Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

Espero que os sirva de ayuda y comenteis si os parece bien...


Gracias


Maria Beatriz.



SI AL CRUCIFIJO Tu quita un Crucifijo y nosotros pondremos mil

En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

22 de agosto de 2014

San Mateo 22, 34-40 “Amarás…”

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 22, 34-40

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»
Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Éste es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas»


Compartiendo la Palabra
Por CELAM - CEBIPAL

Todo se resume en el verbo Amar
San Mateo 22, 34-40
“Amarás…”

Un mandamiento dice qué es lo que Dios quiere de nosotros y primero de todos los mandamientos dice lo que fundamentalmente Dios quiere de nosotros. Ese es el sentido de la pregunta del fariseo que leemos hoy: “¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” (22,34). Es decir: “¿En qué debemos concentrar todas nuestras fuerzas de manera que la vida tenga sentido y alcance la eternidad?”.

Con su respuesta Jesús, citando Deuteronomio 6,5, coloca en primer plano el amor: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (22,37).

Por tanto la primera tarea es amar a Dios con todas las fuerzas que tengamos. Las facultades que aquí se mencionan son:
• El corazón: la dimensión volitiva del hombre, su “querer”, sus “decisiones”.
• El alma: que en la antropología bíblica es la “fuerza vital”.
• La mente: la dimensión intelectiva, nuestra capacidad de representar el mundo.

Con ello se quiere decir que debemos emplear todas nuestras fuerzas, sin excepción, en el amor de Dios. La entrega a él y por él debe ser total, por eso a cada dimensión enunciada se le añade el término “todo”.

Jesús agrega: “El segundo (mandamiento) es semejante a éste: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’” (22,39).

El amor que tenemos por nosotros mismos es el parámetro del amor que debemos tener por nuestros hermanos. Este amor por nosotros mismos no consiste en fuertes sentimientos y emociones, sino en la serena aceptación de nosotros mismos con todo lo que somos, lo que tenemos, lo que constituye nuestra personalidad, nuestras potencialidades y nuestras limitaciones. Cuando nos aceptamos a nosotros mismos le decimos “sí” al amor de Dios que nos ha creado, a ese amor que toma forma en nuestra persona.

El amor al prójimo debe ser de la misma naturaleza del amor por nosotros mismos. Esto es, aceptamos al prójimo en su singularidad, lo reconocemos en su existencia como un “otro” amado y creado por Dios. En esta igualdad se reconoce también la singularidad del otro. Por eso el amor al prójimo es también un reconocimiento a la voluntad creadora de Dios y la relación con él un motivo de alabanza a Dios.

Como concluye Jesús, de este mandato “pende” toda la Sagrada Escritura (22,40). Es decir que este tipo de amor es el que Dios quiere de nosotros: el amor total por él y el amor –desde la dinámica interna del reconocimiento de su valor– del prójimo.

Así es como nuestra vida alcanza su verdadero sentido, un sentido definitivo e indestructible.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1.
¿Quién ha sido capaz de amar a Dios y ofrecerse a él con esa entrega “total”? ¿Deseo hacerlo?

2. ¿Mi relación con Dios parte de lo más profundo de mi ser, de mi fuerza vital, o la siento como un peso, como una obligación una rutina? ¿Me mueve hacia él la fuerza del amor?

3. ¿Cuál es el parámetro de mis relaciones con los demás? ¿Qué debo hacer?

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