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12 de junio de 2012

Ustedes son la sal de la tierra……. Ustedes son la luz del mundo.



Ustedes son la sal de la tierra……. Ustedes son la luz del mundo.

Mt 5, 13-16

USTEDES SON LA SAL DE LA TIERRA.

Los discípulos de Jesús, en su misión de predicar el reino, han de ser la sal de la tierra. Esta tierra no es sólo Palestina, sino que tiene valor universal, como se ve por su paralelismo con la luz del mundo. Es la orden que dará Jesús de predicar a todas las gentes -san Mateo 28:19-20-.

En el ambiente judío se le reconocen a la sal varias propiedades: dar sabor y gusto a la comida, librar a la carne y pescados de la corrupción, y los rabinos también destacan en la sal el valor purificador.

A la masa doctrinal y moralmente viciada del mundo y del fariseísmo hay que salvarla con la doctrina de Jesús, purificarla de su descomposición; lo mismo que a estas creencias hay que darles el sabor y gusto de Jesús. Esto hace ver que esta parte del sermón se dirige a apóstoles y discípulos, que son los que tienen la misión de salar la masa.

Pero hay un fuerte alerta para éstos. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Esta frase es un proverbio usado en la literatura rabínica. Y se alude a una sal extraída del mar Muerto y que perdía su sabor muy pronto. La alegoría acusa una gran responsabilidad para los discípulos. Esta sal de su vida cristiana puede perderse; por eso exige el esmero de su defensa y conservación. Pues si se pierde no vale para nada, Dice Jesús: Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres, ni para la tierra es útil ni aun para el basurero (Lc), sino para tirarla afuera.

Conforme a las viejas costumbres de Oriente, todo lo que no sirve se lo tiraba a las callejuelas. Si el apóstol pierde su sabor de Jesús — por preparación y vida —, no vale para testimoniar a Jesús, y entonces se lo tira fuera. Nos preguntamos pero ¿de dónde? ¿del apostolado, de Jesús, del reino? Sólo vale, conforme al ejemplo puesto de tirar la sal y lo que sobra a las callejuelas, por lo que lo pisan los hombres y animales que por allí transitan, para que también a él lo pisen los hombres. Pero estos rasgos deben de ser simbólicos o figurados, imagen de desprecio en que caen los discípulos caídos de su fervor, entusiasmo y pasión, incluso ante los hombres.

USTEDES SON LA LUZ DEL MUNDO.

Este oficio apostólico se expresa con otras dos imágenes. Son luz del mundo. La luz se enciende para lucir. En las casas palestinas antiguas, con una sola y grande habitación, se encendía la pequeña lucerna de barro y se la ponía sobre el candelero, en lugar alto, para que alumbre a cuantos hay en casa.

Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón. No se la ponía bajo el modio, medida de áridos con capacidad de algo más de ocho litros, pues se evitaría que luciese. -se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa - La luz de los apóstoles de Jesús no es para ocultarse, sino para iluminar a los que están en tinieblas con la iluminación del reino - Felipense 2:15 -.

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras Al ver sus obras se glorificará al Padre, autor de esta obra - y glorifiquen a su Padre que está en el cielo -.

En el pueblo judío estaba muy empapado en el que Dios fuese alabado por todos a causa de sus obras. Ni hay contradicción con san Mateo 6:5-16, en donde se dice que no se hagan las obras para que los hombres les vean. Allí habla del apóstol, cuya misión es lucir; aquí del espíritu de modestia en la conducta cristiana.

Dice Jesús: No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Por una semejanza evocadora, junta a la comparación de la luz se pone la de las ciudades construidas sobre las montañas. En Palestina era frecuente emplazar los pueblos en los altos. Desde el lugar donde, tradicionalmente, se sitúa este sermón, se veían en lo alto de las montañas Safet, Séfforis e Hippos. Acaso Jesús señaló alguna de ellas y la tomó por semejanza de su enseñanza. Como la ciudad puesta en lo alto de una montaña no puede menos de verse, así el apóstol del reino no puede ocultarse; ha de verse, dejarse ver, actuar.

Estas dos comparaciones sobre el oficio de los apóstoles de Jesús — sal y luz — tienen finalidades algún tanto distintas. La primera mira a la preparación y santidad del apóstol; la segunda, a que no se oculten los valores necesarios para el apostolado; ni, incluso, como se ve en otros contextos, porque aguarden persecuciones. Pues la tierra espera su sal y su luz.

Que Cristo Jesús viva en sus corazones


¿EN QUÉ MEDIDA MIS SENTIDOS, ENCENDIDOS POR EL FUEGO DEL ESPÍRITU, SE COMUNICAN CON DIOS?

El hombre «ha sido creado para realizar obras buenas» (Ef 2,10), para irradiar la luz que Cristo derrama sobre él (cf. Ef 5,14). El Señor, que es la lumen illuminans, la luz que ilumina, nos transforma en lumen illuminatum, la luz que se refleja sobre nosotros (Gregorio Magno). La comunidad de los «iluminados» (Heb 6,4; 10,32) viene a constituir aquel candelabro de oro, imagen de la Iglesia, donde Cristo establece su morada (Ap 1,13). El candelabro de los siete brazos remite, en la tradición judía, a la totalidad del tiempo (la primera semana del Génesis) y a la totalidad de la persona, resumida, de manera simbólica, en los sentidos superiores con sus siete orificios (dos ojos, dos orejas, dos narices y la boca).

Meditaré reflexionando en qué medida irradian luz mis sentidos, a través de los que interactúo con la humanidad y con el cosmos. ¿En qué medida mis sentidos, encendidos por el fuego del Espíritu, se comunican con Dios?

ORACIÓN

Señor, tú que has dicho: «Venid a mí y seréis iluminados» (cf. Sal 34,6), difunde tu luz en mi corazón. Enciende mis sentidos con el fuego del Espíritu de Pentecostés, para que pueda yo «caminar a la luz de tu rostro» (Sal 90,16). Concédeme irradiar tu luz en medio de los hombres, para hacer desaparecer las tinieblas de la ignorancia y del pecado.

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant