Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

Espero que os sirva de ayuda y comenteis si os parece bien...


Gracias


Maria Beatriz.



SI AL CRUCIFIJO Tu quita un Crucifijo y nosotros pondremos mil

En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

14 de septiembre de 2014

Homilía: Domingo de la semana 24 de tiempo ordinario; ciclo A

(Eccli 27,33-28,9) "Perdona la ofensa a tu prójimo"
(Rm 14,7-9) "En la vida y en la muerte somos del Señor"
(Mt 18,21-35)"Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?

 Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía durante la Misa en Westover Hills, en San Antonio (Estados Unidos) (13-IX-1987)
--- Las postrimerías
--- La experiencia del pecado
--- El Sacramento del perdón
--- Las postrimerías
Hoy es domingo: día del Señor. Hoy es como el “séptimo día” del cual el libro del Génesis dice que “descansó Dios el séptimo día de cuanto hiciera (Gen 2,2). Habiendo completado la obra de la creación, Él “descansó”. Dios se complació en su obra: “y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho” (Gen 1,31). “Y bendijo el día séptimo y lo santificó” (Gen 2,3).
En este día estamos llamados a reflexionar más profundamente sobre el misterio de la creación, y por lo tanto sobre nuestras propias vidas. Estamos llamados a “descansar” en Dios, el Creador del universo. Nuestro deber es alabarlo: “Bendice, alma mía, al Señor... bendice, alma mía al Señor y no olvides sus beneficios” (Sal 102/103, 1-2). He aquí la tarea de todo hombre. Sólo la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, es capaz de elevar un himno de alabanza y de acción de gracias al Creador. La tierra, con todas sus criaturas, y el universo entero, invitan al hombre a ser su portavoz. Sólo la persona humana es capaz de elevar desde lo profundo de su ser ese himno de alabanza, proclamado sin palabras por toda la creación: “Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre” (Sal 102/103,1).
¿Cuál es el mensaje de la liturgia de hoy? San Pablo nos dice: "Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos” (Rm 14,7-8).
Estas palabras son concisas pero encierran un mensaje conmovedor. “Vivimos” y “morimos”. Vivimos en este mundo material que nos rodea, limitados por los horizontes de nuestra peregrinación terrena a través del tiempo. Vivimos en este mundo, con la perspectiva inevitable de la muerte, ya desde el momento de la concepción y el nacimiento. Y, sin embargo, debemos mirar más allá del aspecto material de nuestra existencia terrena. Sin duda, la muerte corporal es un paso necesario para todos nosotros; pero también es cierto que lo que desde su propio principio ha nacido a imagen y semejanza de Dios no puede volver completamente a la materia corruptible del universo. Esta es una verdad y una actitud fundamental de nuestra fe cristiana. Con las palabras de San Pablo “si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos”. Vivimos para el Señor, y también el morir es para nosotros vida en el Señor.
Os invito a no olvidar nuestro destino inmortal: la vida después de la muerte, la eterna felicidad del cielo, o la terrible posibilidad del castigo eterno, la separación eterna de Dios en lo que la tradición cristiana ha llamado infierno (cfr. Mt 25,41; 22,13; 25,30). No puede haber una vida verdaderamente cristiana sin una apertura a esta dimensión trascendente de nuestras vidas. “En la vida y en la muerte somos del Señor” (Rm 14,8).
La Eucaristía que celebramos constantemente confirma nuestro vivir y morir “en el Señor”: “Te entregaste a la muerte y, resucitando, destruiste la muerte, y nos diste vida nueva”. En efecto, San Pablo escribió, “Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14,9). Sí, ¡Cristo es el Señor!
El misterio pascual transforma nuestra existencia humana para que no siga estando bajo el dominio de la muerte. En Jesucristo, nuestro Redentor, “vivimos para el Señor” y “morimos para el Señor”. Por Él, con Él y en Él pertenecemos a Dios en la vida y en la muerte. Existimos no sólo “para  morir” sino “para Dios”. Por esta razón, en este día “que hizo Yavé” (Sal 117/118,24), la Iglesia por todo el mundo da su bendición desde las mismas profundidades del misterio pascual de Cristo: “Bendice... y no olvides sus beneficios” (Sal 102/103,1-2).
