Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

Espero que os sirva de ayuda y comenteis si os parece bien...


Gracias


Maria Beatriz.



SI AL CRUCIFIJO Tu quita un Crucifijo y nosotros pondremos mil

En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

17 de agosto de 2014

LECTURAS DEL DÍA 17-08-2014

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. Memoria libre. 17 de Agosto del 2014 . 3º semana del Salterio. (Ciclo A) TIEMPO ORDINARIO. AÑO DE LA FE..SS Jacinto de Polonia pb Eusebio pp, Beatriz de Silva vg, Clara de Montefaleo vg, Juanaa Delanone vg.SS. Santoral Latinoamericano. SS. Jacinto Isaac
LITURGIA DE LA PALABRA

Is 56,1.6-7: A los extranjeros los traesé a mi monte santo.
Salmo responsorial 66: Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben
Rm 11,13-15.29-32: Los dones y la llamada de Dios so irrevocables
Mt 15,21-28: Mujer, que grande es tu fe
A la vuelta del exilio, los discípulos de Isaías recobran las enseñanzas del profeta del siglo VII y proponen al nuevo Israel, en proceso de formación, que se abra a los valores de la universalidad y el ecumenismo. La apertura, sin embargo, no se basa en un compromiso diplomático ni en una ilusión quimérica sino en la causa universal de la Justicia. La tercera parte del libro de Isaías no propone que todas las religiones de su época se reúnan bajo la única bandera del pontificado de Jerusalén, sino que el pueblo que está naciendo después de cincuenta años de exilio sea el aglutinador de las aspiraciones más legítimas de la humanidad. 

Los discípulos de Isaías son conscientes del peligro que subyace al nacionalismo exacerbado. La unidad étnica, cultural e ideológica de un pueblo no le da derecho a despreciar a los demás, bajo el pretexto de una falsa superioridad. Cada pueblo puede sólo ser superior a sí mismo en cada momento de la historia. Y esta superioridad consiste en transformar todas las decadentes tendencias centralistas, alienadoras y clasistas, en una consciencia de sus propias potencialidades de apertura universalista y de esfuerzo de comunión.

El nuevo Templo, como símbolo de la esperanza y la resurrección de un pueblo, debía convertirse en una institución que animara los procesos de integración universal. El Templo, como casa de Dios, debía estar abierto a los creyentes en el Dios de la Justicia y el Amor, cuya religión se inspira en el respeto por los más débiles y en la defensa de los excluidos.

Sin embargo, esta propuesta no tuvo casi ninguna resonancia y se convirtió en un sueño, en una esperanza para el futuro, en una utopía que impaciente aguarda a su realizador. Cuando Jesús expulsa a los mercaderes del Templo proclama a voz en cuello «mi casa será casa de oración», la propuesta del libro de Isaías. El Templo, aun desde mucho antes de que apareciera Jesús, se había convertido en el fortín de los terratenientes y en el depósito de los fondos económicos de toda la nación. Había pasado de ser patrimonio de un pueblo a ser una cueva donde los explotadores ponían a salvo sus riquezas mal habidas. El enfrentamiento con los mercaderes tenía por objetivo no sólo reivindicar la sacralidad del espacio, sino, sobretodo, la necesidad de devolverle al Templo su función como baluarte de la justicia y de la apertura económica. Los guardias del templo cerraban el paso a los creyentes de otras nacionalidades, pero abrían las puertas a los traficantes que venían a hacer negocios sucios.

En ese proceso de ruptura con la decadencia del Templo y con la élite que lo manipulaba se enmarca el episodio de la mujer cananea. Jesús se había retirado hacia una región extranjera, no muy lejos de Galilea. Las fuertes presiones del poder central imponían fuertes limitaciones a su actividad misionera. Su obra a favor de los pobres, enfermos y marginados encontraba una gran resistencia, incluso entre el pueblo más sencillo y entre sus propios seguidores. El encuentro con la mujer cananea, doblemente marginada por su condición de mujer y de extranjera, transforma todos los paradigmas con los que Jesús interpretaba su propia misión. La mujer extranjera rompe todos los esquemas de cortesía y buen gusto que en las sociedades antiguas tenían un carácter no sólo indicativo sino obligatorio. Existían reglas estrictas para controlar el trato entre una mujer y un varón que no fuera de la propia familia. Los gritos desesperados de la mujer y sus exigencias ponían los pelos de punta no solo a los discípulos sino al evangelista que nos narra este relato. Con todo, la escena nos conmueve porque muestra cómo la auténtica fe se salta todos los esquemas y persigue, con vehemencia, lo que se propone.

Los discípulos, desesperados más por la impaciencia que por la compasión, median ante Jesús para ponerle fin a los ruegos de la mujer. El evangelista, entonces, pone en labios de Jesús una respuesta típica de un predicador judío: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel», para explicar cuál debería ser la actitud de Jesús. Por fortuna, la mujer, haciendo a un lado los prejuicios raciales ajenos, corta el camino a Jesús y lo obliga a dialogar. Cuál no sería la sorpresa de Jesús al encontrar en esta mujer, sola y con una hija enferma, una fe que contrastaba con la incredulidad de sus paisanos. Como Elías al comienzo de su misión, Jesús comprende que aunque la misión comienza por casa, no puede excluir a aquellos auténticos creyentes en el Dios de la Solidaridad, la Justicia y el Derecho. Por esta razón, su palabra abandona la pedantería del discurso nacionalista y se acoge a la universal comunión de los seguidores del Dios de la Vida.

