Hola amigos, bienvenidos a este sitio que solo busca compartir todo aquello que llega a mi buzón, y nos ayuda a crecer en nuestra fe católica..
(casi todo es sacado de la red)

Si alguien comprueba que es suyo y quiere que diga su procedencia o que se retire, por favor, que me lo comunique y lo hago inmediatamente. Gracias.

Espero que os sirva de ayuda y comenteis si os parece bien...


Gracias


Maria Beatriz.



SI AL CRUCIFIJO Tu quita un Crucifijo y nosotros pondremos mil

NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO
NOTICIAS SOBRE S.S.FRANCISCO
Gracias a todos los que, poquito a poquito vais volviendo a visitarnos.

Dios os bendiga a todos.

COLABORA EN ESTE BLOG

  • Camilo Alvarez

11 de marzo de 2013

"Vuelve a tu casa, tu hijo vive" Jn 4, 43-54


"Vuelve a tu casa, tu hijo vive"
Jn 4, 43-54
Jesús partió hacia Galilea, cuando llegó, los galileos lo recibieron bien. Había en Galilea un funcionario real, un cortesano o empleado de palacio, que residía en Cafarnaún, se dice que posiblemente era un administrativo o militar, adscrito a la corte de Herodes Antipas. Este cortesano tenía un hijo, un muchacho, aún muy joven, acaso hijo único, que tenía una enfermedad caracterizada por una fiebre, y su estado era tan grave, que estaba en peligro de muerte.
Al oír este cortesano, el rumor de la llegada de Jesús a Cana, salió a su encuentro, sin duda en Cana. Si este funcionario residía en Cafarnaúm, habría hecho un viaje de seis a siete horas, unos 33 kilómetros, para venir a Cana. Encontrándose con Jesús, le rogaba insistentemente que bajase a su casa, "Señor, baja antes que mi hijo se muera", pues de Cana a Cafarnaúm hay un descenso de unos 800 metros, y curase a su hijo, que estaba para morir.

