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  • Camilo Alvarez

8 de octubre de 2010

(38) Siervo cruel


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Mateo 18, 23-35
23 «Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. 24 Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. 25 Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. 26 Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: "Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré." 27 Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. 28 Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: "Paga lo que debes." 29 Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: "Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré." 30 Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. 31 Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. 32 Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: "Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. 33 ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?" 34 Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. 35 Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.»

Comentarios a la Parábola del "Siervo cruel"

La Biblia, La Casa de la Biblia, Ed. Verbo Divino, 1992

Comentarios a Mt 18, 21-35

        La instrucción acerca de como deben ser tratados los pecadores termina con una parábola, que expresa la raíz más honda de la vida comunitaria. En ella se comparan dos deudas llamativamente desiguales: algo así como diez millones con diez mil pesetas. El rey de la parábola representa a Dios que ha perdonado toda nuestra deuda con su oferta de gracia. Por eso los discípulos de Jesús deben perdonar sin límites y su perdón debe alcanzar a todos. Quién ha experimentado la misericordia de Dios, no puede andar calculando las fronteras del perdón y de la acogida al hermano.

San Agustín

Sermón 83,2 y 4

«Ved, hermanos, que la cosa está clara y que la amonestación es útil. Se debe, pues, la obediencia realmente salutífera para cumplir lo mandado. En efecto, todo hombre al mismo tiempo que es deudor ante Dios tiene a su hermano por deudor... Si queremos que se nos perdone a nosotros, hemos de estar dispuestos a perdonar todas las culpas que se cometan contra nosotros».

San Jerónimo

Comentario al Evangelio de Mateo 18,35

«Sentencia temible si el juicio de Dios se acomoda y cambia de acuerdo a las disposiciones de nuestro espíritu. Si no perdonamos una pequeñez a nuestros hermanos, las cosas grandes no nos serán perdonadas por Dios. Como cada uno puede decir: "Yo no tengo nada contra él, él sabe, tiene a Dios por juez, no me importa lo que quiere hacer, yo le he perdonado", el Señor confirma su sentencia y destruye totalmente la simulación de una paz fingida diciendo: "Si cada uno no perdona de corazón a su hermano"»

Antropología Teológica, Anneliese Meis, Ed. Universidad Cartólica de Chile, 1998, pág. 200 - 205.

7. Ley y cumplimiento

Tal temática puede ilustrarse muy bien a la luz de la parábola del siervo cruel. ¿Qué se entiende por ley y qué se entiende por evangelio, cuando se habla de las relaciones de la ley y el evangelio? Voy a tratar de dilucidar los puntos de contacto y de divergencia que existen entre ambos conceptos tomando por base una parábola del NT, la parábola del siervo cruel: MT 18, 21-35...

a. La servidumbre de la culpa en virtud del derecho

Un rey quiso exigir cuentas a sus siervos. Y al exigirlas, uno que le debía la increíble suma de diez mil talentos, equivalentes aproximadamente a 12 millones de dólares, y cuyo valor adquisitivo era, probablemente, diez veces mayor que hoy...La orden inmediata no es pronunciada en la escena del señor y el siervo, pero sí en la siguiente, la del siervo y su compañero. Fue una orden de pago: ¡Paga lo que debes! La segunda orden fue la imposición de una pena y su ejecución. Como el siervo no pudiera saldar la deuda -dada la enorme suma no le era posible el pago-,el señor mandó que fuera vendido él y su mujer y sus hijos y toda su casa, para que se amortizara la deuda con el precio de su esclavitud.
En la parábola nos hallamos, sin duda, en el terreno propio del derecho y de la ley , terreno acotado por el derecho y sus consecuencias jurídicas, que son las relaciones del siervo con el señor. El ajuste de cuentas entre el deudor y su acreedor, el poder coercitivo, la amenaza del castigo y su ejecución. Aunque aquí se trata de una parábola, y de una ley y derecho crueles e injustos, el lenguaje del derecho y la ley es imperativo, el mandato exige prestar un servicio. Bajo el dominio de la ley resuena la voz que nos interpeló desde la cima de Sinaí con el toque de las trompetas: no debes tener, no tendrás junto a ti dioses extraños, no cometerás adulterio, no robarás, aunque la concupiscencia de tu carne te empuje hacia los dioses extraños, hacia la mujer de tu prójimo, las propiedades. Castigaré tu culpa, te castigaré a ti, a tus hijos y a los hijos de tus hijos hasta la cuarta generación; a los que, en cambio, me aman y guardan mis mandamientos, les haré gracia hasta la milésima generación -Ex 20, 1-27. ¡Cuánta sobreabundancia manifiesta la gracia que se manifiesta hasta la milésima generación! Pero aquí no se trata de que Dios sea propicio al pecador y le perdone la culpa, por más que sea pecador; aquí se trata del señor que sea benévolo con su siervo fiel, por la fidelidad de éste. Cuando hay que observar la ley y el derecho y no se hace, el proceso es riguroso: al deudor de la parábola le cae encima la punición personal, castigo que se impone además con las agravantes permitidas por el derecho penal helénico-jurídico: porque el derecho veterotestamentario -Ex 22,2- admitía la reducción a la esclavitud del deudor, pero no la de su mujer ni la de sus hijos.

b. El evangelio de la remisión de las culpas.