Pablo, en la misma línea, abandona los inútiles esfuerzos por abrir a Israel a la esperanza profética y acepta la propuesta de los creyentes de otras naciones que están dispuestas a formar las nuevas comunidades abiertas, ecuménicas y solidarias.

En nuestro tiempo continuamos sin romper con tantos mecanismos que marginan y alejan a tantos auténticos creyentes en el Dios de la Vida, únicamente porque son diferentes a nosotros por su nacionalidad, clase social, estado civil o preferencia afectiva. ¡Esperemos que alguna buena mujer nos dé la catequesis de la misericordia y la solidaridad!

Por lo que se refiere a la misión «misionera» de los cristianos, bien sabemos que la letra del texto del evangelio de hoy bien podría inducirnos a error, pues hoy día la misión no puede estar centrada en ninguna clase restrictiva de ovejas, ni las de Israel, ni las del cristianismo,ni mucho menos las «católicas». La misión ha roto todas las fronteras, y sólo reconoce como objetivo el reinado del Dios de la Vida y de la Justicia. La misión ya no es ni puede ser chauvinista, porque hoy no cabe entenderla sino como «Misión por el Reino», por la Utopía del Reinado del Dios de la Vida, que es siempre un Dios inabarcablemente plural en sus manifestaciones, en sus revelaciones, en sus caminos...

PRIMERA LECTURA
Isaías 56,1.6-7
A los extranjeros los traeré a mi monte santo
Así dice el Señor: "Guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar, y se va a revelar mi victoria. A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alianza, los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración, aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos."

Palabra de Dios

Salmo responsorial: 66
R/.Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. R.

Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra. R.

Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe. R.

SEGUNDA LECTURA
Romanos 11,13-15.29-32
Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel
Hermanos: Os digo a vosotros, los gentiles: Mientras sea vuestro apóstol, haré honor a mi ministerio, por ver si despierto emulación en los de mi raza y salvo a alguno de ellos. Si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Vosotros, en otro tiempo, erais rebeldes a Dios; pero ahora, al rebelarse ellos, habéis obtenido misericordia. Así también ellos, que ahora son rebeldes, con ocasión de la misericordia obtenida por vosotros, alcanzarán misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos.

SANTO EVANGELIO
Mateo 15,21-28
Mujer, qué grande es tu fe
En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: "Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo." Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: "Atiéndela, que viene detrás gritando." Él les contestó: "Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel." Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: "Señor, socórreme." Él le contestó: "No está bien echar a los perros el pan de los hijos." Pero ella repuso: "Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos." Jesús le respondió: "Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas." En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor


Reflexión de la Primera Lectura Is 56,1.6-7: A los extranjeros los traesé a mi monte santo. 

El profeta, por medio de una acción simbólica, anuncia de nuevo al pueblo el fin próximo de Jerusalén y la deportación a Mesopotamia. Realiza Sus gestos «a la vista de ellos», pero éstos «tienen ojos para ver; y no ven; oídos para oír; y no oven» porque “son un pueblo rebelde” (v. 2). En ellos se cumple lo que dice el salmo de cuantos siguen a los dioses: «Los ídolos de los paganos son plato y oro y han sido fabricados por manos humanas. Tienen boca no hablan, tienen ojos no ven, tienen orejas y no oyen, no hay vida en ellos. Sean como ellos quienes los fabrican, los que confían en ellos» (Sal 135,15—18).

El profeta se carga el equipaje de deportado y, en me dio de la oscuridad, con el rostro cubierto hasta el punto de no poder ver nada, sale de la ciudad a través de un boquete hecho en la pared: es un mensaje destinado al rey y a sus conciudadanos. Los últimos versículos (vv 1lss, tal vez añadidos más tarde) aluden de un modo más claro a los hechos históricos. En tiempos del último asedio a Jerusalén, el rey Sedecías intentó una fuga de noche por un boquete de las murallas, junto con un grupo de combatientes, pero fue detenido y, tras haber asistido al exterminio de sus hijos, fue cegado, deportado a Babilonia y encarcelado allí (2 Re 25,4-7). El rey acabó prisionero y ciego. No se puede bajar más. A este final —repite el profeta— conducen la ceguera religiosa, la presunción frente a los mensajes de Dios, la rebelión contra su señorío. No queda espacio para ninguna esperanza ni para ninguna astucia humana. Lo que hace el pueblo de Dios ha sido denunciado sin remisión: la maldad conduce a un final vergonzoso.

Si tenemos en cuenta que se trata de palabras dirigidas a gente que se encuentra en el exilio, convencida de un próximo retorno a Jerusalén, cuando todavía reina Sedecías, es preciso reconocer que el profeta acaba con todas las ilusiones e invita a pasar de la con fianza en los dioses hechos por manos humanas a la fe en el Dios vivo. «Yo (Ezequiel) soy un símbolo para vosotros» (cf. v.11 a). Quiere serlo a cualquier precio, trabajando y sufriendo. Esa fue su vocación. En esto representa, para nosotros, un ideal y un programa.

Reflexión del Salmo responsorial 66: Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben
Este salmo es una mezcla de diversos tipos: súplica colectiva (2- 3), himno de alabanza (4 y acción de gracias colectiva (5.7-8). Nosotros lo consideraremos como un salmo de acción de gracias colectiva. El pueblo da gracias a Dios después de la fiesta de la Recolección, y toma conciencia de que él es el Señor del mundo.