Talvez este funcionario tenía recientes las noticias de los milagros que Jesús había hecho en Jerusalén en las últimas fiestas. La respuesta que va a dar Jesús no deja de extrañar: "Si no ven signos y prodigios, ustedes no creen". Pero la extrañeza de esta respuesta está en que se le diga a este funcionario lo que era ambiente judío común: fe que se garantiza con milagros, cuando precisamente, si él pide milagros, es que cree en el poder de hacerlos que tiene Jesús.
Esta reflexión de Jesús, no esta dirigida directa y exclusivamente a este funcionario real, como se ve, por razón de la fe que tiene y la censura que se hace, y por la forma plural en que está relatada, pues Jesús dice “Ustedes no creen” Tiene entonces una perspectiva mucho mayor, en efecto con ocasión de la petición de este funcionario, Jesús hace esta reflexión, dirigida al judaísmo contemporáneo.
Lo que Jesús censura, algo que utiliza en otras ocasiones, son las ansias de los milagros propias de los galileos y su débil fe, la cual recusa, es decir no quiere admitir, aceptar o recibir el Evangelio si no ve de continuo nuevos signos. Jesús quiere que se atienda también a Él, a sus palabras, puesto que habla el Verbo de Dios; que se atienda a Él, a su enseñanza, porque la dice Él. Pues “¿quién puede argüirme de pecado? Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis?” (Jn 8:46).
Pero, aunque Jesús hace esta reflexión de crítica al judaísmo contemporáneo, no se excluye de esta oportunidad el que intente también, como en otra situación análoga, el excitar más aún en él su confianza y su fe: “probarle” (Jn 6:6).
Y así probado, la confianza surgió más vigorosa, aunque dentro del concepto imperfecto que tenía de Jesús, “Señor, baja antes que mi hijo muera.” Creía que Jesús era un gran profeta, pero no sabía el pleno alcance de su poder milagroso; porque no necesitaba “bajar” para curar a su hijo, ni tenía por qué temer a la urgencia dé la muerte, ya que podía resucitarle.
A esta buena disposición fue a la que atendió Jesús para decirle: "Vuelve a tu casa, tu hijo vive" Y aquel funcionario creyó en la palabra de Jesús, con lo que el milagro se hizo al punto, al tiempo que se elevaba su fe: creyó en aquella curación a distancia, cosa que poco antes no sabía, pues le rogaba que “bajase” a Cafarnaúma curar a su hijo. Y Jesús apareció ante él con dos milagros: el de una curación y el de una revelación al anunciarle la curación.
Y, con la certeza de la curación de su hijo, partió en seguida a Cafarnaúm. Y cuando él bajaba, le encontraron sus siervos, que le traen el anuncio de la curación de su hijo. Sus siervos le traen la noticia de que su hijo “vive”; no sólo no había llegado la desesperada muerte, sino que había curado instantáneamente. Él les preguntó a qué hora se había sentido mejor. "Ayer, a la una de la tarde, se le fue la fiebre" Y supo también que esta curación se había realizado “ayer” y a la “hora séptima.” La “hora séptima,” en el cómputo de Jn, es una hora después del mediodía (Jn 1:4; 4:5; 1:39). Por tanto, como al ponerse el sol comienza el día judío, por poco que haya retardado la partida, sobre todo por evitar las fuertes horas de calor, cuando se encontró con sus siervos, ya después de la puesta del sol, éstos tuvieron que decirle que la curación de su hijo fue “ayer,” puesto que fue a la “hora séptima,” que es la una de la tarde. Como ya dije de Cana a Cafarnaúm hay 33 kilómetros.
La reacción ante este milagro vivificador fue que “creyó él y toda su familia.” El y su casa creían en Jesús como alguien que posee una cualidad en grado extraordinario y que hace milagros. Por eso, esta fe que aquí se consigna no debe ser el confirmarse más en Jesús el que hace prodigios, sino en Jesús Enviado (Mesías). Es lo que parece más lógico, máxime dentro de la unión de temas mesiánicos — Jesús vivificador de cuerpos y almas.
El buen Jesús, vio y sintió que el corazón del funcionario real, talvez con cuota de poder, no estaba libre de las costumbres adquiridas de su poder, esas que se llevan siempre en toda actitud de quien ostenta algún mando, por eso, antes de conceder su gracia y su prodigio, quiere purificar el corazón de este cortesano. Así es, como él le hace un llamado de atención. Jesús, honesto al extremo, sincero con todos, no hace ningún privilegio, si debe reprender a alguien con poder lo hace del mismo modo que a cualquiera, pero lo hace para sanarlo.
Jesús, impacta en el corazón de cualquier hombre, por eso este cortesano acepto el llamado de atención del Señor y creyó en su palabra. Jesús infunde tranquilidad en el corazón, entrega paz, sana los corazones, atrapa y penetra el corazón, su palabra es de amor, empapada de bondad. Sin embargo, para que nos llegue la salvación, tenemos que decir SI, aceptarla, creer en ella, porque Jesús mismo, es Palabra de Dios, si la aceptamos, nos adherimos a El.
Podemos decir que la fe del funcionario fue imperfecta, porque el pensaba que era necesario la presencia directa de Jesús para hacer sus milagros, pero rescatamos que no tuvo orgullo ni desconfianza para ir donde Jesús y fue humilde. “le suplicó que bajara a sanar a su hijo moribundo” La humildad, es un espontáneo olvido de uno mismo. Para acercarse más a la humildad, debemos acercarnos cada vez más a Dios y sabernos sentir hijos de Dios. Limpiando de orgullo nuestro corazón, encontraremos a Jesús con más facilidad y podremos aceptar su Palabra sin reservas.
JESÚS ES LA PALABRA VIVA DE DIOS
Creer la Palabra es como abrir ante nosotros una puerta que nos introduce en una realidad nueva. Permanecer en la Palabra, guardándola en el corazón, significa participar en la obra divina de la recreación, santificación y transfiguración del cosmos.
Jesús es la Palabra viva de Dios: sólo él puede dirigirnos esta Palabra eficaz. Y lo hace de modo sereno, común, pidiendo una fe desnuda, total. Asentir y caminar fiándose de él puede ser cuestión de vida o muerte: lo fue para aquel padre cansado que nos narra el Evangelio, que en respuesta a su ruego no recibió de Jesús un prodigio, sino una palabra de vida, y se fió con total abandono. Nada había cambiado en su existencia, pero en su corazón anidó la esperanza. En la noche del sufrimiento y de la prueba, la Palabra es lámpara para nuestros pasos. La Palabra se convierte también en oración repetida sin cesar hasta que encuentre la confirmación luminosa y potente: el Señor ha escuchado, el Señor ha hecho maravillas de gracia. Cristo Jesús es el Señor de la vida ahora y por toda la eternidad.
La fe se convierte en canto de gozo que se difunde hasta formar un coro de alabanza: "Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias; contempladlo y quedaréis radiantes" (Sal 33,4-6).
ORACION
Jesús, hijo de Dios, tú que eres la plena expresión del Padre, su Palabra viva, ayúdame a encontrarte cada vez que leo y escucho el Evangelio. Enséñame a guardar en el corazón tus santas palabras, a fiarme de ellas con una fe sencilla, a buscar en ellas una respuesta en el momento de la prueba. No quieres proponerme prodigios extraordinarios, sino una fe, un abandono total. Este es el prodigio que pides al hombre: la fe. Con fe podrás ejecutar en nosotros esos "signos" de vida que te suplicamos. No sólo ni siempre en el tiempo presente, pero sí en la eternidad: tu palabra es vida inmortal, es semilla que, acogida en la tierra del corazón, germina, florece y da fruto en el Reino de los Cielos.

El Señor les Bendiga
Pedro Sergio Antonio Donoso Brant