Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

Espero que os sirva de ayuda y comenteis si os parece bien...


Gracias


Maria Beatriz.



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En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

28 de septiembre de 2014

Homilía: Domingo de la semana 26 de tiempo ordinario; ciclo A

(Ez 18,25-28) "Cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida"
(Fil 2,1-11) "Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre"
(Mt 21,28-32) "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña"
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
En el Angelus (27-IX-1981)
--- Colaborar con Dios
--- Cooperación entre los hombres
--- Respuesta personal a Dios
--- Colaborar con Dios
“¿Qué os parece?” -pregunta Cristo en el Evangelio escrito por Mateo y leído en este domingo- “Qué os parece?” “Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo : Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Él le contestó: Voy, señor. Pero no fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: No quiero. Pero después se arrepintió y fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?” (Mt 21,28-31).
Cristo comienza y termina con una pregunta. La respuesta a esta pregunta es fácil. Los oyentes responden que “el último” ha realizado la voluntad del padre.
Así pues, este domingo escuchamos algunas palabras evangélicas sobre la viña y el trabajo.
¿Qué es el trabajo?
Contestemos una vez más a esta pregunta, recordando ante todo que es colaboración con Dios en el perfeccionamiento de la naturaleza, según el precepto bíblico de someter la tierra (cfr. Gen 1,28). El Creador quiso al hombre explorador, conquistador, dominador de la tierra y de los mares, de sus tesoros, de sus energías, de sus secretos, de manera que el hombre recupere su auténtica grandeza de “partner de Dios”. Por eso el trabajo es noble y sagrado: es el título de la soberanía humana sobre la creación.
--- Cooperación entre los hombres
El trabajo, además, es medio de unión y de solidaridad, que hace a los hombres hermanos, los educa en la cooperación, los fortalece en la concordia, los estimula a la conquista de las cosas, pero sobre todo de la esperanza, de la libertad, del amor. Mediante las divisiones funcionales de la producción el trabajo puede crear un tejido de colaboración consciente y compacto, y hace a la sociedad más armónicamente operante hacia la meta de un orden justo para todos. Por todo esto la Iglesia lo estimula y lo bendice.
--- Colaborar con Dios
Nos hacemos la pregunta sobre la naturaleza del trabajo en relación con el Evangelio de la liturgia de hoy. Cada uno de nosotros es uno de los que sienten la llamada del Padre dirigida a los dos hermanos: “Ve hoy a trabajar en la viña” (Mt 21,28). Y cada uno de nosotros, después de haber oído esta llamada, puede comportarse como el primero o como el segundo de ellos.
La parábola evangélica enseña que en el trabajo se contiene una respuesta, que el hombre da a Dios con toda su vida y su comportamiento. El trabajo tiene su sentido no sólo en la construcción de la "ciudad terrestre" sino también en la construcción del Reino de Dios.
DP-175 1981
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
No basta la buena voluntad, las palabras educadas, sino el cumplimiento del querer de Dios aunque resulte costoso, nos dice el Señor con el ejemplo del hijo que inicialmente se negó al deseo del Padre pero, luego, arrepentido, lo secundó. “Señor −pedimos en el Salmo Responsorial− enséñame tus caminos y haz que camine con lealtad”.
Este hijo supo sobreponerse a la pereza ante el deber diario que el Padre le recordó. Si faltara esta lucha contra la comodidad, la voluntad se iría tornando cada vez más blanda y podría llegar a asustarnos con sus delirios y con cambios bruscos y repentinos de dirección, con caprichos y parálisis que agostarían el amor que Dios infundió el día del Bautismo en nuestros corazones. Entonces, seríamos tiranizados por el cuerpo, los instintos, la sensibilidad, la imaginación..., convirtiendo nuestra vida en un repertorio de gestos anodinos y sin sentido que desembocarían en el arenal del desencanto y el tedio. “El Reino de los Cielos no pertenece a los que duermen y viven dándose todos los gustos, sino a los que luchan contra sí mismos” (Clemente de Alejandría, Quis dives salvetur?, 21).
Hay que decidirse a plantearle una seria batalla a la pereza que tantas cosas buenas malogra en nuestra vida. Sin esta lucha diaria, la voluntad debilitada sólo encontraría disgusto en lo que Dios indica y, en cambio, se vuelve pura codicia para todo lo que es regalo de oscuras apetencias. Esta lucha contra la comodidad egoísta, no consiste en multiplicar el número de nuestras tareas −ésa podría ser una pretensión de la soberbia− o en cerrarse a toda satisfacción o gozo: “no quieras ser demasiado riguroso” (Eccl. 7,16). Pero sí esforzarnos por desempeñar con más amor nuestras obligaciones con Dios y con los demás.
“Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere... Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”. Convendría alguna vez recordar que un cristiano que desdeña el propio vencimiento que el espíritu cristiano exige, no es en modo alguno un águila que se cierne libre y dominadora sobre la inmensidad del cielo. Se parece, más bien, al perro callejero que, escapado de su domicilio, va errante y amenazado entre el tumulto de la ciudad. Puede ir donde le plazca, pero no está por ello menos perdido.
El amor se nutre y hace fuerte con el sacrificio, doblegando −como el primer hijo del Evangelio de hoy− esa astenia inicial en el servicio de Dios y de los demás. “Para amar de verdad es preciso ser fuerte, leal, en la esperanza y en la caridad. Sólo la ligereza insubstancial cambia caprichosamente el objeto de sus amores, que no son amores sino compensaciones egoístas” (S. Josemaría Escrivá).
Por lo demás, Dios ha hecho que la felicidad sea imposible para el egoísta. Cada uno lo sabe y puede recordar cuáles han sido los momentos más venturosos de su vida: coincidieron justamente con las horas de mayor generosidad. Cuando no nos conformamos con las formas más bastas y superficiales de la dicha y quisimos ahondarla y hacerla más rica y duradera, aprendimos esto: la felicidad es como el fuego, que se apaga si no se propaga.
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
«Se entra en el Reino por la acogida y el seguimiento de Jesús»
I. LA PALABRA DE DIOS
Ez 18,25-28: «Cuando el malvado se convierta de su maldad, salvará su vida»
Sal 24,4bc-5.6s.8s.: «Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna»
Flp 2,1-11: «Tened entre vosotros los sentimientos de una vida en Cristo Jesús»
Mt 21,28-32: «Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios»
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
La segunda parábola del Reino (cf Domingo anterior) censura al que dice y no hace, y alaba, en cambio, al que se arrepiente de haber dicho que no a Dios y termina haciendo lo que Él quiere. Esto es: aceptar y seguir al Enviado, al Hijo. El pueblo antiguo en su mayoría tenía a Dios en los labios pero desechó al Enviado (cf Domingo siguiente). El pueblo nuevo, pecador, y «los publicanos y las prostitutas» del antiguo «os llevan la delantera [a los jefes del antiguo] en el camino del Reino de Dios», porque aceptan al Enviado.
El mensaje de este Domingo invita a los cristianos a vivir conforme a su identidad en el seguimiento a Jesucristo. Alcanzar los sentimientos y las costumbres propias de la vida en Cristo.
III. SITUACIÓN HUMANA
Decir y no hacer es lo que Jesús denuncia. «Del dicho al hecho va mucho trecho», dice la sabiduría popular. Según el evangelio, ese largo trecho no puede salvarlo el hombre solo. Lo salva con Jesús.
No es la eficacia el supremo valor que exige el evangelio, a diferencia del pensamiento actual. Más bien se reclama del cristiano la coherencia del pensar y del vivir.
IV. LA FE DE LA IGLESIA
La fe
– En las parábolas se nos describen el Reino y sus caminos: «Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su enseñanza... Por medio de ellas invita al banquete del Reino... las palabras no bastan hacen falta obras (cf Mt 21,28-32). Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un suelo duro o como una buena tierra...? ¿Qué hace con los talentos recibidos...? Jesús y la presencia del Reino en este mundo están secretamente en el corazón de las parábolas.
– Es preciso entrar en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para «conocer los Misterios del Reino...» ... Para los que están «fuera»... la enseñanza de las parábolas es algo enigmático..." (546).
La respuesta
– «Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida eterna?... Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos...» "Cuando le hacen la pregunta «¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?»... Jesús responde: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas»... El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley..." (2055).
– Sobre el Decálogo: 2056-2068.
El testimonio cristiano
– «Como la caridad comprende dos preceptos en los que el Señor condensa toda la ley y los profetas... así los diez preceptos se dividen en dos tablas: tres están escritos en una tabla y siete en la otra (S. Agustín, serm 33, 2, 2)» (2067).
– "«Por el decálogo, Dios preparaba al hombre para ser amigo y tener un solo corazón con el prójimo» (San Ireneo)" (2063).
