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Gracias


Maria Beatriz.



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En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

7 de septiembre de 2014

Homilía: Domingo de la semana 23 de tiempo ordinario; ciclo A


(Ez 33,7-9) "Te he puesto de atalaya en la casa de Israel"
(Rm 13,8-10) "Amar es cumplir la ley eterna"
(Mt 18,15-20) "Si tu hermano peca, repréndelo a solas"
Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía de Fernández Carvajal en "Hablar con Dios" Tomo IV
--- La oración en familia es muy grata a Dios
--- Algunas prácticas de piedad en el hogar
--- El Santo Rosario
--- La oración en familia es muy grata a Dios
Jesús manifiesta con frecuencia que la salvación y la unión con Dios es, en último extremo, asunto personal: nadie puede sustituirnos en el trato con Dios. Pero Él también ha querido que nos apoyemos unos en otros y nos ayudemos en el caminar hacia la meta definitiva. Esta unión, tan grata al Señor, se ha de poner especialmente de manifiesta entre aquellos que tienen los mismos vínculos de espíritu o de la sangre. Esta unidad que exige poner en juego tantas virtudes, es tan deseada por el Señor, que ha prometido, como un don especial, concedernos más fácilmente aquello que le pidamos en común. Así lo leemos en el Evangelio de la Misa: “Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,19-20).
La Iglesia ha vivido desde siempre la práctica de la oración en común, que no se opone ni sustituye a la oración personal privada por la que el cristiano se une íntimamente a Cristo. Muy grata al Señor es, de modo particular, la oración que la familia reza en común; es uno de los tesoros que hemos recibido de otras generaciones para sacar abundante fruto y transmitirlo a las siguientes.
--- Algunas prácticas de piedad en el hogar
“Hay prácticas de piedad ‑pocas, breves y habituales‑ que se han vivido siempre en las familias cristianas, y entiendo que son maravillosas: la bendición de la mesa, el rezo del rosario todos juntos... las oraciones personales al levantarse y al acostarse. Se tratará de costumbres diversas, según los lugares; pero pienso que siempre se debe fomentar algún acto de piedad, que los miembros de la familia hagan juntos, de forma sencilla y natural, sin beaterías.
“De esa manera, lograremos que Dios no sea considerado un extraño, a quien se va a ver una vez a la semana, el domingo, a la iglesia; que Dios sea visto y tratado como es en realidad: también en medio del hogar, porque, como ha dicho el Señor, donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,20)” (Conversaciones 103).
“Estas plegarias -enseña JP II comentando este pasaje del Evangelio- tiene como contenido "la misma vida familiar" (...): alegrías y dolores, esperanzas y tristezas, nacimientos y cumpleaños, aniversarios de la boda de los padres, etc. señalan la intervención del amor de Dios en la historia de la familia, como deben también señalar el momento favorable de acción de gracias, de petición, de abandono confiado de la familia al Padre común que está en los Cielos. Además, la dignidad y responsabilidad de la familia cristiana en cuento Iglesia doméstica solamente puede ser vivida con la ayuda incesante de Dios, que será concedida sin falta a cuantos la pidan con humildad y confianza en la oración” (Famili. Consor. 59).
La oración fomenta el sentido sobrenatural, que permite comprender lo que ocurre a nuestro alrededor y en el seno de la familia, y nos enseña a ver que nada es ajeno a los planes de Dios: en toda ocasión se nos muestra como un Padre que nos dice que la familia es más suya que nuestra.
"Si alguno no cuida de los suyos y principalmente de su casa, ha negado la fe y es peor que un infiel" (1 Tim 5,8), escribe San Pablo a Timoteo, recordando la obligación que todos tenemos hacia aquellos que el Señor nos ha encomendado.
“La Sagrada Escritura nos habla de esas familias de los primeros cristianos ‑la Iglesia doméstica, dice San Pablo‑, a las que la luz del Evangelio daba nuevo impulso y nueva vida. En todos los ambientes cristianos se sabe, por experiencia, qué buenos resultados da esa natural y sobrenatural iniciación a la vida de piedad, hecha en el calor del hogar. El niño aprende a colocar al Señor en la línea de los primeros y más fundamentales afectos; aprende a tratar a Dios como Padre y a la Virgen como Madre; aprende a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres. Cuando se comprende eso, se ve la gran tarea apostólica que pueden realizar los padres, y cómo están obligados a ser sinceramente piadosos, para poder transmitir ‑más que enseñar‑ esa piedad a los hijos” (Conversaciones 103).