El estribillo, que se repite en los versículos 4 y 6, divide el salmo en tres partes: 2-3; 5; 7-8. La primera (2-3) es una súplica. El pueblo le pide a Dios que tenga piedad y lo bendiga, exponiendo el motivo de esta petición, a saber, que se conozcan en la tierra los caminos de Dios y que todas las naciones tengan noticia de su salvación. La expresión «iluminar el rostro sobre alguien» significa mostrar benevolencia, mostrarse favorable. Tal vez tenga que ver con los instrumentos que empleaban los sacerdotes para echar las suertes. Si quedaba a la vista el lado pulido de la chapa o la moneda, entonces Dios estaría haciendo brillar su rostro, es decir sería propicio. Aquí aparecen ya algunos de los términos más importantes de todo el salmo: Señor (Dios), bendición, naciones, tierra (las otras son: mundo, juzgar, gobernar).

El estribillo (4.6) formula un deseo de alcance universal: que toda la humanidad (los pueblos) alaben al Dios de Israel.

La segunda parte (5) presenta el tema central: Dios juzga al mundo con justicia, juzga a los pueblos con rectitud y gobierna las naciones de la tierra.

En la tercera parte (7-8) se muestra uno de los resultados de la bendición de Dios: la tierra ha dado su fruto. Y también se expresa un deseo: que esa bendición continúe y llegue a todo el mundo, que temerá a Dios (8).

Este salmo está muy bien estructurado: un estribillo, repetido en dos ocasiones, y dos partes que se corresponden muy bien entre sí. De hecho, si comparamos la primera parte (2-3) con la última (7-8), podemos darnos cuenta de que tienen elementos en común: Dios, la tierra (3 y 8b) y el tema de la bendición (2ª y 7b). La segunda parte (5) no se corresponde con las otras dos. Tenemos, pues, el siguiente cuadro: en el centro, como eje o motor del salmo, la segunda parte (5). Por delante y por detrás, el estribillo (4.6). En los extremos, la primera parte (2-3) y la tercera (7-8). Lo que podemos interpretar del siguiente modo: Dios juzga al mundo y a los pueblos con justicia y con rectitud, y gobierna a las nociones de la tierra (5); por eso lo alaban todos los pueblos (4.6); Dios ilumina con su rostro (su rostro brilla) (2), los caminos son conocidos (3) y su bendición se traduce en que la tierra produce frutos abundantes (7).
Cuando nos encontramos con una estructura semejante, tenemos que acudir al eje central para encontrar el sentido del salmo. Se trata de un movimiento desde dentro hacia fuera.

Este salmo pone de manifiesto las conquistas que fue realizando el pueblo de Dios a lo largo de su caminar. En un primer momento, se creía que existían muchos dioses, uno o más por cada pueblo o nación. Con el paso del tiempo, sin embargo, Israel fue tomando conciencia de que, en realidad, existe un solo Dios, Señor de todo y de todos, y así lo enseñó a otros pueblos. El Señor no es sólo el Dios de Israel, sino el Dios de toda la humanidad. Israel tuvo que llegar al convencimiento de ello para poder enseñárselo a los demás pueblos. Por eso, en este salmo, se habla tanto de «naciones», «pueblos», «mundo» y «tierra». Se había superado —o se estaba en proceso de superación— un conflicto «religioso» o «teológico». No existen muchos dioses. Sólo hay uno y no puede ser exclusivo de Israel. Todos los pueblos y naciones están invitados a aclamar a este Dios.

El contexto en el que se sitúa este salmo es el de la fiesta de la Recolección (7). El pueblo acaba de cosechar el cereal y, por eso, acude al templo para dar gracias. De ahí que este salmo sea una acción de gracias colectiva. Una cosecha abundante es signo de la bendición divina, una bendición que engendra vida para el pueblo. Así, Israel confiesa que su Dios está vinculado a la tierra y a la vida, convirtiendo la tierra en el seno donde brota la vida. Pero, por causa de la tierra, Israel se preguntaba: ¿Acaso Dios, Señor de la vida y de la tierra, es Dios solamente para nosotros? ¿No será también el Dios de todos los pueblos? De este modo, surge el tema central del salmo (5). Dios juzga al mundo con justicia, juzga a los pueblos con rectitud y gobierna las naciones de la tierra. Es el señor de todo el mundo y de todos los pueblos. Así, la justicia se irá implantando en todas las relaciones internacionales, de modo que todos los pueblos puedan disfrutar de las bendiciones de Dios que, en este salmo, se traducen en una cosecha abundante.

Partiendo de la recolección de los frutos de la tierra, este salmo llega a la conclusión de que Dios es Señor de todos los pueblos y de todas las naciones, y que Dios reparte sus bendiciones entre todos. Este salmo está muy lejos de la mentalidad imperialista que, en nombre de Dios, pretende que todo el mundo se someta a una nación determinada. El es el único que gobierna la tierra, el único capaz de juzgar al mundo y a los pueblos con justicia y con rectitud (5).

