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En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

16 de septiembre de 2014

Acompañar el sufrimiento ¿cómo cuidar en el final de la vida?

Teniendo en cuenta la propuesta del Papa Benedicto XVI para la Jornada Mundial del Enfermo de que estuviera centrada en LAS NECESIDADES DE LOS ENFERMOS TERMINALES y de sus palabras al rezar la oración mariana del Angelus el domingo, día 11 de febrero 2007 en la Plaza de San Pedro de la Ciudad del Vaticano haciendo un llamamiento a desarrollar los tratamiento paliativos: “Es necesario apoyar el desarrollo de los tratamiento paliativos que ofrezcan una asistencia integral y que dispensen a los enfermos incurable ese apoyo humano y acompañamiento espiritual que tanto necesitan”, he sido invitado por el Secretariado Pastoral de la Salud de nuestra Diócesis de Bilbao a compartir mis reflexiones, como médico y como cristiano comprometido, con todos aquellos que se dedican a acompañar y cuidar enfermos.

Antes de desarrollar el contenido de esta conferencia es preciso recordar que los enfermos que se encuentra en la fase final de su vida presentan cuatro tipo de necesidades que precisan ser atendidas por quienes les cuidamos: las necesidades físicas o biológicas, las necesidades afectivas o psicológicas, las necesidades sociales o familiares y las necesidades espirituales. Las cuatro deben ser debidamente satisfechas para conseguir una muerte digna y en paz, es decir, para morir bien. También será preciso contestar algunas preguntas antes de continuar:

- ¿A quién vamos a cuidar al final de la vida? A los pacientes cuyas enfermedades no responden ya al tratamiento curativo y a los que han cumplido el ciclo de su vida y están próximos a salir de ella.
- ¿Para qué cuidar al final de la vida? Para que salgan de la vida con la misma naturalidad con la que se incorporaron a ella.
- ¿Cómo cuidar al final de la vida? Para cuidar al final de la vida no es preciso ser profesional sanitario para hacerlo con cariño y con disposición sincera de hacerlo. Es verdad que los sanitarios les ofrecemos soluciones médicas y de enfermería, pero también lo debemos hacer con cariño y con disposición sincera de hacerlo.

Esta última pregunta es la que deseo responder con detalle en esta conferencia y deseo comenzar con algunas ideas que a mí me han ayudado mucho:

Muchísimos años atrás, se acercó a un famoso clérigo y le hizo la siguiente proposición: “si puedes decirme la esencia de tu religión mientras permaneces parado sobre una sola pierna, me convertiré a ella”. Sin vacilar, el clérigo respondió: “NO HAGAS A LOS DEMAS LO QUE NO TE HARÍAS A TI MISMO. ESTA ES LA LEY BÁSICA. LO DEMÁS SON COMENTARIOS”. Yo la enunciaría de la siguiente manera para que la recordáramos mejor: “HAZ A LOS DEMÁS LO QUE QUISIERAS QUE TE HICIERAN A TI”.

Si cuando cuidamos a un enfermo actuamos con esta filosofía estoy seguro que no nos equivocaríamos nunca y, además, estaríamos siendo consecuentes con nuestra forma de pensar y de actuar.

Otra segunda idea que me gustaría transmitirles hoy es que “El hombre es el remedio del hombre”. Y esto es lo que me enseñaron unos enfermos de nuestro Hospital.

Antonio tenía 80 años, vía solo, en una pensión, tenía las piernas amputadas y además estaba enfermo. Como podrán comprender con esta corta descripción, un cuadro desolador: un hombre con ancianidad, con soledad, con invalidez y además con enfermedad. La asistenta social solicitó el ingreso en nuestra Unidad de Cuidados Paliativos porque necesitaba cuidados médicos y de enfermería que no se lo podían dar en su domicilio dadas las características que les he descrito.

Ingresó como compañero de habitación Juan, un enfermo de 70 años que iba a ser operado de cadera. Juan animaba mucho a Antonio. Antonio admiraba con cierta envidia cómo la familia de Juan le visitaba todos los días. A él no le visitaba nadie; no tenía familia ni amigos que vinieran a estar unos minutos con él. Sólo nos tenía al equipo que le atendíamos, a los voluntarios y ahora a Juan.

A los 4 días del postoperatorio de Juan, su mujer salió como todas las noches del hospital para su casa. Al cabo de unas horas nos comunicaron que le había atropellado un coche y que había fallecido. Se lo tuvimos que decir a Juan, su marido. Se lo dijimos y Juan se hundió en una gran tristeza. Su mujer ya no vendría más a visitarle. Ahora, Antonio consuela a Juan. Juan ahora necesita la ayuda, la solidaridad de Antonio.

Estos dos hombres se dieron lo mejor de ellos. Ellos nos ayudaron a comprender la frase que les he citado antes: “el hombre es el remedio del hombre”.

Pues bien, con estas dos primeras ideas podrán, seguramente, comprender cómo todos nosotros podemos respetar al ser humano hasta su hora final, y para ello no es preciso que seamos médicos, enfermeras, psicólogos u otros profesionales de la salud. Tan solo bastará que lo hagamos con cariño y con disposición sincera de hacerlo.

Cuando una persona sufre una enfermedad progresiva, avanzada, que no es curable, merece todo tipo de atenciones. Es entonces cuando los esfuerzos han de orientarse a buscar su mayor bienestar y calidad de vida durante el tiempo que le quede y a procurarle una muerte tranquila. Para ello será necesario establecer una buena comunicación para que así podamos comprender mejor sus problemas y sus deseos, aliviarles adecuadamente sus molestias y ofrecerle los diversos apoyos que necesitará tanto él como su familia. También hemos llegado a comprender al estar junto a ellos que los que conocen la verdad de su enfermedad, los que se mantienen conscientes y los que participan hasta el final en las decisiones sobre su cuidado, suelen vivir una muerte apacible.

A continuación les voy a enumerar algunas formas de esa relación de ayuda que todos nosotros podemos prestar al ser humano hasta su hora final.

DEBEMOS ACOMPAÑARLE
En la etapa final de la vida la persona se siente más vulnerable, más retraída, más aislada física y emocionalmente. Cuando el enfermo presiente su muerte se debate entre momentos de esperanza por su curación y el dolor de ver próxima su muerte. Por un lado espera que se descubra algún remedio para su enfermedad, pero por otro lado comprueba que ese remedio no llegará a tiempo porque su vida se acaba.

Sin embargo, ante esta situación, nosotros tendemos a evitar el acercamiento al enfermo por no saber qué decirle. Y es en este momento cuando más necesita que le dediquemos nuestro tiempo para conocer lo que le preocupa y poder así poner en orden sus pensamientos. Es preciso que estemos a su lado, que le escuchemos, que le visitemos con frecuencia, que le mostremos respeto y comprensión para que tenga claro que estamos dispuestos a apoyarle ante todo lo que le pueda ocurrir.

No tenemos que olvidar que también es necesario que respetemos los momentos en los que el enfermo desee estar a solas. Y también debemos tener presente que su deterioro progresivo le irá dejando cada vez con menos energía para mantener una conversación de forma activa.

Será nuestra compañía el mejor medicamento que a este enfermo se le pueda dar en ese momento, teniendo en cuenta que es un medicamento que carece de contraindicaciones y de efectos secundarios. Así que dediquémosle nuestro tiempo.

HAY QUE TOCARLE
El tacto es uno de los primeros sentidos en desarrollarse y uno de los últimos que se pierden. Es una forma de comunicación que transmite al enfermo calor, apoyo y solidaridad. Es al final de la vida cuando la persona aprecia más las expresiones físicas de afecto, los abrazos y los besos. No se puede valorar en toda su extensión el bien que se le hace al sujetar su mano, tocar su hombro, colocar bien su almohada, secar su frente y tratarle con amabilidad.

El tacto actúa eficazmente contra el temor y la ansiedad, facilita el compartir y además parece liberar el poder natural de curación.

La forma de mirar, de dar la mano, son importantes cuando la comunicación a través de las palabras se hace difícil, o estamos con personas que no pueden comunicarse como son los que padecen demencia, los sordos, los enfermos con cáncer de lengua, de laringe... o los que hablan otra lengua que no comprendemos.

La sonrisa, el tono de voz, los gestos de las manos... pueden significar calor e interés personal. No olviden que en esta etapa final de la vida el 80% de la comunicación se hace por medio del gesto y del tacto

HAY QUE ESCUCHARLE
Escuchando al enfermo atentamente mostraremos nuestro respeto y apoyo para que se enfrente mejor a estos momentos. Escuchándole podremos apreciar su actitud ante la enfermedad y sus emociones.