"Ubi caritas et amor, Deus ibi est", “donde hay caridad y amor, allí está Dios”, canta la liturgia del Jueves Santo. Cuando los cristianos nos reunimos para orar entre nosotros se encuentra Cristo, que escucha complacido esa oración fundamentada en la unidad. Así hacían también los Apóstoles: "Perseveraban unánimes en la oración, con las mujeres y con María, la Madre de Jesús" (Act 1,14). Era la nueva familia de Cristo.
--- El Santo Rosario
La plegaria familiar por excelencia es el Santo Rosario. “La familia cristiana -enseña el Papa Juan Pablo II- se encuentra y consolida su identidad en la oración. Esforzaos por hallar cada día un tiempo para dedicarlo juntos a hablar con el Señor y a escuchar su voz. ¡Qué hermoso resulta que en nuestra familia se rece, al atardecer, aunque sea una sola parte del Rosario!
“Una familia que reza unida, se mantiene unida; una familia que ora, es una familia que se salva.
“¡Actuad de manera que vuestras casas sean lugares de fe cristiana y de virtud, mediante la oración rezada todos juntos!”.
El Rosario y el rezo del Angelus -señalaba en otra ocasión el Pontífice- “deben ser para todos los cristianos y aún más para las familias cristianas como un oasis espiritual en el curso de la jornada, para tomar valor y confianza”. “¡Ojalá resurgiese la hermosa costumbre de rezar el Rosario en familia!”.
El Santo Rosario es considerado como “una plegaria pública y universal frente a las necesidades ordinarias y extraordinarias de la Iglesia santa, de las naciones y del mundo entero. Es un buen soporte en el que se apoya la unidad familiar”.
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
“Repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano”. Una indicación del Señor que tiene la hondura de las cosas sencillas y el aroma de la caridad. Lo que separa en la Iglesia al hermano del extraño o del enemigo radica justamente en este: “repréndelo a solas”. Mientras los que no aman a la Iglesia airean las debilidades y errores de los que pertenecemos a Ella hablando o escribiendo lo que no deben, como no deben y donde no deben, Jesús pide que, a solas, como a un hermano o a un amigo a quien se quiere bien pero anda equivocado, se le alerte delicadamente del mal que puede ocasionarse y ocasionar a la Iglesia.
“A solas”. Es toda una invitación a la delicadeza, al tacto más exquisito, a la amistad verdadera, y que trae a la memoria, además, todo un arsenal de virtudes: la caridad que es la que mueve a la corrección soltando o frenando la lengua según los casos; la prudencia que busca el momento y la palabra oportuna, la que no hiere; la humildad que elige el tono justo propio de quien no ignora que también nosotros debemos ser corregidos; la fortaleza y la veracidad que delatan al hombre recio y entero, al cristiano auténtico. A solas. Los padres deben evitar reñir delante de los hijos. Y otro tanto deben hacer los superiores, los educadores..., todos. A solas, en un diálogo sincero y respetuoso.
La Sagrada Escritura nos enseña que antaño Dios se servía de los profetas, gente llena de fortaleza y de caridad, para advertir a los hombres, incluso a reyes y príncipes, cuando equivocaban el camino. “¿Quién más inteligente que David?, escribe S. Juan Crisóstomo; y sin embargo, no se dio cuenta de que había pecado gravemente... Necesitó la luz del profeta y que sus palabras le hicieran caer en la cuenta de su falta. El Señor quiere que haya quienes vayan al pecador y le hablen de lo que ha hecho” (In Mt. hom. 60).
El amor sincero a quienes pertenecen a la Iglesia, debe superar con fortaleza cristiana un falso temor a contristar o a que la corrección no sea bien recibida; que se produzca un distanciamiento, se pierda una amistad o el crearse enemigos; la conciencia de que también nosotros incurrimos con frecuencia en la misma falta o no poseemos la ciencia y la experiencia de quien debe ser advertido. Justamente porque está movida por el amor y hecha con la delicadeza del que se sabe también pecador, todos, pero especialmente los padres, los maestros y educadores, quienes tienen una responsabilidad sobre los demás, deben procurar mirar más el bien de la Iglesia y de los demás que el temor a contristar.
