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NOTICIAS SOBRE S.S. FRANCISCO

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17 de junio de 2012

Salmo 91, Es bueno dar gracias al Señor

Invocación
Dios mío, ven a mi auxilio. Señor date prisa en socorrerme.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como eran en un principio ahora y siempre por los siglos de los siglos amen.
SALMO 91
Alabanza del Dios creador
2Es bueno dar gracias al Señor
y tañer para tu nombre, oh Altísimo,
3proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad,
4con arpas de diez cuerdas y laúdes,
sobre arpegios de cítaras.
5Tus acciones, Señor, son mi alegría,
y mi júbilo, las obras de tus manos.
6¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios!
7El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta.
8Aunque germinen como hierba los malvados
y florezcan los malhechores,
serán destruidos para siempre.
9Tú, en cambio, Señor,
eres excelso por los siglos.
10Porque tus enemigos, Señor, perecerán,
los malhechores serán dispersados;
11pero a mí me das la fuerza de un búfalo
y me unges con aceite nuevo.
12Mis ojos despreciarán a mis enemigos,
mis oídos escucharán su derrota.
13El justo crecerá como una palmera,
se alzará como un cedro del Líbano:
14plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios;
15en la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso,
16para proclamar que el Señor es justo,
que en mi Roca no existe la maldad.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como eran en un principio ahora y siempre por los siglos de los siglos amen.