Es importante que el enfermo pueda hablar sin interrupciones y expresar sus pensamientos. A veces, lo que necesita el enfermo es que estemos a su lado en silencio, atendiéndole, acogiendo lo que expresa. Debemos intentar no cambiar de tema hasta que él lo haga ni dar consejos precipitadamente. La relación será más satisfactoria si se facilita que sea él quien llegue por sí mismo a sus propias conclusiones.

Tenemos que contestar a sus preguntas y responder a sus dudas, pero con respuestas realistas y dejando que se exprese el enfermo totalmente para que pueda encontrar soluciones. En ocasiones, habrá que pedirle que tenga paciencia y que se desahogue siempre que quiera, aunque a veces le salga cierta agresividad.

Tenemos que tener en cuenta que una buena comunicación hace que se controle mejor el dolor, la ansiedad y la depresión. Si él se siente escuchado con atención tal vez precise menos dosis de calmantes o de antidepresivos. Y, algo difícil pero posible, hemos de ponernos en el lugar del que sufre para buscar su mayor confort físico, mental y espiritual.

En muchas ocasiones solemos indicar al enfermo cómo debe comportarse, qué ha de hacer o cambiar para que todo vaya bien, pero en la situación terminal hemos de aceptar a la persona por lo que es, alguien único e irrepetible, con un valor en sí mismo. Nunca hemos de juzgar.

Antes de señalarles otra pauta quisiera que tuvieran muy presente lo de escuchar; para ello recuerden lo que dijo alguien del que no recuerdo su nombre: “El Creador nos puso una boca y dos orejas para escuchar el doble de lo que hablemos”.

¿CÓMO RESPONDER A SUS PREGUNTAS?
Muchos enfermos presienten su gravedad y piden que se confirmen sus dudas, desean conocer la verdad, saber si van a morir pronto. Por eso es importante responder a estas dudas, pero respetando el momento en el que él lo pida, cuando él lo pida y, siempre, teniendo en cuenta que la comunicación de la verdad sea a través de la persona que él quiera.
Habrá que comunicarle la verdad que él pueda asumir, aceptar y comprender, procurando partir de lo que él ya conoce de su enfermedad. Se le explicará de forma sencilla y gradual, cuando él lo pida, pero sobre todo, sin mentir. Porque si el enfermo descubre cierta falsedad en nuestra respuesta habremos conseguido que pierda la confianza en quien le comunica la mala noticia, aunque sea una persona muy cercana a él. Habremos conseguido que el enfermo se aísle emocionalmente en un momento en que lo que más necesita es abrirse, expresar bien sus sentimientos y dejar todo en orden.

No podemos ignorar que la persona, aunque enferma, tiene derecho a saber qué le ocurre, tiene derecho a tomar decisiones y tiene derecho a que se respete su dignidad. Aún no se ha muerto, por eso aún continúa teniendo derechos. Sin duda alguna podrá enfrentarse mejor a su futuro y al de los suyos si conoce la verdad de su situación. Además, la mayoría de los enfermos saben lo que tienen porque sienten el deterioro de su cuerpo que le hará percibir el mal pronóstico de su enfermedad.

Es muy importante que los más cercanos al enfermo puedan descubrir los beneficios de la comunicación, para así poder trabajar conjuntamente con él y así arreglar las cosas pendientes y lograr que la etapa final sea más sosegada. Todo lo que pueda hacer feliz al enfermo hay que hacerlo o decirlo ahora que aún está consciente y aún no se ha muerto.

Un enfermo terminal pocos días ante de morir me decía: “Doctor, no le diga nada a mi mujer de lo mal que estoy, de que me voy a morir pronto porque ella sufriría mucho”. Su mujer me había dicho cuando ingresó su marido que no le dijera nada de su gravedad. Yo le contesté al enfermo diciendo que su mujer ya lo sabía y que me había hecho la misma petición hacia él. Cuando se vieron, yo fui testigo de ello, él le dijo: “toda la vida contándonos todo y ahora en estos momentos que nos queda de estar juntos nos intentábamos engañar”. Desde entonces, hasta que murió, vivieron con intensidad los últimos días compartiendo todo, como lo habían hecho siempre.

Es propio de esta etapa también el deseo de fortalecer los lazos afectivos con la familia y otros seres queridos para reconciliarse con todos y poder despedirse. Todos los que estemos cerca del enfermo y de su familia debemos facilitar que eso sea así.