“Si te hace caso...” Debemos aceptar con agradecimiento la corrección fraterna que, sin duda, es siempre más costosa para quien la hace que para quien la recibe. “Hijo mío, no desprecies la corrección del Señor, ni te desanimes cuando Él te reprenda; porque el Señor corrige al que ama...¿qué hijo hay a quien su padre no corrija? Si se os privase de la corrección, que todos han recibido, seríais bastardos y no hijos... Toda corrección no parece de momento agradable sino penosa, pero luego produce fruto apacible de justicia en los que en ella se ejercitan” (Heb 12, 4-12).
La gran lección de la Liturgia de hoy es que la conversión continua, debida a la ayuda a quien equivoca el camino, es posible cuando existe un amor sincero, humilde y fuerte para aceptar la corrección o para practicarla. Quien corrige o es corregido, si es sencillo y fuerte, se sabe querido, ayudado y no criticado, y “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”, nos dice hoy el Señor.
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
«El sacramento del perdón en la Iglesia»
I. LA PALABRA DE DIOS
Ez 33,7-9: «Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre»
Sal 94,1s.6s.8s.: "Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis vuestro corazón»"
Rm 13,8-10: «La plenitud de la ley es el amor»
Mt 18,15-20: «Si te hace caso has salvado a tu hermano»
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
Las primeras Lecturas y los Evangelios de este Domingo y del siguiente giran en torno al perdón del pecado en la Iglesia.
En este Domingo nos centramos en los versículos del Evangelio más destacados a lo largo de la historia: «... todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo».
Desde los comienzos, la Iglesia ha entendido en esa expresión lapidaria el poder que Cristo le ha concedido de perdonar el pecado. El Cristo perdonador del Evangelio se hace presente y sensible en el sacramento de la Penitencia y del perdón, para curar el corazón – por la penitencia– y hacerlo nuevo – por su perdón creador– (cf Sal 50,12).
III. SITUACIÓN HUMANA
Aun cuando el hombre quiera desentenderse de Dios, el pecado pesa en su interior. Hay que sacarlo para sentirse liberado.
La situación de quien no «siente» el pecado es semejante a la del enfermo que ignora el cáncer que tiene dentro de sí.
El drama del hombre de hoy, compartido por no pocos cristianos, no es tanto no necesitar el perdón cuanto el no ser conscientes de su pecado.
IV. LA FE DE LA IGLESIA
La fe
– El perdón del pecado se obtiene por el "... Sacramento de la Penitencia... [que] consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador... Sacramento del perdón porque, por la absolución sacramental del sacerdote, Dios concede al penitente «el perdón y la paz»" (OP, fórmula de la absolución) (1423. 1424).
– La riqueza teológica de este sacramento se expresa en sus distintas denominaciones: 1423-1424.
La respuesta
– La conversión del corazón, obra de Dios en nosotros y de nosotros con Dios: «El corazón del hombre es rudo y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo (cf Ez 36,26-27). La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a él nuestros corazones: conviértenos, Señor, y nos convertiremos...» « Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo... El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron...» (1432).
– Para ahondar en la conversión: 1425-1429.
– La conversión es el comienzo de la nueva creación.
El testimonio cristiano
– La «... reconciliación con Dios tiene como consecuencia, por así decir, otras reconciliaciones que reparan las rupturas causadas por el pecado: el penitente perdonado se reconcilia consigo mismo en el fondo más íntimo de su propio ser, en el que recupera la propia verdad interior; se reconcilia con los hermanos, agredidos y lesionados por él de algún modo; se recocilia con la Iglesia, se reconcilia con toda la creación (RP 31)» (1469).
La meditación del Evangelio por la Iglesia a lo largo de los siglos nos recuerda el gran sacramento de la Penitencia y del perdón en Mt 18, 18. Como todo sacramento, es gracia, gracia de conversión, y sintonía del bautizado con ese don de Dios. 

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