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Maria Beatriz.



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En este blog rezamos por todos los cristianos perseguidos y asesinados

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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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Hemos vuelto

Queridos hermanos en Cristo. Tras algunos años de ausencia por motivos personales. A día de hoy 23/04/2017, con la ayuda de Dios Nuestro Señor retomamos el camino que empezamos hace ya algún tiempo. Poco a poco nos iremos poniendo al día, y trataremos de volver a ganarnos vuestra confianza.

Gracias de antemano y tenednos paciencia.
Dios os guarde a todos y muchas gracias a los que a pesar de todos habéis permanecido fieles a este blog, que con tanto cariño y tanta ilusión comenzó su andadura allá por el año 2009

Dios os bendiga y os guarde a todos.

17 de agosto de 2014

Homilía: Domingo de la semana 20 de tiempo ordinario; ciclo A

(Is 56,1.6-7) "Mi casa es casa de oración"
(Rm 11,13-15.29-32) "Los dones y la llamada de Dios son irrevocables"
(Mt 15,21-28) "Mujer, qué grande es tu fe"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
En el Angelus (19-VIII-1984)
--- Bendición de Dios
--- Justicia de Dios
--- Misericordiosa providencia
--- Bendición de Dios
La Iglesia pide hoy por todos los pueblos de la tierra. Lo manifiesta la liturgia de la Santa Misa y, en particular, el Salmo y el versículo responsorial:
“Oh Dios, que te alaben los pueblos,/ que todos los pueblos te alaben”.
Con las palabras del Salmo pedimos ante todo la bendición de Dios y la salvación para todos los pueblos:
“El Señor tenga piedad y nos bendiga,/ ilumine su rostro sobre nosotros:/ conozca la tierra tus caminos,/ todos los pueblos tu salvación” (Sal 66/67, 2-3).
Al final de su misión mesiánica en la tierra, Cristo Señor envió a los Apóstoles, para que enseñasen “a todas las gentes” (cfr. Mt 28,19); a fin de que todos conociesen la Buena Nueva, esto es, el camino de la salvación, que Dios, en su eterno amor, ha trazado a los hombres y a los pueblos.
--- Justicia de Dios
El Salmo continúa luego con las siguientes expresiones:
“Que canten de alegría las naciones,/ porque riges la tierra con justicia,/ riges los pueblos con rectitud/ y gobiernas las naciones de la tierra.../ Que Dios nos bendiga; que le teman/ hasta los confines del orbe” (vv.5,8).
El Creador dio a los hombres y a las sociedades humanas el entendimiento y la prudencia: en cierto sentido, el hombre es “providencia” para sí mismo. Sin embargo esta “providencia” humana es limitada. Igual que es limitada la justicia humana.
La Iglesia invoca la justicia de Dios que es definitiva y misericordiosa para los pueblos, las naciones y la humanidad. Dios guía a la humanidad por el camino de la salvación, o sea, de la justificación en Jesucristo.
--- Misericordiosa providencia
La Iglesia invoca la misericordiosa Providencia divina para las naciones y para toda la humanidad, a fin de que, protegidas del multiforme mal que las amenaza, puedan encontrar el camino de la salvación: el camino de la justicia y de la paz.
DP-241 1984
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
“Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). Esta universalidad de la salvación es recogida en las tres lecturas de hoy y tiene como único requisito la fe. La fe de esta mujer cananea logra que se adelante la hora prevista por Dios para anunciar la Buena Nueva a todas las gentes, como la súplica confiada de María, la Madre de Jesús y nuestra, hizo que se adelantase también la hora del ministerio público de Jesús (Cfr. Jn 2,4-11).
Centremos nuestra atención en el diálogo entre Jesús y esta mujer. Hay una resistencia inicial del Señor que ha sido enviado para salvar a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y hay también una insistencia sin desmayos en esta mujer libanesa: “¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija es cruelmente atormentada por el demonio”. Es el grito angustioso de tantas madres que ven cómo el mal se ha cebado en sus hijos. Hay males del cuerpo; pero también los hay del espíritu: gentes que no creen en Dios. Y de la voluntad: gentes que no quieren creer porque eso obliga a compromisos. Empujada por el amor a su hija, esta madre apeló con todas sus fuerzas a la piedad y al poder de Jesús. Pero Él, no le respondió palabra. ¡El silencio de Dios! ¡He aquí algo tan escandaloso o más que el sufrimiento del cuerpo o del espíritu! ¿Cómo creer en un Dios que permite tanto drama humano, tanta desorientación religiosa? El hombre tiende a responsabilizar a Dios del mal que le rodea y que se debe al uso torcido que él mismo hace de la libertad que Dios le ha concedido. Esta madre no protesta, no acusa, sino que postrándose ante Jesús le dice: “Señor, ayúdame”.