Se trata, una vez más, del Dios de la Alianza, pero esto no es algo exclusivo de Israel, no se trata de un privilegio suyo. El es el Dios de todos los pueblos. Los juzga con justicia y rectitud. Todos los pueblos lo aclaman; y el resultado de ello es la vida que brota de la tierra. En la Biblia, la bendición es sinónimo de fecundidad. Además de lo dicho, se trata de un Dios profundamente vinculado a dos realidades: la justicia y la tierra que da su fruto. La tierra, al producir (para todos), le ha brindado a Israel la posibilidad de descubrir que Dios es el Señor del mundo y de los pueblos, sin imperialismos, sin que un pueblo tenga que dominar sobre otros. Todos los pueblos se encuentran en torno al único Dios, aclamándolo y disfrutando de su bendición, que toma cuerpo en la fecundidad de la tierra.

En el Nuevo Testamento, además de lo que ya hemos dicho a propósito de otros salmos de acción de gracias colectiva, puede ser bueno fijarse en cómo Jesús se relacionó con los que no pertenecían al pueblo de Dios, y cómo ellos creyeron en Jesús, tratándolo con cariño (por ejemplo, Lc 7,1- Jn 4,1-42).

Hay que rezarlo juntos, soñando con la justicia internacional, con la fraternidad entre los pueblos, con las conquistas en la lucha por la posesión de la tierra. Podemos rezarlo cuando queremos dar gracias por el don de la tierra...

Reflexión de la Segunda Lectura Rm 11,13-15.29-32: Los dones y la llamada de Dios so irrevocables
Después de resaltar el rechazo del Mesías-Cristo por Israel, Pablo se pregunta si un acto así conlleva el repudio de Israel por parte del Dios de la alianza. Una vez dicho que es imposible, queda por explicar la razón de un hecho de tal importancia: la razón consiste en los «celos» que habría provocado en el pueblo elegido el traspaso de las promesas de los judíos a los paganos, estimulando, de esta manera, la fidelidad al Dios de los Padres y a sus designios salvíficos. Pablo, por el contrario, escribe que el rechazo de Cristo por parte de Israel ha significado la reconciliación del mundo. Pero cuando Israel reconozca que en Cristo «tiene su cumplimiento la Ley» (Rom 10,4), entonces será «como un volver de los muertos a la vida», un acontecimiento estrepitoso que sólo la potencia divina puede realizar.

Para clarificar mejor su reflexión, el apóstol desarrolla (en la sección omitida por la liturgia) la metáfora del acebuche (los paganos) injertado en el olivo (los judíos) y concluye diciendo: «Si tú has sido cortado de un olivo silvestre, al que por naturaleza pertenecías, y has sido injertado contra tu naturaleza en el olivo bueno, “¡con cuánta mayor facilidad podrán ser injertadas las ramas originales en el propio olivo!” (v. 24). En este punto Pablo habla de «misterio», del plan providencial de Dios, que espera el ingreso de todos en el Reino mesiánico, y, por supuesto, el acceso está abierto para Israel. Ninguno de los dos pueblos —judíos y paganos— puede arrogarse derechos de progenitura, porque a entrambos cruza la desobediencia y ambos son llamados a experimentar la misericordia divina.

Reflexión primera del Santo Evangelio: Mt 15,21-28: Mujer, que grande es tu fe
La presente sección se abre enunciando un principio básico de la vida cristiana: la reconciliación y el perdón. El lector del evangelio va lo conoce por otras palabras de Jesús (5, 23 y la oración específicamente cristiana, el Padrenuestro, lo recuerda constantemente. Los números utilizados por la pregunta de Pedro y, sobre todo, por la respuesta de Jesús hablan de un perdón ilimitado. El patrón que se tiene delante, tanto para la pregunta como para la respuesta, es el de la venganza: si Caím fue vengado siete veces, Lamec lo será setenta veces siete (Gén 4, 24). La contrapartida del principio pagano de la venganza sin límite es el principio cristiano del perdón ilimitado.

La parábola que viene a continuación es una aclaración práctica y concreta del principio enunciado. La venganza era una ley sagrada en todo el Oriente; el perdón era humillante. Muestra parábola es como un drama en cuatro actos: deuda, misericordia, crueldad y justicia.

Un hombre debía diez mil talentos, una suma exorbitante: unos siete millones de dólares. El auditorio de Cristo no podía imaginar deuda semejante. Los oyentes de Jesús debían llegar a la conclusión siguiente: es imposible que el siervo en cuestión pueda pagar su deuda. En resumen, se trata de una deuda impagable.

El acreedor da orden de venta de todo cuanto su deudor tiene: él mismo, su mujer; familiares y cosas. Es un rasgo parabólico: el dinero obtenido de la venta de todo y de todos sería una cantidad ridícula, absolutamente desproporcionada con la deuda. La orden de venta pretende únicamente poner de relieve la indignación del señor ante la deuda de aquel siervo suyo. Este reacciona de la única forma que le es posible: suplica y promete. Así se ha preparado ya la reacción del rey: le condonó toda la deuda. Su magnanimidad le hizo ir mucho más allá de 1o que el siervo podía imaginarse.

El deudor perdonado se convierte en deudor despiadado. La deuda que un compañero suyo tenía con él el absolutamente ridícula en comparación con la que el rey acababa de perdonarle a él. Quiere ahogarlo. Y ahora repite la misma escena que había protagonizado él ante el rey: suplica y promete. Pero en este caso todo resulta inútil y lo mete en la cárcel hasta que le pague todo lo que le debía.

Los compañeros que sabían todo lo que había ocurrido, se lo cuentan al rey. Este, indignado por aquel proceder incalificable, le retira el perdón y le aplica la justicia. Este deudor despiadado vivirá en adelante bajo el látigo de los torturadores, porque nunca será capaz de compensar su deuda con el rey.

