (1 Sam 14,52). Juzgando por las excavaciones en Gabaá (actualmente Tell-el-Fúl, al norte de Jerusalén), la vida de S. como rey fue sencilla y modesta, comparada con las extravagancias de otros reyes orientales de su tiempo.

Aparte de consideraciones históricas, la institución de la monarquía tendría grandes efectos en la vida religiosa del pueblo: con ella se empezó a ver el cumplimiento de la promesa a Abraham, según la cual todas las naciones serían bendecidas en su descendencia (cfr. Gen 15,5; 17,6). Con un poder unido y extenso, los reyes de Israel venían a cumplirla parcialmente y a anunciar un poder todavía más grande: el del Mesías, que debía surgir de la-estirpe de David. Lo que se aprecia concretamente en la vida de S. es la manera como Dios interviene én la historia de su pueblo, tanto en la elección por suerte como en el rito sagrado de la unción. El rey era el representante de Dios y recibía las bendiciones divinas junto con la misión de gobernar el pueblo. Así no' debía ser considerado como un rival de Dios, sino más bien su reflejo en lá tierra. Sin embargo, a lo largo de los siglos, la mayoría de los reyes apostatarían de Dios y llevarían el pueblo a la idolatría (V. REYES, LIBROS DE LOS).

De hecho la figura del rey en Israel sufrió las condenas de los profetas, no sólo por sus abusos (Is 7,10 ss.; ler 21-22), sino _por su misma institución popular (Os 8,4), que también tuvo seria oposición por parte de Samuel en el principio (cfr. 1 Sam 8,6; 10,17 ss.). Pero si la monarquía, en efecto, se asemejó bastante a la vida del primer monarca, S., o sea, llena de luz y sombra, al final del A. T. la figura del rey se elevó a una esperanza mesiánica y escatológica: el rey, hijo de David, será el rey justo, victorioso y pacífico (Zach 9,9 ss.), que vence definitivamente a los malos (Dan 7,17-27). En el N. T. Jesucristo se manifestará como plenitud de aquella promesa, o en palabras de S. Juan, como «Rey de Reyes y Señor de Señores» (Apc 19,16).+

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