--- La experiencia del pecado
“¡No olvides!”. La lectura de hoy del Evangelio de San Mateo nos da un ejemplo de un hombre que ha olvidado (cfr. Mt 18,21-35). Ha olvidado los favores que le ha dado su Señor, y, en consecuencia, se ha mostrado cruel y despiadado con su prójimo. De esta manera la liturgia nos presenta la experiencia del pecado que se ha desarrollado desde el principio de la historia del hombre paralelamente a la experiencia de la muerte.
Morimos corporalmente cuando todas las energías de nuestra vida se extinguen. Morimos por el pecado cuando el amor muere en nosotros. Fuera del Amor no hay Vida. Si el hombre se opone al amor y vive sin amor, la muerte se arraiga en su alma y crece. Por esta razón Cristo exclama, “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros.   Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13,34). La llamada al amor es una llamada a la vida, al triunfo del alma sobre el pecado y la muerte. La fuente de esa victoria es la cruz de Jesucristo: su muerte y resurrección.
De nuevo, en la Eucaristía, nuestras vidas quedan afectadas por la victoria radical de Cristo sobre el pecado, pecado que es la muerte del alma y -en definitiva- la razón de nuestra muerte corporal. “Para esto murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos” (cfr. Rm 14,9), para que pudiera dar vida nuevamente a los que están muertos en el pecado o por el pecado.
Por eso la Eucaristía comienza con el rito penitencial. Confesamos nuestros pecados para obtener el perdón por medio de la cruz de Cristo y así participar en su resurrección de entre los muertos. Pero si nuestra conciencia nos reprocha por algún pecado mortal, nuestra participación en la Misa sólo puede ser totalmente fructífera si antes recibimos la absolución en el sacramento de la penitencia.
--- El Sacramento del perdón
El misterio de la reconciliación es una parte fundamental de la vida y la misión de la Iglesia. Sin pasar por alto ninguna de las muchas maneras en las cuales la victoria de Cristo sobre el pecado se hace una realidad en la vida de la Iglesia y del mundo, considero importante hacer hincapié en que es sobre todo en el sacramento del perdón y la reconciliación donde el poder de la sangre redentora de Cristo se hace eficaz en nuestras vidas personales.
En diferentes partes del mundo existe una gran negligencia del sacramento de la penitencia. Ello va a menudo asociado a un oscurecimiento de la conciencia moral y religiosa, a una pérdida del sentido del pecado o a una carencia de instrucción adecuada sobre la importancia de este sacramento en la vida de la Iglesia de Cristo. A veces la negligencia surge porque no tomamos en serio nuestra falta de amor y de justicia y el correspondiente ofrecimiento de Dios de misericordia reconciliadora. A veces hay una duda o una renuncia a aceptar con madurez y responsabilidad las consecuencias de las verdades objetivas de la fe. Por estas razones es necesario recalcar una vez más que “sobre la esencia del sacramento ha quedado siempre sólida e inmutable en la conciencia de la Iglesia la certeza de que, por voluntad de Cristo, el perdón es ofrecido a cada uno por medio de la absolución sacramental, dada por los ministros de la penitencia” (Reconciliatio et Paenitentia 30).
Pido a todos los obispos y sacerdotes que hagan todo lo posible para que la administración de este sacramento sea un aspecto primario de su servicio al Pueblo de Dios. Nada puede sustituir los medios de gracia que Cristo mismo ha puesto en nuestras manos. El Concilio Vaticano II nunca intentó que este sacramento de la penitencia fuera practicado con menor frecuencia. Lo que el Concilio expresamente pidió fue que los fieles pudieran entender más fácilmente los signos sacramentales y recurrieron a los sacramentos con mayor deseo y frecuencia (cfr. Sacrosanctum Concilium, 59). Y precisamente porque el pecado toca muy de cerca a la conciencia individual, comprendemos por qué la absolución de los pecados debe ser individual y no colectiva, salvo en circunstancias extraordinarias aprobadas por la Iglesia.
Os pido que no veáis la Confesión como un mero intento de liberación psicológica -por más legítimo que esto pueda ser- sino como un sacramento, un acto litúrgico. La Confesión es un acto de honradez y valentía: un acto de entrega a nosotros mismos, más allá del pecado, a la misericordia de un Dios que ama y perdona. Es un acto del hijo pródigo que regresa a su Padre y es recibido por él con un beso de paz. Es fácil entender por qué “cada confesionario es un lugar privilegiado y bendito desde el cual, canceladas las divisiones, nace nuevo e incontaminado un hombre reconciliado, un mundo reconciliado” (Reconciliatio et paenitentia 31).