Así hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonare cada uno a su hermano de todo corazón. La parábola describe las relaciones del hombre con Dios y de los hombres entre sí. La deuda de diez mil talentos, impagable en todo caso, simboliza la situación del hombre pecador, de todo hombre, a quien Dios perdona por pura gracia. La actitud del siervo despiadado retrata la ruindad del corazón humano. Unos a otros nos debemos cien denarios. Una ridiculez en comparación con lo que nos ha sido perdonado. ¿Cuál debe ser la reacción del hombre frente al prójimo?
Dios abre la gracia de su perdón de una manera insospechada para el hombre. Pero retira esta ola de indulgencia jubilar ante los corazones ruines que niegan el perdón al prójimo. Y en el día del juicio el deudor despiadado será medido con la medida de la justicia (ver el comentario a 7, 13).

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Mt 15,21-28: mujer que grande es tu fe. 
Pedro le plantea a Jesús una pregunta que tiene una gran importancia para toda la comunidad: « ¿Cuántas veces hay que perdonar al hermano en caso de recibir una ofensa personal?». La práctica judía preveía que se perdonara una misma culpa hasta tres veces. Pedro, al preguntar si basta con «siete veces» (número que indica la perfección), se muestra disponible a perdón un perdón generoso. Sin embargo, Jesús da una ve más un vuelco a la perspectiva yendo más allá de la ley establecida: es preciso perdonar «setenta veces siete», o sea, siempre.

Es fácil percibir en la respuesta del Maestro una alusión al «canto de la espada» de Lámec (Gn 4,23s), que pretendía para sí una venganza de «setenta veces siete» superior a la fijada por Dios para Caín. La petición de Jesús exige, por tanto, un cambio radical de mentalidad, un cambio que haga pasar al hombre de la atención a sí mismo y de la reivindicación de sus propios derechos al amor desmesurado y gratuito por el odio. Esta es la verdadera conversión que restaura en él su semejanza original con Dios, haciéndole «perfecto» como su Padre, es decir, misericordioso más allá de todo cálculo y medida.

El fragmento, para hacer más claro y eficaz el mensaje, prosigue con la parábola del siervo sin entrañas. Esta, exclusiva de Mateo, se articula en tres escenas; las dos primeras —simétricas-— ponen en clara contraposición los dos diferentes comportamientos que se pueden asumir frente a un deudor: la misericordia hasta «perjudicarse» a sí mismo en favor de los otros, o la dureza hasta aniquilar a los otros en beneficio de los propios intereses (vv. 24-27; 28-30); la tercera escena describe el castigo reservado a quien no es capaz de ser benévolo. Los tonos empleados son los propios del judaísmo escatológico, que revelan que la parábola ha sido adaptada en vistas a las exigencias eclesiales de la comunidad judeocristiana a la que se dirige el evangelista.

Por una parte, hay un siervo «inicuo», que pide a su señor tiempo para saldar su deuda y no sólo obtiene un aplazamiento, sino la condonación total (cien mil talentos es una suma que nunca hubiera podido rembolsar); por otra, este mismo siervo, agraciado, en vez de derramar sobre los otros la misericordia que han usado con él, se muestra duro e inflexible hasta el punto de no perdonar una pequeña deuda a un consiervo suyo que le debe una cifra irrisoria. El mismo se condena. En efecto, tal como nos recuerda la oración que nos enseñó Jesús, para obtener et perdón del Padre también nosotros debemos perdonar a los hermanos. La naturaleza herida por el pecado sería incapaz de esto; por eso Jesús, el perdón del Padre, ha venido a clavar en la cruz el documento de nuestra deuda y a derramar en nuestros corazones su Espíritu de amor.

Para quien ha encontrado a Cristo y con él ha conocido la misericordia del Padre que perdona y renueva la vida, la piedad con los hermanos se convierte en un deber imprescindible: « ¿No debías haber tenido…? ». Cuando el corazón del hombre ha conocido los amplios horizontes del verdadero amor, cuando ha descubierto que cada uno de nosotros ha sido pensado y querido desde la eternidad por un designio que le arranca del anonimato y de la desesperación del sinsentido para hacerle cooperador de la salvación universal, inevitablemente se adquiere también una mirada diferente sobre los hombres, reconocidos en Cristo como hermanos.

El amor tiene una ley propia fundamental: cuando se comparte con los otros, se multiplica; cuando lo retenemos para nosotros mismos, se deteriora en egoísmo. Así como una llamita no se apaga si enciende otras, sino que hace aumentar la luz, así el amor del Señor, propagado, se vuelve un río impetuoso que derriba todas las barreras, supera todo límite en un aumento de caridad que llega a abarcar toda la humanidad.

Por el contrario, si el comportamiento está en abierta contradicción con la fe profesada, la incoherencia se convierte en un gran obstáculo para la fe de los hermanos. Un cristiano que no sea capaz de perdonar y hasta probablemente conserve en su corazón sentimientos de rencor, no se perjudica sólo a sí mismo, sino también a los otros a los que escandaliza. En efecto, el encuentro con Cristo no es auténtico si no transforma radicalmente las relaciones interpersonales a partir de las que tenemos con las personas que viven a nuestro lado.