Recuerdo también aquel enfermo que estaba triste día tras día y cuando le preguntábamos el por qué de su tristeza él nos confesó que tenía mucha pena porque sabía que se iba a morir muy pronto y desde hacía muchos años no se hablaba con un hijo suyo y su gran deseo era hacer las paces con él antes de morir. Le pedimos permiso para facilitar ese encuentro y él nos lo concedió pero sin tener muchas esperanzas en que se pudiera cumplir su último deseo. Conseguimos localizar a su hijo y explicarle la pena de su padre. El hijo acudió al Hospital. El abrazo de su hijo resolvió la tristeza del padre. Ese mismo día nos decía: doctor, ya me puedo morir tranquilo y a los pocos días falleció.

HAY QUE COMPRENDERLE
Es importante saber que la mayor parte del sufrimiento que ocurre en esta etapa, a parte de provocarlo el dolor físico, tiene que ver con otros temas emocionales y espirituales y con su propia incapacidad para resolver los interrogantes más profundos de la vida.
Hay que tener en cuenta que estamos en un momento crucial en el que, a la luz de la experiencia, el enfermo puede llegar a distinguir entre lo verdaderamente esencial y lo que no lo es. Escuchar sus reflexiones sobre temas espirituales, el significado de la vida, la razón del sufrimiento, a menudo sirve para adquirir cierta paz interior. No es conveniente que nos enfrentemos negativamente a todo ello porque pudiera provocar una profunda crisis en sus valores espirituales. Más bien, lo que se necesita es oír que todo ese proceso es normal y que experimentan algo que es común a todas las personas.

Una ancianita que se estaba muriendo me hizo sentar en su cama y me entregó una hoja fotocopiada y me dijo: “Doctor, lea esa hoja y consérvela; ése es el concepto que tengo de Dios y el que me está dando fuerza para morir en paz”.

En esa hoja se leía:
“Si nadie te ama, mi alegría es amarte,
si lloras, estoy deseando consolarte,
si eres débil, te daré mi fuerza y energía,
si nadie te necesita, yo te busco,
si eres inútil, yo no puedo prescindir de ti,
si tienes miedo, te llevo en mis espaldas,
si quieres caminar, iré contigo,
si me llamas, vengo siempre,
si te pierdes, no duermo hasta encontrarte.
Si quieres conversar, yo te escucho siempre,
Si no tienes a nadie, me tienes a mí,
Si quieres ver mi rostro, mira una flor, una fuente, un niño”.
Para esta mujer, ya mayor, ese era su Dios.

¿QUÉ HACER SI DESEA LA MUERTE?
Es verdad que algunos enfermos nos dicen “Doctor, yo no quiero seguir viviendo así”. Pues bien, cuando un enfermo nos está solicitando la muerte de esta manera lo que debemos hacer es tratar de descubrir lo que hay detrás de ese “no quiero seguir viendo así”. Tal vez no quiera vivir así porque le falta apoyo psicológico a su angustia y a su desesperanza o a su depresión. O porque presenta síntomas como el dolor, el insomnio o los vómitos... que no están siendo bien controlados. O porque se siente una carga para su familia por su dependencia de los demás y por su inutilidad. Si solucionamos este “así”, es decir su dolor, su angustia y sus sensación de carga para la familia, les aseguro que no desearán la muerte.

Cualquiera con un poco de experiencia en la atención a enfermos graves sabe que, cuando un enfermo solicita la muerte, es muy importante averiguar qué hay detrás de esa petición. Tal vez sea una llamada de atención para que se le alivie el dolor o se le ponga remedio al insomnio; o quizá una queja encubierta para que se le trate de una manera más humana o se le haga compañía, o sencillamente, para que se le explique lo que le está ocurriendo. Los enfermos terminales pasan por fases muy diferentes en su estado de ánimo. Así, quienes pedían la muerte en un momento de desesperanza o de abatimiento, unos días después, quizá tras suprimirles el dolor o facilitarle la posibilidad de desahogarse en un conversación tranquila, vuelven a encontrar sentido a esta última fase de su existencia. Está claro que esas personas no desean la muerte como tal, sino que buscan salir de una situación que les resulta insoportable.