"Cayendo entonces el siervo de rodillas, dijo: Señor, dame tiempo y te lo pagaré todo" -Mt 18,26. Dijo esto para salir del apuro; porque de donde había de pagar tan grande deuda? Tan increíble y fabulosa como la enorme suma de la deuda, es también la sencillez y la largueza de la respuesta, si nos atenemos a los criterios vigentes en los negocios cotidianos. Ante la mera súplica del siervo se compadece el rey, le declara libre y le perdona toda la deuda, de modo que hizo mucho más de los que le pedía, la prórroga del plazo de pago, la cual, dada la enormidad de la suma, carecía de sentido. Regalo verdaderamente regio de un perfecto real señor, este modo de cancelar la regia deuda de un siervo. ¡Qué prueba de clemencia, qué mensaje de alegría, qué "cuento de hadas" para el marido, la mujer y los hijos.
...
Este pasaje de la parábola, sin duda nos instala en el dominio peculiar del evangelio, que en su más íntima esencia se caracteriza por la aparición de la gracia, de la gracia como don libre, libre e inmotivado. De buscar aquí motivos jurídicos, hallaríamos precisamente motivos que son contrarios a la aparición de la gracia, por no haber otros que nuestros pecados. El lenguaje del evangelio, en cuanto esencialmente se caracteriza como evangelio, es decir, en cuanto es la oferta de la gracia y el mensaje de la gracia, resulta indicativo, es el anuncio y la afirmación que me dicen lo que soy por favor y gracia, por el don, y lo que soy ya desde ahora, no lo que llegaré a ser, si cumplo lo que se me exige. El indicativo va amigablemente del brazo con la voz consoladora, que me mantiene en la rectitud y me exhorta paternalmente en la tribulación; me sostiene, anima a conservar, reconocido, la gracia recibida, y a dejar que los dones fructifiquen en nuevos y diarios gozos, en la paciencia y en la esperanza, sin abandonar el temor de malgastar y perder tan precioso don. Tal es la tonalidad del evangelio, muy diferente a la de la ley, incluso allí donde el evangelio me lleva a la escuela de los mandamientos. El mandamiento fundamental del evangelio es un "mandamiento nuevo" -Jn 13,34-, nuevo no tanto por el contenido que presenta, cuanto sí por su nuevo fundamento en la aparición de Cristo y en sus ejemplos, y por su nueva forma que ya no es aquella tan extraña de preceptos que se nos imponen extrínsecamente y que reclaman nuestro acatamiento, sino la amigable del Espíritu renovador y paráclito, la del Espíritu de consolación y exhortación, que ha sido infundido en nuestras almas. "Un precepto nuevo os doy: que os amen los unos a los otros; como yo os he amado, así también amáos mutuamente" -Jn 13,34s; Jn15, 14s; 1Jn 4, 8-13-.

c. La sentencia conforme al evangelio.