No siempre resulta fácil —más aún, en ocasiones puede resultar muy difícil— superar ciertas reacciones interiores frente a los que nos han causado sufrimiento. Para vencer la resistencia instintiva no hay camino más seguro que mantener fija la mirada en Jesús crucificado. Con excesiva frecuencia olvidamos todo lo que el Señor nos ha perdonado y nos perdona continuamente, mientras que tenemos una memoria óptima para cobrarnos el más pequeño desaire recibido. Nuestro “yo” se muestra a menudo un monarca absoluto a quien todos deben honor y reverencia: ¡ay de él si alguien se permite ofender tal majestad! Sucede entonces que, mientras no honramos nunca de manera suficiente a nuestro Señor y Salvador, reclamamos justicia por cualquier nadería. Sólo un amoroso recuerdo del sacrificio de Cristo podrá arrancarnos del pecho ese corazón de piedra y enseñarnos la dulce compasión de Dios.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Mt 15,21-28: Mujer, que grande es tu fe 
Estamos acostumbrados al lenguaje del evangelio y consideramos normal que Dios perdone los pecados y que nosotros mismos intentemos perdonarnos mutuamente. Pero uno de los sentimientos primordiales del hombre es el sentido de la justicia que, de hecho, es muy agudo en los niños y en los pueblos primitivos. Cuando aún no había tribunales, la justicia se hacía con la sangre. Un enemigo asesinaba a un miembro de una familia y los demás se sentían obligados a vengar su sangre. Más aún, la venganza era deber y privilegio del jefe de la comunidad; sólo si este renunciaba podía realizarla otro. Entre los judíos, nómadas, la venganza de sangre era normal (Ex 21 ,23ss; Lv 24,19). Pero había un límite: el jefe de todas las familias y tribus de Israel es Dios mismo, que se reserva el derecho de la venganza (Dt 32,35).

Es decir, la venganza hay que dejársela a Dios. Es el primer paso para superar el principio de la justicia primitiva que querría devolver mal por mal. Es necesario confiar en la justicia de Dios y dejarle a Él el juicio
Quien deja la venganza a Dios, después querría ver castigado al enemigo. Por ejemplo, el profeta Jeremías dice que pone su causa ante el Señor (Jr 20, 12) pero, después, desea la venganza de Dios.

(Jr 11,20). Los pueblos antiguos creían en las divinidades de la venganza: la Némesis griega, que alcanzaba al culpable estuviera donde estuviera, era un tema frecuente en las tragedias. También los salmos piden castigos divinos para los pecadores. Sin embargo, en el Nuevo Testamento, esta venganza divina aparece bajo una luz nueva e imprevista: Dios castiga el mal tomándolo libremente sobre sí mismo, con todas sus consecuencias.

Así sucede también cuando nos perdonamos recíprocamente. Reconocemos que el mal es mal, pero aceptamos libremente sus consecuencias. ¿Nos han robado el dinero ¿Han dañado nuestro buen nombre? Debería sufrir quien ha cometido estos pecados pero, perdonando, sufrimos nosotros. ¿Es dificil? Muchas veces sí, otras un poco menos pero, en todo casa, tenemos la satisfacción de actuar como actúa Dios.

L.N. Tolstoi difundía con ardor la advertencia del evangelio de no devolver el mal con el mal. El tema predilecto de sus relatos es la conversión al bien de quien ha sido perdonado por el mal que ha cometido. En realidad, esto no siempre ocurre: muchos criminales siguen haciendo el mal, precisamente porque nadie los castiga. Un proverbio popular dice: en todo mal hay quien lo hace y quien lo deja hacer. Entonces, ¿es realmente verdad que debemos perdonar siempre? La sabiduría responde: perdonar significa querer al prójimo; pero, a veces, a él y a la sociedad, les conviene más un castigo que el perdón. En cambio, el evangelio subraya otro aspecto del perdón: quizás el perdón no haga siempre bien a quien es perdonado, pero quien perdona obtiene un gran beneficio. Dios nos perdonará en la medida en que nosotros hayamos estado dispuestos a perdonar a los demás.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Mt 15,21-28:
-Texto. Mateo da en él un paso importante hacia adelante, pues la escena no tiene lugar en Israel sino en el extranjero. En términos de sociología religiosa judía esto significa que la escena se desarrolla en el territorio pagano. Toma cuerpo así lo que Mateo había insinuado cuando, al presentar la actividad de Jesús, citaba el texto de Isaías que habla de Galilea de los paganos (MT. 4, 15). Los paganos están ahora aquí, de la mano de una mujer que vivía en el actual y atormentado Líbano. Viene designada como cananea, término especialmente evocador para un judío, por cuanto encarna todo lo que de seductor y peligroso había tenido el paganismo para la fe yavista.

El texto está lleno de sorpresas. Una extranjera da a Jesús el título típicamente judío de hijo de David. Con este título ha introducido Mateo la ascendencia de Jesús (Mt. 1,1). El título resuena cuando Mateo acaba de presentar a Jesús saliendo de territorio judío tras el cuestionamiento de algo tan esencial y sagrado para los judíos como es el comportamiento en consonancia con la tradición (ver Mt. 15, 1-20).

Las sorpresas continúan con el silencio de Jesús primero y su respuesta después a la demanda de los discípulos. Esta respuesta, que se encuentra en el v. 24, es repetición del mandato de Jesús a los doce de ir en busca de las ovejas perdidas de Israel. Leída después de la escena anterior sobre la tradición, la respuesta es, cuanto menos, sorprendente.