Decir y hacer es adherirse a Jesús y seguir el camino de los mandamientos, sintetizado en el doble precepto del amor. Este Amor es la Caridad, que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones (cf Rm 5,5) y se nutre de la Eucaristía.
Homilía IV: Homilía pronunciada por S.S. Benedicto XVI
VIAJE APOSTÓLICO A ALEMANIA 22-25 DE SEPTIEMBRE DE 2011
Aeropuerto turístico de Friburgo de Brisgovia
Domingo 25 de septiembre de 2011
Queridos hermanos y hermanas
Me emociona celebrar aquí la Eucaristía, la Acción de Gracias, con tanta gente llegada de distintas partes de Alemania y de los países limítrofes. Dirijamos nuestro agradecimiento sobre todo a Dios, en el cual vivimos, nos movemos y existimos (cf. Hch 17,28). Pero quisiera también daros las gracias a todos vosotros por vuestra oración por el Sucesor de Pedro, para que siga ejerciendo su ministerio con alegría y confiada esperanza, confirmando a los hermanos en la fe.
“Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia…”, hemos dicho en la oración colecta del día. Hemos escuchado en la primera lectura cómo Dios ha manifestado en la historia de Israel el poder de su misericordia. La experiencia del exilio en Babilonia había hecho caer al pueblo en una profunda crisis de fe: ¿Por qué sobrevino esta calamidad? ¿Acaso Dios no era verdaderamente poderoso?
Ante todas las cosas terribles que suceden hoy en el mundo, hay teólogos que dicen que Dios de ningún modo puede ser omnipotente. Frente a esto, nosotros profesamos nuestra fe en Dios Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Y nos alegramos y agradecemos que Él sea omnipotente. Pero, al mismo tiempo, debemos darnos cuenta de que Él ejerce su poder de manera distinta a como nosotros, los hombres, solemos hacer. Él mismo ha puesto un límite a su poder al reconocer la libertad de sus criaturas. Estamos alegres y reconocidos por el don de la libertad. Pero cuando vemos las cosas tremendas que suceden por su causa, nos asustamos. Fiémonos de Dios, cuyo poder se manifiesta sobre todo en la misericordia y el perdón. Y, queridos fieles, no lo dudemos: Dios desea la salvación de su pueblo. Desea nuestra salvación, mi salvación, la salvación de cada uno. Siempre, y sobre todo en tiempos de peligro y de cambio radical, Él nos es cercano y su corazón se conmueve por nosotros, se inclina sobre nosotros. Para que el poder de su misericordia pueda tocar nuestros corazones, es necesario que nos abramos a Él, se necesita la libre disponibilidad para abandonar el mal, superar la indiferencia y dar cabida a su Palabra. Dios respeta nuestra libertad. No nos coacciona. Él espera nuestro “sí” y, por decirlo así, lo mendiga.
Jesús retoma en el Evangelio este tema fundamental de la predicación profética. Narra la parábola de los dos hijos enviados por el padre a trabajar en la viña. El primer hijo responde: “«No quiero». Pero después se arrepintió y fue” (Mt 21, 29). El otro, sin embargo, dijo al padre: “«Voy, señor». Pero no fue” (Mt 21, 30). A la pregunta de Jesús sobre quién de los dos ha hecho la voluntad del padre, los que le escuchaban responden justamente: “El primero” (Mt 21, 31). El mensaje de la parábola está claro: no cuentan las palabras, sino las obras, los hechos de conversión y de fe. Jesús – lo hemos oído – dirige este mensaje a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo de Israel, es decir, a los expertos en religión de su pueblo. En un primer momento, ellos dicen “sí” a la voluntad de Dios. Pero su religiosidad acaba siendo una rutina, y Dios ya no los inquieta. Por esto perciben el mensaje de Juan el Bautista y de Jesús como una molestia. Así, el Señor concluye su parábola con palabras drásticas: “Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis” (Mt 21, 31-32). Traducida al lenguaje de nuestro tiempo, la afirmación podría sonar más o menos así: los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios; los que sufren a causa de sus pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cerca del Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ven ya solamente en la Iglesia el sistema, sin que su corazón quede tocado por esto: por la fe.