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
1. La antigua tradición hebrea reserva una situación particular al salmo 91, que acabamos de proclamar, como el canto del hombre justo a Dios creador. En efecto, el título puesto al Salmo indica que está destinado al día de sábado (cf. v. 1). Por consiguiente, es el himno que se eleva al Señor eterno y excelso cuando, al ponerse el sol del viernes, se entra en la jornada santa de la oración, la contemplación y el descanso sereno del cuerpo y del espíritu.
En el centro del Salmo se yergue, solemne y grandiosa, la figura del Dios altísimo (cf. v. 9), en torno al cual se delinea un mundo armónico y pacificado. Ante él se encuentra también la persona del justo que, según una concepción típica del Antiguo Testamento, es colmado de bienestar, alegría y larga vida, como consecuencia natural de su existencia honrada y fiel. Se trata de la llamada «teoría de la retribución», según la cual todo delito tiene ya un castigo en la tierra y todo acto bueno, una recompensa. Aunque en esta concepción hay un elemento de verdad, sin embargo -como dejará intuir Job y como reafirmará Jesús (cf. Jn 9,2-3)- la realidad del dolor humano es mucho más compleja y no se puede simplificar tan fácilmente. En efecto, el sufrimiento humano se debe ver desde la perspectiva de la eternidad.
2. Pero examinemos ahora este himno sapiencial con matices litúrgicos. Está constituido por una intensa invitación a la alabanza, al canto alegre de acción de gracias, al júbilo de la música, acompañada por el arpa de diez cuerdas, el laúd y la cítara (cf. vv. 2-4). El amor y la fidelidad del Señor se deben celebrar con el canto litúrgico, que se ha de entonar «con maestría» (cf. Sal 46,8). Esta invitación vale también para nuestras celebraciones, a fin de que recuperen su esplendor no sólo en las palabras y en los ritos, sino también en las melodías que las animan.
Después de esta invitación a no apagar nunca el hilo interior y exterior de la oración, verdadera respiración constante de la humanidad fiel, el salmo 91 presenta, casi en dos retratos, el perfil del malvado (cf. vv. 7-10) y el del justo (cf. vv. 13-16). Con todo, el malvado se halla ante el Señor, «el excelso por los siglos» (v. 9), que hará perecer a sus enemigos y dispersará a todos los malhechores (cf. v. 10). En efecto, sólo a la luz divina se logra comprender a fondo el bien y el mal, la justicia y la perversión.
3. La figura del pecador se describe con una imagen tomada del mundo vegetal: «Aunque germinen como hierba los malvados y florezcan los malhechores...» (v. 8). Pero este florecimiento está destinado a secarse y desaparecer. En efecto, el salmista multiplica los verbos y los términos que aluden a la destrucción: «Serán destruidos para siempre. (...) Tus enemigos, Señor, perecerán; los malhechores serán dispersados» (vv. 8.10).
En el origen de este final catastrófico se encuentra el mal profundo que embarga la mente y el corazón del malvado: «El ignorante no entiende, ni el necio se da cuenta» (v. 7). Los adjetivos que se usan aquí pertenecen al lenguaje sapiencial y denotan la brutalidad, la ceguera, la torpeza de quien piensa que puede hacer lo que quiera sobre la faz de la tierra sin frenos morales, creyendo erróneamente que Dios está ausente o es indiferente. El orante, en cambio, tiene la certeza de que, antes o después, el Señor aparecerá en el horizonte para hacer justicia y doblegar la arrogancia del insensato (cf. Sal 13).
4. Luego se nos presenta la figura del justo, dibujada como en una pintura amplia y densa de colores. También en este caso se recurre a una imagen del mundo vegetal, fresca y verde (cf. vv. 13-16). A diferencia del malvado, que es como la hierba del campo, lozana pero efímera, el justo se yergue hacia el cielo, sólido y majestuoso como palmera y cedro del Líbano. Por otra parte, los justos están «plantados en la casa del Señor» (v. 14), es decir, tienen una relación muy firme y estable con el templo y, por consiguiente, con el Señor, que en él ha establecido su morada.
La tradición cristiana jugará también con los dos significados de la palabra griega , usada para traducir el término hebreo que indica la palmera. es el nombre griego de la palmera, pero también del ave que llamamos «fénix». Ahora bien, ya se sabe que el fénix era símbolo de inmortalidad, porque se imaginaba que esa ave renacía de sus cenizas. El cristiano hace una experiencia semejante gracias a su participación en la muerte de Cristo, manantial de vida nueva (cf. Rm 6,3-4). «Dios (...), estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo» -dice la carta a los Efesios- «y con él nos resucitó» (Ef 2,5-6).
5. Otra imagen, tomada esta vez del mundo animal, representa al justo y está destinada a exaltar la fuerza que Dios otorga, incluso cuando llega la vejez: «A mí me das la fuerza de un búfalo y me unges con aceite nuevo» (Sal 91,11). Por una parte, el don de la potencia divina hace triunfar y da seguridad (cf. v. 12); por otra, la frente gloriosa del justo es ungida con aceite que irradia una energía y una bendición protectora. Así pues, el salmo 91 es un himno optimista, potenciado también por la música y el canto. Celebra la confianza en Dios, que es fuente de serenidad y paz, incluso cuando se asiste al éxito aparente del malvado. Una paz que se mantiene intacta también en la vejez (cf. v. 15), edad vivida aún con fecundidad y seguridad.
Concluyamos con las palabras de Orígenes, traducidas por san Jerónimo, que toman como punto de partida la frase en la que el salmista dice a Dios: «Me unges con aceite nuevo» (v. 11). Orígenes comenta: «Nuestra vejez necesita el aceite de Dios. De la misma manera que nuestro cuerpo, cuando está cansado, sólo recobra su vigor si es ungido con aceite, como la llamita de la lámpara se extingue si no se le añade aceite, así también la llamita de mi vejez necesita, para crecer, el aceite de la misericordia de Dios. Por lo demás, también los apóstoles suben al monte de los Olivos (cf. Hch 1,12) para recibir luz del aceite del Señor, puesto que estaban cansados y sus lámparas necesitaban el aceite del Señor... Por eso, pidamos al Señor que nuestra vejez, todos nuestros trabajos y todas nuestras tinieblas sean iluminadas por el aceite del Señor» (74 Omelie sul Libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 280-282, passim).
[Audiencia general del Miércoles 12 de junio de 2002]
Oración I: Aleja, Señor Jesús, de nosotros nuestro oprobio y haz que tus acciones sean siempre nuestra alegría y nuestro júbilo, las obras de tus manos; que quienes hemos sido plantados por mano apostólica en tu casa sigamos dando fruto por la fe, la esperanza y el amor en los atrios del Padre, nuestro Dios. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. R.
Amén.
Oración II: Señor Jesucristo, que dijiste a tus discípulos que el Padre era glorificado cuando nosotros llevamos fruto abundante, destruye el mal que germina y florece en el mundo como la hierba y haz que nosotros, plantados en la casa de nuestro Padre, el Señor, crezcamos siempre en sus atrios y, permaneciendo unidos a ti, como tú estás unido al Padre, llevemos fruto abundante y nuestro fruto permanezca siempre. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.