Una tercera sorpresa es la presentación de la mujer en el v. 25 con el gesto típico judío de adoración a Dios, gesto característico en el evangelio de Mateo para expresar la actitud creyente ante Jesús.

La cuarta sorpresa es la respuesta de Jesús a la mujer. "No está bien quitarle el pan a los hijos para echárselo a los perros".

Jesús hace suyo el afrentoso y despreciativo apelativo de perros, que los judíos aplicaban a los paganos. ¿Lo hace suyo aceptándolo o ironizándolo? La frase la escuchamos fuera del territorio judío, donde Jesús se encuentra tras su cuestionamiento de la tradición judía.

La quinta y última sorpresa es la reacción de la mujer pagana, que no aspira a suplantar, sino sencillamente a participar.

Todo este conjunto de sorpresas, especialmente elaboradas por Mateo, no parecen tener otra función que la de preparar y resaltar la frase final de Jesús. "¡Qué grande es tu fe, mujer!" Es la frase que el lector de Mateo presentía y esperaba. Ella ratifica la caída del muro de separación entre judíos y paganos.

Un mundo religioso cerrado en sí mismo queda aquí superado y derrumbado; surge otro de todos y para todos.

-Comentario. Es difícil encontrar en cualquiera de los cuatro evangelios una imagen de Jesús tan judía como la que nos ofrece Mateo en este texto. La lógica de la encarnación está aquí llevada al máximo de identificación con la historia concreta de unas gentes. Paralelamente es difícil encontrar otro texto como éste en el que la quiebra de esa historia concreta sea tan clamorosa. Mateo lo ha conseguido con una imagen de mujer sencillamente asombrosa.

Ella, que no es miembro del Pueblo de Dios, encarna el ideal de lo que debe ser un miembro del Pueblo de Dios.

La consecuencia es lo arriesgado del manejo de conceptos y términos tales como Pueblo de Dios e Iglesia, porque ni están todos los que son ni son todos los que están. Pasaba ayer y pasa hoy.

Dos citas de Pablo pueden ayudarnos a entender las líneas de este texto. "Toda diferencia entre judío y no judío ha quedado superada, pues uno mismo es el Señor de todos, y su generosidad se desborda con todos los que le invocan" (Rom. 10, 12). "Todos vosotros, los que creéis en Cristo Jesús, sois hijos de Dios... Ya no hay distinción entre judío y no judío, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer. En Cristo Jesús, todos sois uno" (Gál. 26, 28).

Elevación Espiritual para el día
La mujer de la región de Tiro y Sidón ora forzada y empujada por la necesidad... No puede hacer otra cosa, porque su hija está «poseída», expresión que, entre otras cosas, significa que la comprensión entre ella y su hija hace tiempo que se ha roto, que ha cesado desde mucho tiempo atrás la inteligencia mutua y que ya no es posible volver a reconocer el alma de la otra detrás de las manifestaciones externas de los gestos y las palabras; como bajo la influencia de un poder extraño, la persona de la otra escapa a la percepción. Eso es lo que la Biblia designa con la terrible palabra «demonismo» (Damonie). Teniendo presente el tormento de semejante enfermedad, la mujer se dirige a Jesús y, bajo la presión de la necesidad, nada podrá detenerla. Impulsada por los desvelos y la preocupación por su hija, no se deja apartar como una pesada, como pretenden los discípulos. Abraza cualquier forma de humillación y se abandona a una forma de súplica que se podría calificar de perruna, si no se viese en ella precisamente la grandeza de su humanidad.
Así de poderosos pueden llegar a ser los lazos del amor en la súplica de unos por otros.

Reflexión Espiritual para este día
La verdad es que Cristo había salido de sus términos y la mujer de los suyos, y de este modo pudieron encontrarse uno con otro. Comienza el evangelista por acusar a la mujer, a fin de poner más de relieve la maravilla y proclamarla luego con más gloria. Al oír ese nombre de «cananea», acordaos de aquellas naciones inicuas que fundamentalmente trastornaron aun las mismas leyes de la naturaleza. Y con ese recuerdo, considerad el poder de la presencia de Cristo. Porque los que habían sido expulsados de la tierra para que no extraviaran a los judíos, esos mismos se muestran ahora tanto más aptos que los judíos, que salen de sus propios términos para acercarse a Cristo, mientras aquéllos lo arrojan de los suyos cuando va a ellos.

Acercándose, pues, a Jesús, la mujer cananea se contenta con decirle: «Ten piedad de mí!», y pronto con sus gritos reúne en torno a sí todo un corro de espectadores. A la verdad, tenía que ser un espectáculo lastimoso ver a una mujer gritando con aquella compasión, y una mujer que era madre, que suplicaba en favor de su hija, y de una hija tan gravemente atormentada por el demonio. Porque ni siquiera se había atrevido a traer a la enferma en presencia del Señor, sino que, dejándola en casa, ella dirige la súplica y sólo le expone la enfermedad y nada más añade.
La cananea, después de contar su desgracia y lo grave de la enfermedad, sólo apela a la compasión del Señor y la reclama a grandes gritos. Y notemos que no dice:

«Ten piedad de mi hija», sino «!Ten piedad de mí!». Mi hija en realidad no se da cuenta de lo que sufre. «Mas no le respondió palabra». ¿Qué novedad, qué extrañeza es ésta? ¡Y ni respuesta se le concede! Tal vez, muchos de los que la oyeron se escandalizaron, pero ella no se escandalizó. Yo creo que los mismos discípulos del Señor tuvieron alguna compasión de la desgracia de la mujer y hasta se turbaron y entristecieron un poco. Y, sin embargo, ni aun turbados se atrevieron a decirle al Señor: «Concédele esta gracia». No. «Y llegándose sus discípulos, le rogaban, diciendo: Despáchala, porque viene gritando detrás de nosotros». Pero Cristo les respondió:
«Dios me ha enviado sólo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».