“Pedid y se os dará…” (Mt 7,7-11). Sí, pero ¿quién podría contar el número de los que desertaron de la vida de oración retirándole a Dios su confianza al no ver atendidas sus peticiones? ¿Para qué sirve rezar?, se dice con despecho al ver que los males no se solucionan. Que Dios no nos dé siempre lo que le pidamos no quiere decir que no nos haya oído. Es éste un error frecuente. Querer que Dios ejecute nuestros deseos no sería pedir sino mandar. ¿Y qué pedimos la mayoría de las veces? El alejamiento del dolor, el éxito fácil, la solución rápida de un problema. Y nuestro Padre Dios, que sabe mejor que nosotros lo que nos conviene, deja que los acontecimientos sigan su curso porque de ellos se derivará un bien mayor para nosotros. Ignorantes o impulsivos pedimos piedras en lugar de pan.
Dios es la Bondad y la Sabiduría eterna y nos ama más de lo que nosotros nos amamos a nosotros mismos; nos conoce mejor de lo que nos conocemos y, en consecuencia, da siempre lo que más nos conviene aunque no lo entendamos así. Unas veces nos dirá como a esta mujer: “que te suceda como tú deseas”; y, otras, como a sus discípulos Santiago y Juan: “no sabéis lo que pedís” (Mt 20,22). Pero tanto en una ocasión como en la otra, nos ha escuchado. “Me invocaréis y Yo os oiré” (Is 58,9).
Esta mujer cananea es el símbolo de la Iglesia que clama a Dios, día y noche, año tras año, a lo largo de los siglos para que la libre del mal. Hay etapas de su historia, en las que parece que Dios calla. Pero no es así. La Iglesia cree en la salvación ofrecida por Dios aunque el mal parezca triunfar como creyó esta mujer sin haber visto la curación de su hija. “Por esto que has dicho, vete, el demonio ha salido de tu hija”, dijo Jesús. “Y al regresar a su casa, encontró a la niña en la cama, y que el demonio había salido”. La fe permite ver el final anticipadamente.
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica
«La fe grande y victoriosa»
I. LA PALABRA DE DIOS
Is 56,1.6-7: «A los extranjeros los traeré a mi Monte Santo»
Sal 66,2s.5.6.8: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben»
Rm 11,13-15.29-32: «Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel»
Mt 15,21-28: «Mujer, qué grande es tu fe»
II. APUNTE BÍBLICO-LITÚRGICO
La mujer cananea que comenzó orando a gritos: «Ten compasión...» y obtuvo el silencio por respuesta, «se postró ante él y le pidió de rodillas» (la voz hecha gesto): «Señor, socórreme». Consiguió romper el silencio de Jesús y obtuvo la respuesta de que el pan es para los hijos. Pero la orante a gritos y postrada vuelve la comparación a su favor: «también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Jesús ya no puede menos de romper distancias y exclama: «Mujer, qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas». La fe confiesa el poder de Dios y se confía a él a pesar de todo. Las acciones mesiánicas de Jesús a favor de Israel, que son los milagros, se extienden fuera de los confines del primer pueblo elegido. Comienza ya la llamada universal a la fe (1ª Lect.).
III. SITUACIÓN HUMANA
No oramos u oramos mal por falta de fe. Esta falta "revela que no se ha alcanzado todavía la disposición propia de un corazón humilde: «Sin mí, no podéis hacer nada» (Jn 15,5)" (2732). Tenemos necesidad de la fe inquebrantable de la cananea y de la humilde oración de aquel padre que dijo gritando: «¡Creo! Ayuda a mi falta de fe» (Mc 9,23). Orar creyendo es imprescindible para vivir seguros bajo la providencia y colaborar con ella.
IV. LA FE DE LA IGLESIA
La fe
– Dios rige la vida de los humanos por su providencia: "Dios guarda y gobierna por su providencia todo lo que creó, «alcanzando con fuerza de un extremo a otro del mundo y disponiéndolo todo con dulzura» (Sb 8,1). Porque «todo está desnudo y patente a sus ojos» (Hb 4,13), incluso lo que la acción libre de las criaturas producirá" (302).

– Los hombres pueden cooperar con ella: "Los hombres cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por sus acciones y oraciones sino también por sus sufrimientos. Entonces llegan a ser plenamente «colaboradores de Dios» (1 Co 3,9) y de su Reino" (307).
La respuesta
– " «Orad constantemente» (1 Ts 5,17), «dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre en nombre de Nuestro Señor Jesucristo» (Ef 5,20); «siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos» (Ef 6,18). No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar. Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el combate del amor humilde, confiado y perseverante..." (2742).
El testimonio cristiano
– «No te aflijas si no recibes de Dios inmediatamente lo que pides: es él quien quiere hacerte más bien todavía mediante tu perseverancia en permanecer con él en oración. Él quiere que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone para recibir lo que él está dispuesto a darnos (San Agustín, ep. 130, 8, 17)» (2737).

Por un lado, la fe incansable de la cananea, por otro, nuestra «poca fe» que pronto duda y se cansa. «No mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia». Dios nos invita a cooperar con su providencia que rige el mundo, para conducirlo a la felicidad que es Él «todo en todos», la nueva creación.

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