El potencial de una renovación auténtica y vibrante de toda la Iglesia católica a través de un uso más fiel del sacramento de la penitencia es inconmensurable. ¡Fluye directamente del corazón amoroso de Dios mismo! Esta es una certeza de fe que ofrezco a cada uno de vosotros y a toda la Iglesia en Estados Unidos.
Hago esta llamada a todos los que han estado alejados del sacramento de la reconciliación y del amor clemente: ¡Regresad a esta fuente de gracia; no tengáis miedo! Cristo mismo os espera. ¡Él os sanará y vosotros estaréis en paz con Dios!
A todos los jóvenes de la Iglesia les hago una invitación especial a recibir el perdón de Dios y su fuerza en el sacramento de la penitencia. Es un signo de grandeza ser capaces de decir: he cometido un error; he pecado, Padre; te he ofendido, mi Dios; estoy arrepentido: te pido perdón; lo intentaré nuevamente, porque confío en tu fuerza y creo en tu amor. Y sé que el poder del misterio pascual de tu Hijo -la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo- es más grande que todas mis flaquezas y que todos los pecados del mundo. ¡Iré y confesaré mis pecados, seré curado y viviré tu amor!
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
“El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”. Estas palabras del Salmo Responsorial resumen la enseñanza que la Iglesia nos recuerda en este Domingo: perdonar de corazón a quienes nos ofenden como el Señor perdona nuestras faltas.
¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir al Señor la salud? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? (1ª Lect.). También la pregunta de Pedro: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?” La contestación de Jesús: ¡Siempre!, nos recuerda que no hay excusas para cerrarse a la compresión de las debilidades ajenas. Además, la exagerada diferencia entre los dos deudores que el Maestro dibuja refuerza esta doctrina.
Al convivir en el hogar, en el trabajo, en los lugares de diversión o descanso, es inevitable que se produzcan pequeños o grandes roces: desaires, ingratitudes, olvidos, críticas..., que Dios quiere que perdonemos. “Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti” (S. Josemaría Escrivá, Camino 452).
¡No adoremos el altar de la venganza y el desquite aunque sea en pequeñas dosis! En ese altar no está Dios. Él está en la Cruz con los brazos abiertos para acoger a todos, amigos y enemigos, y dar la vida por ellos. ¡Hemos de pedir al Señor que nos haga abiertos, comprensivos, tolerantes.., que nos dé un corazón lo más parecido al Suyo! Cristo es realista, toma al hombre como es. No tiene de él una visión seráfica ni una imagen pesimista, cree en la capacidad de mejora que en él puede operarse si se le ayuda con la disculpa o un dolorido silencio, con afecto sobrenatural y humano.
Las heridas que la vida familiar, profesional y social ha podido producir en nosotros, no cicatrizarán con el desquite o la venganza. Ese modo de conducirse -aunque adopte ese prolongado silencio acusatorio con el que pretendemos que los demás adviertan que su conducta no nos ha gustado- produce más heridas y agranda las ya existentes en una espiral sin freno. Es el amor en forma de perdón el que debe vendarlas para que cicatricen y curen. S. Pablo recuerda que el amor “no lleva cuentas del mal” (1 Cor 13,4-7).
Es importante que comprendamos que el gran perjudicado cuando nos negamos a perdonar, somos nosotros mismos. Si guardamos rencor, vivimos fuera de la esfera de Dios, no estamos en el círculo de los que Él ama y, además cultivamos en el fondo del alma un foco de pus, de odio y de resentimiento, que, como un cáncer, amargará nuestra existencia y nos llevará a la muerte, “porque el juicio será sin misericordia para el que no la practicó. La misericordia (en cambio) se ríe del juicio” (St 2,13).
Necesitamos convertirnos. Jesús espera un cambio en el modo de sentir y de vivir que nos libere de la ira y el enfado provocado por la ofensa, logrando que el alma pueda respirar a pleno pulmón. Entonces, el dolor y el daño sufrido, si persiste, convivirá con el sosiego interior, una paz y una alegría que es la resultante que, al perdonar, tienen los que se saben también perdonados por Dios.
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
«Perdona y se te perdonará»
I. LA PALABRA DE DIOS
Si 27,3-28, 9: «Perdona las ofensas a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas»
Sal 102,1s.3s.9s.11s.: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia»
Rm 14,7-9: «En la vida y en la muerte somos del Señor»
Mt 18,21-35: «No te digo que le perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete»
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
El sacramento de la Penitencia (Domingo pasado) induce a la conversión del corazón. Hoy el Evangelio ahonda en esa conversión: la conversión reclama perdón, amor al prójimo.