Un ancianito que estaba muy cerca de su final me decía: “Doctor, yo deseo morirme ya, no quiero seguir viviendo, soy una carga para toda mi familia; fíjese cuánto tiempo llevo enfermo y estoy complicando la vida a mi familia: mis hijos han tenido que dejar de trabajar para venir a cuidarme, les voy a estropear sus vacaciones que ya las tenían programadas desde hace mucho tiempo; mis nietos no se pueden concentrar para sus exámenes, no se divierten como antes… Les estoy estropeando todo, así que quiero morirme para que no se tengan que preocupar de mí”. Para estos síntomas yo no tenía ningún medicamento, pero se me ocurrió que sería bueno recordarle lo que él hizo por su familia y comencé a decirle: “Juan, cuando tus hijos eran pequeños y estuvieron enfermos cuántas veces dejasteis de ir al cine tu mujer y tú para cuidarles?, cuántos esfuerzos habéis hecho para que ellos pudieran estudiar?, tal vez no te mereces que ellos puedan agradecértelo ahora que lo necesitas?. Ellos están orgullosos de poder devolverte su cariño ahora. Dales la oportunidad”. Juan sonrió y me dijo: “Tal vez tenga razón, doctor, creo que ahora me siento mejor, no me siento una carga, me siento querido, así que ahora no me quiero morir porque sentirse querido me hace feliz”.

Son los Cuidados Paliativos y no la eutanasia lo que ayuda a los enfermos en la fase terminal de su enfermedad a morir con dignidad, con la mayor calidad de vida posible, atendiendo todas las necesidades de la persona en esa situación y aceptando con naturalidad el hecho de la muerte. Los Cuidados Paliativos intentan eliminar el sufrimiento, mientras que la eutanasia opta por eliminar a la persona que sufre. Como verán la diferencia entre ambas es evidente.

Para que conozcan algo más de lo que son los Cuidados Paliativos o lo que es lo mismo, la Medicina Paliativa les diré que estos cuidados no tienen como objeto alargar la existencia sino contribuir a dar confort y significado a la vida hasta la llegada de la muerte natural. En este contexto es fácil razonar que toda una serie de medidas obligatorias en la práctica de la medicina curativa, cuya función es recuperar la salud, no lo serán en una enfermedad terminal biológicamente irreversible, como pueden ser la respiración artificial, los sueros intravenosos, las sondas de alimentación por la nariz... Incluso en algunos casos estaría claramente contraindicada la aplicación de supuestos tratamientos que puedan producir sufrimiento al enfermo en fase terminal. Sería contrario a la ética utilizar la Ciencia para prolongar la muerte.
Esta Medicina procura ver simultáneamente a la persona que está enferma para seguir a su lado respetándola y cuidándola; y a la vez ver su biología irremediablemente dañada para abstenerse de acciones que no le van a reportar ningún beneficio.

Actualmente los profesionales de la Medicina disponemos de un verdadero arsenal de analgésicos y otros tratamientos del dolor, de la ansiedad... de modo que no tiene sentido justificar la eutanasia por motivo de sufrimiento. La eutanasia es totalmente innecesaria: los enfermos en fase terminal no la necesitan, lo que necesitan es que les alivie sus síntomas (su dolor, sus vómitos, su dificultad para respirar...) que se comparta con ellos sus miedos, sus incertidumbres y sus esperanzas; necesitan sentirse queridos, que no se les considere una carga.

Los médicos podemos y debemos permitir la muerte de los enfermos en fase terminal sin caer en el encarnizamiento terapéutico, pero nunca debemos provocar la muerte intencionadamente. La eutanasia no es una técnica, no es un recurso de la medicina; la eutanasia expulsa a la Medicina, la sustituye. El enfermo desea que le curemos, si no lo podemos hacer, que le cuidemos y le aliviemos hasta que se muera, pero en ningún caso desea que le eliminemos.

Los profesionales sanitarios de Cuidados Paliativos estamos convencidos de que cuando se consigue que el enfermo fallezca en paz, con comodidad y que tanto él como sus familia hayan recibido un apoyo emocional adecuado, se llega a descubrir que dar alivio a las molestias físicas y emocionales de una persona es tan importante como curar.

Durante toda nuestra vida hemos realizado todos los intentos posibles, unas veces consiguiéndolos y otras veces no, por respetar al ser humano que estaba junto a nosotros. Pues bien, cuando estamos junto a una persona tan vulnerable, tan frágil, como es un enfermo en su fase final de la vida ese respeto deberá ser exquisito y si queremos no equivocarnos hagámoslo como les contaba al principio de esta conferencia: HAGAMOS A LOS DEMAS LO QUISIERAMOS QUE NOS LO HICIERAN A NOSOTROS.

 Dr. Jacinto Bátiz
 Jefe de la Unidad de Cuidados Paliativos
 Hospital San Juan de Dios (Santurtzi-Bizkaia)
 e-mail: jbatiz@hsjd.es

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