¿Qué hace, pues, la mujer? ¿Se calló por ventura al oír esa respuesta? ¿Se retiró? ¿Aflojó en su fervor? ¡De ninguna manera! Lo que hizo fue insistir con más ahínco. Realmente, no es eso lo que nosotros hacemos. Apenas vemos que no alcanzamos lo que pedimos, desistimos de nuestras súplicas cuando, por eso mismo, más debiéramos insistir. A la verdad, ¿a quién no hubiera desanimado la Palabra del Señor? El silencio mismo pudiera haberla hecho desesperar de su intento, y mucho más aquella respuesta. Y, sin embargo, la mujer no se desconcertó. Ella, que vio que sus intercesores nada podían, se desvergonzó con la más bella desvergüenza.

Cuanto más la mujer intensifica su súplica, con más fuerza también él se la rechaza. Ya no llama ovejas a los israelitas, sino hijos; a ella, en cambio, sólo le llama cachorrillo. ¿Qué hace entonces la mujer? De las palabras mismas del Señor sabe ella componer su defensa. He ahí por qué difirió Cristo la gracia: él sabía 1 que la mujer había de contestar Así puntualmente con esta cananea. No quería el Señor que quedara oculta virtud tan grande de esta mujer. De modo que sus palabras no procedían del ánimo de insuitaria, sino de convidarla, del deseo de descubrir aquel tesoro escondido en su alma. Por eso no le dijo Cristo: «Quede curada tu hija», sino:

«Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que te suceda lo que pides». Con lo que nos da a entender que sus palabras no se decían sin motivo, ni para adular a la mujel; sino para indicarnos la fuerza de la fe (Juan Crisóstomo, «Homilías sobre el evangelio de san Mateo».

El rostro de los personajes, pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y el Magisterio de la Santa Iglesia: 

Canaán
«Jesús salió de allí y se fue a las regiones de Tiro y Sidón. Y una mujer cananea salió de aquellos contornos...». Así empieza el Evangelio de este domingo (Mt 15,21-28), en el que predomina la fe extraordinaria de una madre extranjera, perteneciente a la población indígena de la región sirio-fenicia palestina. Este territorio en la antigüedad se denominaba con un término del génesis y significado oscuro: Canaán, empleado en la Biblia para evocar una civilización que proponía a Israel un sistema religioso alternativo, centrado todo él en la fecundidad como don divino. El dios principal, Baal, era considerado como la fuente de la fertilidad y el carácter de su culto era de tipo sexual, con relaciones sagradas entre sacerdotisas y sacerdotes de aquella divinidad.

Sin embargo la Biblia trata de identificar un jefe para este pueblo y lo describe en un nieto del héroe arcaico Noé, Canaán precisamente. Nace de uno de los tres hijos de Noé, Cam, y se ve implicado en un suceso de oscuras características de tipo simbólico. Ya sabemos que se reconoce a Noé como el artífice de la viticultura y se presenta también como primera víctima del vino: «Se emborrachó
y se quedó desnudo en el interior de la tienda. Cam, padre de Canaán, vio la desnudez de su padre y corrió afuera a decírselo a sus hermanos» (Gén 9,2 1-22).

Estos visten a su padre desnudo, aunque sin mirar su desnudez, Vuelto en sí, Noé, curiosamente, lanza una maldición, no contra su hijo Cam, sino contra su nieto Canaán: «iMaldito sea Canaán! ¡Sea el último de los esclavos de sus hermanos!» (9,25). La Biblia quiere obviamente describir así su aversión hacia una cultura religiosa que constituía una permanente tentación para un pueblo seminómada o agrícola como era Israel, ligado a la fertilidad de los campos y a la fecundidad de la familia y de los rebaños.

Hay que explicar también en esta línea la oscura culpa de ver «la desnudez» del padre: se trata de una referencia a una trasgresión sexual que es ásperamente condenada. De este modo se distinguían indirectamente los cultos idolátricos cananeos que tanto atraían a Israel. La figura de Canaán vuelve a aparecer después en una especie de mapa geopolítico del mundo antiguo dibujado en el capítulo 10 del Génesis. Allí se le define como hermano de Etiopía (Kush), Egipto (Mizraim) y Libia (Put) y como padre de los hititas (Chet), de los jebuseos (antiguos habitantes de Jerusalén) y de Sidón, la región fenicia de la que procedía precisamente la figura protagonista de este domingo, además de otra serie de poblaciones residentes en Tierra Santa.

Por eso Canaán es un nombre detestado y maldecido por los hebreos de Babilonia; y sin embargo, una de sus descendientes, una anónima madre cananea, rechazada primero por el hebreo Jesús («No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel»), además de la curación de su hija, recibe después de él aquella alabanza excecionl que le hace que la hace un modelo para todos los creyentes "¡ Oh mujer, que grande es tu fe!" ( 15-28) +

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