Perdonar «setenta veces siete» es perdonar siempre. Este perdonar se apoya en la insistencia del NT: En la oración, Jesús nos enseñó a decir: «perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos...». La súplica se repite cada vez que celebramos la Eucaristía. En la moral, Jesús nos recuerda «la regla de oro»: «tratad a los demás como queréis que ellos os traten a vosotros» (cf Mt 7,12). Es que nuestra relación con Dios se regula según nuestras relaciones con el prójimo (1ª Lect.).
III. SITUACIÓN HUMANA
El corazón que perdona y olvida es grande, vive en la paz y es amado de Dios y de los hombres. La mejor imagen de nosotros mismos es la de ser personas de gran corazón.
No suele aceptarse hoy con facilidad el perdón porque se considera como un signo de debilidad. Sin embargo solamente los corazones fuertes tienen capacidad de convertirse y de perdonar.
IV. LA FE DE LA IGLESIA
La fe
– «Lo temible es que este desbordamiento de misericordia [Bautismo y Penitencia] no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido... Al negarse a perdonar... el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre...» (2840).
– "«Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonáis cada uno de corazón a vuestro hermano». Allí es, en efecto, en el fondo del «corazón» donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión" (2843; cf 2842-2844).
La respuesta
– «La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos... Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es la cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado» (2843).
– «No hay límite ni medida en este perdón, esencialmente divino...» (2845).
– «Perdona nuestras ofensas...»: "Nuestra petición se dirige al futuro, nuestra respuesta debe haberla precedido; una palabra las une: «como»" (2838).
El testimonio cristiano
– «Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión, los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos: Dios quiere ser pacificado con oraciones de paz. La obligación más bella para Dios es nuestra paz, nuestra concordia, la unidad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo con todo el pueblo fiel (San Cipriano)» (2845).
El sacramento del Perdón de Dios puede quedar anulado o muy debilitado, según sea nuestro perdón al hermano, a todo hombre. Que hoy y cada Domingo, el gesto de la paz reavive en nosotros la centralidad absoluta de la caridad cristiana.
Homilía IV: Homilía pronunciada por S.S. Benedicto XVI
SANTA MISA PARA LA CLAUSURA DEL XXV CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL ITALIANO
Astillero de Ancona
Domingo 11 de septiembre de 2011
Queridísimos hermanos y hermanas:
Hace seis años, el primer viaje apostólico en Italia de mi pontificado me llevó a Bari, con ocasión del 24° Congreso eucarístico nacional. Hoy he venido a clausurar solemnemente el 25°, aquí en Ancona. Doy gracias al Señor por estos intensos momentos eclesiales que refuerzan nuestro amor a la Eucaristía y nos ven reunidos en torno a la Eucaristía. Bari y Ancona, dos ciudades que se asoman al mar Adriático; dos ciudades ricas de historia y de vida cristiana; dos ciudades abiertas a Oriente, a su cultura y su espiritualidad; dos ciudades que los temas de los Congresos eucarísticos han contribuido a acercar: en Bari hemos hecho memoria de cómo «sin el Domingo no podemos vivir»; hoy, nuestro reencuentro se caracteriza por la «Eucaristía para la vida cotidiana».
Antes de ofreceros alguna reflexión, quiero agradecer vuestra coral participación: en vosotros abrazo espiritualmente a toda la Iglesia que está en Italia. Dirijo un saludo agradecido al presidente de la Conferencia episcopal, cardenal Angelo Bagnasco, por las cordiales palabras que me ha dirigido también en nombre de todos vosotros; a mi legado para este Congreso, cardenal Giovanni Battista Re; al arzobispo de Ancona-Ósimo, monseñor Edoardo Menichelli, a los obispos de la provincia eclesiástica de Las Marcas y a los que han acudido numerosos de cada parte del país. Junto con ellos, saludo a los sacerdotes, los diáconos, los consagrados y las consagradas, y a los fieles laicos, entre los cuales veo muchas familias y muchos jóvenes. Mi agradecimiento va también a las autoridades civiles y militares y a cuantos, de diversas maneras, han contribuido al buen éxito de este acontecimiento.
«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» (Jn 6, 60). Ante el discurso de Jesús sobre el pan de vida, en la Sinagoga de Cafarnaún, la reacción de los discípulos, muchos de los cuales abandonaron a Jesús, no está muy lejos de nuestras resistencias ante el don total que él hace de sí. Porque acoger verdaderamente este don quiere decir perderse a sí mismo, dejarse fascinar y transformar, hasta vivir de él, como nos ha recordado el apóstol san Pablo en la segunda lectura: «Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor» (Rm 14, 8).