Pero hemos perdido de vista nuestra parábola. Hemos salido de la letra y de su sentido inmediato, y nos hemos internado en la materia misma, a la que aplicaremos la parábola, sublimada e iluminada por todo el contexto del Nuevo Testamento. Y ¿no se rebasa a sí misma, desde el principio, la parábola, con el increíble monto de la deuda y por la no menos increíble conducta del señor? Ya desde el comienzo, tras las apariencias de la parábola, se destaca Dios, que ofrece en su Hijo Jesucristo el don de la remissio peccatorum, el perdón de todas las culpas a todo el género humano, a su pueblo infiel e incluso a los paganos idólatras. Y con lo que hemos dicho sobre la primera escena de la parábola, rebasando su sentido inmediato, comprenderemos con mayor facilidad el sentido profundo de ella, que escena tras escena acerca su punto final. Podemos resumir las tres escenas siguientes, por el comportamiento que observan los personajes del diálogo: el siervo cruel y su pobre compañero; los criados afligidos que denuncian el indigente suceso al señor; y de nuevo, al igual que en la primera escena, el señor y su siervo, que esta vez se presenta no con su deuda, sino con la dureza de su corazón, así como el señor tampoco aparece compasivo y generoso, y sí iracundo y vengativo.
Al alejarse de la presencia del rey, aquel siervo encontró a uno de sus compañeros que le debía la insignificante suma de 100 denarios, es decir, la seiscientas milava parte de la suma que le había sido condonada a él. La escena primera de la parábola, ocurrida entre el rey y su siervo, se repite ahora entre el siervo y su consiervo, pero no bajo el signo de la misericordia, sino de la crueldad, desde la agresión personal hasta la amenaza de llevarlo a la cárcel. "Y agarrándole le ahogaba, diciendo ¡Paga lo que debes! De rodillas el compañero le suplicaba diciendo: Dame tiempo y te pagaré". Pero él se negó y le hizo encerrar en la prisión hasta que pagara la deuda" -Mt18, 28ss-.
Si se toma en cuenta que, en una circunstancia semejante pero muchísimo más grave, a él le fue condonada la deuda, la conducta del siervo cruel irrita nuestra sensibilidad moral, es una contravención de las buenas costumbres: los compañeros del pobre encarcelado no pudieron contenerse y fueron donde el señor a contarle el caso. Sin embargo, la acción cruel del siervo despiadado no iba contra el derecho ni contra la ley, ni siquiera teniendo en cuenta la bondad misericordiosa que el señor acaba de usar con él. Uno puede preguntarse: ¿Podrían nuestras leyes mandar que se encarcelara y castigara jurídicamente al siervo tan duro de corazón? Ciertamente que no. Sin embargo, en la parábola, al criado duro de corazón se le sanciona con un rigor vindicativo que traspasa los límites del poder coercitivo: " irritado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda" -Mt 18,34-. En las primeras cuentas que le tomó el señor no se habló de torturas, sino que se le amenazó con venderle a él, a su mujer y a sus hijos.
Nos percatamos de nuevo que el significado de la parábola rebasa su propio contenido. Y en el orden de Dios y de sus evangelios, podemos comprender más profundamente el juicio de Dios y el sentido inmediato de la parábola, si se tiene en cuenta a un tiempo la distinción entre el evangelio y la ley y la unida de elementos tan dispares, como son el evangelio y la sentencia, el indulto gracioso y la sanción punitiva. El sentido inmediato de la parábola y de la rigurosa sentencia lo da el versículo final -Mt 18, 35-: "Así hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonare cada uno a su hermano de todo corazón". Allende este sentido inmediato, nos esforzaremos por encuadrar la parábola y la rigurosa sentencia que contiene, en el conjunto del kerygma apostólico del evangelio y del juicio final. El rey no se comportó con el criado en conformidad con los antiguos dictámenes del derecho y de la ley, sino de acuerdo con un orden nuevo e inaudito, el orden de la gracia que liberalmente se concede.
El siervo se halla en este nuevo orden cuando encuentra a su compañero, a quien trata, sin embargo, no según el nuevo orden conforme al cual él mismo ha sido tratado, sino según el orden antiguo, con que él mismo debiera haber sido tratado. Con su mentalidad y con su conducta niega el nuevo orden, sale fuera de él o, más bien, de su gracia; y el nuevo orden -con el que por así decirlo, se conforma, pues no hace sino conformarse con él-, se levanta ahora contra quien se aparta de la gracia y vuelve a la servidumbre de la ley. El evangelio abarca la ley o, más bien, abarca la gracia y la ley incluyéndolas en este y sólo en este orden; porque la gracia del evangelio está intrínsecamente orientada al perdón, por pura liberalidad, de las transgresiones de la ley, por la virtud y el espíritu de la gracia de Cristo y de su nueva justicia. El evangelio de la gracia está también, por lo mismo, orientado al juicio final: bien a la retribución de las buenas obras, como dones de Dios, en conformidad con la justicia de la gracia; bien a la sanción de las malas obras, como transgresiones de la ley, de acuerdo con la justicia penal. A causa del evangelio de la gracia es condenado el mal siervo según la justicia penal del orden de la ley, conforme a la ley del evangelio.
El evangelio no quedará sometido a la ley ni siquiera en el juicio que hará nuestro Señor Jesucristo; no es posible un evangelio sojuzgado por la ley, porque esto implicaría la contradicción flagrante en sus términos, de un evangelio de la gracia y la libertad sometido a la servidumbre de la ley y del terror. Lo que sucederá en el juicio final será la definitiva separación de los libres y de los siervos en conformidad con el evangelio y su libertad. Si hay algo que esté excluido y excluya del reino de Dios, ese algo es todo espíritu servil, y no en último lugar, aquel servilismo fustigado por Jesús, que, al amparo de la legalidad, fomenta la transgresión de la ley y desvirtúa el contenido de los mandamientos de Dios.