De este modo, la palabra nos debe hacer reflexionar mucho, es más, nos debe impactar a todos. Sin embargo, esto no significa en modo alguno que se deba considerar a todos los que viven en la Iglesia y trabajan en ella como alejados de Jesús y del Reino de Dios. Absolutamente no. No, este el momento de decir más bien una palabra de profundo agradecimiento a tantos colaboradores, empleados y voluntarios, sin los cuales sería impensable la vida en las parroquias y en toda la Iglesia. La Iglesia en Alemania tiene muchas instituciones sociales y caritativas, en las cuales el amor al prójimo se lleva a cabo de una forma también socialmente eficaz y que llega a los confines de la tierra. Quisiera expresar en este momento mi gratitud y aprecio a todos los que colaboran en Caritas alemana u otras organizaciones, o que ponen generosamente a disposición su tiempo y sus fuerzas para las tareas de voluntariado en la Iglesia. Este servicio requiere ante todo una competencia objetiva y profesional. Pero en el espíritu de la enseñanza de Jesús se necesita algo más: un corazón abierto, que se deja conmover por el amor de Cristo, y así presta al prójimo que nos necesita más que un servicio técnico: amor, con el que se muestra al otro el Dios que ama, Cristo. Entonces, también a partir de Evangelio de hoy, preguntémonos: ¿Cómo es mi relación personal con Dios en la oración, en la participación en la Misa dominical, en la profundización de la fe mediante la meditación de la Sagrada Escritura y el estudio del Catecismo de la Iglesia Católica? Queridos amigos, en último término, la renovación de la Iglesia puede llevarse a cabo solamente mediante la disponibilidad a la conversión y una fe renovada. 
En el Evangelio de este domingo – lo hemos oído – se habla de dos hijos, pero tras los cuales hay misteriosamente un tercero. El primer hijo dice no, pero después hace lo que se le ordena. El segundo dice sí, pero no cumple la voluntad del padre. El tercero dice “sí” y hace lo que se le ordena. Este tercer hijo es el Hijo unigénito de Dios, Jesucristo, que nos ha reunido a todos aquí. Jesús, entrando en el mundo, dijo: “He aquí que vengo... para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad” (Hb 10, 7). Este “sí”, no solamente lo pronunció, sino que también lo cumplió y lo sufrió hasta en la muerte. En el himno cristológico de la segunda lectura se dice: “El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz” (Flp 2, 6-8). Jesús ha cumplido la voluntad del Padre en humildad y obediencia, ha muerto en la cruz por sus hermanos y hermanas – por nosotros – y nos ha redimido de nuestra soberbia y obstinación. Démosle gracias por su sacrificio, doblemos las rodillas ante su Nombre y proclamemos junto con los discípulos de la primera generación: “Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 10).
La vida cristiana debe medirse continuamente con Cristo: “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Flp 2, 5), escribe san Pablo en la introducción al himno cristológico. Y algunos versículos antes, él ya nos exhorta: “Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir” (Flp 2, 1-2). Así como Cristo estaba totalmente unido al Padre y le obedecía, así sus discípulos deben obedecer a Dios y tener entre ellos un mismo sentir. Queridos amigos, con Pablo me atrevo a exhortaros: Dadme esta gran alegría estando firmemente unidos a Cristo. La Iglesia en Alemania superará los grandes desafíos del presente y del futuro y seguirá siendo fermento en la sociedad, si los sacerdotes, las personas consagradas y los laicos que creen en Cristo, fieles a su vocación especifica, colaboran juntos; si las parroquias, las comunidades y los movimientos se sostienen y se enriquecen mutuamente; si los bautizados y confirmados, en comunión con su obispo, tienen alta la antorcha de una fe inalterada y dejan que ella ilumine sus ricos conocimientos y capacidades. La Iglesia en Alemania seguirá siendo una bendición para la comunidad católica mundial si permanece fielmente unida a los sucesores de san Pedro y de los Apóstoles, si de diversos modos cuida la colaboración con los países de misión y se deja también “contagiar” en esto por la alegría en la fe de las iglesias jóvenes.
Pablo une la llamada a la humildad con la exhortación a la unidad. Y dice: “No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás” (Flp 2, 3-4). La vida cristiana es una pro-existencia: un ser para el otro, un compromiso humilde para con el prójimo y con el bien común. Queridos fieles, la humildad es una virtud que en el mundo de hoy y, en general, de todos los tiempos, no goza de gran estima, pero los discípulos del Señor saben que esta virtud es, por decirlo así, el aceite que hace fecundos los procesos de diálogo, posible la colaboración y cordial la unidad. Humilitas, la palabra latina para “humildad”, está relacionada con humus, es decir con la adherencia a la tierra, a la realidad. Las personas humildes tienen los pies en la tierra. Pero, sobre todo, escuchan a Cristo, la Palabra de Dios, que renueva sin cesar a la Iglesia y a cada uno de sus miembros.
Pidamos a Dios el ánimo y la humildad de avanzar por el camino de la fe, de alcanzar la riqueza de su misericordia y de tener la mirada fija en Cristo, la Palabra que hace nuevas todas las cosas, que para nosotros es “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14, 6), que es nuestro futuro. Amén.

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