«Este modo de hablar es duro»; es duro porque con frecuencia confundimos la libertad con la ausencia de vínculos, con la convicción de poder actuar por nuestra cuenta, sin Dios, a quien se ve como un límite para la libertad. Y esto es una ilusión que no tarda en convertirse en desilusión, generando inquietud y miedo, y llevando, paradójicamente, a añorar las cadenas del pasado: «Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto», decían los israelitas en el desierto (Ex 16, 3), como hemos escuchado. En realidad, sólo en la apertura a Dios, en la acogida de su don, llegamos a ser verdaderamente libres, libres de la esclavitud del pecado que desfigura el rostro del hombre, y capaces de servir al verdadero bien de los hermanos.
«Este modo de hablar es duro»; es duro porque el hombre cae con frecuencia en la ilusión de poder «transformar las piedras en pan». Después de haber dejado a un lado a Dios, o haberlo tolerado como una elección privada que no debe interferir con la vida pública, ciertas ideologías han buscado organizar la sociedad con la fuerza del poder y de la economía. La historia nos demuestra, dramáticamente, cómo el objetivo de asegurar a todos desarrollo, bienestar material y paz prescindiendo de Dios y de su revelación concluyó dando a los hombres piedras en lugar de pan. El pan, queridos hermanos y hermanas, es «fruto del trabajo del hombre», y en esta verdad se encierra toda la responsabilidad confiada a nuestras manos y nuestro ingenio; pero el pan es también, y ante todo, «fruto de la tierra», que recibe de lo alto sol y lluvia: es don que se ha de pedir, quitándonos toda soberbia y nos hace invocar con la confianza de los humildes: «Padre (...), danos hoy nuestro pan de cada día» (Mt 6, 11).
El hombre es incapaz de darse la vida a sí mismo, él se comprende sólo a partir de Dios: es la relación con él lo que da consistencia a nuestra humanidad y lo que hace buena y justa nuestra vida. En el Padrenuestro pedimos que sea santificado su nombre, que venga su reino, que se cumpla su voluntad. Es ante todo el primado de Dios lo que debemos recuperar en nuestro mundo y en nuestra vida, porque es este primado lo que nos permite reencontrar la verdad de lo que somos; y en el conocimiento y seguimiento de la voluntad de Dios donde encontramos nuestro verdadero bien. Dar tiempo y espacio a Dios, para que sea el centro vital de nuestra existencia.
¿De dónde partir, como de la fuente, para recuperar y reafirmar el primado de Dios? De la Eucaristía: aquí Dios se hace tan cercano que se convierte en nuestro alimento, aquí él se hace fuerza en el camino con frecuencia difícil, aquí se hace presencia amiga que transforma. Ya la Ley dada por medio de Moisés se consideraba como «pan del cielo», gracias al cual Israel se convierte en el pueblo de Dios; pero en Jesús, la palabra última y definitiva de Dios, se hace carne, viene a nuestro encuentro como Persona. Él, Palabra eterna, es el verdadero maná, es el pan de la vida (cf. Jn 6, 32-35); y realizar las obras de Dios es creer en él (cf. Jn 6, 28-29). En la última Cena Jesús resume toda su existencia en un gesto que se inscribe en la gran bendición pascual a Dios, gesto que él, como hijo, vive en acción de gracias al Padre por su inmenso amor. Jesús parte el pan y lo comparte, pero con una profundidad nueva, porque él se dona a sí mismo. Toma el cáliz y lo comparte para que todos pueden beber de él, pero con este gesto él dona la «nueva alianza en su sangre», se dona a sí mismo. Jesús anticipa el acto de amor supremo, en obediencia a la voluntad del Padre: el sacrificio de la cruz. Se le quitará la vida en la cruz, pero él ya ahora la entrega por sí mismo. Así, la muerte de Cristo no se reduce a una ejecución violenta, sino que él la transforma en un libre acto de amor, en un acto de autodonación, que atraviesa victoriosamente la muerte misma y reafirma la bondad de la creación salida de las manos de Dios, humillada por el pecado y, al final, redimida. Este inmenso don es accesible a nosotros en el Sacramento de la Eucaristía: Dios se dona a nosotros, para abrir nuestra existencia a él, para involucrarla en el misterio de amor de la cruz, para hacerla partícipe del misterio eterno del cual provenimos y para anticipar la nueva condición de la vida plena en Dios, en cuya espera vivimos.
¿Pero qué comporta para nuestra vida cotidiana este partir de la Eucaristía a fin de reafirmar el primado de Dios? La comunión eucarística, queridos amigos, nos arranca de nuestro individualismo, nos comunica el espíritu de Cristo muerto y resucitado, nos conforma a él; nos une íntimamente a los hermanos en el misterio de comunión que es la Iglesia, donde el único Pan hace de muchos un solo cuerpo (cf. 1 Co 10, 17), realizando la oración de la comunidad cristiana de los orígenes que nos presenta el libro de la Didaché: «Como este fragmento estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino» (ix, 4). La Eucaristía sostiene y transforma toda la vida cotidiana. Como recordé en mi primera encíclica, «en la comunión eucarística, está incluido a la vez el ser amados y el amar a los otros», por lo cual «una Eucaristía que no comporte un ejercicio concreto del amor es fragmentaria en sí misma» (Deus caritas est, 14).
La historia bimilenaria de la Iglesia está constelada de santos y santas, cuya existencia es signo elocuente de cómo precisamente desde la comunión con el Señor, desde la Eucaristía nace una nueva e intensa asunción de responsabilidades a todos los niveles de la vida comunitaria; nace, por lo tanto, un desarrollo social positivo, que sitúa en el centro a la persona, especialmente a la persona pobre, enferma o necesitada. Nutrirse de Cristo es el camino para no permanecer ajenos o indiferentes ante la suerte de los hermanos, sino entrar en la misma lógica de amor y de donación del sacrificio de la cruz. Quien sabe arrodillarse ante la Eucaristía, quien recibe el cuerpo del Señor no puede no estar atento, en el entramado ordinario de los días, a las situaciones indignas del hombre, y sabe inclinarse en primera persona hacia el necesitado, sabe partir el propio pan con el hambriento, compartir el agua con el sediento, vestir a quien está desnudo, visitar al enfermo y al preso (cf. Mt 25, 34-36). En cada persona sabrá ver al mismo Señor que no ha dudado en darse a sí mismo por nosotros y por nuestra salvación. Una espiritualidad eucarística, entonces, es un auténtico antídoto ante el individualismo y el egoísmo que a menudo caracterizan la vida cotidiana, lleva al redescubrimiento de la gratuidad, de la centralidad de las relaciones, a partir de la familia, con particular atención en aliviar las heridas de aquellas desintegradas. Una espiritualidad eucarística es el alma de una comunidad eclesial que supera divisiones y contraposiciones y valora la diversidad de carismas y ministerios poniéndolos al servicio de la unidad de la Iglesia, de su vitalidad y de su misión. Una espiritualidad eucarística es el camino para restituir dignidad a las jornadas del hombre y, por lo tanto, a su trabajo, en la búsqueda de conciliación de los tiempos dedicados a la fiesta y a la familia y en el compromiso por superar la incertidumbre de la precariedad y el problema del paro. Una espiritualidad eucarística nos ayudará también a acercarnos a las diversas formas de fragilidad humana, conscientes de que ello no ofusca el valor de la persona, pero requiere cercanía, acogida y ayuda. Del Pan de la vida sacará vigor una renovada capacidad educativa, atenta a testimoniar los valores fundamentales de la existencia, del saber, del patrimonio espiritual y cultural; su vitalidad nos hará habitar en la ciudad de los hombres con la disponibilidad a entregarnos en el horizonte del bien común para la construcción de una sociedad más equitativa y fraterna.
Queridos amigos, volvamos de esta tierra de Las Marcas con la fuerza de la Eucaristía en una constante ósmosis entre el misterio que celebramos y los ámbitos de nuestra vida cotidiana. No hay nada auténticamente humano que no encuentre en la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud: que la vida cotidiana se convierta en lugar de culto espiritual, para vivir en todas las circunstancias el primado de Dios, en relación con Cristo y como donación al Padre (cf. Exhort. ap. postsin. Sacramentum caritatis, 71). Sí, «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4): nosotros vivimos de la obediencia a esta palabra, que es pan vivo, hasta entregarnos, como Pedro, con la inteligencia del amor: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 68-69).
Como la Virgen María, seamos también nosotros «regazo» disponible que done a Jesús al hombre de nuestro tiempo, despertando el deseo profundo de aquella salvación que sólo viene de él. Buen camino, con Cristo Pan de vida, a toda la Iglesia que está en Italia. Amén.

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